San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 2, capítulo 2

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1880.
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Capítulo Segundo: San Lázaro.

I. La leprosería de San Lázaro.

Situado en la ruta de París a San Denis, hoy barrio Saint-Denis, nº 117, San Lázaro era una antigua fundación a la vez episcopal y real, pero de origen y se época incierta. La mayor parte de los títulos que podrían informarnos sobre este punto fueron quemados por los Ingleses durante la guerra de Cien años, como nos lo demuestran cartas patentes de Carlos VI, con fecha del 1º de mayo de 1464; y durante las guerras civiles que siguieron, la casa que se hallaba entonces en el campo y sin defensa, fue saqueada tantas veces que los documentos librados del fuego de los Ingleses fueran casi todos destruidos.

Probablemente, San Lázaro ocupaba el emplazamiento de una antigua abadía de la que habla Grégoire de Tours en el libro VI, capítulo X de su Historia, abadía que estaba entonces gobernada por san Domnole, luego obispo él mismo de Tours. Habiendo sido arruinada la abadía por los Normandos (885-888), el obispo de París permitió construir sobre sus ruinas una leprosería para recibir a las personas atacadas de lepra o de elefantiasis, enfermedad contagiosa, a cuyas víctimas separaban de las habitaciones; por eso la leprosería debió también levantarse fuera de los muros de la ciudad.  Muy común ya a causa de las calles estrechas y malsanas de París, la lepra, llegada de Oriente, se extendió, sobre todo después de la segunda cruzada. El testamento de Luis VII constata la existencia de dos mil leproserías en Francia solamente, y se contaban hasta diecinueve mil en toda la cristiandad.

¿De dónde le viene a la nuestra el nombre de San Lázaro? Siguiendo a unos, este título patronal se habría dado a los religiosos de Saint-Laurent  por Felipe Augusto en 1197; siguiendo a otros, provendría de caballeros hospitalarios de la orden de San Lázaro traídos de Tierra Santa por Luis VII en 1150, o llegados por sí mismos a Francia después de a expulsión de los cristianos de Palestina, hacia 1137; en ambos casos, Luis VII les habría dado el palacio que poseía a las afueras de París, con una capilla que ellos habrían puesto bajo la invocación del patrón de su orden.

Con mayor verosimilitud, el nombre de San Lázaro vino a la leprosería del título de la capilla, contemporánea sin duda de la creación del hospital, y dedicada naturalmente a San Lázaro, o sainct Ladre,  a consecuencia de la confusión tan frecuente en la edad media de los dos Lázaro del Evangelio, del Lázaro resucitado por Nuestro Señor, y del pobre Lázaro, probablemente parabólico, visto por el mal rico en el seno de Abraham. La Iglesia ha tenido la costumbre piadosa de elegir en cada institución por protector en el cielo a l santo cuya vida, actos o sufrimientos ofrecían como una especialidad de patronato, por su analogía con el fin de la fundación. Esa es la razón, siempre en virtud de la confusión de la que hablábamos hace un momento, el mayor número de las leproserías fue puesto bajo la invocación de San Lázaro.

Mientras tanto, en el siglo XIII,  los directores eclesiásticos de la leprosería de París adoptaron en su sello y en el frontispicio de las edificaciones la efigie del amigo de Jesús. Existe también un sello unido  a una carta de 1264 y publicado en 18481; en la parte superior del campo está representada la resurrección de Lázaro; Jesucristo se presenta con la mano derecha tendida, gesto imperioso que acompaña al todopoderoso prodi foras (sal fuera); Lázaro se muestra incorporándose, con las manos juntas; detrás de Jesús están Marta y María, en la actitud de la adoración y de la gratitud; en la parte inferior, una barca es llevada por las olas, alusión al viaje de Marsella. Otro sello de finales del siglo XVI, publicado en 1853, ofrece una representación semejante.

Sea lo fuere de todas estas fechas y de todos estos orígenes, lo cierto es que San Lázaro existía desde hacía más de cuarenta años al regresar Luis VII de la cruzada. El hospital parece haber sido construido de 1115 a 1154 por Adélaide de Maurienne o de Saboya, segunda mujer de Luis VI2. No era al principio más que un conjunto de cabañas vulgares, donde se tenía a los leprosos lejos de tofo contacto. En efecto, Odón de Deuil, abate de Saint-Denis después de Suger; y que siguió a Luis VII en la cruzada en calidad de capellán, refiere como testigo ocular que el miércoles 11 de junio, el rey se dirigió a Saint-Denis para recibir allí la oriflama (pendón que otorgaba al rey la abadía de S. Dionisio), y el bordón de peregrino y  el permiso de partir, licentiam abeundi, suerte de pasaporte que constataba el estado del viajero y le recomendaba a la caridad de los fieles3. Por su camino, relata siempre Odón de Deuil, entró al hospital y se detuvo largo tiempo. Por fin salió y recorrió las cabañas de los leprosos: leprosorum adiit officinas De allí se dirigió a Saint-Denis donde recibió la bendición de papa Eugenio III que se hallaba entonces exiliado allí, y besó las santas reliquias en presencia de su madre y de su mujer enternecidas4. Probablemente su hijo Felipe Augusto hizo en San Lázaro una estación parecida, puesto que su médico Rigord, «el más  humilde de los clérigos de Saint-Denis», cuenta en su crónica que el 24 de junio de 1l90, el rey, partiendo para la tercera cruzada, fue a Saint-Denis, recibió pannetière y bordón, tomó ante el altar de los santos mártires dos estandartes de seda muy hermosos y dos banderas adornadas de cruces y brocados de oro5.

Nuestros reyes de la tercera raza se complacieron siempre en visitar y enriquecer con sus regalos la leprosería de Saint-Lazare. En su vasto recinto había un edificio llamado logis du roi, donde reyes y reinas, a su llegada, residían veintidós días, y recibían, de los alto de un trono elevado sobre la escalera del pórtico, el juramento de fidelidad de todos lo órdenes de la ciudad, antes de su entrada solemne en París. La estación que habían hecha allí tantas veces en su vida, querían hacerla por última vez después de su muerte. En efecto, antes de llegar a Saint-Denis, el cadáver real, llevado por los veinticuatro hanouards, o portadores de sal jurados de París, estaba depositado cerca de una hora en Saint-Lazare. Allá se hacía la oración fúnebre (l’absoute), y los prelados del reino venían a asperjar el agua bendita; después de lo cual los religiosos de Saint-Denis recibían el cuerpo de las manos de los hanouards y lo llevaban al panteón de la abadía real.

Dado su afecto singular por esta casa, nuestros reyes la habían la habían adornado con muchos derechos y privilegios. Luis VI le regaló, en 1110, un vasto campo de feria en las proximidades, donde se celebraba un mercado tan productivo que Felipe Augusto recuperó el derecho y transfirió e establecimiento a los mercados de Champeaux, reemplazados hoy por el mercado monumental (la Halle de Paris) de Saint-Eustache. Se ve, por una carta de Luis VII, de 1147, que los enfermos tenían derecho a que se les dieran de las bodegas de París que contenían las provisiones del rey diez moyos o modios de vino por año (1 modio, 8,75 li.). La casa gozaba también de todas las exenciones otorgadas a los hospitales, entre las cuales se ha distinguido siempre como el primer hospital y la leprosería de París. Era también el primer señorío eclesiástico del reino, con derecho de alta, media y baja justicia. Su antigua iglesia, algunas de cutas partes se remontaban al siglo XII, veía todos los años, en las Rogativas, dirigirse hacia ella al capítulo de París, honor que no se concedía a la iglesia parroquial de Saint-Laurent.

Los papas no les fueron en zaga a nuestros reyes en los favores concedidos a Saint-Lazare. En 1191, Celestino III tomó bajo su protección el convento y sus bienes; algunos años después,1198, Inocencio III eximió sus tierras de diezmos; en 1289, Nicolás IV las puso bajo la defensa de san Pedro y de san Pablo;  por último, en 1343, Clemente VI le confirmó todos los privilegios concedidos por sus predecesores6.

La leprosería de Saint-Lazare tenía de singular que allí no se recibía más que a los burgueses de París, nacidos de legítimo matrimonio entre las cuatro puertas principales de la ciudad. A esta regla no había excepción sino a favor de los panaderos que, más expuestos a la lepra a causa de su oficio, eran admitidos de todo el reino. Desde su recepción, los enfermos hacían voto de obediencia al prior en presencia de un notario apostólico, y entregaban un estado de todos sus bienes, muebles e inmuebles, los cuales, en caso de fallecimiento se quedaban en el hospital.

La leprosería estaba servida por una comunidad numerosa de hermanos y hermanas bajo la autoridad de una prior y la regla de San Agustín. Los hermanos estaban encargados del ministerio espiritual; lo temporal estaba al cuidado de las hermanas. Por mucho tiempo se han preguntado si había en ello una verdadera comunidad religiosa aprobada por la Iglesia bajo una regla monástica, o una simple comunidad secular. Las palabras de prior y de convento han producido esa ilusión a algunos; pero no tenían siempre un significado riguroso. En su origen, el priorato no era más que una simple granja dependiente de una abadía y administrada por algunos religiosos a los que enviaba allí para hacerla producir bajo la dirección de un prior o praepositus. Al principio tal era más o menos la leprosería de Saint-Lazare. Su dueño o provisor era nombrado por el obispo de París y revocable a su voluntad. Se encuentran dos ejemplo de ello en el cartulario de Nuestra Señora de París, con las fechas de 1263 y 12707.

El parlamento se negó siempre a reconocer el estado regular de Saint-Lazare. Hasta en1566 trataba al prior de pretendido prior, si bien estaba entonces servida por canónigos regulares de Saint-Victor. El parlamento tenía razón, y aquí está la prueba irrefutable . los bienes de S. Lázaro habían sido administrados bien por sacerdotes seculares, bien incluso por laicos. En 1348, Foulques de Chanac, octogésimo octavo obispo de París, queriendo reformar los abusos, retiró esta administración a ciertos sacerdotes seculares que vivían en comunidad, y se la confió a otros sin recurrir al papa, lo que no habría podido hacer si S. Lázaro había sido un verdadero priorato. Mientras que, en las órdenes regulares, se nombraba con frecuencia superior a un extraño, Foulques quiso que el superior de S. Lázaro fuera elegido en la casa, entre los sanos y los leprosos; que fuera un hermano donado8,  y sin embargo sacerdote, que sería el párroco de los hermanos y de las hermanas, y el administrador de los bienes; que se llamara prior; que llevara, según la antigua usanza, un hábito religioso, absolutamente parecido al del dueño del Hôtel-Dieu de Sainte-Catherine del gran bario de Saint-Denis; pero le obligo al mismo tiempo a darle sus cuentas cada año, y se reservó expresamente el derecho de deponerle, en caso de negligencia o de infidelidad.

Los sucesores actuaron así siempre9, incluso hasta después de que verdaderos religiosos fueran introducidos en S. Lázaro, a principios del siglo XVI. En 1517, Étienne de Poncher, obispo de París, queriendo a su vez reformar los abusos y cambiar la administración, estableció allí a los canónigos regulares de Saint-Victor, escogidos  de ordinario para semejantes reformas, pero no los instituyó más que por comisión amovible; y al tomar entre ellos al prior, no le nombró más que ad nutum, es decir revocable a su voluntad. Todas las provisiones otorgadas desde esta época hasta 1611, año de la provisión dada a Adrien Le Bon por Enrique de Gondi, llevan invariablemente los mismos caracteres, incompatibles con la naturaleza de un  Priorato-Beneficio10. No de trata en ningún caso de intervención necesaria ni del papa ni del rey ni del parlamento; la colación se hace siempre por la sola autoridad del obispo de París, y es siempre revocable. Ocho o diez años después de su nominación al priorato de S. Lázaro por Enrique de Gondi, Adrien Le Bon se dirigió, es verdad, al papa, pero era solamente para obtener perpetuarse en él, ya que ninguno de sus predecesores había pensado en tomar sus previsiones en la curia de Roma. –Estos detalles eran necesarios para la inteligencia de las transacciones que vamos a contar ahora11.

II. Negociaciones. –Concordato., -Aprobación de las dos autoridades. –Toma de posesión.

En 1630, S. Lázaro estaba ocupado por ocho canónigos regulares de Saint-Victor, bajo la dirección de Adrien Le Bon. Prior y religiosos se entendían poco juntos, y Le Bon pensaba en permutar su beneficio. Había entrado ya en negociaciones sobre este asunto, cuando le aconsejaron tratarlo en una conferencia con sus religiosos. La conferencia se celebró en presencia de cuatro doctores. Le Bon alegó sus agravios; el subprior respondió en nombre de sus cohermanos; la conclusión fue un reglamento, una especie de constitución, a la que superior y subordinados prometieron someterse. La buena entente duró lo que duran esta clase de transacciones políticas, y Le Bon volvió a su proyecto de retiro. Además, no había ya apenas leprosos en S. Lázaro, y el hospital se hallaba sin objeto. Pero antes de abandonarlo, se preguntó si no era posible hacer un intercambio de buenas obras como él pensaba hacer un intercambio de beneficios. Había oído hablar de una compañía de Misioneros que, bajo la dirección de un tal Sr. Vicente se entregaban a la instrucción del pobre pueblo. No los conocía personalmente, pero se dijo que si podía colocarlos en su priorato, tendría su parte en el fruto que producían en la Iglesia. . con esta idea fue a ver al doctor Lestocq, párroco de Saint-Laurent, su vecino y amigo. No podía haber elegido mejor, pues Lestocq había compartido los trabajos de los Misioneros, y los había visto trabajando. Manifestó su plan. «Sólo del cielo que ha suscitado a estos sacerdotes, os ha podido venir esta idea», respondió al instante Lestocq, le contó lo que todos sabemos: los pobres evangelizados, las malas confesiones reparadas, todas las necesidades espirituales y corporales de la gente del campo igualmente satisfechas. «Y ahora, venga conmigo, añadió, y vos mismo juzgaréis; quiero sobre todo que veáis a su superior, un hombre todo de Dios.»

Y así, acudieron los dos juntos a los Bons-Enfants. Después de los primeros saludos, Le Bon, sin otro preámbulo, dijo a Vicente que, por el relato favorable que le habían hecho de las obras de la Compañía, se sentiría feliz contribuyendo, y que venía a ofrecerle con este fin el priorato de S. Lázaro.

Lo que no habría producido en otro más que un trasporte de alegría, sumió a Vicente en el espanto causado por el cañón o el trueno12. Se quedó suspenso y sin voz. «Pero bueno, Señor ¿tembláis? le dijo Le Bon. –Es verdad, padre, respondió el santo, que vuestra propuesta me aterra, y me parece tan por encima de nosotros, que no me atrevo a decir palabra. Nosotros somos unos pobres sacerdotes que vivimos sencillamente, sin otro plan que servir a la pobre gente del campo. Os quedamos muy agradecidos, padre, por vuestra buena voluntad, y os lo agradecemos humildemente, pero permitidnos que no aceptemos vuestra oferta.»

Tanta humildad y desinterés, la dulce y afable acogida que acababa de recibir, confirmaron a Le Bon en su plan; y no habiendo podido obtener, a pesar de una nueva insistencia, el consentimiento del santo sacerdote, concluyó diciendo que le daba seis meses para pensarlo.

Transcurridos los seis meses, y Le Bon también acompañado de Lestocq, volvió a los Bons-Enfants. Los dos renovaron sus insistencias, uno diciendo a Vicente que se sentías cada vez más inspirado por Dios a ponerle en las manos su priorato, el otro pidiéndole que no rechazara un medio semejante de prestar a la Iglesia nuevos servicios. «Desde mi primera visita, añadía Le Bon, he obtenido el consentimiento de mis religiosos; ya no falta mas que el vuestro; una palabra vuestra y asunto concluido.» Vicente siguió inquebrantable. «Ved nuestro pequeño número, respondió; apenas acabamos de nacer, esta estrecha y pobre casa es suficiente a nuestra pequeñez. Temo al deslumbramiento y al ruido que produciría este asunto. Además, no nos merecemos un favor así. Dejadnos en la oscuridad y el silencio que nos convienen.»

En ese momento sonó la hora de la cena. «Yo ceno con vos y vuestra comunidad, dijo Le Bon; y fueron al refectorio. La modestia de los Misioneros, la lectura en la mesa, el hermoso orden que se observaba, todo eso causaba en Le Bon una edificación tal y respeto, que concibió hacia la Compañía y su fundador una nueva estima con un deseo cada vez más ardiente de lograr su generosa propuesta.

No atreviéndose ya a obrar por propia cuenta, rogó a Lestocq que forzara en su nombre las resistencias de Vicente. En los seis meses que siguieron, Lestocq volvió más de veinte veces a la carga. «Resistís al Espíritu Santo, le decía; vos responderéis delante de Dios por haber perdido la ocasión que os ofrecía de establecer definitivamente una Compañía útil a su gloria y necesaria al bien de los pueblos.» Tantos intentos y discursos resultaban inútiles. «Me habría gustado, añade Lestocq en un relato13 que seguimos aquí, me habría gustado echarme a las espaldas a este padre de los Misioneros y transportarle a S. Lázaro para seducirle con la belleza y las ventajas del lugar; pero él era insensible a las cosas exteriores; y, durante los dieciocho meses que duraron los acosos, no fue una sola vez a ver la casa..»

Vencido en sus esfuerzos, Lestocq se unió de nuevo a Le Bon. Durante el espacio de seis meses realizaron juntos a los Bons-Enfants más de treinta visitas. Era siempre el mismo recibimiento humilde y dulce por parte de Vicente, las mismas charlas piadosas; pero también siempre las mismas negativas obstinadas. «Yo no puedo decir con qué insistencia se le ha requerido, cuanta también Lestocq; Jacob, añade él con una ingenuidad encantadora, no tuvo tanta paciencia para conseguir a Raquel ni insistido tanto para conseguir la bendición del ángel, como la que tuvimos el sr. prior y yo para lograr un sí del Sr. Vicente… Hemos gritado con más viveza tras él que la Cananea tras los Apóstoles… Y yo mismo puedo decir en esta ocasión que raucae factae sunt fauces meae (enronqueció mi garganta…).»

Por último, al cabo de un año de demandas, el prior casado dijo un día a Vicente: «Señor, ¿qué clase de hombre sois? Si teméis contar tan sólo con vos mismo en este asunto, decidnos al menos a quién pedís consejo, en quién confiáis, qué amigo tenéis en París que nos pueda servir de intermediario. No temo su decisión; ya que no hay persona que os desee el bien que no os aconseje aceptar mi oferta; prometedme tan sólo someteros como yo a su decisión.» Puesto en esta situación extrema, Vicente indicó al doctor Duval, su confesor y consejo ordinario, y se comprometió s obedecerle como a Dios.

André Duval merecía toda la confianza de nuestro santo. Nacido en Pontoise en 1564, muerto en 1638 senior de Sorbona y decano de la facultad de teología, Duval había sido elegido, cono el doctor Philippe de Gamaches, para ocupar las dos cátedras reales de teología positiva creadas en 1598 por Enrique IV. A la vez teólogo, predicador, misionero y controversista, no era más distinguido por su ciencia profunda que por su desinterés, sus virtudes sacerdotales y su celo apostólico, era el oráculo de la gente de bien, tanto por su  conducta interior como por los asuntos que tenían que ver con la religión. Entregado a la Santa Sede y a sus máximas, ha sido perseguido, durante su vida y después de su muerte, por los sectarios de las doctrinas más o menos heterodoxas; pero su memoria quedará vengada para siempre por la confianza que le profesaba san Vicente de Paúl y los elogios que san Francisco de Sales hace de él en sus cartas.

Consultado el doctor Duval se unió enseguida a Le Bon para obligar a Vicente a aceptar el priorato  de Saint-Lazare, las condiciones fueron incluso prontamente aceptadas entre ellos, y ya se iba a firmar el concordato, cuando Vicente presentó una dificultad, grave a sus ojos, muy leve tal vez en la estima de la gente del mundo, y que por poco lo echó todo a perder. Entre las condiciones adelantadas por Le Bon, y que Vicente se declaraba presto a suscribir, hasta las más onerosas, había una a la que se resistió redondamente, porque interesaba ala conciencia. El prior que había trabajado vanamente por reformar a sus religiosos, creyó lograrlo dándoles el mismo dormitorio que a los Misioneros. Los hijos del Sr. Vicente, pensaba él, no se resentirán, y mis religiosos no podrán escapar a la saludable impresión de tanto silencio, regularidad y modestia; de la admiración pasarán pronto a la imitación.

Pero Vicente confiaba menos en la influencia del bien para los religiosos de S. Lázaro que el contagio del mal para sus hijos. Por eso se apresuró a escribir a Lestocq para expresarle las costumbres de la Compañía incompatibles con esta comunidad de dormitorio. Nuestra regla, decía él, es guardar el silencio desde la oración de la tarde hasta el día siguiente después de comer; tenemos entonces una hora de conversación, después de la cual volvemos al silencio hasta la tarde ; la cena está seguida de otra hora de conversación; luego viene el gran silencio, silencio tan riguroso que no lo rompemos más que por cosas absolutamente necesarias y, en ese caso incluso en voz baja.. «Así pues, añadía él, quienquiera que suprima esto en una comunidad introduce en ella un desorden y una confusión que no se puede expresar, lo que ha hecho decir a un santo personaje que él asegurará, viendo a una comunidad que observa exactamente el silencio, que observa también el resto de la regularidad; y que al contrario, al ver a otra en la que no se observa el silencio, que es imposible que se observe el resto de la regularidad. Pues. Hay razón para temer, Señor, que estos señores no quieran obligarse a ello, y que no haciéndolo, arruinaríamos esta práctica tan necesaria que hemos tratado de guardar hasta ahora lo menos mal que nos ha sido posible.» Así pues, exigía que los religiosos tuviesen un alojamiento particular, que él se ofrecía a preparar y a amueblar él mismo.

Había una dificultad más sobre las preferencias que guardar en el coro, y sobre la muceta y la esclavina de las que quería el prior que se revistiesen los Misioneros de Todos los Santos a Pascua. El humilde Vicente cedía fácilmente a los primeros puestos en el coro, pero no quiso nunca ataviarse con mucetas ni esclavinas, «para evitar confusión, decía él, y la sospecha que tendría el parlamento que comenzáramos ya a hacernos canónigos y, que por consiguiente renunciaríamos tácitamente a nuestro proyecto de trabar incesantemente por el pobre pueblo de los campos… Yo preferiría, añadía, que sigamos en nuestra pobreza y no nos apartemos  del plan de Dios sobre nosotros.» Cartujos en casa por el silencio, recogimiento y oración; apóstoles afuera por el celo y el valor: tales debían ser, según lo repitió más de una vez, verdaderos Misioneros.

Le Bon debió transigir en estos dos puntos, y en particular sobre el asunto del dormitorio común. desde entonces, existiendo conformidad sobre lo demás, se firmó un contrato, el 7 de enero de 1632, entre Adrien Le Bon y los religiosos de S. Lázaro, de una parte y, de la otra, Vicente de Paúl, actuando en su propio nombre como en nombre de todos los sacerdotes de su Compañía, cuya ratificación se encargó él de obtener.

El acta comienza por consideraciones notables. La enfermedad de la lepra, se dice en ella, no es ya tan frecuente como antaño y, en la actualidad no hay un solo leproso en S. Lázaro. En un parecido estado de cosas, estaría conforme con la intención de los donantes aplicar las rentas del priorato al alivio espiritual del pobre pueblo de los campos, alejado de las ciudades e infectado de la lepra del pecado. Ahora bien, habiéndose dedicado los sacerdotes de la Misión ya, y dedicándose a diario con gran fruto a esta obra excelente, sería bueno colaborar a su establecimiento y crecimiento, de manera que puedan con mayor comodidad soportar y continuar sus ejercicios y sus trabajos para mayor bien de la religión y del público. En consecuencia, los religiosos de S. Lázaro, mediante los buenos deseos del papa y del arzobispo de París, del rey y del parlamento, resignan el priorato y lo anexionan a perpetuidad  a la Misión, bajo estas condiciones y reservas: en cuanto al prior, su alojamiento actual durante su vida en calidad de antiguo prior, libertad de asistir al servicio, al capítulo y al refectorio, y conservar en ella su rango; una pensión vitalicia hipotecada sobre el priorato y sobre todos los bienes de la Compañía; dos tierras dependientes del priorato, de las que el R. P. de Gondi (antiguo general de las galeras) saldrá fiador; por último, derecho a percibir todo lo que sea debido hasta el día de la toma de posesión, y el precio de todos los géneros que se encuentren en especie; -en cuanto a los religiosos, pensión anual de 500 libras, garantía también del R. P. de Gondi, que les será íntegramente pagada si quieren vivir fuera de S. Lázaro, mientras sea en alguna religión o beneficio, con permiso del arzobispo de París, y de la cual se descontarán 200 libras si quieren vivir en común con los misioneros; por consiguiente, libertad para ellos de quedarse en S. Lázaro como en el pasado, con la condición no obstante de  de reconocer la jurisdicción del arzobispo; -en cuanto al prior y sus religiosos juntos, tratamiento en la enfermería a expensas de la Misión; inhumación con las ceremonias debidas a los bienhechores; servicio aniversario a perpetuidad para el prior en la iglesia del priorato, con epitafio que constate la obligación, y el servicio del cabo de año para cada religiosos; -por lo demás, dos servicios anuales para los fundadores; servicio divino y mantenimiento de los edificios a expensas de los Misioneros, que se comprometen también a sostener en S. Lázaro la jurisdicción del arzobispo de París14.

Desde el día siguiente de este concordato, es decir el 8 de enero de 1632, J,-F. de Gondi otorgó el decreto de unión de San Lázaro a la Misión. «Uno de los principales deberes de nuestro cargo, dice poco más o menos el arzobispo, es el de recorrer y evangelizar los pueblos a ejemplo de los santos apóstoles y de los discípulos del Nuestro Señor. pero, al no poderlo hacer nos mismo, nada debe sernos más querido que escoger a hombres eminentes en doctrina y en piedad, inflamados  del celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas, a quienes nos confiamos este empleo laborioso y casi abandonado de todos. Bueno pues, Dios, por su gran misericordia, ha suscitado en nuestros días en este reino de Francia al Maestro Vicente de Paúl y a sus discípulos, hombres verdaderamente apostólicos, muy amantes de la humildad cristiana quienes, por una inspiración muy divina, dejando las ciudades, donde ven un gran número de sacerdotes, tanto seculares como regulares, entregados a la salvación de las almas, recorren los diversos pueblos de nuestra diócesis; y allá, buscando nada más que los intereses de Jesucristo con palabras tomadas no de las palabras persuasivas de la sabiduría humana, sino de la manifestación del espíritu y del poder, exhortando a la confesión general, recomiendan la comunión frecuente, instruyen a los ignorantes, corrigen y destruyen las malas costumbres, establecen, con nuestra autorización, la cofradía de la Caridad en todas las parroquias, disponen a las gentes a recibir fructuosamente nuestras visitas, los empujan, en una palabra, con su discurso y sus ejemplos a huir del vicio y a seguir la virtud, como lo pueden atestiguar casi todos los grandes de este reino de Francia. Era pues nuestro deber dar gracias al autor de todo bien por habernos enviado a tan útiles cooperadores, como es de nuestra previsión pastoral pedir al mismo Dios muy bueno y muy grande que no permita que les falte lo necesario. Dios ha oído nuestros deseos y los ha concedido en su infinita bondad. Desde hace mucho nos los buscábamos en vano en nuestra diócesis un establecimiento fijo y estable, cuando un hombre muy deseoso de la salvación de las almas, llamado Adrien Le Bon, , y los religiosos de su priorato, viendo os frutos muy abundantes producidos por estos Misioneros nos ha rogado que aceptemos el consentimiento dado por ellos a la unión de la leprosería de Saint Lázaro a la congregación de la Misión. Y, como a ciencia cierta sabemos que todos los órdenes de la sociedad, y sobre todo los pueblos, sacarán de ello una gran utilidad, accedemos a su justa demanda, tras los buenos deseos del papa y del rey, y a las condiciones negociadas entre ellos. Queremos además que nos y nuestros sucesores gocemos, como hasta ahora, en Saint-Lazare, de toda jurisdicción y autoridad, con derecho de visita en lo espiritual y en lo temporal; que los sacerdotes de a Misión reciten el oficio en el coro, cumplan con las fundaciones, continúen admitiendo a los leprosos en Saint Lazare, residan al menos doce, los cuales recorrerán sucesivamente, a expensas de la congregación, los pueblos de nuestra diócesis, donde ellos permanecerán, según las necesidades, uno o dos meses; por último, que en las cuatro témporas del año, y sin perjuicio de las misiones, reciban a los ordenandos de la diócesis de París enviados por nos, a quienes mantendrán gratuitamente durante quince días para darles los ejercicios espirituales15

El rey lo conformo todo con cartas patentes dadas en Metz en enero de 1632, en las que, a os considerandos expresados ya, añade el que hace alusión a una misión reciente en los países protestantes: «Habiendo sido informado en particular de los grandes frutos que dichos sacerdotes de la congregación de la Misión han recogido en diversas provincias de nuestro reino desde su establecimiento en él, y de los que ellos recogen todavía a diario para la gloria de Dios y la salvación de las almas de muchos de nuestros súbditos, incluso que ninguno de dichos sacerdotes han sido enviados desde hace un año por su superior a la diócesis de Montauban, donde trabajan incesantemente en desarraigar la herejía de los lugares más infestados que quedan»; por estas causas, el rey aprueba todo lo que se ha hecho, en los cargos precisados en el concordato y en el decreto de unión del arzobispado16.

Muy pronto, el 24 de marzo siguiente, el beneplácito del preboste de los comerciantes y de los magistrados de la ciudad de París se unió a la aprobación real y al consentimiento de la autoridad espiritual. Pero ya, y desde el mismo día de la fecha del decreto de unión, es decir el 8 de enero de 1632, Vicente había ido por primera vez a S. Lázaro, para tomar posesión. El arzobispo había querido conducirle y hacerle el honor de instalarle él mismo. La ceremonia transcurrió a gusto de todos. «Es lo que hace ver, dice Lestocq concluyendo su relato, que digitus Dei est hic; que es la tierra de promisión adonde Abraham ha sido conducido<, quiero decir el Sr. Vicente, verdadero Abraham, gran siervo de Dios, cuyos hijos están destinados a llenar la tierra de bendición, y su familia subsistirá por los siglos.»

III. Oposición. –Segundo concordato. –Aprobación del papa.

El asunto parecía felizmente terminado, cuando surgió una oposición inesperada. Los religiosos de S. Lázaro no habían interrumpido nunca sus relaciones con la casa de la que los hemos visto salir a comienzos del siglo XVI, y hasta el predecesor de Le Bon, llamado Jacques Lieuret, había agregado el priorato y las casas de su dependencia a la congregación de Saint-Victor. Pero la agregación se había disuelto y anulado hacía muchos años por el mero hecho y movimiento del prior de Saint-Victor y de sus religiosos, según la declaración capitular que habían entregado el 5 de diciembre de 1625 y, a partir de ese día, no habían existido ya ni visita hecha, ni capítulo celebrado, nada, en una palabra, que se pareciera a dependencia o comunidad entre las dos casas. Sin embargo los religiosos de Saint-Victor, que tenían mucho crédito y amigos, se opusieron a registrar las cartas patentes, de enero de 1632, y reclamaron Saint-Lazare como su propiedad. El derecho de Vicente era incontestable; fue preciso no obstante usar de una especie de violencia, para llevarle a sostener un proceso; acudió pues al palacio; pero mientras se defendía la causa, él estuvo en la Sainte-Chapelle, pidiendo a Dios no su triunfo, sino simplemente el de la justicia y mucho más una sumisión de indiferencia a su voluntad. Pues fue durante los debates cuando escribió a un amigo suyo: «Sabéis bien que los religiosos de Saint-Victor nos disputan Saint-Lazare. No podríais creer los deberes de sumisión que les he propuesto según la orden del Evangelio, aunque, a la verdad, no estén fundados en la razón, por lo que el Sr. Duval me ha asegurado, y por lo que me dicen todas las personas que saben de qué va el asunto. Sucederá lo que nuestro Señor quiera, quien sabe, de verdad, que su bondad me ha hecho tan indiferente en esta ocasión como en cualquier otro asunto que nunca haya tenido. Ayúdeme a darle gracias, por favor.»

Indiferente, no, Vicente no lo estaba, Pero ¿qué habría sentido en S. Lázaro, si le hubieran desposeído? Le Bon había recibido en él a tres o cuatro locos cuyos padres se habían desentendido de ellos encomendándolos a su caridad. Desde el primer día de su toma de posesión, Vicente había reclamado a estos pobres insensatos como la parte mas querida de su nueva propiedad, y no se podría decir con qué ternura, de alguna manera maternal, los hacía servir y los servía él mismo. Redoblaba sus cuidados durante sus crisis frenéticas y lograba calmarlos siempre con su admirable paciencia y con su inagotable afecto. Dios le ponía esta caridad en el corazón como el primer germen de la obra  de los alienados que debía fundar más tarde. Al cabo de algunos días quedaba cautivado su corazón; tanto que en medio del procedo, sondeando una vez sus disposiciones para ejercitarse en la santa indiferencia, y preguntándose qué sacrificio le costaría en caso de evicción, tuvo que decirse: No sería ni la vasta propiedad, ni el rico priorato, ni el noble señorío, ni siquiera la ventaja que sería para mi Compañía una posesión así; serían mis pobres y queridos locos17!

Tales sentimientos, si hubieran sido expresados delante de los jueces habrían sido para él  la defensa más elocuente. Pero su bien derecho debía ser suficiente para ganar su causa. Por una orden del 21 de agosto de 1632, la corte del parlamento, sin tener en cuenta a la oposición de los religiosos de Saint-Victor, mandó la presentación del concordato y de las letras patentes de enero al procurador general para que diera la justicia conveniente; y, en efecto, el 7 de setiembre siguiente, fue registrado todo.

Sin embargo el antiguo prior y los Misioneros creyeron deber hacer entre ellos, el 29 de diciembre de 1632, un segundo concordato confirmativo del primero, y constatando, aparte de las letras patentes del rey, el consentimiento del preboste de los comerciantes y de los magistrados de la ciudad de París, y el decreto de unión del arzobispado, la vana oposición de los religiosos de Saint-Victor y la justicia que el parlamento había dado. Por lo demás, este nuevo concordato renovaba la donación de enero, sin añadirle condiciones esenciales. Dos días después, es decir el 31 de diciembre, el arzobispo daba un segundo decreto de unión en los mismos términos y poco más o menos con las mismas cláusulas que antes. Todo fue confirmado por letras patentes entregadas en Saint-Germain en enero de 1633, y registradas en el parlamento el 21 de marzo del mismo año.

La única diferencia que advertir entre los primeros documentos y los segundos es que no hace falta en éstos recurrir al papa. El segundo concordato dice incluso expresamente que el antiguo prior renuncia y abandona el artículo del primero, que exigía que la unión de S. Lázaro a la Misión fuera pronunciada en la curia de Roma.  A. Le Bon, quien se había dirigido el primero a Roma con el propósito de transformarse en prior regular y perpetuarse en su cargo, declaraba, al fin, «haber sido informado después, por escrituras originales, sobre la institución del hospital, que no era más que una simple administración temporal, que se podría encomendar a un laico, y en consecuencia no debía otorgarse en curia en Roma.»

Una petición fue pues presentada a Urbano VIII, en la que se exponía todo lo que precede, y e santo esperó con confianza la declaración pontificia. «Sólo temo a mis pecados, decía entonces, y no el éxito de las bulas y del asunto de S. Lázaro, ni en Roma, ni en París. Pronto o tarde todo acabará. Desde que Dios ha comenzado a hacer bien a una criatura, no cesa de continuarlo hasta el final, si no se vuelve indigna.» El papa escribió al pie de la petición: Fiat ut petitur;  dio incluso bulas en este sentido, con fecha del 15 de marzo de 1635; pero su muerte impidió su publicación, y no se realizaron hasta veinte años más tarde, bajo Alejandro VII.

En este intervalo, los misioneros se extendieron por Francia y el extranjero, realizaron todas sus obras apostólicas por la salvación de los pueblos y la reforma del clero, y hasta su santo fundador puso las bases de todos sus establecimientos de caridad. Y no obstante, no tenían aún ni forma declarada ni reglas definitivas. En primer lugar, ¿debían constituirse en estado religioso, o ser simple compañía de sacerdotes seculares? Grande cuestión, que fue debatida durante largos años.

IV. Forma de la Misión. –Cuestión de los Votos. –Congregación general y dimisión.

Desde el protestantismo, había en la cristiandad una antipatía secreta y una guerra más o menos declarada contra los votos de religión; hasta el punto que los jesuitas mismos, especialmente constituidos para combatirlo, se contentaron con votos simples, y no pudieron llegar así a ser una verdadera religión más que por una dispensa de la Santa Sede. Caso todas las congregaciones de hombres y mujeres que se establecieron en la primera mitad del siglo XVII, manifestaron la misma repugnancia por los votos, sobre todo por los votos solemnes. Así, el abate Olier, al formar su compañía, no quiso que se erigiera en congregación, aunque estuviera constituida sobre este modelo en su gobierno interior, por la sumisión de sus miembros al superior del seminario de Saint-Sulpice. «La casa de San Sulpicio, decía él, ha nacido sólo para formar súbditos a Monseñores los prelados y, por muy numerosa que llegue a ser, hace profesión de no erigirse en congregación, para no tener dedicación ni amor sino por la Iglesia de Jesucristo y sobre todo por el santo clero18

El primer pensamiento de san Francisco de Sales había sido que las hijas de la Visitación no pronunciasen más que votos simples, que no estuviesen obligadas a la clausura y que se entregasen a las obras de caridad exteriores; y solamente debido a las observaciones urgentes de su amigo Denis de Marquemont, arzobispo de Lyon, modificó su plan primitivo y la constitución de su orden.

Pero es a la fundación del oratorio donde hay que acudir a buscarla prueba más brillante de esta antipatía hacia los votos propiamente dichos. En el Oratorio no se hacían votos, y sus miembros no contraían otra obligación que la de vivir conforme a la santidad de su estado sacerdotal. Aquí es donde hay que repetir los elogios demasiado celebrados por Bossuet,   elogios admirables solamente bajo el punto de vista literario.

«En estos tiempos, Pedro de Bérulle, verdaderamente ilustre y recomendable, a la dignidad del cual me atrevo a decir que hasta la púrpura romana no le ha añadido nada19, tanto de había destacado ya por los méritos de su virtud y de su ciencia comenzaba a hacer brillar en toda la Iglesia galicana las luces más puras y sublimes del sacerdocio cristiano y de la vida eclesiástica. Su  amor inmenso a la Iglesia le inspiró el proyecto de formar una compañía a la que no ha querido dar otro espíritu que el espíritu mismo de la Iglesia, ni otras reglas que sus cánones, ni a otros superiores que a sus obispos, ni otros bienes que su caridad, ni otros votos solemnes que los del bautismo y los del sacerdocio. Allí, una santa libertad constituye un santo compromiso; se obedece sin depender, se gobierna sin comandar; toda la autoridad está en la dulzura, y el respeto se guarda sin la ayuda del temor. La caridad, que destierra el miedo, opera un milagro tan grande; y sin otro yugo que ella misma, sabe no sólo cautivar, sino también aniquilar la propia voluntad. Allí, para formar a verdaderos sacerdotes, se los conduce a la fuente de la verdad; tienen siempre en las manos los libros sagrados para buscar en ellos sin descanso la letra por el estudio, el espíritu por la oración, la profundidad por el retiro, la eficacia por la práctica, el fin por la caridad, en la que todo termina, y «que es el único tesoro del cristianismo», christiani nominis thesaurus, como habla Tertuliano20

En esta voz, la mayor del siglo, se oye al siglo entero, hasta lo que tenía de más puro y de más santo. Todo ello, una vez más, es literariamente admirable; pero hay en ello una ilusión desafortunada que iría, si fuera reflejada, voluntaria y apremiada a sus consecuencias, a la condenación de la Iglesia, que ha empujado siempre al estado religioso, a la condenación incluso de la perfección evangélica que no encuentra su realización completa más que en los votos de religión.

Vicente gemía por esta tendencia del siglo, a la vez que la constataba. «Todo el mundo tiene tanta aversión aquí al estado religioso, escribía el 26 de febrero de 1640, que da pena.» ¡Algo más triste! Encontraba esta aversión incluso en Roma21. En cuanto a él, además de su amor por los votos de religión, comprendía la necesidad de votos, de compromisos cualesquiera para defender la Compañía contra la inconstancia y la ligereza humana. Le hemos visto, desde 1626, obligarse ante notarios, según la costumbre del tiempo, a sus dos primeros discípulos, como si se obligara a ellos. Desde el segundo y tercer año de la Compañía, él la obligó a votos simples que fueron renovados por sus miembros dos o tres años seguidos pero libremente y en familia. Entonces se pensó en dar una regla general que fuera aprobada por el arzobispo de París. Pero algunos murmuraron contra tales compromisos. Vicente consultó a doctores, a notables de la Compañía, y resolvió, a partir de 1640, recurrir a Roma. Únicamente, él se encontraba siempre en una gran perplejidad. ¿Qué votos hacer? ¿de qué naturaleza y en qué número? ¿No sería suficiente exigir un voto de estabilidad en la Compañía; y en cuanto a la pobreza, a la castidad y a la obediencia, fulminar en pleno capítulo, en cierto día del año, una excomunión solemne contra sus infractores? y, a falta de excomunión, ¿no se podría contentar con un juramento anual de observar las reglas?

Así pues, en esta época, Vicente parecía querer limitarse al único voto de estabilidad y, en cuanto a los votos ordinarios de religión, reemplazarlos por simples promesas, con expulsión de los violadores. Todavía se temía que el voto solo de estabilidad constituyera el estado religioso y sacara a sus sacerdotes del estado secular en el que quería mantenerlos. Pero comprendía su necesidad de tal forma que habría cargado con la consecuencia, a pesar de la aversión del siglo por el estado de religión: «Si se cree conveniente, escribía, habrá que hacerlo. La religión cristiana estaba de antiguo en contradicción en todos los lugares, y sin embargo era el cuerpo místico de Jesucristo; ¡y bienaventurados los que, confusione contempta (con desprecio de la confusión), abrazan este estado22

Sin embargo, se alegraba o se afligía según le escribieran de Roma que el solo voto de estabilidad constituía o no constituía el estado religioso23. Pero el asunto de la bula de confirmación seguía suspendido, sin duda a causa de esta grave cuestión de los votos. Henos de decir también que Richelieu ponía obstáculo a esto, y quería que Vicente esperara a un nuevo papa. Se encontraba por entonces liado con la curia de Roma, con ocasión de un pretendido insulto hecho al embajador francés, mariscal de Estrées, y del asesinato de Rouvray, escudero del mariscal. Por eso escribía siempre a Le Breton, el 14 de noviembre de 1640: «La dificultad por nuestra parte (de París) ha sido que quien lo puede todo no ha visto bien que yo haya dado (sin duda al nuncio) la carta que usted me ha enviado a efectos de informar a Su Santidad sobre nosotros, y él mismo me ha dicho hace sólo tres días, que dejemos llegar a otro (papa), y que él mismo hará tramitar nuestro asunto.»Acabamos de ver que Vicente temía entrar en relación demasiado directa con el enviado del papa quien, llegado de nuevo a Roma con el título de nuncio ordinario, había visto caer sobre él todo el resentimiento del cardenal, y no podía obtener ni ser reconocido ni admitido ante el rey.

Mientras tanto, el santo fundador se ocupaba en exigir las buenas intenciones de vivir y de morir en la Misión el primer año del seminario, un voto simple de estabilidad el segundo año, que se renovaría solemnemente al cabo de ocho o diez años, según lo creyera conveniente el superior. Con ello, se ahorraba la facilidad de desembarazarse, después de una experiencia, de los incorregibles. En cuanto a los votos de pobreza, de castidad y de obediencia, se atenía a las medidas ya indicadas. «Parece, decía él concluyendo, que la mayor parte de nuestros pensamientos van hacia ahí y que el disentimiento es común en cuanto al estado religioso, que se evita por este medio, aunque se tenga razón en buscar su espíritu..»

Para mejor asegurarse de las opiniones y de las disposiciones de su Compañía, quiso, aunque fuera todavía poco numerosa y no tuviera más que diez fundaciones, convocar una pequeña asamblea general. La apertura se hizo el 13 de octubre de 1642. Inútil indicar aquí la mayor parte de las decisiones que se tomaron. Que nos sea suficiente notar la deferencia que llevó a todos los miembros a pedir reglas a su santo fundador, y la violencia que le hicieron para mantenerle al frente de ellos. En efecto, hacia el final de la asamblea, el humilde superior, que se colocaba siempre por debajo de todo honor y de toda dignidad, por debajo del último de sus discípulos, que atribuía a su indignidad y a sus pecados pretendidos todas las dificultades y todas las desdichas de su Compañía, se puso de rodillas ante sus sacerdotes; y, en esta postura, después de pedirles perdón de sus faltas sollozando y de sus escándalos, dimitió de su generalato y les rogó que procedieran a una nueva elección. Con eso, y sin esperar respuesta, salió para dejarles la libertad de escoger, declarándoles solamente que ratificaba de antemano al que iban a elegir, y que con la gracia de Dios, obedecería como el último de todos al nuevo general.

La primera impresión fue de admiración y de estupor. Apenas recobrado el sentido, los Misioneros, sin ni siquiera consultarse, exclamaron todo a una voz que no aceptaban tal dimisión, y encargaron a algunos diputados que fueran a buscarle para pedirle que ocupara su lugar al frente. Los diputados le buscaron por un tiempo, hallándole al fin en una capillita que se abría hacia la iglesia de S. Lázaro. Allí, vuelto hacia el altar mayor y prosternado ante el santísimo sacramento, tomaba parte en la elección que él creía hacerse en ese momento mismo, pidiendo a Dios que inspirara a la Compañía una elección que fuera según su corazón. Los diputados le anunciaron la decisión de la asamblea; pero , por mucho que le insistieron, se quedó prosternado e inmóvil en su resolución. «Yo no soy ya superior, repetía, que se nombre a otro.»

Referido lo cual a la asamblea, todos sus miembros en corporación se dirigieron a la capilla. A la distancia misma a la que nos hallamos nosotros, se escucha aquel debate entre la humildad del padre y el respeto, la ternura de los hijos. Como por ambas partes se obstinaban y no había forma de acabar, los Misioneros exclamaron al fin: «¿Queréis pues que de todas maneras procedamos a la elección de un superior?

-Es vuestro deber, y yo os lo suplico.

-Pues bien,  es a vos a quien reelegimos y reelegiremos siempre mientras Dios os conserve en nosotros en la tierra.»

Vicente había caído, de alguna manera, en su propia trampa. Trató todavía de salir de ella, pero, viendo que todos sus esfuerzos resultaban inútiles, bajó la cabeza y recogió la carga.»

Por lo menos, Señores y hermanos míos, les dijo llorando, ¡rogad por este miserable! Es el mayor acto de obediencia que puedo hacer a la Compañía.

-Y nosotros, replicaron unánimemente los Misioneros, nosotros os renovamos el juramento de obedeceros siempre, y juramos ante Dios no olvidar nunca el sacrificio al que acaba de someteros vuestro amor por nosotros.»

V. Siempre los votos. -Diversas oposiciones. –Segunda congregación general. –Breves de 1655. –La Misión definitivamente constituida.

Fue entonces cuando los Misioneros pronunciaron el voto simple de estabilidad, es decir de compromiso de trabajar toda su vida en las funciones de su Instituto, que todas se dirigen a la salvación del pobre pueblo. Pero la gran cuestión de los votos no se resolvió por eso. En 1647, nos encontramos en Roma a Portail, Almeras y d’Horgny, especialmente diputados para este asunto. Vicente no había comprendido nunca mejor la importancia y la necesidad de los votos. Muchos de los que habían entrado ene. seminario interno de S. Lázaro le pedían retirarse, después de trece o catorce años de estudios y de enormes gastos hechos para mantenerlos de los bienes dados únicamente para la salvación de los pobres pueblos. Había algún año en que seis o siete personas dejaban la Compañía. Los trabajos tan diversos, tan penosos, tan extensos de la Misión desanimaban a los débiles; otros cedían a solicitaciones extrañas y, por el afecto a la familia o por la ambición, elegían otros empleos. Además, Vicente veía a su lado a una congregación tal cuyos súbditos, no poseyendo ningún lazo de obediencia, andaban a su aire; y cuando el superior quería disponer de algunos para enviarlos lejos o cerca de trabajar por la gloria de Dios, no podía hacerse obedecer y no tenía a nadie. También, ¿no iba a pasar lo mismo con los Misioneros? Libres de ir o quedarse, de hacer esto o aquello, ¿no obedecerían más bien a la fantasía que al deber? Y entonces, ¿cómo continuar los bienes comenzados, cómo emprender otros nuevos?

Sin duda, acabamos de verlo, los Misioneros se habían atado por el voto de estabilidad; pero era un voto simple del que se podía desprender uno con una dispensa del ordinario, fácil de conseguir. Por eso Vicente solicitaba en Roma una declaración del papa, diciendo que los votos de la Compañía serían indispensables por todo otro que no fuera Su Santidad o el Superior general, y estableciendo prohibición a los obispos de dispensarlos en lo futuro. La cosa era de una necesidad tan urgente que, que muchos habían perseverado en sus votos mientras los habían creído reales; luego, puesto en duda s valor por algunos malos espíritus, habían renunciado a ellos. La confusión aumentaba cuando había que renovar los votos. Algunos  se negaban a ello por el rumor de que se los quería sustraer a la dependencia del ordinario. Era pues urgente que la cuestión se fallara en Roma. Pero en Francia, Vicente seguía estando impedido, sin saber bien a quién escuchar. Por un lado, los prelados no deseaban que la Compañía se constituyese en religión, para conservar jurisdicción sobre ella; y, con el fin de escapar «al celo de su autoridad y dependencia de ellos», según las expresiones de Vicente, se trató por un momento de trasladar Roma la sede del generalato24; por otra parte, los religiosos aconsejaban lo contrario, fundándose en la ligereza humana y en los grandes trabajos de la Misión. Vicente trataba de conciliar estos pareceres opuestos, y consideraba como una inspiración de la providencia de Dios la idea por la cual el se había inclinado: la de poner a su Compañía en el estado religioso con los votos simples, y dejarla no obstante, en cuanto a sus empleos, en el clero secular por la obediencia a los obispos. Pero estos votos simples por sí mismos ¿no eran suficientes para constituir el estado rigurosamente religioso que él quería evitar, y su sabio temperamento ¿no iba a quedar destruido con ello? Entonces, consultó a los capaces, antes que a nadie a André Duval, luego al penitenciario Bail, a los doctores Cornet y Coqueret. Todos le respondieron que por mucho tiempo los votos sólo habían sido simples, y que entonces, sin duda, continuaban el estado religioso; pero que ya no era así desde que la Iglesia prohibía fundar toda otra nueva religión, a menos que abrazara los votos solemnes, a no se en caso expreso, como había ocurrido con los jesuitas. Pues bien, el papa Urbano VIII, por su bula de 1632,  no había erigido a los Misioneros en orden religiosa, sino que los había dejado expresamente en el estado de clérigos seculares. Cada uno es libre, concluían los doctores, de hacer votos simples, sin hacer por ello profesión religiosa; pero, lo que puede cada uno, lo pueden muchos reunidos igualmente sin comprometerse más25.

Esta decisión convenía a maravilla a Vicente, ya que si, por una lado, quería complacer a los obispos,  no ofender demasiado la opinión general tan opuesta al estado religioso; tenía de la otra un motivo más poderoso de conservar a los suyos en el estado de sacerdotes  seculares. Creía, y creyó siempre, -en este punto advertimos con respeto su convicción, sin juzgarla, -creyó siempre que la mayor parte de los empleos de su instituto eran incompatibles con el estado religioso, y que el mayor de todos, a saber la educación del clero secular requería maestros de su cuerpo: similia similibus .

Pero ¡qué oposiciones no debía encontrarse todavía, tanto en Roma como en Francia, antes de llegar al resultado que deseaba!. Conforme a lo que hemos dicho del Oratorio, no nos podemos extrañar de la que tuvo que sufrir por parte de esta Compañía en Roma, mientras trataba de hacer aprobar allí su congregación y los votos de que acabamos de hablar. Escribía a Du Coudrai el 12 de julio de 1652: «… Es verdad, se trata de enzarzarnos…todo eso no me extrañaría sin mis pecados, que me dan motivo a temer, no ya el éxito del asunto, que pronto o tarde se logrará, allí como aquí (en Roma como en París); sino que no podría expresarle cuánto me sorprenden los artificios. El R. P. general (era entonces de P. Bourgoing desautoriza sin embargo todo eso, y me ha prometido escribir al Sr. cardenal Bagni, al Sr. embajador y al R. P. René. Una vez que tenga sus cartas se las enviaré. Con todo, se portará usted lo más cristianamente posible con los que nos confunden. Yo los veo aquí también a menudo y cordialmente, gracias a Dios, como lo hacía; y me parece que, por la gracia de Dios, no sólo no les tengo aversión, sino que los honro y los quiero más; y le diré mas, que no me he quejado aún al P de Gondi, por miedo a indisponerle en su vocación.» Sin embargo los oratorianos le pedían a sus sacerdotes para formarse en las misiones, en sus lecciones y en sus ejemplos; y se los daba; «ya que, decía él, yo no creería ser cristiano, si no tratara de participar en el utinam omnes prophetarent de san Pablo. Ay, señor, ¡el campo es tan grande! Hay pueblos a millares que llenan el infierno; ¡todos los eclesiásticos no serían suficientes con todos los religiosos para satisfacer esta desgracia! ¡Tendríamos que ser tan miserables para envidiar que esas personas se dediquen al alivio de esas pobres almas que se pierden continuamente! Oh, de verdad, ¡sería hacerse culpable del cumplimiento de la de la misión de Jesucristo en la tierra!  Que si quieren impedírnoslo a nosotros, hay que pedir a Dios, humillarse y hacer penitencia  por los pecados que hemos cometido en este santo ministerio.» Y, tres años después, continuando la oposición, escribía de nuevo a Roma, el 9 de julio de 1655: «Esto no me impedirá, aunque me hubieran arrancado los ojos, que los estime y los venere tan tiernamente como los hijos a sus padres. Putant enim obsequim praestare Deo (pues creen que hacen un servicio a Dios).Deseo y pido a Nuestro Señor que todos en nuestra congregación hagan lo mismo.»

Estas son las cartas en las que los enemigos de los jesuitas han querido ver a la Compañía de Jesús, ¡como si ella hubiera tenido a su general en París! ¡como si el R. P. de Gondi, a quien Vicente temía «indisponer en su vocación», hubiera formado parte de ella alguna vez! Aquí se trata demasiado evidentemente del Oratorio, cuya oposición envidiosa la explica tan bien la naturaleza.

Por lo demás, Vicente encontraba oposición y dificultad hasta entre sus hijos. El superior de su casa de Génova no quería votos más que para los dignatarios de la Compañía, y no para todo el cuerpo ni para los simples miembros; y Vicente le respondía, el 19 de febrero de 1655, que una compañía naciente debe situarse en el estado más agradable a Dios, en sus miembros como en su cabeza; que con votos se trabajaba más eficazmente en la virtud y en el cumplimiento de su empleo; que Dios ha querido siempre fortalecer a los hombres en cada estado con promesas expresas: testigo la circuncisión entre los judíos, el bautismo entre los cristianos, la ordenación para los sacerdotes, el matrimonio o los votos, según este destinado a vivir en el siglo o en un estado de mayor perfección; que la cosa había quedado resuelta en dos congregaciones de la Compañía, y que no se debía volver más sobre un hecho cumplido después de reflexión, consejo y oración; por último, que era una costumbre en práctica hacía trece años y aprobada por el arzobispo de París, costumbre que no se podía ya cambiar sin trastornar la Compañía.

En efecto, el 1º de julio de 1651, Vicente había convocado en S. Lázaro una segunda congregación general; en ella, en medio de muchos reglamentos, se había resuelto que se daría la última mano a las constituciones, y que se pronunciarían votos indispensables tan sólo al soberano pontífice. Se tuvo de nuevo recurso a Roma. Al principio de 1655. Vicente llamó a Berthe y envió allí a Edme Jolly, quien ya conocía el tren de la curia romana. Jolly había ido a Roma  primero en el séquito del conde de Fontenay-Mareuil, embajador de Francia, luego como Misionero, había desempeñado bajo Berthe las funciones de procurador, de consejero y de confesor de la casa. en dos meses y medio, Jolly, secundado por el cardenal de Retz, por entonces exiliado en Roma, procuró un desenlace feliz a tantos trámites, deliberaciones y solicitudes. El 18 de abril de 1655, el papa Alejandro VII, apenas coronado, acabó primero la obra de Urbano VIII, confirmando la unión de S. Lázaro a la congregación de la Misión; liego, el 22 de setiembre siguiente, reguló con un breve la constitución de la Compañía. Este breve dispone que nadie podrá ser admitido en ella hasta después de dos años de seminario interno, al cabo de los cuales se pronunciarán votos simples reservados a la Santa Sede, y dispensables por el superior general  en el acto de despedida de una súbdito: in actu dimissionis. El papa pronuncia también la exención del ordinario para la administración interior, pero mantiene la jurisdicción de los prelados en todo lo que respecta a las misiones diocesanas. Sin embargo, a pesar de sus votos, los Misioneros no formarán un cuerpo religioso, y eso tan sólo porque esta es la voluntad del soberano pontífice: Atque dicta congregatio non censeatur propterea in numero ordinum religiosorum, sed sit de corpore cleri saecularis26.

El 12 de agosto de 1650, Alejandro VII entregó un nuevo breve, en el que, recordando el primero, arreglaba algunas dificultades sobre el voto de pobreza. El papa decidía que los Misioneros guardarían la propiedad de sus bienes, pero sin el uso, sino con el parecer del superior; que emplearían los frutos de los beneficios simples que les resultarían en obras pías, siempre con consentimiento del superior, y que les sería permitido aplicar una parte al alivio de sus padres pobres.

Algunos años después, el lazo que unía a los miembros con el instituto no pareció bastante fuerte. Con ocasión de un jubileo, circunstancia en que los papas otorgan de ordinario  permiso de dispensar de los casos y de los votos reservados a la Santa Sede, algunos Misioneros quisieron recuperar su libertad. Almeras, primer general sucesor de Vicente en el generalato, dirigió entonces un súplica al papa Clemente IX, quien, por una bula del 23 de junio de 1670, prohibió a los confesores, dispensar, en tiempo de jubileo, a los Misioneros de sus votos, incluso por una simple conmutación, a menos que, en la bula de indicción de jubileo se haga mención expresa de los votos de la congregación de la Misión: praeter expresam  dictorum votorum mentionem.

Para que no se percibiera el cambio sobre la naturaleza de su instituto, Vicente no estableció noviciado para los aspirantes, sino un seminario interno, distinto de los seminarios externos o diocesanos, en os que se preparan al ejercicio del sacerdocio puramente secular. Dispuso asimismo que los Misioneros recibieran el título de señor y no de padre que conservaran el nombre de familia, que llevaran el hábito de los sacerdotes seculares, sólo que más modesto y más pobre; que no se distinguieran, en una palabra, del clero secular más que por un mayor celo en las funciones apostólicas.

La bula de conformación de la unión, dirigida al oficial de la diócesis de París, no fue fulminada hasta el 21 de julio de 1659. porque, en 1658, la Misión había estado amenazada nuevamente en su propiedad de S. Lázaro. Vicente se había enterado que los religiosos de Santa Genoveva no esperaban mas que su muerte para iniciar sus trámites de reivindicación, esperando tenerlo más barato que en vida del santo fundador, provisto de todos los medios para hacer valer sus derecho. Previendo pues que un día la Compañía podría necesitar de todos los documentos para mantenerse en la posesión de S. Lázaro, pifió a Jolly, su corresponsal en Roma, que le dirigiera una memoria contra las pretensiones injustas de Santa Genoveva, y lograra nuevas bulas confirmativas, al precio que fuera y en la mejor forma posible. Llegadas las bulas, así como un anuncio de su fulminación, se dio prisa, una vez cumplida esta formalidad, en hacer acto solemne de propiedad y, el 11 de agosto, tomó posesión de S. Lázaro por última vez27. Muy pronto, en nueva confirmación de la bula de unión y de la sentencia de fulminación, el rey, encontrándose en Aix, expidió sus letras patentes de marzo de 1660, registradas en parlamento el 15 de mayo de 1662. declaraba el rey actuar en consideración a los grandes bienes y servicios de los Misioneros en los pueblos, «países lejanos, y hasta en las Indias, en los que emplean, decía él, cada uno sus bienes y rentas, su salud y su vida, sin recibir por ello ningún salario, ni esperar otra recompensa que de Dios».

En octubre de 1675, Luis XIV concedió nuevas letras patentes de fundación de los sacerdotes  de la Misión en S. Lázaro, no obstante el edicto de  de diciembre de 1672 que concedía a la orden de los caballeros de San Lázaro de Jerusalén todas las leproserías, encomiendas, capellanías y hospitales del reino. En virtud de este edicto, el gran vicario general, el comendador y los caballeros de la orden reclamaban S. Lázaro y preocupaban a los Misioneros en su posesión. Pero el rey, considerando que la evicción de los Misioneros de la casa de S. Lázaro haría cesar las buenas obras que habían hecho siempre, que destruiría incluso por completo la congregación que había tenido su nacimiento y sus progresos allí, y no se podía mantener más que por ella, ya que en ella se formaban todos sus súbditos para las necesidades del reino y los países extranjeros, confirmaba de nuevo la unión y, mientras se necesitara, hacía de nuevo donación de San Lázaro a la Misión. Estas letras fueron registradas en el gran consejo el 11 de enero de 1676.

El gran vicario general de la orden de San Lázaro era a la sazón el marqués de Louvois, al mismo tiempo  director y administrador general del hotel de Inválidos. Pues bien, Louvois acababa de confiar el ministerio espiritual del hotel a los Misioneros, y una de las cláusulas del contrato era que una parte de sus subsistencias se tomaría de la casa de San Lázaro. Era pues preciso que esta casa se les conservara, y es aún uno de los considerandos de las letras patentes28.

Por último, nuevas letras patentes de los 28 de febrero y 3 de marzo de 1684, confirmadas los 1º y 6 de setiembre 1718 contienen evocación general y atribución al gran consejo de todos los procesos y diferendos referentes a las casas de la Misión, establecida o por establecer en el reino y tierras de la obediencia de Su Majestad, para que con ello queden definitivamente juzgados y terminados, con prohibición a todos los demás jueces de entender en ellos29.

A la recepción del breve de confirmación de la Compañía, Vicente y sus hijos comienzan por dar gracias a Dios y al papa; luego todos, reunidos en capítulo, con excepción del seminario, firman un acta de aceptación ante un notario, que les entrega una declaración que firman también;» para que, escribió Vicente, la autoridad vea que se ha obrado jurídicamente y en la mejor forma que se puede. Querría poder expresar con qué sentimientos de júbilo y de gratitud se llevó a cabo todo, pero me alargaría demasiado.» Los del colegio de los Bons-Enfants y del seminario de San Carlos, anexionado a S. Lázaro, hicieron lo mismo los días siguientes; y se despachó en seguida a Berthe para recibir la aceptación, la renovación de los votos y  la firma de las demás casas de la Compañía30.

El 25 de enero de 1656, aniversario siempre célebre en la congregación, se pronunció y suscribió la fórmula siguiente oir lis veinte sacerdotes que se hallaban entonces en s. Lázaro, con Vicente a la cabeza:

«Yo, N…, indigno sacerdote de la congregación de la Misión, en presencia de la bienaventurada Virgen y de toda la corte celestial, yo hago a Dios voto de pobreza, de castidad y de obediencia a nuestro superior y a sus sucesores, según las reglas o constituciones de nuestro Instituto. Hago voto, además, de trabajar todo el tiempo de mi vida, en la dicha congregación, por la salvación de las pobres gentes de los campos, con la ayuda de la gracia de Dios todopoderoso, a quien invoco para ello con insistencia31

  1. M. Faillon, Monuments inédits de l’apostolat de sainte Madeleine, etc., tom. I, p. 567.
  2. Sauval, Histoire et recherches sur les antiquités de Paris, 1724, 2 vol. in-fol. ; tom. I, lib. I, p. 14.
  3. Michaud, Bibliothèque des croissades, primera parte, p. 230.
  4. Coll. Duchesne, tom. V, p. 15; coll. Guizot, tom. XXIV.
  5. Coll. Duchesne, tom. V, p. 1; y coll. Guizot, tom. XXIV.
  6. Las bulas originales de estos papas están en los archivos del Estado, M. 167.
  7. Cartulario publicado en un vol. in-4, por Guérard, con colaboración de Géraud. Marion y Deloys, Leprosia paris. –Paris, Crapelet, 11850, tom. I, pp. 184-186, y tom. III, p. 16.
  8. Se llamaba hermano donado a un secular que daba sus bienes a una comunidad y se sometía a la regla, sin a pesar de ello hacer votos.
  9. Véase, por ejemplo, en el proceso de canonización de san Vicente de Paúl, sum. responsivum, p. 23, un decreto de Aymeric, obispo de París, del 20 de junio de 1375.
  10. Véanse extractos de los registros del secretariado del obispado de París, de 1505 a 1611, sum. respons. pp. 32-34.
  11. Consultar sobre el antiguo Saint-Lazare, a Bonfons, Du Breuil, Le Boeuf, Féñobien y Sauval, todos sacados a la luz por J.-B. Sr. de Chevigné, más conocido con el nombre de Jaillot: Recherches critiques, historiques et topographiques de la ville de Paris. París, 1775, 5 vol.  in-8, t. II, distrito Saint-Denis; o ver sencillamente una buena disertación del Sr. Troche, resumiendo a todos los autores antiguos. Recueil de documents et memoires relatifs à l’étude speciale des sceaux du moyen âge et des autres époques, publicado por la Sociedad de esfragística, 3er año, nº 1, julio 1653.
  12. Carta a Etienne, del 30 de enero de 1650.
  13. Es del 30 de octubre de 1660: fue hecho a petición de Almeras, primer sucesor de san Vicente.
  14. Véase este concordato, Archivos del Estado, MM. 534, fol. 30.
  15. Archivos del Estado, MM. 534, fol. 35.
  16. Archivos del Estado, MM. 534, fol. 39 al dorso.
  17. Conf. del 30 de noviembre de 1654.
  18. Divers éscrits spirutuels de M.  Olier,t. I, p. 87.
  19. Fue creado cardenal el 30 de agosto de 1627, sin renunciar ni al Oratorio, ni a la sencillez de su vida.
  20. Oración fúnebre del reverendo P. Bourgoing, Oeuvres de Bossuet, edición de Versalles, tom. XVII, p. 572.
  21. Carta de 1653.
  22. Carta a Le Breton, en Roma, del 26 de febrero de 1640.
  23. Cartas al mismo, de los 9 de agosto y 9 de octubre de 1640.
  24. Cartas a Roma del 25 de diciembre de 1642, y del 9 de setiembre de 1643.
  25. Cartas a Roma del 4 de octubre de 1647, del 3 de enero de 1651, y del 23 de abril de 1653.
  26. Carta de Vicente a Jolly, del 22 de octubre de 1655: Histoire générale de la congrégation de la Mission, por Lacour, Mss. –Archives de la Mission.
  27. Cartas a Jolly, en Roma, de los 30 de agosto, 20 de setiembre, 18 y 25 de octubre de 1658, y del 12 de agosto de 1659.
  28. Archivos del Estado, sec. hist.., MM. 534, fol. 47, reverso.
  29. Archivos del Estado, sec. hist., S. 6850.
  30. Cartas a Roma, a Génova y a Turín, con fecha de los 29 de octubre, 17 y 31 de diciembre de 1655., y del 7 de enero de 1656.
  31. «Ego, N…, indignus sacerdos congregationis Missionis, coran beatissima Virgine et curia coelesti universa, voveo Deo paupertatem, castitatem, et superiori nostro ejusque successoribus obedientiam juxta instituti nostri regulas seu constitutiones. Voveo me praeterea pauperum rusticanorum saluti toto vitae tempore  in dicta congregatione  vacaturum, ejusdem Dei omnipotentis gratia adjuvante, quem ob hoc suppliciter invoco.» –Archivos de la Misión.

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