San Vicente de Paúl, místico de la acción religiosa

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: André Dodin, C.M. · Traductor: José M. Sánchez Mallo, C.M.. · Año publicación original: 1968 · Fuente: Mission et Charité, 1968, pp. 26-47.
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¡Qué imprudencia tan grande e imperdonable! Os he permitido esperar una cita con Vicente de Paúl. Y ahora estoy delante de vosotros, pública­mente condenado a pagar la cuenta muy elevada de mis extravagancias. ¿Cómo he podido prometeros una semejante conversación? Un místico de la acción religiosa no diserta sobre las profundidades de su alma, sino que se expresa actuando. Incluso sus palabras no tienen significación por sí mismas. Sólo el movimiento vital que las empuja y las esclarece puede hacerlas com­prender. Para ilustrar mi prudencia y ahogar mis imprudencias, debí y pude acordarme de la singular diversidad de actividades de Vicente de Paúl. ¿Por qué no he tenido en cuenta la complejidad de su espíritu y la desconcertante in­geniosidad de su genio ? Juzgadlo más bien por la ficha descriptiva de la po­licía religiosa. La he extraído de su casillero judicial.

De Paúl, Vicente, nacido de Guillermo y de Bertran de Moras en Pouy, cerca de Dax, en las Landas, en abril de 1581; muerto en el Priorato de san Lázaro de París, el 27 de septiembre de 1660, a las 4,45 de la mañana; apelli­dado De Paúl, llamado Vicente, apodado señor Vicente, canonizado san Vi­cente de Paúl por Clemente XII el 16 de junio de 1737, asociado a los filán­tropos del siglo xviii, enrolado sin su consentimiento pleno en las filas de los santos del culto revolucionario, vendido al pormayor en forma de estampas en el siglo xix por el editor Pellerin que poseía la imprenta en Epinal, intro­ducido en los estudios cinematográficos por un grupo de artistas dirigidos por Maurice Cloche en 1947, (utiliza por entonces «las formas visibles» de Pierre Fresnay), declarado grande y benéfico patrón por organizaciones diferentes como el Socorro Católico, las conferencias de san Vicente de Paúl, las Damas de la Caridad y más de 100 comunidades religiosas.

Medid y juzgad ahora si mis pretensiones no han ido hasta un punto que violan las fronteras de la dulce locura.

Y después, dado que estamos entre nosotros y es muy ventajoso liberarse cuanto antes de todos los equívocos, prosigo y reconozco que la experiencia que he obtenido en mis conversaciones clandestinas con esta sombra del pa­sado es un tanto descorazonadora. Después de varios lustros la investigo y trato de atraparla. ¿Lo declararé? Juega al escondite, ora presente, ora pode­rosamente molesto e irreductible, es, a veces, y lo he notado desde que trato de tocarle, lo más opuesto a hablar con claridad, es y vuelve a ser, flexible, ágil, fluido, huidizo. Múltiple y multiforme, permanece sombra y sombra luminosa. Siempre sonriente e invariablemente hombre bueno, no abandona su vieja táctica: proponer sin imponer, presentarse para invitar a hacerse presente a Dios, o mejor, para darse a Dios. El llamaba a este movimiento, que conjuga la provocación con el eclipse, la manera de los ángeles.1

Este método obtuvo en otro tiempo sorprendentes resultados. Incluso el secretario particular de Vicente de Paúl no lograba comprenderle. El gascón Vicente de Paúl se escapaba a su gascón secretario, el hermano Ducournau. Este escriba vestido de la cándida y familiar probidad de los inconscientes, nos declara apaciblemente que el señor Vicente no dice más que «cosas co­munes», pero que, sin embargo, «les imprimía una gran elevación tanto en la práctica como en la expresión».2

Henos aquí, pues, expuestos a un triple peligro:

—   El primero consiste en no captar la originalidad de vida, de palabras y de acciones de san Vicente de Paúl con relación a los predecesores, a los con­temporáneos y a los discípulos en religión.

—   El segundo consiste en olvidar por pereza y por un muy noble senti­miento de sencillez, lo que prácticamente nos lleva al mismo resultado, que es la diversidad y las diferentes formas orgánicamente convergentes de esta carrera. Este hombre de Dios es a la vez «apóstol», conductor de hombres y organizador. Tiene el sentido del derecho y la experiencia de la legislatura civil y religiosa. Richelieu no duda en consultarle sobre la validez del matri­monio de Gaston de Orleans y de Margarita de Lorena.3 Alertado por unos malos negocios, adquirió el sentido de las realidades económicas y desarrolló la intuición de los «buenos negocios». Situándose fuera de la órbita de los po­líticos no cesará de inspirar a los políticos, es decir, dará un buen consejo a Ana de Austria, negociará con Mazarino y evangelizará a los politicos de pri­mer y segundo orden.

—   El tercer peligro y, para decirlo mejor, la más hermosa tentación con­siste en permanecer en la superficie de esta vida, en pasearnos por la galería de las imágenes. De este modo se nos escaparía la prodigiosa y singular inten­sidad de esta existencia. Hemos de recordar que no sólo san Vicente ha vivido durante 79 años y 5 meses, sino también que él ha operado un cambio en su perspectiva psicológica y moral entre los 32 y 36 años, que prolonga su existencia a través de tres siglos mediante otras personas y que esta sobre-vida amenaza con durar todavía mucho tiempo.

Condiciones para reconocer la originalidad viva de san Vicente

Para asegurar el máximo de éxito en esta empresa debemos tomar con­ciencia de realizar tres condiciones:

Ante todo de no separar la vida personal de Vicente de Paúl de to­das las actividades en las cuales se expresa. Por su parte no encontramos nin­guna complicidad ni ninguna ayuda, porque obra silenciosamente y su hu­mildad utiliza todas los ardides, incluso el de disimular detrás de las obras que sostiene.

2ª No separar la vida y la obra de san Vicente de la organización jurí­dica y religiosa que él miraba como la forma concreta, substancialmente unida a la materia de su obra. En él el gusto por el detalle, las indicaciones sobre el método de predicar, de catequizar, las directrices sobre la manera de comportarse, de dirigir una asamblea, de organizar una cofradía, de llevar una casa, de abordar a los pobres enfermos, todas estas minuciosida­des no son producto de una manía o diversión de su espíritu, sino de una vo­luntad por asegurar la pureza y autenticidad de su esfuerzo tratando de sos­tenerlo hasta el fin, en el cual se eterniza y es bendecido por Dios.4

Y como la coherencia no le falta y se atiene a lo que es seguro, afirma sin dudar que los éxtasis son más perjudiciales que útiles, niega toda realidad a pensamientos que se diluyen en humaredas y no se concretan en actos, profesa que todas las obras e instituciones, cualquiera que sea su diversidad, deben completarse interiormente, sostenerse y alimentarse en la fuente cen­tral de donde proceden.5

3.a En fin, tercera y última condición, no separar esta trinidad viviente —vida, obras, organización— del resorte interior que lo sostenía e impulsaba todo. Esta referencia a lo invisible y digamos a lo místico de esta vida nos constriñe a no gozar demasiado del espectáculo y a no contentarnos con una estéril admiración de los «exteriores».

Y la razón está en que un elemento irreductible a categorías naturales confería a la vida y a las obras de Vicente de Paúl un poder de rebasar todo limite, de tal forma que aquellos que lo han sepultado no han logrado ajustar definitivamente la piedra de su tumba. Debieron, unos cuarenta años después de su muerte, sacarlo de su tumba. Sin duda, porque lo consideraban como peligroso, materia radioactiva, lo han encerrado en una caja de vidrio expuesta a plena luz. A la vez amigo y enemigo, cómplice de Dios y adversario de nues­tros demonios familiares, venerable y peligroso, juez y profeta, en esta clari­dad es como lo vemos. Vigila nuestro sueño y nos impide morir demasiado fácilmente. Por esta razón vamos a ocuparnos de él.

a) Veremos primariamente cuál fue su carrera visible. Para ello debemos compulsar sin dificultad un muy copioso casillero judicial.

b) A continuación trataremos de deducir los principios directores de su vida religiosa.

c) Informados de este modo, nos será muy fácil hacerle decir lo que pien­sa acerca del hombre. Nos dirá cómo lo ve, conforme a qué espíritu ha de mirársele.

d) ¿Y si a continuación conseguimos violar el secreto de su existencia? Si en él logramos escuchar lo que otro murmura, no habríamos indicado solamente las fuentes de su misticismo, sino también estaríamos prestos a beneficiamos de ellas.

I. La carrera de san Vicente de Paúl

Contemporáneo de Luis XIII y Richelieu, Vicente nació durante las gue­rras de religión del reinado de Enrique III. Si está fuera de todo propósito razonable dibujar un cuadro del entorno viviente en el cual Vicente de Paúl evoluciona y se debate, es indispensable, sin embargo, recordar algunos he­chos que condicionan la vida de los franceses bajo el reinado de Luis XIII y durante la regencia de Ana de Austria. Algunos modifican el ritmo de su existencia.

Francia encerrojada en unos límites más estrechos que los actuales cuenta ya con 20 millones de habitantes. Pero este plano demográfico es extremada­mente inestable. Puede bajar un millón durante un año: la guerra, el hambre, la peste provocan rudos socavones. Pero como la vida sube intrépida y vigo­rosa regana en dos años el terreno perdido. Richelieu, que durante 18 años despliega una indómita pasión para unificar, desde el punto de vista político, administrativo y económico, las provincias francesas, interviene constante­mente en la vida religiosa del país. Hace prisionero al abad de Saint-Cyran, trabaja en la reforma de los monasterios benedictinos, financia la obra de los ordenandos. En esta Francia en la que la Iglesia posee las dos terceras partes del territorio, todos los problemas se mantienen. El cardenal, que mira con envidia la prosperidad comercial de Inglaterra y Holanda, trata de des­bloquear este reino feudal y agrícola para hacer del reino de Luis XIII una potencia orgánicamente constituida, dotada de una artesanado próspero, que disponga de una marina capaz de surcar rápidamente los mares y que multiplique los stoks de exportación y que se aprovisione en múltiples mer­cados.

Este cambio acelerado no favorece nada la agricultura que no puede re­generarse. Los campesinos, perseguidos por los oficiales reales encargados de cobrar los tributos, se rebelan. El historiador ruso Boris Porchnev nos ha proporcionado los cuadros médicos, año tras año, del acceso de fiebre que han provocado sangrías en todas las provincias francesas.6

Campesino, hijo de campesino, Vicente de Paúl, que deserta de las plani­cies de las Landas, permanecerá profundamente marcado por sus orígenes terrícolas y meridionales. Siempre de improviso y como por sorpresa, recuerda con frecuencia su ascendencia, que él declara «humillante». Estos propósitos impregnados de un malicioso pudor revelan sobre todo una voluntad de ejer­citar el poder del realismo y una intención tenaz de buscar y de traducir lo que está delante de Dios.

Convertido en parisino a los 27 años, Vicente de Paúl evolucionará du­rante 53 años en un mundo que se llama «el mostrador de maravillas» y en el que la sencillez difícilmente puede sobrevivir.7 Poco ha faltado para que el joven Vicente sucumbiese y se convirtiese en un esclavo civilizado, atado a los bienes materiales, inmovilizado y anestesiado por un horizonte de «mí­nima periferia».

Con toda seguridad sabe que lleva en sí mismo sus mejores enemigos. Pero no puede, en la luz incierta del alba de los primeros pasos, vislumbrar­los. Necesitará alcanzar el cabo de los cincuenta años para denunciar con una apacible lucidez y una intratable energía los ardides de la pequeña na­turaleza.

Tres tentaciones interiores

Su camino hacia Dios y hacia nosotros no avanza si no es lentamente. Un psicólogo experimentado no tendría mucho trabajo, incluso a distancia, en enumerar los obstáculos interiores, las tentaciones familiares que le ator­mentan.

La primera es una tentación de vanidad. Ya desde muy joven se opone a su padre. «Recuerdo, confiesa, que una vez en el colegio en donde yo estu­diaba me vinieron a decir que mi padre, que era un pobre campesino, pregun­taba por mí. Me negué a hablarle, en lo cual cometí un gran pecado».8 Ante los sacerdotes y hermanos de la casa de san Lázaro se denuncia una vez más : «Siendo muy niño, como mi padre me llevaba con él por la ciudad, tenía vergüenza de acompañarle y de reconocerle por padre, porque iba mal ves­tido y era cojo. ¡Oh miserable de mí, qué desobediente era!».9

En unas páginas posteriores que intenta vanamente destruir monta un vasto relato curiosamente matizado de colores, en donde las aventuras exó­ticas se suceden a placer: «Tres navíos turcos nos dieron caza y atacaron… estos traidores y peores que tigres, cuyas primeras manifestaciones de rabia, fueron despedazar en cien mil pedazos a nuestro piloto… nos expusieron a venta…, yo fui vendido a un pescador, después a un médico espagírico, so­berano descubridor de quintaesencia… lo vi con frecuencia fundir tanto el oro como la plata, tenerlo al fuego veinticuatro horas y encontrar la plata convertida en oro…».10 Este subyugante narrador nos mantiene perplejos. Los historiadores no están seguros.

La segunda tentación puede parecer más benigna, pero ¿qué caminos no puede tomar? Se llama curiosidad. Es frecuente y peligrosa, declara Vicente. Y prosigue: «He sido trabajado por esta pasión».11 Al término de su vida denuncia sus estragos: «La curiosidad es la peste de la vida espiritual. Por la curiosidad de nuestros primeros padres entró en el mundo la muerte, la peste, la guerra, el hambre y las demás miserias y en consecuencia debemos guardarnos de ella como de la raíz de todos los males».12 «La curiosidad hace al hombre criminal y no sabio».13

La tercera tentación la llevó en su corazón desde los primeros pasos en la vida. Busca «el medio de hacer una retirada honorable» y obtener un «ho­nesto beneficio». Después de varios disgustos lo obtiene. Entra en la casa de Felipe Manuel de Gondi y se instala en casa de este gran patrón.14

Estuvo a punto de hundirse en estas marismas y sucumbir definitiva­mente: «¡Maldición, maldición, dirá más tarde, sí, maldición para el misio­nero que se ate a los bienes perecederos de esta vida!, porque será atrapado, permanecerá herido por sus espinas y maniatado entre sus lazos».15 Habría podido sucumbir a esta esclavitud y no ser más que un hombre de pequeña periferia, uno más entre tantos eclesiásticos cuyo «vicio capital es la pe­reza».16

Pero la Providencia vigilaba. E intervino inopinadamente en la forma des­concertante y muy eficaz de dos pruebas.

Dos pruebas saludables

La primera fue bastante espectacular y escandalosa. Vicente fue acusado de haber robado a un juez, el juez de Soré, uno de sus compatriotas que le había hecho partícipe de su habitación, en el suburbio de Saint Germain. El asunto no se paró. Arrojado a la calle, difamado ante todas las personas que le conocían y en particular ante el P. Berulle, Vicente incluso fue objeto de una monición que, según la costumbre, debía ser leída tres domingos se­guidos en la predicación de la misa dominical.17 En torno a él las quejas y las sospechas se eternizaban. Esta historia tenebrosa y dolorosa duró unos seis meses.18

Apenas salido de esta prueba, otra, sin nombre, sin rostro y mucho más insidiosa comenzó a paralizar su espíritu y a minar sus energías. Habiendo aceptado sobre sí la tentación de un doctor atormentado en la fe, Vicente fue durante tres o cuatro años, sacudido por unas dudas que le sumergieron en un humor negro. Pudo evadirse de este marasmo asfixiante dándose defi­nitivamente a Dios en el servicio de los pobres. En este mismo instante se ilu­minó su camino. Las circunstancias se convirtieron en los «maestros que Dios nos da». «Ellas fueron «profecía y evangelio». Más tarde recordará que estos dos sucesos habían servido de pivote a toda su existencia.

Dos experiencias reveladoras de vocación y de misión

En Gannes, cerca de Folleville en Picardia, el año 1617, Vicente fue lla­mado para asistir a un moribundo del cual oyó la confesión general. El mo­ribundo confesó que sin esta confesión hubiera seguido prisionero de su amor propio y se hubiera condenado. Como consecuencia, Vicente emprendió los ejercicios de misión preparatorios para la confesión general. En torno a la confesión sacramental está en juego sencillamente la conversión adulta y una catequesis que intenta provocar y organizar.

En Chatillon-des-Dombes, en este mismo año de 1617, en el cual su deseo de servir a los pobres le ha transfigurado, se da cuenta de que la caridad no debe ser entregada a los movimientos efímeros del corazón o a las iniciativas individuales, es decir, para ser eficaz, continua y diariamente sobrenatura­lizada, ha de organizarse y socializarse.

Fidelidad a Dios y recreación en la experiencia

A partir de 1617, la existencia del Señor De Paúl va a estar jalonada, año tras año, por iniciativas y empresas cuya diversidad y dimensiones desconcier­tan. Los biógrafos se embrollan. Aquellos que no quieren omitir nada trans­forman su relato en nomenclatura caritativa. A una mirada más atenta y más ejercitada, la actividad del señor Depaul se presenta como una fidelidad sin desfallecimiento a sacar las consecuencias de dos experiencias fundamentales, que se completan mutuamente.

La primera es la de Gannes-Folleville, que puede resumirse en dos com­probaciones.

La primera consiste en que el pueblo de los campos está abandonado. Perece de ignorancia y de miseria. Es necesario instruirle y, moralmente hablando, equiparlo, acelerar su madurez pidiéndole que se entrege a Dios. La misión que consiste en una instrucción sumaria y en una confesión general es para Vicente de Paúl el medio inmediato de iniciar una vida cristiana adulta y auténticamente sobrenatural.

La segunda comprobación, íntimamente relacionada con la primera, es la ignorancia y la miseria del clero parroquial. Entre 1613 y 1617, la señora de Gondi invitó al P. Vicente a comprobar por sí mismo la ignorancia de la fórmula de la absolución por parte de algunos sacerdotes.

La pequeña Congregación de la Misión fundada en 1625 para socorrer inmediatamente la miseria moral de los pobres del campo, se encargará de la organización de los ejercicios a ordenandos (1628). Diez días para formar a un sacerdote es verdaderamente poco. Desde 1641, los seminarios que ha­bían puesto en práctica los decretos del Concilio de Trento, extenderán esta formación a dos años. Una asociación de ayuda mutua entre sacerdotes co­menzará en 1633. Tendrá como fin ayudar a los sacerdotes inmersos en el ministerio y se llamará «Conferencia de los Martes». Los ejercicios espiri­tuales tanto para los sacerdotes como para los laicos deberán renovar y sos­tener la pujanza de las tres grandes empresas: los ordenandos, las Conferen­cias de los Martes, los Seminarios.

¿Cifras? Entre 1628 y 1660, pasan por San Lázaro, casa madre de la Con­gregación de la Misión, encrucijada de la caridad y cuartel general de Vicente de Paúl, de 13 a 14.000 ordenandos. Durante el mismo período sólo la casa de San Lázaro hospedó unos 20.000 ejercitantes. En 1660, la conferencia de los Martes agrupa a 250 nombres ilustres, de los cuales 20 llegarán al episco­pado. Los misioneros residentes en París dieron no menos de un millar de misiones. Desde 1639 la Congregación de la Misión pasa a Italia. En 1645 estaba establecida en Túnez, en 1648 en Madagascar, en 1651 en Polonia.

La segunda experiencia es la de Chatillon-des-Dombes.

En sus viajes por Francia Vicente toma conciencia del deber que cada uno tiene de socorrer a los pobres, de la necesidad de obrar conjuntamente, en una palabra, de organizar la sociedad moderna en función de los pobres, que siempre se encontrarán si se sabe buscarles y si se escucha en ellos a Cristo en agonía hasta el fin del mundo. Las Damas de la Caridad en 1617 y las Hijas de la Caridad en 1633 fueron las dos respuestas estables e institucionalizadas a la miseria, sólidamente enraizada en la naturaleza caída y defigurada por el pecado. Las Damas y las Hijas de la Caridad orientadas y dirigidas por los sacerdotes de la Misión pudieron enfrentarse a las plagas que se abatieron sobre Francia a partir de 1636. Por cinco veces en veinticuatro años, el P. Vi­cente dirige a la conciencia cristiana una llamada conmovedora.

En 1636, cuando los imperiales invaden Corbie, misioneros e Hijas de la Caridad acuden a los ejércitos. En 1638 Vicente organiza la obra tan popular de los niños abandonados: durante 22 años recogerá cerca de 20.000. En 1639 acude en socorro de Lorena, en 1650 envía a sus sacerdotes a Picardía y a Champagne, en el período que va de 1650 a 1660 se desgasta en la Isla de Francia.

Otras actividades como son la participación en el Consejo de Conciencia (1643-1655), dirección de los conventos parisinos de la Visitación (1622-1660), se inscriben como coronación y complemento de estas dos experiencias fun­damentales.

A la muerte de Vicente de Paúl, el 27 de septiembre de 1660, el patriarca de la Caridad no contaba en la Misión más que con 130 sacerdotes, 44 clérigos y 52 hermanos coadjutores. Las Hijas de la Caridad alcanzaban apenas la cifra de 200. Con estos débiles instrumentos, según el primer panegirista Mons. Henri de Maupas de Tour, «cambió casi la faz de la Iglesia» (23 de noviembre de 1660).

Careciendo de una dignidad intervino en todas las reformas religiosas de su tiempo y no fue extraño a ninguna empresa de renovación.

La diversidad de su acción y la complejidad de su influencia producen ad­miración y desconciertan. A primera vista le percibimos como un hombre sencillo, benigno y bueno y de repente se nos aparece como un hombre con mayúscula, como una potencia que empuja y forja hombres. No es autor, pero escribe más de 30.000 cartas; no es un predicador que forme parte de la lista de los grandes oradores dominicales del siglo XVII y, sin embargo, ha re­vitalizado y humanizado la predicación. Poseemos 8.000 páginas salidas de su pluma y podríamos poseer 80.000 si los hombres hubiesen estado más atentos. Teníamos una cita con el santo de la caridad y de repente tomamos conciencia de estar en presencia de un hombre al que amamos silenciosamente, porque nos ha hecho entrar, de manera misteriosa, en el misterio del amor humano.

Nos es necesario un pequeño retroceso para deducir los principios que bro­tan de su pensamiento y de su conducta.

II. Los principios rectores de la existencia religiosa

Dos constantes se desprenden de la actividad y de la enseñanza de san Vicente. Ellas traicionan la inquietud de no omitir nada y traducen una de­cidida voluntad de unir los extremos, de reunir los contrarios, de pasar, como lo quería Pascal, rápidamente de uno a otro.

PRIMER PRINCIPIO: Fidelidad a la acción presente y presencia con pretensiones universales.

Mons. Abelly, primer biógrafo de Vicente de Paúl, había ya señalado en su héroe, el poder de reflexión, la circunspección, el silencio, rasgos de conducta inhabituales en un meridional. La multiplicidad de perspectivas que se ofre­cen al espíritu del señor Vicente provocaba, ante todo, dudas y reservas. Vi­cente de Paúl elevaba enseguida su espíritu a Dios, penetraba en los negocios hasta en su meollo, descubría las circunstancias grandes y pequeñas, preveía las consecuencias, no se apresuraba a sacar las conclusiones, pesaba los pro y los contra y, en fin, pedía consejo. Después de haber recorrido esta fase de investigación, Vicente hablaba con orden y claridad. Habiendo captado su espíritu lo esencial y lo invariable dentro de lo variable, parecía determinarse irrevocablemente. El señor Vicente no cambia, se decía corrientemente (XIII, 339).

Esta obstinación en penetrar lo inmediato, de hacerse totalmente pre­sente a la miseria humana, lejos de inmovilizar su sensibilidad, la abría con­trariamente a todos los sufrimientos. Progresivamente su corazón se ensancha. Preocupado hoy por la ignorancia de los campesinos (1617), lo estará mañana por la ignorancia de los sacerdotes (1628). El abanico de sus perspectivas no cesa de abrirse. Pasa de los niños abandonados a los ancianos, de los soldados a los siniestrados, de los enfermos a los duelistas, de la instrucción infantil al sostenimiento de los nobles arruinados, de la ayuda a los religiosos al con­sejo de obispos y grandes de este mundo.

Esta universalidad se inscribe geográficamente más por la fuerza del alma que por la coacción de los acontecimientos. Encerrado en las fronteras del reino de Francia hasta 1640, la influencia de Vicente de Paúl se extenderá a Europa (Italia, Polonia, Irlanda, Escocia) y a Africa (Túnez, Argelia, Ma­dagascar). En víspera de su muerte, Vicente habla de China y de las Indias, preocupándose incluso de Canadá.

Sin embargo, no conviene perder de vista que Vicente de Paúl mantiene principalmente su esfuerzo sobre dos sectores que juzga más importantes y los más decisivos para todo el apostolado de la Iglesia: los pobres y el clero.

Es evidente, decía, que todo el mal procede de los malos sacerdotes. La depravación del estado eclesiástico es la causa principal de la ruina de la Igle­sia (XI, 308-309). Los peores enemigos de la Iglesia son los sacerdotes. Incluso si no son herejes, son los responsables del lamentable estado por el que lloran lágrimas de sangre almas buenas. La herejía, el vicio y la ignorancia han in­vadido la Iglesia a causa de su negligencia y de sus desórdenes (XII, 85-86; V, 350; VII, 462).

Los pobres no son los domésticos del mundo sino sus dueños. Los mise­rables gozan de la predilección de Cristo y por ellos y en ellos se prosigue la misión de Jesús. «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha elegido para ellos. Ahí está nuestro capital, lo demás es accesorio».19

SEGUNDO PRINCIPIO: No separar la vida caritativa del conjunto de la vida es­piritual.

Es digno de hacer notar que la enseñanza de Vicente de Paúl sobre la ca­ridad y en particular sobre el amor de Dios no constituye más que una míni­ma fracción de las 8.000 páginas de sus obras. Esta aparente desproporción nos obliga a examinarlo más de cerca. Dos preocupaciones se unen y crecen en el alma de Vicente de Paúl. La primera consiste en asegurarse lo más posible contra las ilusiones y las trapacerías de la naturaleza tramposa y purificar más radicalmente su intención para no buscar más que a Dios y sólo a Dios; la segunda, verificar esta intención de amor y experimentarlo me­diante el ejercicio. La variedad y la flexibilidad de las adaptaciones del amor son el signo cierto de su autenticidad.

Los cuatro preceptos que el señor Vicente va a formular responden a esta preocupación y miran a calmar su incesante inquietud.

PRIMER PRECEPTO: Apoyarse en Dios y no en sí mismo.

Lo esencial en la vida no es desarrollar su yo y tener confianza en sí mismo. Por el contrario se debe desconfiar de uno mismo y no tener confianza más que en Dios. Lo importante es desarrollar y manifestar la vida de otro, de Jesús: «Vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, declara san Vicen­te, y debemos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo» (I, 295). La des­cortesía permanente y la insistencia molesta que san Vicente despliega contra la pequeña naturaleza, el «harapo», no se comprenden ni se justifican más que en razón de la vida de Jesús que debe aparecer y transformar la vida hu­mana. «Desde el momento en que estamos vacíos de nosotros mismos, Dios nos llena de él. Cuanto menos haya de nosotros más habrá de Dios».

SEGUNDO PRECEPTO: Establecer el reino de Dios en sí y a continuación en los otros.

Para deshacer las ilusiones y disolver la borrachera de las grandes palabras, recuerda san Vicente que Nuestro Señor no comenzó su ministerio y su obra redentora por la predicación sino por una acción secreta, humilde y desco­nocida de todos.

Debemos trabajar para hacer reinar en nosotros a Dios y a continuación en los otros. Y mi mal consiste en que tengo más cuidado en hacer que reine en los otros que en mí (II, 97).

Tenemos como máxima suprema que cuanto más trabajemos en la per­fección de nuestro propio interior nos hacemos más capaces de fructificar en favor de nuestro prójimo (XI, 29).

¿De qué nos servirá hacer maravillas en favor de los otros dejando nuestra alma abandonada? (XII, 79).

Es necesaria la vida interior, hay que tender a ella; si falta esto, falta todo (XII, 131).

TERCER PRECEPTO: Unir el amor al prójimo y el amor a Dios.

Con mucha claridad formulado y justificado en la última enseñanza de Vicente de Paúl, este precepto lo ha adquirido progresivamente.

Durante los primeros años de la dirección de Luisa de Marillac Vicente de Paúl se mueve dentro de un clima salesiano. Utiliza con frecuencia la pa­labra «corazón». «Nuestro Señor, le escribe, esté en nuestro corazón y nues­tro corazón en el suyo, a fin de que sean tres en uno y uno en tres para que no queramos sino lo que él quiere» (I, 214). Después de 1635 utiliza con más frecuencia los textos de san Pablo y de los sinópticos. Su enseñanza está cen­trada en la imitación de Nuestro Señor Jesucristo; hace inventario de las exi­gencias concretas de la caridad, reafirma que es necesario amar al prójimo co­mo Nuestro Señor Jesucristo lo ha amado, como él nos ama. La evocación de palabras y gestos de amor de Nuestro Señor Jesucristo pasan a ser predo­minantes. Incesantemente los textos del evangelio se introducen en su propio discurso. En filigrana, podemos señalar tres motivaciones del amor al prójimo;

  • el prójimo: y principalmente el prójimo pobre y abandonado es imagen de Jesús;
  • el prójimo es un miembro del cuerpo místico de Cristo;
  • el prójimo es un amigo de Jesús y Cristo se encuentra afectado por todo aquello que le sucede.

Esta meditación, prolongada, se simplifica y se interioriza de dos maneras y sobre dos planos.

Sobre un plano psicológico, Vicente en lugar de buscar en el evangelio la palabra y el gesto regulador, transporta a Cristo al presente. Transpone y actualiza el Cristo del evangelio: ¿Qué haría hoy y ahora Nuestro Señor?

En el plano teológico utiliza al máximo san Pablo y sobre todo san Juan. La imitación de Jesús es concebida como una prolongación de la vida de Jesús. Es necesario que Nuestro Señor esté en nosotros y nosotros en Nuestro Señor. La enseñanza vicenciana se organiza, pues, sobre la doctrina del espíritu de Jesús. Este espíritu adquirido en el bautismo es neutralizado por la naturaleza humana. Para que el espíritu de Dios, el espíritu de Jesús opere libremente y ejerza plenamente sus poderes, el cristiano no solamente debe realizar mate­rialmente la obra de Jesús, copiar sus acciones, sino también debe darse a Dios para que Dios opere en él.

Encontraréis en él todas estas virtudes, las ejercitará en vosotros y para vosotros, si le permitís obrar (VIII, 231).

El lema ahora es: «Es necesario obrar en El y para El» (cf. XII, 154, 166, 183; 7 de marzo de 1659).

Ruego a Nuestro Señor que sea vuestra fuerza y vuestra vida, como El lo es de todos aquellos que se alimentan de su amor (VIII, 15; 11 de julio de 1659).

CUARTO PRECEPTO: Unir el amor afectivo y el efectivo.

La oposición de la pequeña naturaleza a la gracia es permanente, pero no sale a la luz del día. Oculta su rostro y emplea una táctica fluida y multi­forme. Su lema, sin embargo, permanece constante: «dividir para destruir, separar para exterminar». El señor Vicente lo conoce y denuncia sin miramien­to todas las ilusiones del amor: las buenas intenciones, los grandes senti­mientos, el desdén de las obras exteriores, la búsqueda de las consolaciones de Dios, el reposo de una consolación solitaria.

— Las buenas intenciones. Es en la oración en donde las buenas inten­ciones tienen la posibilidad de ejercitar sus trapacerías. Le basta dejar el alma en el vacío. El señor Vicente envió un día las notas de una ejercitante:

«Os envío las resoluciones de la señora N., escribe a Luisa de Marillac, que son buenas, pero me parecerían todavía mejores si descendiesen un poco a los detalles. Sería bueno acostumbrar a hacer lo mismo a aquellas personas que vayan a hacer los ejercicios a vuestra casa; lo demás no es más que pro­ducción del espíritu, que, habiendo encontrado cierta facilidad e incluso dul­zura en la consideración de una virtud, se vanagloria con el pensamiento de ser virtuosa. Sin embargo, para llegar a serlo sólidamente se deben hacer buenas resoluciones prácticas sobre los actos particulares de virtud y ser fiel a su cumplimiento. Sin esto no se es virtuoso sino imaginativamente» (II, 190).

Y tomando el pensamiento de san Francisco de Sales: «Las virtudes meditadas y no practicadas son más perjudiciables que útiles» (XI, 40; VII, 463).

—  Los grandes sentimientos. Las naturalezas sensibles están inclinadas a instalarse en el gozo del amor de Dios.

En este siglo, declara Vicente de Paúl, hay bastantes que aparentan ser virtuosos y en efecto lo son, pero, sin embargo, se inclinan por un camino dul­ce y muelle más que por una devoción laboriosa y sólida; hay otros que, para tener el exterior bien arreglado y el interior repleto de grandes sentimientos, se paran en éstos y cuando viene la ocasión de obrar y de ir a los hechos se quedan cortos; se vanaglorian de su imaginación calenturienta, se contentan con las dulces conversaciones habidas con Dios en la oración, incluso hablan como ángeles.20

San Vicente no duda en afirmar que todo esto no es más que humo y piensa que «la sensualidad se encuentra por todas partes y no solamente en la búsqueda de la estima del mundo, de las riquezas y de los placeres, sino también en las devociones, en las acciones más santas, en los libros y en las imágenes; en una palabra, se esconde por todas partes (XI, 71).

—  El desdén por las cosas exteriores. La inacción y la pereza presentan a veces muy nobles motivaciones: los actos interiores son superiores a los ac­tos exteriores. El señor Vicente no se deja engañar. «Aquel que da poca im­portancia a las mortificaciones exteriores, diciendo que las interiores son mucho más perfectas, da a entender que no es mortificado ni interior ni ex­teriormente» (XI, 71; cf. X, 403).

—  La búsqueda de las consolaciones religiosas. Este escollo acecha a los novicios al comienzo de su vida espiritual. Es posible, con una aparente buena fe, multiplicar los actos destinados a sostener el «sentimiento de presencia».

No es más que repetición de actos, repetición en todo tiempo y en todo lugar, en las recreaciones, en el refectorio; los podéis ver completamente en­cendidos; no piensan en otra cosa, incluso cuando van acompañados y en las conversaciones; no desisten. En una palabra, aquí y en todas partes no poseen más que ardores, fuegos, llamas, actos continuos. Están siempre fuera de sí (XI, 216).

En este hostigamiento de la naturaleza, el amor propio y el demonio co­bran su cuenta. «Muy frecuentemente el diablo nos tienta de este modo cuando no puede empujarnos directamente a obrar el mal; nos empuja a tomar más del bien que podemos alcanzar y nos sobrecarga hasta vernos completamente agobiados bajo un peso demasiado grande, bajo una carga demasiado pe­sada» (XI, 220; cf. I, 95-96; III, 66). Pero ¿no basta recordar que Dios, «cuan­do quiere comunicarse, lo hace sin esfuerzo, de una manera sensible, completamente suave, dulce y amorosa ?»… «Estos dolores de cabeza provienen de ordinario de un deseo desmesurado de comprometerse, de amor propio y de ignorancia». El bienaventurado obispo de Ginebra, este «corazón per­fectamente iluminado por la ciencia del amor», tenía razón al no ir hacia Dios, si primeramente Dios no venía a él.

— El reposo en una contemplación solitaria. La crítica que el señor Vi­cente hace de la vida contemplativa puede parecer masiva y parcial. ¿No es una apología indirecta e indiscreta de las opciones personales? El problema es más complejo. Para interpretar correctamente la enseñanza vicenciana, nos parece indispensable reconocer a los interlocutores del señor Vicente. Sin cesar modifica la disposición e iluminación de sus propósitos. Según esta adaptación podríamos distinguir tres órdenes de expresión: lenguaje con las monjas de la Visitación, de las que fue el señor Vicente superior desde 1622 a 1660;21 los consejos dados a título de director de conciencia a un sacer­dote comprometido en la vida activa y tentado de cambiar de «religión»; la enseñanza general dada a los misioneros para que se entreguen con más generosidad a la vida apostólica.

Tratándose de calmar el espíritu de un joven misionero, tentado de so­breestimar la vida de la cartuja hasta el punto de querer abandonar la vida apostólica que practicaba después de varios años, Vicente de Paúl habla, como director de conciencia, seguro de haber diagnosticado una tentación. Insiste en seguida sobre las necesidades apremiantes de la Iglesia y el valor del apostolado.

La Iglesia tiene suficientes personas solitarias por su misericordia y de­masiado inútiles y muchas más todavía que la desgarran: su gran necesidad es tener hombres evangélicos que trabajen en purificarla, iluminarla y unirla a su divino Esposo (III, 202).

La vida apostólica es más excelente que la soledad de la Cartuja, de lo contrario Juan Bautista y Jesucristo no la habrían preferido a la otra, como lo han hecho abandonando el desierto para predicar a los pueblos; además la vida apostólica no excluye la contemplación sino que la encierra y se vale de ella para mejor conocer las verdades eternas que ha de anunciar; por otra parte es más útil al prójimo, al que estamos obligados a amar como a nosotros mismos y, en consecuencia, a ayudar de una manera distinta a como lo hacen los solitarios (III, 346-347).

Cuando se dirige a los misioneros reunidos en San Lázaro, Vicente rea­firma la misma doctrina que sitúa ya en la prolongación del amor de Dios, ya en el ejercicio de la caridad para con el prójimo.

Al señalar el carácter efectivo que el amor de Dios debe tener para ser auténtico, Vicente declara:

La Iglesia es comparada a una gran extensión de mies que necesita obre­ros que trabajen. No hay nada más conforme al evangelio que acumular primeramente las luces para su alma en la oración, en la lectura y en la soledad y a continuación hacer partícipes a los hombres de este alimento es­piritual. Es hacer lo mismo que Nuestro Señor y después de El los apósto­les; es unir a la función de Marta la de María; es imitar a la paloma que di­giere la mitad únicamente del alimento que toma y después pone el resto en el pico de los poyuelos para alimentarlos. He aquí cómo debemos hacer, he aquí cómo debemos testimoniar a Dios que le amamos por nuestras obras. Totum opus nostrum in operatione consistit (XI, 41).

Al examinar el lugar de la caridad para con el prójimo en la vida espiri­tual y en las relaciones entre amor al prójimo y amor a Dios, Vicente acude a santo Tomás:

Santo Tomás suscita esta cuestión de antemano, a saber: ¿Quién tiene más mérito, aquel que ama a Dios y abandona el prójimo, o aquel otro que ama al prójimo por amor a Dios ? Dando la solución a esta duda, concluye que es más meritorio amar al prójimo por amor de Dios, que amar a Dios sin aplicación al prójimo. El lo prueba de un modo que parece una paradoja: «Ir, dice, hacia el corazón de Dios, limitar a El todo su amor, no es lo más perfecto, porque la perfección de la ley consiste en amar a Dios y al pró­jimo». Dadme un hombre que ame a Dios solamente, un alma elevada hasta la contemplación, que no reflexiona nada en sus hermanos, ¡oh!, esta persona encontrando agrado en esta manera de amar a Dios, que para él es la única verdadera, se para a saborear esta fuente infinita de dulzura. Pero he aquí otra que ama al prójimo, aunque sea rudo y grosero, pero lo ama por amor de Dios. ¿Cuál es, os lo ruego, de estos dos amores el más puro y el menos interesado? Sin duda que el segundo, porque cumple la ley más perfectamente. Ama a Dios y al prójimo, ¿puede hacer más?

Si tenemos el amor debemos mostrarlo empujando a los pueblos a amar a Dios y al prójimo, a amar al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo. No me basta amar a Dios, si mi prójimo no le ama. Debemos unirnos al prójimo por la caridad, para unirnos a Dios mismo por Jesucristo (XII, 261-262; 127).

III. El espíritu religioso según san Vicente

Tres notas pueden servirnos ahora para caracterizar someramente, pero con seguridad, el espíritu religioso según el señor Vicente:

1. La primera de estas notas define la relación entre Dios y los hombres, indica la separación (desnivel) entre lo visible y lo invisible, la naturaleza y la gracia. Declara la nada de la creatura delante de Dios. Sólo Dios existe verdaderamente y en plenitud, sólo El crea y obra válidamente. Es, pues, necesario dejar el lugar a Dios para que a través de la humanidad revele su existencia y prosiga su acción. El sentido de mortificación, de abnegación, de humildad es la revelación de un Dios de amor, preocupado sin cesar por la humanidad desgarrada y prosiguiendo incansablemente la obra de la Re­dención. Esta visión de Dios explica y justifica la oposición a la naturaleza pecadora, ilumina, sanea y tonifica lo que podemos llamar la obsesión de la humildad.

2. La segunda nota característica es la antropología del señor Vicente. Repetidas veces Vicente insiste en la necesidad del trabajo, en el carácter ve­rificador y probatorio de la acción. Sólo el trabajo y la acción dan acceso a la verdadera vida, a aquella que realiza a la vez la imagen y el plan de Dios en el hombre.

El hombre ha sido creado a imagen de la Santísima Trinidad; Dios y la Trinidad entera prosigue en el tiempo la obra de la creación. La conservación del universo es una creación continuada (cf. Coste, IX, 489-490). La voca­ción misionera, así como la de las Hijas de la Caridad, es una continuación de la misión de Jesús y esta misión es la revelación del amor activo de Dios (cf. Saint Vincent, IX, 492, E., p. 525).

¿Mediante qué criterios se podrá reconocer que es continuada la misión de Jesús? Bajo tres condiciones que signan, por así decirlo, la autenticidad de este amor de Dios que se hace camino a través de la humanidad:

—   Ante todo, cuando el amor es a la vez afectivo y efectivo. La caridad no puede ser ociosa, es laboriosa y operante, inflama y enciende al sujeto (Saint Vincent, X, 563, E., pp. 572, 728).

Las buenas intenciones, los grandes sentimientos no son más que humo (E., pp. 683-684). Esta unión de amor efectivo al afectivo es la señal de la verdad y de la fidelidad a lo real.

—   La gratuidad del amor. Este calificativo recuerda la pretensión del se­ñor Vicente y de los misioneros: no ser una carga para nadie (Saint Vincent, 492-493). Pero este desinterés pecuniario no es más que el anuncio de una vo­luntad de purificación más profunda y una invitación al cultivo de una virtud particularmente reveladora de la gracia gratuita: el agradecimiento (cf. Abe­lly, I, III, pp. 260-270). La gratuidad es la señal de una gracia muy pura y la prueba de un compromiso incondicionado en el servicio de Dios.

—   Por fin, el amor es conformidad y comunión con la voluntad de Dios’ Vicente recuerda que la necesidad y los acontecimientos son los signos más claros de la voluntad de Dios. «Todo el mundo piensa que esta Compañía es de Dios porque ve que ella socorre las necesidades más apremiantes y las más urgentes (E., pp. 506-507).

3. La tercera nota determina la naturaleza de las relaciones que unen al prójimo. La caridad no es un vestido, ni una actitud exterior. Es desarrollo, purificación, elevación de una disposición fundamental de la naturaleza. La gracia realiza en el Cuerpo místico de Cristo la unidad fundamental postu­lada por la naturaleza. A la luz de este principio, las exhortaciones bastante originales del señor Vicente que se refieren al espíritu de misericordia y de compasión, la necesidad de considerarse responsables los unos de los otros, encuentran su verdadero sentido, su densidad y espiritualidad originales.

IV. Un místico de la acción

¿Podemos acceder a las fuentes misteriosas de sus energías, tocar el centro místico en el cual Dios se revela y se ofrece a nosotros?

La tentativa puede ser pretenciosa y un tanto ridícula. Ni ahora ni tampoco en su tiempo el señor Vicente de Paúl aparenta ser un místico. Hemos hecho notar su ceñuda desconfianza y particularmente irónica para con «los movi­mientos anagógicos y uniones deificas». Su vida, sus escritos e incluso sus dis­cípulos desilusionan a los expertos encargados de poner orden en la nave de la Iglesia triunfante. Por vocación y por prudencia el señor Vicente ha ence­rrado cuidadosamente en el silencio, quizás de una manera irremediable, todas sus gracias particulares.22

Sin embargo, sea cual sea la definición y las características de escuela de las gracias místicas, experiencia sensible de la gracia, sentimiento de pre­sencia, etc., estamos, querámoslo o no, en presencia de un hombre que se impone a nosotros.23 El ve más que los otros. Ama y reanima de manera milagrosa, en aquellos que le escuchan, potencialidades de amor. Obra y de repente despierta, sostiene, ordena energías insospechadas. Describiendo la génesis y la expresión de la vida mística, Henri Bergson decía: «Los verda­deros místicos se abren sencillamente a la ola que los invade. Seguros de sí mismos porque sienten en ellos algo superior, se revelan como grandes hom­bres de acción, con sorpresa de aquéllos para quienes el misticismo es visión, transporte, éxtasis. Lo que han dejado pasar a su propio interior es un flujo descendente, que a través de ellos quisiera ganar a los otros hombres: la ne­cesidad de extender en torno suyo lo que han recibido, la sienten como un impulso de amor, al que cada uno imprime el sello de su personalidad, amor que en cada uno es una emoción nueva, capaz de transponer la vida humana en otro tono; amor que hace que cada uno sea amado por sí mismo, y que por él y para él, otros hombres dejan abrir su alma al amor de la humanidad; amor que se podrá también transmitir por medio de una persona unida a ellos o a su recuerdo vivo y que haya conformado su vida con este mo­delo».24

La descripción responde, detalle a detalle, a la figura y a las costumbres del llamado Vicente de Paúl. Este místico que se ignora como tal tenía como misión volver a traer a Cristo al mundo y comprometer a los hombres en el servicio de Cristo, salvador de los pobres.

Inflexible en el fin, elástico y manejable en los medios, el señor Vicente nos invita mediante las palabras, las acciones y el silencio a no ver las perso­nas y los acontecimientos tal como aparecen o como la luz de la razón nos los manifiesta, sino tal como son en realidad, es decir, en Dios. Se han de ver las cosas como «están en Dios, porque de otro modo nos podríamos enga­ñar y obrar contrariamente a lo que Él quiere».25 «No debo considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer desde el exterior, ni según aparece en la fachada de su espíritu; tanto más cuanto frecuentemente no tienen figura, ni espíritu de personas razonables, así son de groseros y terrenales. Pero dad la vuelta a la medalla y veréis por las luces de la fe que el Hijo de Dios, que ha querido ser pobre, está representado en los pobres».26 Vicente precisa esta visión. «Nada me agrada si no es en Jesucristo».27 De este modo las situacio­nes se iluminan a través del evangelio, las personas se comprenden en Jesu­cristo.

Modo de asegurar su intención y método para conducir su acción

Vicente, tan próximo al hombre, tan cargado de sufrimiento de los pobres, se guarda muy bien de toda actitud humanitaria. Sospecha de la insuficiencia radical de la ayuda mutua demasiado corta que olvida a Cristo, que agoniza en cada alma hasta el fin del mundo. El hombre sobrepasa infinitamente al hombre. No quiere como los irreflexivos y los políticos «salvar al hombre perdiendo a Dios».28

Muy firmemente su prudencia vigila y coordina dos actitudes comple­mentarias. La primera concierne al orden de los valores y de las intenciones. Ha de mirarse ante todo a Dios, darse a Dios para que Dios nos utilice, para que El nos utilice en la aventura de la salvación de los hombres. Es necesa­rio revestirse del espíritu de Jesucristo para continuar la obra de Jesucristo.29 La segunda mira al orden de las realidades concretas, unas mediaciones que­ridas por Dios. «Según la vida ordinaria, Dios quiere salvar a los hombres por los hombres y Nuestro Señor se hizo hombre para salvarlos a todos».30 Se ha de buscar a Dios, su reino y su justicia en los hombres, por los hombres y con los hombres. «Debemos unirnos al prójimo por la caridad, para unir­nos a Dios mismo por Jesucristo».31

La mística del anonadamiento asegura para el señor Vicente como para san Juan de la Cruz y los místicos renanoflamencos la autenticidad de la co­munión con Dios. Tenaz y aguerrido siempre vuelve a su lema: «Desde el momento en que estemos vacíos de nosotros mismos Dios nos llenará». «Os he dicho con frecuencia de parte de Jesucristo que cuando un corazón está vacío de sí mismo Dios lo llena».32 «Nuestro Señor y los santos han hecho mucho más sufriendo que obrando».33

Una doble seguridad sostiene su corazón en la paz, en la certeza y la ale­gría. Cristo, presente en los pobres, está plenamente de acuerdo con Dios que habla en los acontecimientos. Hacen una llamada a la fuerza divina de­positada en el corazón del hombre. «Tres hacen más que diez cuando Nuestro Señor interviene».34

Pensamos encontrar al señor Vicente y en el curso de nuestra conversa­ción, obtener de él una receta o al menos una palabra. El se calla. En otro tiempo, en Judea, estaba también en el silencio, en la humildad de Jesús en el cual se había manifestado el amor de Dios eterno. Hoy, el señor Vicente permanece todavía inmóvil y mudo, la mirada fija en en la mesa de los pobres, donde Dios y los hombres pueden partir el mismo pan.

  1. San Vicente, I, 361; III, 361; VII, 621; VIII, 197.

    «San Vicente» (o simplemente en el texto el número de un tomo y de una página) re­mite a las obras completas de San Vicente de Paúl publicadas por Pierre Coste, c.m. «San Vicente de Paúl». Correspondencia. Conferencias. Documentos. Paris, 1920-1925, in 8, 14 volúmenes que serán próximamente completados por el volumen XV conteniendo Cartas, Conferencias, documentos encontrados después de la aparición de la edición de Coste.

    «Entretiens» (o simplemente E), remite a las Conferencias espirituales de San Vicente que hemos publicado en las «Editions du Seuil», París, 1960, 1.179 pp. Esta nueva edición corrige y completa la edición de Coste en los tomos XI-XII de las obras de San Vicente.

  2. SAN VICENTE DE PAÚL, Entretiens, pp. 1038-1039.
  3. RCINE JEAN, Abregé de Phistoire de Port-Royal, cf. Obras Completas. Paris, Editions de Seuil, 1962, p. 321.
  4. Método de predicar, E. 214-243; de catequizar E. 346-340. Cuidado de la casa E. 305­314. cf. CONTASSOT FELIX, Saint Vincent de Paul guide des supérieurs, Paris 1964 Regla­mento de las Caridades, San Vicente, XIII.
  5. Saint Vincent, IX, 30 (2 de agosto de 1640).
  6. PORCHNEV, Bolus, Les soulevements populaires en France, Paris, S.E.V.P.E.N., 1963.
  7. Difícilmente se encuentra hoy un hombre que hable como piensa; el mundo está de tal manera corrompido que no se ve por todas partes más que artificio y disfraz; y esto, ¿lo diré? pasa de la raya.
  8. Processus ne pereant probationes. Declaración de la Señorita de Lamoignon.
  9. Entretiens, p. 854.
  10. Saint Vincent, I, pp. 4-6.
  11. Entretiens, p. 633.
  12. Entretiens, p. 892.
  13. Reglas Comunes de la Congregación, c. XII, 8.
  14. Saint Vincent, 1, 15.
  15. Entretiens, p. 957.
  16. Saint Vincent, VIII, 111.
  17. ABELLY, L., La vie du vénérable Vincent de Paul, I, p. 22. Marion M. Dictionaire des institutions de la France aux XVII et XVIII siécles. V Monitoire.
  18. Entretiens, p. 300.
  19. P. Collet, Vie de saint Vincent de Paul, Nancy, 1748, T. II, p. 168.
  20. Abelly, t. I, p. 82.
  21. El texto de estas exhortaciones para sostenerlas en su vocación contemplativa ha desaparecido
  22. DODIN A., Lectures de Saint Vicent de Paul. Annales de la Congregation de la Mis­sion, t. CVI-CVII, pp. 239-248; t. CX-CXI; t. CXII-CXIII, pp. 479-497.
  23. Los hechos místicos están señalados por un triple carácter: simplificación, pasivi­dad, sentimiento de presencia de Dios y en consecuencia, carácter experimental, sabroso, íntimo, profundo y oscuro del conocimiento de Dios, del cual se goza en estos estados. J. DE GUIBERT, Etudes de Théologie mystique. Toulouse, 1930, pp. 18-19.
  24. Les deux sources de la morale et de la religion. Edition du Centenaire, pp. 1059-1060. Traducción española. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1962, pp. 123-124.
  25. Saint Vincent, VII, 388.
  26. Entretiens, 895.
  27. ABELLY, Vie, 1, 78.
  28. GIDE A., Retour d’U.R.S.S., 1936, p. 10.
  29. Entretiens, 522-523.
  30. Saint Vincent, VII, 341.
  31. Entretiens, 681.
  32. Entretiens, 860, 269.
  33. Saint Vincent, II, 4.
  34. Saint Vincent, IV, 116.

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