Siempre he comparado a Vicente de Paúl con un bosque mágico, frondoso, feraz y lleno de sorpresas. Y, para recorrer este bosque, siempre he necesitado de guías hábiles y expertos. Sin embargo, siempre me ha sucedido que, muchas veces, los guías no se ponen de acuerdo y que, con la mejor buena voluntad, despistan más que ayudan a un inexperto como yo.
Si esto es así en la globalidad de este bosque vicenciano, lo es mucho más en un aspecto primordial: el que se refiere a la eclesiología de Vicente de Paúl. Aquí los guías prácticamente desaparecen. No es que no los haya; es que apenas hablan del tema y mucho menos profundizan en él. Da la impresión de que se desentienden del tema, dando por supuesto que Vicente de Paúl no aporta demasiado a la eclesiología o entendiendo que no hace mucha falta tratar el tema porque todo lo que dijo e hizo Vicente de Paúl lo dijo y lo hizo como hombre de Iglesia, obediente a la Iglesia y amador absoluto de la Iglesia. Un experto vicencianista como André Dodin ya decía, hace bastante tiempo, que «el aspecto eclesial de la dogmática vicenciana ha sido perezosamente ignorado».
Dicho en castellano directo, el tema de Vicente de Paúl y la Iglesia no ha sido muy tratado explícitamente por los estudiosos vicencianistas. No hay apenas estudios monográficos. Aunque, en todos los temas, siempre hay referencias más o menos extensas sobre el tema que nos ocupa.
UNA ADVERTENCIA PREVIA
De entrada, hay que decir que Vicente de Paúl, en su teología y en su eclesiología, es un hombre tradicional’. Obviamente, su pensamiento, sus escritos, sus conferencias son deudores de la teología de su tiempo. Su formación teológica, sólida e ilustrada, es estrictamente formación de «escuela», de la escolástica. Cuando propone teorías teológicas no hace más que repetir lo que han repetido durante siglos, antes y después de él, los manuales de teología. Y es normal y lógico que esto sea así. Vicente de Paúl, en su pensamiento escrito o hablado, no es ni un revolucionario ni un romántico.
Sin embargo, en su acción, en sus actividades, en su proceder, aparece otro Vicente de Paúl. Se ha dicho, con razón, que la originalidad de Vicente de Paúl está en su vida, en lo que él llamaba, con frecuencia, «mi fe y mi experiencia».
Por eso, no es fácil estudiar la comprensión vicenciana de la Iglesia. No encontramos en Vicente de Paúl una eclesiología estructurada y completa. Hombre de experiencia y de acción más que teólogo sistemático, no se plantea una reflexión ordenada sobre la totalidad del ser de la Iglesia, no desarrolla una eclesio-logía3. Su doctrina eclesial, más vivida que formulada, se encuentra implícita tanto en su palabra como en su vida, en lo que dice como en lo que vive y practica.
La visión eclesial de Vicente de Paúl es inseparable de su experiencia espiritual y pastoral. Su comprensión de la comunidad eclesial se va purificando, completando y profundizando al ritmo de su madurez experiencial. Y así, podemos empezar con un telón de fondo que nos ayudará a entender el descubrimiento de la Iglesia de los pobres por parte de Vicente de Paúl: la originalidad de la visión vicenciana de la Iglesia radica en considerarla como una realidad histórica, itinerante, misionera y al servicio de los pobres, como continuadora de la misión de Cristo.
PUNTO DE PARTIDA NECESARIO
Cuando se citan los descubrimientos claves, las fechas decisivas y los momentos «kairóticos» (permítaseme este extraño vocablo) en la andadura y en la intrahistoria vivencial de Vicente de Paúl, aparece con fuerza y nitidez el llamado episodio de Montmirail-Marchais. En realidad, son dos episodios: el primero, en Montmirail y el segundo, en Marchais. Aunque, como hace la mayoría de los historiadores vicencianos, los englobamos en uno solo.
Se trata de un episodio que adquiere categoría de signo para cualquiera que se acerque, aunque sea someramente, a la vida y a la actividad de Vicente de Paúl. Un episodio que, para el mismo Vicente de Paúl, resulta «acontecimiento-bisagra», es decir, abre la puerta a Vicente para intuir lo que Dios quiere, y para lanzarle a él a una misión ineludible de evangelización de los pobres y, por consiguiente, a una tarea de reconstrucción de la Iglesia de los pobres y para los pobres.
No por citado y narrado muchas veces, este acontecimiento ha perdido frescura y sorpresa. Sigue siendo interpelación permanente y constituye, además, el punto de partida necesario y fundamental de nuestro tema.
Cuenta L. Abelly, primer biógrafo de Vicente de Paúl, que, durante una misión en Montmirail, un día del año 1620, un hereje (un hugonote) «rebelde a todas las argumentaciones» (subraya L. Abelly) formula una objeción que hiere a Vicente de Paúl en el centro mismo de sus más vivas preocupaciones. «Según usted —dice el hereje—, la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo; pero yo no lo puedo creer, puesto que, por una parte, se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obligaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana; y, por otra parte, se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes que no hacen absolutamente nada; puede que sólo en París haya hasta diez mil, mientras que esas pobres gentes del campo se encuentran en una ignorancia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted convencerme de que esto está bajo la dirección del Espíritu Santo? No puedo creerlo».
En realidad, era la formulación más cruda y descarada que Vicente de Paúl había oído del escándalo que a él mismo le venía royendo el corazón desde hacía tres años. Naturalmente, Vicente de Paúl improvisa una respuesta apologética de circunstancias, pero la evidencia era la evidencia. Este hugonote, tal vez con cierta exageración, le recuerda a Vicente de Paúl que la Iglesia ha abandonado a los pobres, que se ha roto, en la práctica, el trinomio sagrado Cristo-Iglesia-Pobres.
Un año más tarde, en 1621, en otra misión, esta vez en Marchais, pequeño pueblo de los alrededores de Montmirail, el hugonote, del que ya nadie de se acordaba, tuvo la curiosidad de presenciar los ejercicios de la misión. Y, al concluir la misión, no duda en espetar a Vicente de Paúl: «Ahora he visto que el Espíritu Santo guía a la Iglesia romana, ya que se preocupa de la instrucción y salvación de estos pobres campesinos. Estoy dispuesto a entrar en ella cuando usted quiera recibirme».
Un día, Vicente de Paúl —ratifica L. Abelly—, contando este episodio a los misioneros, exclamó: «¡Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabajamos por la instrucción y santificación de los pobres!».
Es decir, Vicente de Paúl descubre que las respuestas apologéticas o meramente defensivas no valen para nada ni convencen a nadie, y que sólo hay una respuesta coherente y válida ayer, hoy y mañana: la opción preferencial por los pobres como expresión visible y creíble de la Iglesia. Una opción afectiva y efectiva llevada a cabo «a costa de nuestros brazos y con el sudor de nuestra frente» (SVP, XI, 733).
En definitiva, este acontecimiento nuclear de Montmirail-Marchais puede resumirse perfectamente con lo que nos dice un texto bastante reciente y que parece sacado del mismo Vicente de Paúl. Me refiero a lo que subraya el Documento «La Iglesia y los pobres», de la Comisión Episcopal de Pastoral Social: «Esa misión es ser la Iglesia de los pobres en un doble sentido: en el de una Iglesia pobre y en el de una Iglesia para los pobres. Así como Jesús fue radical y esencialmente pobre por su encarnación y entregado principalmente a los pobres por su misión, y sólo así cumplió la redención y Él mismo alcanzó su glorificación, la Iglesia de Jesús debe ser aquella que en su constitución social, sus costumbres y su organización, sus medios de vida y su ubicación, está marcada preferentemente por el mundo de los pobres, y su preocupación, su dedicación y su planificación está orientada principalmente por su misión de servicio hacia los pobres».
Celestino Fernández
CEME, 2008







