San Vicente de Paúl o la clarividente oposición al jansenismo (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. PUBLICACIÓN DEL AUGUSTINUS DE JANSENIO Y REACCIÓN DE VICENTE DE PAÚL

En honor a la verdad, el jansenismo pretendía una vuelta a la Iglesia primitiva, tratando de purificar la fe católica, intensificar la vida cristiana y restaurar la idea de Providencia. La obra fun­damental del jansenismo, el Augustinus, comenzada en 1628 y terminada hacia 1636, venía inspirada en el Santo Padre latino, san Agustín de Hipona, de ahí el título de la famosa obra que alcanzó varias ediciones. Su publicación se retrasó cuatro años, apareciendo por primera vez en Lovaina, en 1640. El retraso fue debido a la controversia teológica que hubiera generado de haberse publicado en 1636, sin haber sido antes revisada por los amigos del autor: Froidmond y Calenus.

Un año más tarde de la primera edición, apareció otra nueva en París, 1641, y en 1643, en Roma y en Ruán. El papa Urbano VIII prohibió la reimpresión, pero el libro se siguió imprimien­do ya que había sido dedicado al cardenal Fernando, infante de España, quien permitió y popularizó la publicación. Para enton­ces varios documentos y la Inquisición habían prohibido el libro.

Las tres partes principales del Augustinus

Al margen de esta incursión, interesante desde el aspecto his­tórico, volvemos a Jansenio, que pensó encontrar en los escritos de san Agustín una respuesta más satisfactoria que la dada por los Padres Conciliares de Trento y teólogos profesionales de cualquier escuela: carmelitana, agustiniana, cisterciense, francis­cana, dominicana o jesuítica. Jansenio distribuyó su obra Augustinus en tres partes principales: 1º resumen de la controversia pelagiana del siglo IV; 2º negación del estado de naturaleza pura y 3º desarrollo de su concepción de gracia suficiente y de gracia eficaz.

Aunque la teología jansenista esté basada en interpretaciones de textos agustinianos, sin embargo, se vio influenciada por las aportaciones de sus defensores. Como afirma René Taveneaux, si en Jansenio encontramos la teología de la gracia, en Arnauld la teología sacramental, en Saint-Cyran la disciplina moral y en Quesnel la vinculación justificada con el galicanismo. De las aportaciones personales de algunos teólogos innovadores flore­cieron las ramas del jansenismo.

Ramas del jansenismo

En resumen, «la bula Unigenitus recogerá de modo sistemá­tico los diversos aspectos del jansenismo, condenando de forma definitiva e inequívoca la teoría de la predestinación de Janse-nio, el rigorismo de Saint-Cyran y las tendencias heterodoxas de todos los epígonos de Port-Royal». Basado en el Augustinus surgirá el movimiento jansenista que se desarrolla y prolonga en tres ramas: jansenismo teológico, jansenismo moral-espiritual y jansenismo político, de signo galicano, considerado como el grupo mayoritario.

Conforme a lo dicho arriba, nosotros haremos referencia a las dos primeras ramas partiendo de las abundantes enseñanzas de Vicente de Paúl y confirmadas además por su conducta y acción directa. De la tercera rama, —es decir del jansenismo galicanista—, nosotros prescindiremos casi en su totalidad, por­que además de salirse del marco terrestre de Vicente de Paúl, está impregnado de política más que de doctrina. Sin embargo, no podemos soslayar el hecho, mitad político, mitad religioso, del encarcelamiento de Saint-Cyran, por decisión del cardenal Richelieu.

Saint-Cyran encarcelado y Vicente de Paúl interrogado en el proceso

El encierro de Saint-Cyran en el castillo de Vincennes —mayo de 1638— hizo que Vicente de Paúl entrara oficialmente en el escenario antijansenista. La amistad del señor Vicente con Saint-Cyran había sido sincera y notoria, antes de 1624. Este mismo año se encontraban ambos en el Oratorio de París, en torno a Pedro de Bérulle. Por entonces Saint-Cyran soñaba con la mejo­ra de la Iglesia mediante la reforma de las costumbres, creencias y prácticas espirituales del pueblo. También el señor Vicente buscaba con todos los medios posibles el mismo fin. Pero los métodos empleados por uno y otro, para alcanzar la anhelada conversión del pueblo de Dios, diferían mucho.

Mientras el primero imponía el rigorismo sacramental de la penitencia, aconsejando el retraso de la absolución de pecados graves, antes de haber cumplido la penitencia impuesta, el segundo era un fiel seguidor de la doctrina tradicional, presenta­da por los Concilios y el magisterio de los Papas; sumamente respetuoso con las orientaciones episcopales en materia doctrinal y moral, se dedicaba en cuerpo y alma a la evangelización com­pleta de los pobres, material y espiritual, afectiva y efectiva. En el orden espiritual, Vicente destacaba por la práctica de una espi­ritualidad netamente misionera, garantizada con la autoridad y guía de auténticos maestros del humanismo cristiano como Andrés Duval, Francisco de Sales, y autores españoles como Vicente Ferrer, fray Luis de Granada y Alonso Rodríguez.

La primera amistad con Duvergier se fue distanciando y enfriando en Vicente de Paúl a medida en que descubría en su viejo amigo señales de contagio jansenista, hasta que salta a la palestra, sin él pretenderlo ni buscarlo, al ser citado por Riche-lieu para declarar en el proceso contra Saint-Cyran. La ocasión se la brindó al cardenal el hecho de haber encontrado, en casa del abad, una carta copia que enviara al señor Vicente, al que estima­ba «prudente, pero que podía engañarse por falta de luces y de inteligencia en las cosas de doctrina y de ciencia, pero no por falta de buena voluntad, ya que lo consideraba hombre de bien». Vicente de Paúl recibió con impresionante humildad la acusación de su amigo. Saint-Cyran, en cambio, polemista por naturaleza y vocación, no estaba dispuesto a pasar por ignorante ni equivocado.

«Jamás he llamado maestro al señor de Saint-Cyran»

Entre otras causas que movieron a Richelieu a encarcelar al abad de Saint Cyran contaban las críticas que éste dirigió a la política del cardenal, precedidas por un duro panfleto de Jansenio, titulado Mars Gallicus (1635), y la desconfianza que el mismo cardenal sentía hacia el grupo jansenista, en continuo cre­cimiento preocupante. No obstante, quiso el primer ministro Richelieu que Saint-Cyran estuviese rodeado de toda clase de consideraciones y gozara de libertad para seguir manteniendo cierta relación con sus dirigidos y discípulos. Permanecerá en la prisión cinco años incompletos.

Tras la muerte de Richelieu, Mazarino decretó su liberación, en febrero 1643, y Saint-Cyran consagró los escasos meses que le quedaban de vida para reagrupar a sus adeptos —que se conta­ban ya por centenares, especialmente en los medios parlamenta­rios y burgueses— y a exponer en un sentido extremadamente rigorista y pesimista ciertos puntos del Augustinus de Jansenio. Murió en París el 11 de octubre de 1643.

Son muchos e interesantes los detalles a que baja el abad de Saint Cyran en su interrogatorio sobre Vicente de Paúl, noticias que desenmascaran, al menos en esta ocasión, su autosuficiencia frente a la humildad del misionero que gastaba su vida en la evangelización de los pueblos. Richelieu no había conseguido sonsacar una declaración al señor Vicente, ante el juez laico Laubardemont, que desmereciera del aprecio y respeto que sentía hacia su antiguo amigo. De ahí que Richelieu designase un juez eclesiástico, al señor Santiago Lescot, obispo de Chartres, para que le demandase su opinión sobre los testimonios manifestados en aquella carta recibida de Saint-Cyran. El señor Vicente acude a la cita, y tras prestar juramento de decir la verdad, responde una tras otra a todas las preguntas que le hiciera el juez, señor Lescot, durante el interrogatorio. A su vez, se conserva también el planteado al abad de Saint-Cyran.

No descartamos que alguno de esos testimonios haya sido manipulado poco después de su primera escritura, pese a estar firmada por el propio Vicente de Paúl. Tal vez lo más sorpren­dente y revelador del interrogatorio sea la declaración que hizo Vicente de Paúl: «Jamás he llamado maestro al señor de Saint-Cyran». Más explícito a la hora de emitir un juicio sobre el abad y menos reticente que en el interrogatorio fue la declara­ción que hiciera al obispo de Lugon, Pedro Nivelle, en 1651: «Saint-Cyran no solamente no estaba dispuesto a someterse a las decisiones del papa, sino que ni siquiera creía en los concilios; lo sé muy bien, señor obispo, por haber tratado mucho con él».

La condenación de cinco proposiciones del Augustinus

Estaba entonces el señor Vicente en plena acción, tratando de ganar firmas de los obispos para presentar al papa, a fin de que éste condenara urgentemente el jansenismo. Por iniciativa de la Sorbona y por influencia del mismo Vicente de Paúl que obraba desde el Consejo de Conciencia, 88 obispos franceses llevaron el asunto al papa Inocencio X, quien mediante la bula Cum occasione del 31 de mayo 1653, condenó cinco proposiciones del Augustinus, sin querer con ello dar su aprobación al resto del libro, plagado de imprecisiones teológicas. Tras la intervención papal, Vicente de Paúl se convertía, según Gabriel Gerberon, en «el enemigo más peligroso de los hijos de san Agustín», es decir, de los jansenistas.

Habían transcurrido trece años desde la publicación del Augustinus (1641) hasta la condenación de cinco proposiciones conte­nidas en la misma obra (1653). Dichas proposiciones recogen lo esencial del pensamiento de Jansenio, cuya formulación traduci­mos del original latino:

  • Es imposible para un hombre justo (en determinadas cir­cunstancias), cumplir algunos mandamientos de Dios, por faltar­le la gracia eficaz y por estar sometido a una delectación terres­tre superior.
  • En el estado de naturaleza caída, no se resiste nunca a la gracia eficaz.
  • Para merecer o desmerecer en estado de naturaleza caída no se requiere en el hombre la libertad que excluye la necesidad inter­na, sino que basta la libertad que excluye la coacción externa.
  • Los semipelagianos admitían la necesidad de la gracia interior previniente para cada acto, incluso para el inicio de la fe; su herejía consistía en pretender que esa gracia fuera tal, que la humana voluntad podría resistirla u obedecerla.
  • «Es semipelagiano afirmar que Cristo murió o que derra­mó su sangre absolutamente por todos los hombres».

Acaso venga bien recordar alguna, opinión más de Jansenio relacionada con las proposiciones condenadas. Enseñaba, por ejemplo, que una vez entrado el pecado en el mundo, el hombre perdió la libertad y se vio falto de gracia eficaz para no pecar, ya que la gracia suficiente no le bastaba. Enseñaba igualmente que en el hombre se da una delectatio terrestris —gusto por las cosas de la tierra— invencible y que para salir de esa situación después del pecado no basta la gracia suficiente, sino que es necesaria la gracia eficaz, es decir, el auxilio sin el cual el hombre no puede menos de verse arrastrado por el atractivo de todo lo creado y, finalmente, llegar al pecado. Según el mismo Jansenio sólo la gracia eficaz es poderosa para cambiar la delectatio terrestris por la delectatio coelestis, ya que provoca un gusto tan grande por las cosas de Dios que el hombre no puede resistirse a ellas. Así que la «predestinación» a la gloria o a la condenación obedece a que unos hayan recibido la gracia eficaz y otros, en cambio, no.

La distinción entre el derecho y el hecho

Los jansenistas, capitaneados por Antonio de Arnauld, reac­cionaron inmediatamente contra la bula Cum occasione, distin­guiendo en la condena «el derecho y el hecho»; admitían el carácter herético de las cinco proposiciones consideradas en sí mismas (cuestión de derecho), pero en ellas no reconocían el pensamiento de Jansenio (cuestión de hecho). Según Arnauld, el texto de las proposiciones tenía fuertes concomitancias calvi­nistas, mientras que en el libro de Jansenio constaba la doctrina genuina de san Agustín, tantas veces alabada por la Iglesia. Este subterfugio indujo al papa Alejandro VII (1655-1677) a interve­nir de nuevo y definir, en la bula Ad sacram Beati Sedem (16 oct. de 1656) que las cinco proposiciones fueron realmente sacadas del Augustinus y condenadas en el sentido dado por su autor. Las luchas y tensiones sólo se aplacaron con la «paz clementina» (enero de 1669).

Las razones de Vicente de Paúl para oponerse al jansenismo

Bien conocido el alcance del contenido doctrinal de las cinco proposiciones, no extraña en absoluto la actitud de Vicente de Paúl frente al jansenismo. No podía por menos de herirle en lo más sensible de su conciencia las apreciaciones sobre la gracia y el pecado, pues echaban por tierra su labor misionera. Las exhor­taciones que dirigiera a los misioneros y a las Hijas de la Cari­dad son el resultado de una asimilación afectiva y efectiva del tratado tradicional sobre la gracia y la práctica de los sacramen­tos, en particular de la penitencia y de la eucaristía, exhortaciones que nos ayudan a descubrir las razones profundas por las que Vicente de Paúl se opuso con toda su alma al jansenismo y esta­ba dispuesto a dar su vida en defensa de la verdad católica».

En las conferencias y correspondencia se esforzaba en hacer ver cómo todos están llamados a la salvación y reciben las gra­cias suficientes para alcanzarla. ¿Acaso no murió por todos en la cruz el Hijo de Dios, llevado del amor a la humanidad entera? El estudio que hizo sobre la gracia, aportando pruebas de la Sagra­da Escritura, de los Concilios y de la razón humana, manifiesta su fe íntegra en la gracia salvadora de Dios.

Las obras relativas al jansenismo eran conocidas por Vicente de Paúl, bien fuera por la lectura atenta que él mismo hiciera de ellas o por comentarios que le llegaban de personas bien infor­madas, obligándose a ponerse al día en cuestiones teológicas y a orar incesantemente por la paz y unidad de la Iglesia. Así se lo manifestaba al conocido P. Juan Dehorgny el 25 de junio de 1648: «Le confieso, padre, que he hecho pequeños estudios sobre estas cuestiones y que es éste el tema más ordinario de mis pobres oraciones»19.

Y al P. Fermín Get, superior de Marsella, le justificaba su pro­pia oposición firme al jansenismo en estos términos: «Tengo la obligación de mantener a la Compañía limpia de esos enredos; pues, además de las decisiones de la Sorbona, de los obispos y de la Santa Sede, tengo una orden expresa de Roma»20. Cuando expone la doctrina tradicional sobre la gracia y los sacramentos, no hace más que obedecer la voz de su conciencia, llevar a la práctica la fe profesada por la Iglesia y tratar de evitar en lo posi­ble que otros caigan en el error.

Son dignas de mención algunas consignas doctrinales que le fluían espontáneamente de los labios, por ejemplo: «Aunque por el bautismo se borre el pecado original, queda en nosotros el forres peccati o inclinación al pecado», o también: «Los movi­mientos de la naturaleza son anteriores a los de la gracia, pero éstos superan a aquéllos». Más aún: «Dios se sirve incluso de los pecados para la justificación de una persona, si los pecados entran en el orden de nuestra predestinación… Los defectos que permite Dios en algunas personas sirven como de cenizas para ocultar las virtudes que se encuentran en esas personas y hacen que, al verse defectuosas, se mantengan en la humildad y rebaja­miento de sí mismas».

CEME

Antonino Orcajo

 

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