San Vicente de Paúl, un cumplidor de las máximas evangélicas (V)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. CÓMO LAS PRACTICÓ EN SU VIDA SAN VICENTE

A este punto podemos invocar el aspecto de la unidad entre reflexión y vida en san Vicente, manifiesta en el campo de la cuando decía: he ahí lo que creo y he ahí cómo vivo. Había con seguido obtener unidad y síntesis en su vida, dar concreten al establecimiento de una verdadera continuidad entre lo que pen naba y lo que intentaba realizar. Así es como nos dice que siempre es posible vivir seriamente el evangelio y de ese modo halla el gozo y pleno sentido de la vida.

  1. SAN VICENTE Y EL REINO DE DIOS

Estaba a tal punto involucrado en la misión, que al volver a casa los muros de París le parecían derrumbársele encima, porque había dejado la predicación, aunque fuese por poco tiempo Tiene también el deseo de ‘morir tras una tapia’, consumido por el empeño de anunciar el evangelio. Le admira el ejemplo de generosidad de sus Misioneros que llega hasta el don de la vida en el caso de los PP. Bourdaise y Le Vacher. Reprocha al P. Du Coudray el pensar sólo en el estudio, cuando tantas personas esperan ser instruidas en la fe Reprende también a aquellos Misioneros que querrían abandona la misión de Madagascar, por causa de los sucesivos fallos en llevar a buen fin las expediciones. Estima luego el servicio del reino por encima de todas las demás obras: ya se hable de la dirección de las Hermanas, o de la tentación de la pereza y la busca de comodidades, o aun si hay de salvaguardar la propia vida. La sed de la gloria de Dios y la salvación de las Minas fueron el impulso que le condujo a gastarse todo por el evangelio y por el reino.

B.- HACER LA VOLUNTAD DE DIOS

La práctica de esta máxima lleva al santo a reconocer la acción de Dios presente en los comienzos de las diversas activi­dades que emprende. He aquí por qué, una vez efectuado el justo discernimiento, no sabrá retroceder, sino que se empeñará con indas sus fuerzas en realizar el proyecto de Dios. Se ha hablado, a este propósito, como de una cierta lentitud de san Vicente; ésta sin embargo se vinculaba sobre todo a la fase del conocimiento de la voluntad de Dios: una vez descubierta la cual, era inmediato el paso a la acción, pues de ningún modo podía retrasarse la obra de Dios. No hay nada de que engreírse desde el momento en que todo se ha hecho por iniciativa de Dios, así las Cofradías de la Caridad, la obra de los Ordenandos, la asistencia a los pobres del Hótel-Dieu, la obra de los expósitos: Ninguna de esas obras se emprendieron por nuestra cuenta y siguiendo nuestros planes, sino que Dios, que deseaba ser servido en esas ocasio­nes, las suscitó. Si Dios quiere servirse de nos­otros, importa que nos encuentre prestos y dispuestos a secundar sus inspiraciones. La gracia tiene sus ocasiones. Pongámonos en manos de la providencia de Dios y no nos empeñemos en ir por delante de ella. Si Dios quiere darme algún consuelo en nuestra vocación, es éste precisamente: que creo que al parecer hemos procurado seguir en todas las cosas a la providencia y que no liemos querido poner el pie más que donde ella nos lo ha ense­ñado.

  1. LA SENCILLEZ EN LA VIDA DE SAN VICENTE

Como ya subrayamos, el santo se sitúan en antítesis con la cultura del tiempo, ofreciendo un fuerte testimonio de autentici­dad evangélica. Insiste sobre este aspecto porque, según él, en ello le va al evangelio su verdadero significado. Podrá así decir que la verdadera religión se conserva entre la gente sencilla, la que él ve en los campos, con una referencia clara a su experien­cia personal. Puede decirse que aquí entra en juego su niñez y lo vivido durante sus tempranos años en el ambiente familiar y campesino: los pobres creen, palpan, saborean las palabras de vida. Diríase que san Vicente caracterizó con esta virtud a todas las hijas de la caridad, cuyo carisma consiste en ir a Dios y a los pobres con mucha naturalidad, sencillez, sin refi­namiento alguno. Se ve esto de nuevo en la manera como van a Dios y en su oración, sostenida por una confianza y un abando­no grandes en la ayuda divina. Para los Misioneros la sencillez es indispensable justamente porque tienen que habérselas con personas de cultura e instrucción escasas, con las cuales han de tratar ¿a las buenas?, sin emplear discursos muy elevados, sino adecuados a su nivel, ayudando de ese modo a que entren en contacto con la realidad del evangelio. En todo caso, requiere él, de las Hermanas al igual que de los Misioneros, la debida pru­dencia, que es capacidad de mantener los ojos abiertos para cap­tar las indigencias necesitadas de cuidados, pero también los peligros que se han de evitar.

  1. SAN VICENTE PRACTICÓ LA INDIFERENCIA

El santo se propuso practicar la indiferencia en cualquier situación. La tiene presente en las distintas elecciones que es lla­mado a hacer, y por esta vía intenta dirigir a sus discípulos. Pue­den recordarse dos momentos significativos. El primero estando aún san Vicente en los comienzos de su camino espiritual. Dando él misiones, se encuentra cercano a su país. Tras algunos mo­mentos de incertidumbre, va a visitar a sus parientes, mas en el momento de la separación se apodera de él un deseo angustioso de permanecer junto a los suyos e intentar ayudarles en lo que necesiten. La última tentación, es como el P. Román presenta el episodio en la biografía de san Vicente. Es un momento de crisis que Vicente logra superar apelando a los valores de su elección de vida. El día de mi partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parientes que no hice más que llorar duran­te todo el camino, derramando lágrimas casi sin cesar… En medio de todo esto, cuando me veía un poco más libre, le pedía a Dios que me librase de esta tentación; se lo pedí tanto, que finalmente tuvo compasión de mí. La lucha duró unos tres meses, pero el santo supo resistir, al fin salió de ella victorioso, y se sintió libre para siempre. Está aquí toda la humanidad de san Vicente, la que empero es superada por la fidelidad a la vocación, vista ahora expeditamente en su existen­cia. Hay indiferencia, pero no menos espíritu de mortificación. Y vive de nuevo esta virtud con motivo de entrar en posesión del priorato de San Lázaro. Sabe y quiere defender los derechos de la Congregación, hasta acudir a los tribunales, pero sabe asimismo confiarse a Dios; y así afronta la cuestión con espíritu evan­gélico. Se hará lo que quiera Nuestro Señor, que sabe verdade­ramente que su bondad me ha hecho en esta ocasión tan indiferente como en cualquier otro asunto que haya tenido. Más tarde vemos practicada esta virtud, cuando se halla en el trance de ser privada la Congregación de un bien material; acierta a afrontar la situación poniéndose en las manos de Dios, e invitando a la comunidad a hacer otro tanto.

  1. LA MANSEDUMBRE EN ACCIÓN EN LA VIDA DEL SANTO

Aparte de Cristo, Vicente siempre subrayó la mansedumbre de san Francisco de Sales, quien aunque doctísimo, convertía a los pecadores con su dulzura. San Vicente confesaba que Dios le había permitido ‘convertir’ a tres personas justamente con la dulzura, la humildad y la paciencia al razonar con estos pobres extraviados. Declara luego estar dispuesto a perderlo todo antes provocar litigios, que pueden terminar en los tribunales. Reconoció haber empleado sólo tres veces en la vida palabras severas para regañar y corregir a otros, creyendo tener alguna razón para hacerlo; y que luego se había arrepentido siempre, pues no alcanzó su propósito, mientras que con la mansedumbre había obtenido siempre el fin deseado. Cuantas veces repitió, según el ejemplo de san Francisco de Sales, que se consigue mucho más con una gota de miel que con un barril de vinagre.

  1. GESTOS DE HUMILDAD EN LA VIDA DEL SANTO

Sabemos cuántas veces se hincó de hinojos san Vicente ante los Misioneros y las Hermanas para humillarse. A menudo concluía sus conferencias pidiendo perdón. Refiere a las Hermanas cómo pidió perdón a un Misionero, al que había tratado con aspereza, y concluye su confidencia diciendo: ‘Hijas mías, pro curo practicar lo que os aconsejo’. Esta virtud aparece ante todo en el continuo atribuir a Dios el comienzo de sus fundaciones. Él no pensaba en ellas absolutamente (como tan] poco pensaban ni Luisa de Marillac ni el P. Portail); él no hizo más que fiarse de la inspiración divina. Es la humildad de sus orígenes, que gusta de recordar, en especial cuando anda en boca de todos por lo que está haciendo. Todavía en edad avanzada gusta de recordar que había apacentado cerdos. Practicó la humildad al no defenderse, en los comienzos de su vida pública, de la acusación de robo. Así también manifestaba a menudo sus defectos, tal el de predicar acaloradamente, como también el haber empleado palabras demasiado severas corrigiendo a otros.

Podemos pensar en el gran gesto de humildad que ejecuta cuan­do acude al cardenal Mazzarino para solicitar la paz, sin obtener nada a cambio. Es más, se le excluye del propio ‘Consejo de Conciencia’.

  1. SAN VICENTE, HOMBRE MORTIFICADO

Precisa reconocer que san Vicente fue un hombre mortifica­do; aun viviendo en contacto con la corte real y frecuentando la nobleza de su tiempo, su vida privada se mantuvo sencilla y exenta de lujos y exterioridades. Según Román durante toda la vida, su habitación fue una pieza corrien­te… Con idéntica austeridad regulaba su comida’. En consecuen­cia, lo que enseñaba era fruto de un estilo de vida sencillo, que sabía contentarse con lo esencial. En la enseñanza sobre la mor­tificación, el santo habla también asimismo de sufrir por causa de la calumnia, la que llega a describir como gracia de Dios. Sabemos lo que tuvo que padecer por esta causa, ya en su expe­riencia personal en los comienzos de su vida por la acusación de robo, o bien luego, en relación con la comunidad, renunciando aun a bienes temporales. Supo callar, rehusó defenderse, no se quejó, se puso en manos de Dios, y he ahí como sintió la divina intervención. Con el sufrimiento de la cruz sufrida maduró una verdadera paz interior. En el plano de los bienes materiales, la intervención de Vicente con motivo de haberse helado el viñedo, lo cual obligaba a racionar el vino. Regaña a los que se mostraban poco dispuestos a la mortifica­ción. Aun en las enfermedades se muestra este espíritu del santo. La enfermedad le acompañó toda la vida, buscando él alivio en los remedios médicos de la época. Pero tan precaria condición no le impidió llevar adelante los compromisos vinculados a su misión. De aquí brota su enseñanza sobre el buen uso que debe hacerse de las enfermedades y la constante recomendación de cuidar a los enfermos, hasta decir que pueden venderse objetos sagrados para curarlos. Es un mensaje enderezado al ‘buen uso’ de las pruebas que el Señor permite que sobrevengan en la vida de todos nosotros.

  1. PRACTICAR LA UNIFORMIDAD

Hay un aspecto de la uniformidad, por cierto asociado con su época, que san Vicente invoca una y otra vez, y atañe a la mane­ra de predicar. Él recomienda de hecho, no sólo el predicar fami­liarmente, sino ser predicadores que se atienen a la medianía, para uniformarse entre sí. De ahí se siguió un estilo de predicar que cae bajo la designación de pequeño méto­do, un modo simple y eficaz de hacerse entender por la gente sencilla, pero sin mengua del mensaje esencial del evangelio. Y sabemos cómo, a lo largo del tiempo, los misioneros vicencianos se distinguieron justamente por esta cualidad de su predicación, de manera particular en las misiones al pueblo, de suerte que diversas personas reconocían a los ‘misioneros vicencianos’ pre­cisamente por esta particularidad en el predicar, exenta de osten­tación, de discursos altisonantes y de escenografías ostentosas, como se usaban entre otros misioneros de la época. El evangelio debe ser acogido en virtud de su fuerza intrínseca, y no por la elocuencia de quien lo anuncia.

  1. UNA ACTIVA CARIDAD FRATERNA

Aquí, más que a ejemplos individuales, es el caso de referir­se a todo un estilo de vida. Sabemos cuánto tuvo presente el santo este elemento de la vida comunitaria. Como se recordó, tratan este asunto muchas Conferencias y tantas más Cartas. Hay una atención especial y una constante preocupación por sostener la vida fraterna, a sabiendas de la dificultad del ‘vivir jun­tos’, como también de la necesidad de hacerlo, no sólo para un servicio más eficaz, sino también como testimonio de vida. La insistencia de las admoniciones es mayor respecto de las Herma­nas, desde el momento en que su vida ofrece más espacio y tiern­ito a la vida fraterna. Sus comunidades deben y quieren ser una experiencia de Iglesia, a imitación de las primeras comunidades cristianas, en las cuales la dimensión de la fe y la celebración eucarística acompañaban a la ‘comunión fraterna’ y a una ‘comunidad de bienes’. Encontramos así en sus recomendaciones numerosas llamadas y compromisos con­cretos: necesidad de la ayuda recíproca, de la corrección frater­na, del perdón, de la aceptación recíproca, del no hacer a los demás lo que no queremos se nos haga a nosotros. Sabe además ser atento y delicado cuando, por ejemplo, recomienda ‘advertir primero privadamente a los individuos’ y sólo en un momento ulterior recurrir a los superiores, pero hacerlo todo humildemen­te.

Mario di Carlo

CEME, 2011

 

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