San Vicente de Paúl, un hombre evangélico (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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LAS DECISIONES VITALES DE VICENTE DE PAÚL ESTÁN INSPIRADAS EN EL EVANGELIO

La decisión más radical y vital de su vida fue la de entregar­se totalmente al servicio de los pobres. Esta decisión la tomó tras una fuerte tentación contra la fe que todos conocemós. Su deci­sión es fruto de un discernimiento sereno. Con ella pretende hon­rar a Jesucristo y pasar por la vida haciendo el bien, lo mismo que hizo Jesús, el misionero del Padre y Salvador del mundo. Nos lo describe muy bien Abelly. Vicente sintió con fuerza una grave tentación contra la fe. En esa situación y comprendiendo que Dios quería ponerle a prueba, Vicente se valió de algunos medios: «La primera cosa que hizo fue que escribió la profesión de fe en un papel que puso sobre el corazón… El segundo reme­dio que empleó, fue hacer lo contrario de lo que la tentación le sugería, tratando de obrar por fe, y de rendir honor y servicio a Jesucristo. Esto lo hizo de modo particular en la visita y el con­suelo a los enfermos pobres del Hospital de la Caridad del arra­bal de Saint Germain, donde por entonces residía. Este ejercicio caritativo, uno de los más meritorios del Cristianismo, era tam­bién el más propio para manifestar a Nuestro Señor con qué fe creía en sus palabras y en sus ejemplos, y con qué amor le que­ría servir,… Finalmente, pasaron tres o cuatro años en aquella dura prueba, y el señor Vicente siempre gimiendo ante Dios bajo la pesadumbre muy lastimosa de aquellas tentaciones. Sin embargo, tratando de fortalecerse cada vez más contra el demo­nio, y de confundirlo, decidió un día tomar una resolución firme e inviolable de honrar aún más a Jesucristo, y de imitarlo con mayor perfección que hasta entonces y fue: entregarse toda su vida por su amor al servicio de los pobres. En cuanto formó dicha resolución en su alma, por un efecto maravilloso de la gracia, todas las sugestiones del maligno espíritu se disiparon y se desvanecieron».

A esta decisión la siguieron otras: aceptar la parroquia de Chátillón, organizar en ella la Cofradía de la Caridad, volver a Montmirail a instancias de la señora de Gondi, pero con una con­dición muy pensada y discernida a la luz del Evangelio: Ya no sería preceptor de sus hijos, sino que estaría libre para predicar misiones y erigir grupos de caridad. Los dos renunciaban a algo muy querido. Los dos toman decisiones evangélicas, gracias a la libertad interior de Vicente. La Caridad y la Misión serán en adelante los pilares que fundamentan su vida. Así llegamos a 1625. Otra decisión importante. Dejemos que nos la describa Abelly: «La Señora Generala de las Galeras, en cuanto recono­ció la necesidad y los frutos de las misiones, había concebido el piadoso propósito de hacer una fundación para el mantenimien­to y la subsistencia de algunos buenos sacerdotes o religiosos que fueran de vez en cuando a ejercer aquella obra de caridad en sus tierras… Habló varias veces con Superiores de diversas comunidades y empleó toda su habilidad para persuadirles que aceptaran aquella fundación. Pero no pudo conseguir su propó­sito, al no encontrar ningún superior que quisiera comprometer a su comunidad… La Señora Generala, cuando conoció la nega­tiva de las Comunidades Religiosas, y, más, cuando vio que varios doctores y otros virtuosos sacerdotes se reunían habitual­mente con el señor Vicente para trabajar en las misiones, pensó que si hubiera una casa en París destinada a quienes quisieran continuar las misiones, algunos de ellos podrían retirarse a ella y vivir juntos en una especie de comunidad. En ella podrían ser recibidos más adelante otros sacerdotes, y así aquella buena obra podría perpetuarse, y su fundación conseguir el efecto que pretendía. Habló con su Señor marido, quien no sólo aprobó el pensamiento de su mujer, sino que quiso constituirse también él en fundador conjuntamente con ella, y ambos comunicaron su proyecto al Sr. Juan Francisco de Gondi, hermano suyo y arzo­bispo de Paris, el cual dio por bueno su celo y quiso contribuir a las misiones destinando el Colegio de Bons-Enfants, que dependía de él, para vivienda de aquellos sacerdotes.

Por el gran respeto que les tenía el señor Vicente a los tres, lo hizo ceder en todo lo que deseaban de él. Aceptó la propues­ta que le hicieron, primero de recibir la Principalía del Colegio con la dirección de los sacerdotes que se retiraban con él allí, y de las misiones a las que se dedicarían; segundo, de aceptar la Fundación en nombre de dichos sacerdotes, y, en tercer lugar, de elegir él mismo a los que hallase aptos y dispuestos para aquel piadoso proyecto»52

Vicente decidió aceptar la propuesta, viendo en ella la Volun­tad de Dios y la posibilidad de continuar así la misión de Jesu­cristo evangelizando a los pobres. Se trata de una decisión total­mente evangélica, aunque encubierta por el respeto a los señores de la familia Gondí.

Previamente había tomado otra decisión interior que le confi­gura con Jesucristo misionero. Fue la de renuncia total a la dependencia familiar y confiar a todos sus familiares a la Provi­dencia amorosa de Dios. Esta decisión nos la cuenta él mismo en una comunicación de su oración: «Yo mismo puedo ponerme como testigo de esta verdad. Cuando todavía estaba en casa del señor general de las galeras, antes de que se fundase nuestra Congregación, sucedió que, estando las galeras en Burdeos, me enviaron allá a tener una misión con los pobres condenados; así lo hice por medio de religiosos de diversas órdenes de aquella ciudad, dos en cada galera. Pues bien, antes de salir de París para aquel viaje, avisé a dos amigos míos de las órdenes que había recibido y les dije: «Amigos míos, me voy a trabajar cerca del lugar donde nací; no sé si sería oportuno que me diera una vuelta por mi casa». Así me lo aconsejaron los dos: «Vaya, padre, su presencia será un consuelo para los suyos; podrá hablarles de Dios, etcétera». La razón que tenía para dudar de ello es que había visto a varios buenos eclesiásticos que duran­te algún tiempo habían estado haciendo cosas maravillosas fuera de su país y que, después de haber ido a ver a sus padres, volvieron muy cambiados y ya no sabían hacer nada útil a la gente; se entregaban por entero a sus asuntos familiares; todos sus pensamientos se dirigían allá, en vez de dedicarse a sus obras habituales, prescindiendo de la sangre y de la naturaleza. Tengo miedo, me decía, de apegarme de esta misma forma a mis parientes. En efecto, después de pasar ocho o diez días con ellos para hablarles del camino de su salvación y apartarles del deseo de poseer bienes, hasta decirles que no esperasen nada de mí, pues aunque tuviese cofres de oro y de plata no les daría nada, ya que un eclesiástico que posee alguna cosa, se la debe a Dios y a los pobres, el día de mi partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar durante todo el camino, derramando lágrimas casi sin cesar. Tras estas lágri­mas me entró el deseo de ayudarles a que mejorasen de situa­ción, de darles a éste esto y aquello al otro. De este modo, mi espíritu enternecido les repartía lo que tenía y lo que no tenía… Lo digo para confusión mía y porque quizás Dios permitió esto para darme a conocer mejor la importancia del consejo evangé­lico del que estamos hablando. Estuve tres meses con esta pasión importuna de mejorar la suerte de mis hermanos y her­manas; era un peso continuo en mi pobre espíritu. En medio de todo esto, cuando me veía un poco más libre, le pedía a Dios que me librase de esta tentación; se lo pedí tanto, que finalmente tuvo compasión de mí; me quitó estos cariños por mis parientes; y aun­que andaban pidiendo limosna, y todavía andan lo mismo, me ha concedido la gracia de confiarlos a su providencia y de tenerlos por más felices que si hubieran estado en buen acomodo”.

También la decisión de emprender la obra de los Ejercicios a los Ordenandos en 1628 es una decisión evangélica, tomada gra­cias a la iniciativa de Don Agustín Potier, obispo de Beauvais. Este buen prelado viendo con qué abundancia Dios había comu­nicado su espíritu al señor Vicente para proveer a las necesida­des espirituales de su pueblo por medio de las misiones y las Cofradías de la Caridad, pensó que el señor Vicente no tendría menos luces ni menos gracia para ayudarle a mejorar su clero. Como apreciaba mucho su virtud y tenía particular confianza en su caridad, frecuentemente le abría el corazón y le declaraba las dificultades que sufría a este respecto. Lo llamaba a menudo a Beauvais, o también, iba a visitarlo a París para pensar en los medios y remedios más convenientes y más eficaces. Un día el buen prelado preguntó al señor Vicente qué se podría hacer para poner algún remedio a los desarreglos de su clero y reformarlo. El sabio y experimentado misionero le respondió que se podría empezar por los Ejercicios a los Ordenandos. Era el mes de julio de 1628. El obispo de Beauvais pidió al señor Vicente que se hiciera cargo él mismo de dirigir los Ejercicios, elaborar los temas y el horario de las predicaciones. Vicente vio en ello una expresión de la Voluntad de Dios y decidió iniciar la obra y hacerse cargo de ella.

La decisión de organizar las conferencias de los Martes en 1632 para la formación permanente del clero fue también un acto evangélico. Abelly lo describe con brevedad y precisión: «En ellas consideraban a Jesucristo presente, según la palabra que nos dio Él en su Evangelio: «Cuando se reúnan dos o tres en mi nombre, Yo estoy en medio de ellos»… El señor Vicente, como reconocía la excelencia y la utilidad de ese medio por propia experiencia, lo introdujo en su Compañía desde el comienzo de su fundación con gran bendición. Aprovechó de buena gana la ocasión que Dios le brindaba para introducir esas mismas con­ferencias espirituales entre los Eclesiásticos».

En la fundación de las Hijas de la Caridad, la presión le viene de parte de Luisa de Marillac. Vicente la aconseja desprenderse de la prisa y esperar con paciencia la manifestación de la volun­tad de Dios. Hacia Pentecostés de 1633, Vicente no tenía clara la decisión de crear una nueva Comunidad: «En relación con el asunto que lleva entre manos, todavía no tengo el corazón bas­tante iluminado ante Dios por una dificultad que me impide ver si es ésa la voluntad de su divina Majestad. Le pido, señorita, que le encomiende este asunto durante estos días, en que Él comunica con mayor abundancia las gracias del Espíritu Santo, así como el propio Espíritu Santo. Insistamos, pues, en nuestras oraciones y manténgase muy alegre».

Los Ejercicios Espirituales de agosto o septiembre de 1633 resultaron decisivos. Lo mismo que en Soissons, diez años antes, vencida la vehemencia y las prisas, respetando el ritmo de la Pro­videncia, el Espíritu abre el camino para la creación de la comu­nidad. Al final de este retiro, Vicente escribe una carta en la que da luz verde a la fundación, fruto de un verdadero discernimien­to espiritual y evangélico: «Le suplico, señorita, en el nombre de nuestro Señor, que haga todo lo posible por cuidarse, no ya como una persona particular, sino como si otras muchas tuvie­sen parte en su conservación. Estamos en el día octavo de nues­tro retiro; espero llegar al décimo con la ayuda de Dios. Creo que su ángel bueno ha hecho lo que me indicaba en la que me escribió. Hace cuatro o cinco días que ha comunicado con el mío a propósito de la caridad de sus hijas, pues es cierto que me ha sugerido el recuerdo y que he pensado seriamente en esa buena obra; ya hablaremos de ella, con la ayuda de Dios, el viernes o el sábado, si no me indica antes otra cosa».

Algo similar ocurre con la decisión de enviar misioneros a Argel, Madagascar y otros lugares. En todas estas situaciones toma la decisión de dar respuesta a las llamadas de la Iglesia como una forma de vivir y realizar la Misión conforme al Evan­gelio. Bien lo resume Abelly cuando define a Vicente de Paúl como hombre evangélico: «Ha huido de las dignidades con más cuidado e interés, que los ambiciosos han tratado de buscarlas; y en toda clase de circunstancias ha imitado perfectamente la vida común y oculta de su Divino Maestro; y como conocía por propia experiencia el tesoro de gracia encerrado en el campo místico del Evangelio, invitaba y exhortaba a los demás a parti­cipar de ella… Parecía que mamaba el sentido de los pasajes de la Escritura como un niño la leche de su madre, y sacaba de ellos el meollo y la sustancia para sustentarse de ella y alimen­tar su alma. Eso hacía que en todas sus acciones y palabras apa­reciera lleno del Espíritu de Jesucristo».

Sor Mª Ángeles Infante

CEME, 2011

 

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