SAN VICENTE DE PAUL EN MARCHAIS (III)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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LA IGLESIA QUE SUEÑA VICENTE DE PAÚL

En la oración fúnebre, a la muerte de Vicente de Paúl, su amigo el obispo de Puy, Mons. Henri Maupas du Tour, dejó una frase indeleble para la historia: «Este hombre ha cambiado casi totalmente el rostro de la Iglesia’.

Ciertamente, no son sus estudios de teología ni su licenciatu­ra en Derecho Canónico en la Sorbona los que cambiaron la forma de pensar, de ver y de actuar de Vicente de Paúl. Su con­tacto directo con los pobres, «que se multiplican todos los días y que no saben qué hacer ni a dónde ir», empuja a Vicente de Paúl a soñar un nuevo y distinto rostro de la Iglesia y a trabajar deno­dadamente para que ese sueño se haga realidad.

1) Al ritmo de la experiencia

Ya se ha insistido, en todos los estudios vicencianos, el puesto principal y primordial que ocupa la experiencia en el ser y en el quehacer de Vicente de Paúl. También en este tema, en el descubri­miento de la Iglesia de los pobres, la experiencia es absolutamente clave. A partir de una cadena ininterrumpida de experiencias, se va tejiendo y entretejiendo la comprensión vicenciana de la Iglesia.

Hemos partido de la experiencia de Montmirail-Marchais y su valor de signo determinante. Pero el episodio ya relatado no es algo inconexo y aislado. Hay que unirlo a otros eslabones de esta cadena experiencial. Hay que unirlo con la experiencia que Vicente de Paúl tiene como párroco en la aldea de Clichy, y su descubrimiento del pastor que se entrega a su pueblo y siente un gozo inmenso por ello; hay que unirlo también con la experien­cia de Gannes-Folléville y la percepción del lugar de los pobres en la Iglesia; no hay que olvidarse de la experiencia vicenciana en Chátillon y la manifestación de la caridad organizada en el servicio a los pobres; incluso hay otras dos grandes experiencias: el encuentro con el obispo de Beauvais y el descubrimiento de la deficiente formación de los sacerdotes y de los candidatos al sacerdocio, y el descubrimiento de la Iglesia misionera con el envío de operarios a la mies de Madagascar.

2) Una Iglesia que se encarna en el mundo de los pobres y opta por ellos

Esta cadena de experiencias desemboca ineludiblemente en una especie de cuadro donde se van dibujando y plasmando con nitidez los principales colores que constituyen la Iglesia de los pobres que Vicente de Paúl, sueña, descubre, construye y reconstruye.

Y el primer color es, ciertamente, el fundamental: la Iglesia tiene que encarnarse en el mundo de los pobres y, consecuente­mente, tiene que optar por ellos. En la espiritualidad de Vicente de Paúl está muy viva la centralidad de la Encarnación del Hijo de Dios que vino a este mundo para evangelizar a los pobres: «Así pues, padres y hermanos míos, nuestro lote son los pobres, sí los pobres: Pauperibus evangelizare misil me. ¡Qué dicha, padres, qué dicha! ¡Hacer aquello por lo que nuestro Señor vino del cielo a la tierra, y mediante lo cual nosotros iremos de la tierra al cielo! ¡Continuar la obra de Dios, que huía de las ciudades y se iba al campo en busca de los pobres! En eso es en lo que nos ocu­pan nuestras reglas: ayudar a los pobres, nuestros amos y seño­res» (SVP, XI, 324).

Pero, además, en Vicente de Paúl está igualmente viva la centralidad del pobre. Y si la Iglesia es sacramento de Cristo, debe continuar en el mundo la preferencia del Maestro por los peque­ños, los marginados, los excluidos sociales, los pobres en suma. Vicente de Paúl nunca separará ni romperá el trinomio Cristo-Igle­sia-Pobres. Está plenamente convencido de que los pobres son los «predilectos de Dios», los que «conservan la verdadera religión», los «grandes señores del cielo», nuestros «intercesores delante de Dios», «nuestros amos y señores» (SVP, XI, 125. 324. 273. 462; IX, 99. 125. 367. 241. 1194; X, 686. 950). Por tanto, la Iglesia, como continuadora del misterio de Cristo, debe prolongar su pre­dilección por los pobres y su identificación con ellos (SVP, XI, 33­34. 387. 725). Y al justificar la relación Iglesia-pobres, Vicente de Paúl vuelve la mirada a los orígenes de la Iglesia: «Dios empezó la Iglesia por unos pobres» (SVP, XI, 54. 335). Y subraya que esta elección sigue vigente en la Iglesia, que Dios sigue escogiendo a los pequeños, a las «pobres gentes» para continuar su obra.

En consecuencia, para Vicente de Paúl, la Iglesia es, ante todo, el pobre pueblo que pide ayuda, que «se muere de hambre y se condena de desesperación». Y no tenemos que extrañarnos al encontrar en la correspondencia de Vicente de Paúl expresio­nes tan claras sobre dónde se encuentra la Iglesia de Jesucristo, como éstas: «La Iglesia no está ni en la seda ni en el oro de los príncipes, de los obispos o de los abades, sino en la carne y san­gre, en los sufrimientos, en las lágrimas del pueblo».

La Iglesia es, pues, para Vicente de Paúl, una comunidad de caridad que continúa el «espíritu de caridad perfecta de Cristo». No es una promesa de poderío, sino la Iglesia sierva y pobre, la Iglesia de los pobres. Por eso, cuando se está con los pobres y se pone el máximo de efectivos al servicio de los pobres, necesita­dos y desvalidos, se está seguro de permanecer en la Iglesia de Cristo.

En definitiva, Vicente de Paúl descubre y propone una Iglesia que se encarna en los pobres y que opta preferencialmente por ellos, desde una opción anterior: la opción por Jesucristo evan­gelizador y servidor de los pobres, «el-hombre-para-los-demás, el desposeído, el siervo, el que sirve su vida y sirve su muerte’. Aunque es conveniente matizar que no se trata de dos opciones separadas, sino de dos dimensiones, de dos momentos de una sola y misma opción. La identidad vicenciana es cristocéntrica y, por tanto, su opción por los pobres sólo se entiende porque la causa de los pobres es la causa de Cristo.

Perfectamente hubiera firmado Vicente de Paúl aquellas pala­bras que pronunció, siglos más tarde, el cardenal Lercaro en el Concilio Vaticano II: «Quiero decir que el misterio de Cristo en la Iglesia es siempre, pero sobre todo hoy, en nuestros días, el misterio de Cristo en los pobres, ya que la Iglesia, como dijo el Santo Padre Juan XXIII, es la Iglesia de todos, pero especial­mente la Iglesia de los pobres».

Y también perfectamente se hubiera visto reflejado en otro texto actual del Documento ya citado «La Iglesia y los pobres»: «El encuentro con el pobre no pueda ser para la Iglesia y el cris­tiano meramente una anécdota intranscendente, ya que en su reacción y en su actitud se define su ser y también su futuro, como advierten tajantemente las palabras de Jesús. Por lo mismo, en esa coyuntura quedamos todos, individuos e instituciones, implicados y comprometidos de un modo decisivo. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres. Los pobres son sacramento de Cristo. Más aún: Ese juicio y esa justificación no solamente debemos pasarlos algún día ante Dios, sino también ahora mismo ante los hombres. Sólo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los opri­midos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su libe­ración, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimo­nio coherente y convincente del mensaje evangélico. Bien puede afirmarse que el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opre­sión, de la debilidad y del sufrimiento».

3) Una Iglesia sierva y sirvienta de los pobres

Si en Vicente de Paúl está clara la visión de una Iglesia de los pobres, le preocupa también que la Iglesia sea para los pobres. Es decir, Vicente de Paúl está convencido de que los pobres tie­nen que ser el punto de referencia para la vida eclesial, pues si se despreocupara de los pobres, perdería su sentido. Para Vicente de Paúl, una Iglesia que ignora a los pobres no es más que una caricatura de Iglesia y una Iglesia que no sirve a los pobres está muy lejos de ser la comunidad que quiso Jesucristo. Es más, en una Iglesia muy marcada por la jerarquía —a la que Vicente acata y obedece—, Vicente de Paúl introduce un matiz muy significativo: la jerarquía tiene que ser servicio, desinterés, entrega, don de uno mismo, como se refleja en sus indicaciones sobre el ejercicio de la autoridad (SVP, IV, 173; I, 528; II, 252; V, 53; VI, 68; XI, 238).

No hace falta insistir en algo bien sabido por todos: la ecle-siología de servicio efectivo a los pobres, la plasmó Vicente de Paúl no sólo en sus intuiciones o en sus deseos, sino, sobre todo, en sus Instituciones: una asociación de laicas y laicos siervos, unos misioneros siervos, y una Compañía de sirvientas. Y tam­bién sabemos todos que los pobres están en la raíz de las obras y de las Instituciones vicencianas. Ellos constituyen la razón de ser de las mismas. Y ellos deciden, configuran y polarizan los orígenes, el presente y el futuro de estas Instituciones y obras. A la vez que rectifican continuamente su rumbo, dinamizan su compromiso, ajustan su misión y garantizan la fidelidad a su espíritu propio y específico.

A partir de aquí, se vertebra la «nueva y especial relación» que deben observar los «siervos» y «siervas» respecto de sus «amos y señores los pobres», por lo mismo, la relación servicial de la Iglesia de los pobres: «Hemos de entrar en sus sentimien­tos para sufrir con ellos…, enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del pró­jimo, pidiendo a Dios que nos dé el verdadero espíritu de mise­ricordia…» (SVP, XI, 233); «hay que servirles con compasión, dulzura, cordialidad, respeto y devoción…, haciéndoles presente la bondad de Dios» (SVP, IX, 915); «amándoles a costa de nues­tros brazos, con el sudor de nuestra frente» (SVP, XI, 733); con el convencimiento de que «al socorrerles, estamos haciendo jus­ticia y no mera beneficencia» (SVP, VII, 90); llegando, incluso, a tomar conciencia de que «tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria» (SVP, IX, 451); con la viva certeza de que «nuestra es la culpa de que ellos sufran, si no sacrificamos toda nuestra vida por instruirlos» (SVP, XI, 121); sabiendo, en definitiva, que «somos indignos de rendirles nuestros pequeños servicios» (SVP, XI, 273).

Pero si queremos ver radicalmente reflejada la imagen de una Iglesia sierva y sirvienta de los pobres, bueno será el traer a cola­ción las palabras de un discípulo de Vicente de Paúl que forma parte del grupo de sacerdotes de las «Conferencias de los mar­tes», y que, siguiendo el consejo de Vicente de Paúl, en vez de quedarse en París y buscar un honroso ascenso, se va modesta­mente a Metz. Me refiero a Bossuet y su famoso sermón sobre la «eminente dignidad del pobre». Parece ser que compuso este ser­món a petición del mismo Vicente de Paúl, y muchos vicencianistas no dudan en afirmar que este sermón de Bossuet es como el testamento de Vicente de Paúl y la síntesis más lograda de la experiencia de Iglesia que animó la vida y la misión de Vicente de Paúl.

He aquí cuatro líneas de su extenso sermón: «En el mundo, los ricos disfrutan todas sus ventajas y ocupan los principales puestos; en el reino de Jesucristo, la preeminencia pertenece a los pobres, que son los primogénitos de su Iglesia y sus verdade­ros hijos. En el mundo, los pobres dependen de los ricos, y pare­cen haber nacido sólo para servirlos; en la santa Iglesia, por el contrario, no son admitidos los ricos sino con la condición de servir a los pobres. En el mundo, todos los privilegios son para los poderosos y para aquellos que les apoyan; en la Iglesia de Jesucristo, las gracias y las bendiciones son para los pobres, y los ricos no tienen privilegio alguno a no ser por medio de los pobres. El Salvador quiso fundar la ciudad de los pobres; esta ciudad es la Iglesia. Y si me preguntáis por qué llamo a la Igle­sia la ciudad de los pobres, os diré que la Iglesia, en su primer proyecto, no fue fundada más que para los pobres y que ellos son los verdaderos ciudadanos de esta dichosa ciudad que la Escritu­ra llama ciudad de Dios… Venid, ricos, a la Iglesia; la puerta está abierta, pero a condición de que sirváis a los pobres… Ricos de este mundo, aferraos cuanto queráis a vuestros títulos soberbios, podéis llevarlos en el mundo; en la Iglesia de Jesucristo sois solamente los servidores de los pobres…».

4) Una Iglesia de la misericordia

Otro color que sobresale con gran énfasis en este cuadro vicenciano es el referido a la misericordia. Para Vicente de Paúl, la Iglesia de los pobres tiene que estar cimentada en la misericor­dia. Porque la Iglesia tiene que traducir el gran misterio de la gratuidad y la misericordia de Dios.

Pero esta misericordia nada tiene que ver con el sentido corriente y adulterado que solemos dar a este vocablo. Nada tiene que ver con la falsa conmiseración o con la lástima super­ficial. Para Vicente de Paúl, la misericordia tiene que derivarse de la ternura infinita de Dios, de su cercanía a los que sufren, de sus entrañas compasivas, de su rostro maternal. Y tiene que demostrarse no en los paisajes de la buena voluntad, sino en el amor efectivo y real. Para Vicente de Paúl, la Iglesia tiene que traslucir la misericordia con los pobres que configuró toda la vida y toda la misión de Jesucristo.

Una Iglesia de la misericordia tiene que ejercitar la «comu­nión» con los pobres. Es decir, tiene que «comulgar» con aque­llos a los que sirve y por los que lucha. Y esa «comunión» impli­ca un verdadero conocimiento de los problemas y necesidades de los pobres, auténtico encuentro con ellos, acogida profunda, pro­ximidad lúcida y eficaz, participación real en sus avatares, sen­sibilidad respecto de sus derechos, docilidad servicial ante sus exigencias, escucha y diálogo para descubrir sus valores y ayudarles a tomar conciencia de sus potencialidades, dejarse interpelar por sus llamadas, ser voz de los que no tienen voz para defender los derechos de los más desprotegidos y dar a conocer las aspiraciones legítimas de los más desfavorecidos…

El Papa Juan Pablo II ha plasmado esta eclesiología netamen­te vicenciana al escribir en su encíclica «Dives in misericordia»: «La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo más estupendo del Creador y Redentor». Por tanto, de la eclesiología vicenciana se deduce que «la actuación, el mensaje y el ser de una Iglesia auténtica consiste en ser, aparecer y actuar como una Iglesia-misericordia; una Iglesia que siempre y en todo es, dice y ejercita el amor compasivo y misericordioso hacia el miserable y el perdido, para liberarle de su miseria y de su perdición. Solamente en esa Iglesia-misericor­dia puede revelarse el amor gratuito de Dios, que se ofrece y se entrega a quienes no tienen nada más que su pobreza».

5) Una Iglesia de pastores de los pobres y para los pobres

Vicente de Paúl subraya en el sacerdote, entre otros rasgos, uno muy especial: el de continuador de la misión de Jesucristo para la salvación de los hombres, sobre todo de los pobres. Y así, no duda en llamar a los sacerdotes «continuadores de la misión de Cristo, instrumentos por quienes el Hijo de Dios continúa haciendo desde el cielo lo que Él hizo en la tierra» (SVP, XI, 387).

  1. Mezzadri ha estudiado la diferencia entre la visión vicenciana del sacerdote y la visión de Bérulle. Los resultados de su estudio nos permiten clarificar la misión que Vicente de Paúl asigna a los sacerdotes en la Iglesia: «Bérulle había fundado una Compañía para rendir homenaje perpetuo al soberano sacerdocio de Jesucristo. En cambio, Vicente de Paúl en su Congregación ha querido más bien rendir homenaje a las necesidades de Jesucristo contemplado místicamente en el pobre; y por eso ha dejado la consigna: debemos correr a remediar las necesidades del pobre como se corre a apagar el fuego. En Bérulle, el sacerdote renun­cia a sí mismo, se anonada para adherirse a Cristo y así realizar una más perfecta glorificación del Padre. Para Vicente de Paúl, anonadamiento y adhesión culminan en el servicio a las almas. El sacerdote pertenece a los pobres en la misma medida que per­tenece a Cristo. El encuentro con los pobres resulta memoria de Jesús, contemporaneidad con Jesús, fidelidad a Jesús».

En un texto vibrante, de una conferencia sobre la finalidad de la Congregación de la Misión, Vicente de Paúl deja bien claro ese «ser sacerdotes de los pobres»: «Si los sacerdotes se dedican al cuidado de los pobres, ¿no fue también éste el oficio de nues­tro Señor y de muchos grandes santos, que no sólo recomenda­ron el cuidado de los pobres, sino que los consolaron, animaron y cuidaron ellos mismos? ¿No son los pobres los miembros afli­gidos de nuestro Señor? ¿No son hermanos nuestros? Y si los sacerdotes los abandonan, ¿quién queréis que les asista? De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agrada­bles palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: ‘Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, por­que tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me cuidasteis’. Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo representan en la tierra, por su cargo y por su carácter, como son los sacerdotes» (SPV, XI, 393).

6) Una Iglesia con un laicado comprometido a favor de los pobres

Vicente de Paúl es consciente de que también el laicado ha recibido una vocación a participar en la misión de la Iglesia. Y está convencido de que ese olvidado cuerpo de la pirámide eclesial tiene que salir a flote y ponerse en primera línea de servicio y de lucha por los pobres.

Desde un modelo misionero de Iglesia descubre que la evan­gelización es tarea y misión de toda la Iglesia, por lo que no duda en comprometer a los laicos en la vida apostólica. A través de las comunidades y asociaciones laicales que funda y dirige, refleja su visión del laicado y el papel de éste en la Iglesia.

Vicente de Paúl viene a decirnos que el ministerio laical brota de una vocación divina y supone una profunda vivencia cristia­na, una vida unificada desde la fe y entregada desde la caridad, y constituye una participación en la misión de Cristo y en su pre­dilección por los pobres a los que hay que servir como se sirve al mismo Cristo.

Y dentro de esta apuesta por el laicado comprometido con los pobres, la originalidad de Vicente de Paúl está, sobre todo, en el laicado femenino. En un tiempo en que la mujer, en general, es eclesial y socialmente marginada, Vicente de Paúl descubre las cualidades, los valores y las potencialidades de la mujer y los pone al servicio de los pobres y abandonados. Volviendo la mira­da a la historia del Pueblo de Israel y a los primeros siglos del cristianismo, descubre modelos inspiradores de mujeres que le ayudan en su proyecto: Judit, Esther, las mujeres que acompaña­ban a Jesús y a los apóstoles, las diaconisas…

En definitiva, Vicente de Paúl confía en la mujer. El volunta­riado de las Cofradías de la Caridad es un modelo de organización, de coordinación y de eficacia caritativa y social. La fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad conlleva una serie de inno­vaciones totalmente originales en las organizaciones femeninas de la sociedad y de la Iglesia del siglo XVII.

Celestino Fernández

CEME,             2008

 

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