San Vicente de Paúl, un discernidor de espíritus (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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DISCERNIMIENTO EN LAS FUNDACIONES

La santidad le había embarcado en la labor terrena de sacar a los pobres de su pobreza material y espiritual, y siempre estuvo firme en ese objetivo, pero el camino y los medios que eran muchos, aparecían variados y algunos también dudosos en su efectividad, y él tenía que discernir, pues el resultado de un dis­cernimiento repercute en los intereses, no sólo de quien discierne, sino también de los pobres, de la Iglesia y de los miembros de la comunidad.

Desde su estancia en Chátillon a Vicente de Paúl se le ve dis­cerniendo con plena libertad, especialmente en los momentos cruciales de su vida que le han dado un puesto relevante en la historia religiosa y civil: en la fundación de las Caridades, de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad, en los Ejercicios a Ordenandos y en las Conferencias de los Martes. En esos momentos, analizando todas las circunstan­cias y las consecuencias de sus decisiones, tuvo que discernir cuál era lo mejor para la gloria de Dios y el bienestar de los pobres, examinando lo que le proponían los tres espíritus que actúan en el hombre: El espíritu divino o Espíritu Santo, el espí­ritu maligno, Satán y los demonios, y nuestra propia naturaleza, que san Vicente, de acuerdo con la tendencia agustiniana predo­minante en su época, la consideraba corrompida y solía identifi­carla con el espíritu humano.

Porque si la gloria de Dios consiste, según san Ireneo, en que el hombre viva, siendo imagen de Dios en la tierra, la existen­cia de los pobres en el mundo, aunque sea un enigma o un mis­terio, es también un ultraje a la santidad de Dios. La gloria de Dios va inseparablemente unida a la lucha contra la pobreza. Vicente de Paúl lo tuvo presente constantemente y cuando tenga que discernir cualquier actividad o circunstancia, siempre elegi­rá como voluntad divina lo que vaya a favor y en bien de los pobres, que son la verdadera preocupación de la bondad de Dios’. Esta fue la principal norma en su discernimiento y así se lo declaró a las Damas de la Caridad: «Una obra es buena y santa si procura la gloria de Dios, el bien de los pobres niños huérfa­nos, el de los enfermos, el de los pobres esclavos y la salvación de unos y de otros, junto con la santificación de la propia alma».

Pero cuando se le presentan las necesidades de los pobres tiene presente también el contexto socio-eclesial. Los «signos de los tiempos», aunque sean una realidad ambigua de diversas interpretaciones, sobre todo en las épocas de grandes cambios como fue el siglo de san Vicente y el nuestro, le llevaron a refle­xionar sobre el hecho de que la sociedad y la Iglesia ya se inte­resaban por ayudar a los pobres y que, para mejor ayudarlos, desde hacía siglos se habían establecido muchas instituciones civiles y eclesiales, laicales y religiosas. Pero contempló también que la mayoría eran ineficaces por haber quedado obsoletas. Y aquí le vino el gran momento del discernimiento, que será cons­tante a lo largo de su vida, ¿modernizarlas o crear otras nuevas? Por la experiencia que había adquirido se decidió por crear unas nuevas. Es el segundo soporte o criterio en el que se apoyará a lo largo de su larga y ajetreada vida de discernimiento: la experien­cia le ayudará a discernir la elección que debe tomar.

Es frecuente que san Vicente exponga su experiencia sacada de la vida como argumento humano de una decisión, diciendo que lo «sabía por experiencia» o que «la experiencia se lo demos­traba». Es muy conocida la frase que escribió al P. Codoing aconsejándole que no convenía empezar las misiones por las tie­rras de los cardenales, porque tal es mi fe y tal es también mi experiencia (II, 237). Frase que expresa las dos clases de crite­rios que usará el Santo para saber discernir el camino a seguir: uno divino, el de la experiencia de fe, y otro, humano, el de la experiencia humana conseguida a lo largo de los avatares de su vida. Pero su experiencia humana nunca quedó desligada de su experiencia de fe, y ésta le comunicaba que la Segunda Persona de la Trinidad se había encarnado en Jesús para hacer un Reino de Dios de toda la humanidad, ricos y pobres, y que para lograr­lo Dios sigue actuando en la historia del mundo.

LA EXPERIENCIA, LA RAZÓN Y EL ESPÍRITU

Para poder interpretar el argumento de la experiencia en el discernimiento de san Vicente quisiera aclarar que, para mí, Vicente de Paúl era por naturaleza empirista y racionalista. Cam­pesino educado en la tierra, tenía, debido a su sentido común y natural, una concepción innata y espontánea de la realidad, pero insatisfecho con esta concepción, acudía a la razón. La experien­cia le daba los datos, pero los razonaba para que fueran útiles. Esto no quiere decir que fuera un deísta que considerara a Dios en el cielo y no en la tierra. Él era un santo que tenía continua­mente la providencia divina en su mente y al Jesús de los evan­gelios como guía de sus acciones, pero contando siempre con el esfuerzo de sus brazos y el sudor de su frente. Esa frase aclara muchas frases, como aquella que escribió al P. Codoing: «Hay que respetar las órdenes del concilio como venidas del Espíritu Santo. Sin embargo, la experiencia hace ver que la forma como se lleva a cabo… no da buenos resultados» (II, 386). Pero tenien­do siempre presente que «como esto es más asunto del Espíritu Santo que de los hombres, que pueden hablar, pero no mover, rezaremos a Dios por ello».

Porque para san Vicente el gran protagonista de la espiritualidad es el Espíritu Santo que actúa en el interior de los hombres para que estos cumplan la voluntad de Dios que siempre se presenta mezcla­da con intereses divinos, humanos y terrenos. El Espíritu Santo ayuda a discernir, pero es el hombre quien discierne si lo que sien­te es acción del Espíritu divino, del maligno o simplemente de la naturaleza humana, como le escribe a un Hermano coadjutor: » Le ruego que lea el capítulo 15 del tercer libro de la Imitación de Cris­to, en donde verá que no todos los deseos, aunque sean buenos, proceden siempre del Espíritu Santo, y que usted está muy lejos de la indiferencia o resignación que allí se enseña».

LAS CARIDADES

En Chátillon, al tener que elegir, san Vicente se atrevió con la primera gran revolución de todas las que hizo: las Caridades. Él lo cuenta de una manera tan sencilla que el resultado parece que sur­gió de una manera natural, pero fue complicado y necesitó mucho discernimiento. Hasta pienso que es entonces cuando san Vicente de Paúl se nos presenta por primera vez como el verdadero discernidor de espíritus que será a lo largo de su vida. Veamos:

Las Caridades ya existían; eran una evolución lenta de las fra­ternidades gremiales de la Edad Media. Estas mutuas o cofradí­as en los pueblos campesinos ayudaban a reconstruir las granjas incendiadas o a sufragar las cosechas destruidas. Después se pusieron bajo la tutela de un santo Patrón y ampliaron sus ayu­das hacia todos los desheredados, aunque no pertenecieran a la cofradía. Pasaron a llamarse «Caridades». Las integraban exclu­sivamente hombres, pues en aquellos siglos los hombres eran, y no las mujeres, los únicos que poseían los derechos políticos, económicos y sociales; es decir, eran los únicos y verdaderos administradores del dinero.

Cuando al párroco de Chátillon, el sacerdote Vicente de Paúl, le comunican la gran necesidad de unos feligreses enfermos, aplica lo que ya sabía por experiencia: que la caridad para que sea eficiente debe hacerse en grupo y estar organizada. Y esta­blece en el pueblo una Caridad, como las que existían en otros lugares. Él cita expresamente la Caridad de Roma. Pero al discernir las estructuras de las Caridades, la experiencia le sugiere que haga dos modificaciones: Primera, las hace exclusi­vamente de mujeres, porque, decía con firmeza, «la experiencia nos hace ver que es absolutamente necesario que las mujeres no dependan en esto de los hombres, sobre todo por la bolsa». Era una audacia inconcebible en una época en que las mujeres estaban excluidas de la ciudadanía civil, social y políti­ca. Lo discernió rápidamente, lo cual supone que esta solución que le daba la experiencia la llevaba rumiando desde hacía mucho tiempo, acaso desde Roma, de tal manera que más que humana a mí me parece una decisión que lentamente le había ido inspirando Dios en los años anteriores. En la misma asociación incluyó, contra todas las normas sociales, a nobles y plebeyas. Las mujeres «de categoría o con fortuna» para que aportasen el dinero y sufragasen los gastos, y las mujeres trabajadoras —guar­dianas de los enfermos pobres—, para que, por un salario, velaran y limpiaran a los enfermos.

Segunda modificación: las centraliza de tal manera que, sien­do cada Caridad parroquial autónoma en su funcionamiento, per­tenecen todas a la misma Cofradía de la Caridad, cuyo Director General es Vicente de Paúl, y ninguna se puede fundar sin su consentimiento, teniendo todas los mismos estatutos autorizados por el Director General. También esto se lo ha ense­ñado la experiencia».

Para fundar las Caridades se había apoyado en el Espíritu divino que le había empujado a dedicarse a los pobres, para estructurarla se apoya en la experiencia humana de un creyente, básica en un discernidor de espíritus, que quiere ser un realista pragmático y no un idealista materializado.

Benito Martínez

CEME, 2011

 

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