San Vicente de Paúl, el hombre de la Caridad (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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«NUESTRA PERFECCIÓN CONSISTE EN LA CARIDAD»

¿Qué significa esto? Cuando san Vicente habla de «caridad» ¿en qué está pensando y dónde hunde sus raíces? Permitidme adentrarme en la respuesta a estas cuestiones de tal forma que nos sirvan para la reflexión «hoy, aquí y ahora». Veamos:

  1. La caridad ha sufrido mucho a lo largo de los siglos. En nombre de la «caridad» se han cometido auténticos dispa­rates desde el nepotismo (un modo de ser caritativos con la familia), pasando por la carrera por el poder (todo lo hacemos por amor a Dios); hasta llegar a juzgar y matar también por amor. En nombre de la Caridad se han justifi­cado errores terribles a lo largo de la historia y se han devaluado de tal forma que se redujo a una simple ayuda o limosna al necesitado que acallaba las, todavía, sensibles conciencias.

Nuestro fundador, junto a aquellos más íntimos colaborado­res: Luisa de Marillac, P. Portail…, fue capaz de recuperar, en un tiempo social no mejor que el nuestro, la virtud de la Caridad con todo su contenido, como decía santo Tomás de Aquino: «cúmu­lo de todas las virtudes», promoviéndola y viviéndola desde su auténtico contenido evangélico, es decir: la Caridad se basa en la donación de uno mismo a Jesucristo y se manifiesta en el servi­cio a Jesucristo en los pobres de tal forma que podamos decir con el apóstol: «no soy yo, es Cristo el que vive en mí». Desde esta actitud la Caridad recupera su sentido más profundo. San Vicen­te la fundamenta en la actividad del Dios Trinidad a quien se le busca y encuentra en la oración tan necesaria para no caer en las garras de las conveniencias humanas y, a la vez, la que se hace vida en el amor servicial al pobre sin posibilidad alguna de enga­ño: «Cuando se sirve a los pobres se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡qué gran verdad es esta! Servís a Jesucristo en la perso­na de los pobres. Y esto es tan cierto como que estamos aquí»6. Estoy seguro que el P. López Maside nos iluminará la experien­cia de san Vicente desde esta perspectiva en su intervención «San Vicente, el hombre que centró toda su vida en Cristo», por eso, yo no me paro en este punto tan importante. Pero sí, tengo que dejar ver la importancia de centrar la vida en Jesucristo y no, solamente, en el gran personaje Jesús de Nazaret de donde nacen algunas deformaciones de las que el propio san Vicente nos pre­vino.

  1. b) Deformaciones de la Caridad. Hemos asistido a un bien pensado y deliberado intento de secularización de la Cari­dad. Y esto a dos importantes niveles: fuera y dentro de la propia Iglesia.

Fuera: El ejercicio de la Caridad es la carta de presentación de la Iglesia de tal forma que, desacreditar la caridad es una forma de limitar o impedir la misión de la Iglesia. Hace unos años una institución pública española llegó a publicar una revis­ta con este título: «Caridad, NO; Solidaridad, SÍ«. No es un titu­lar ingenuo o carente de contenido sino, por lo contrario, bien pensado y orientador: manipulador de las conciencias. La cari­dad es denunciada como algo contraria a la justicia, como una anestesia dispensada para calmar la conciencia de los ricos y adormecer las justas reivindicaciones de los pobres. Se llega a afirmar que la Caridad es uno de los medios de los que se sirve la Iglesia para controlar las sociedades y presionar a los Estados. En último término, se nos viene a decir que la caridad es un modo de alienación porque impide ir al hombre por el hombre mismo, frente al ir al hombre por amor de Dios. Conclusión: es preciso deshacemos del vocablo «caridad» para dar paso a un término más secular, más de nuestros tiempos, más actual. El tér­mino para estos ingenieros o diseñadores de conciencias sería «solidaridad» que, en el fondo, niega a Dios bajo el pretexto de servir al hombre por el hombre mismo7.

Poco a poco, los creyentes y las Iglesias, nos hemos conven­cido de que esto era «un signo de los tiempos», hemos cedido convencidos de que las cosas tenían que ser así y que «no hay otra». Nos hemos resignado a considerar la irrelevancia de lo cristiano y, ahora toca, el silencio social de nuestras propuestas, lo pequeño, lo irrelevante… en definitiva «el ir con los tiempos» que conlleva un progresivo, lento y dulce suicidio.

Si todavía nos queda un poco de esa apertura crítica de la que disponía y quería san Vicente para sus hijos e hijas, nos daremos cuenta que todo ha obedecido a una decidida, premeditada y, si cabe, secuenciada «hoja de ruta» que ha pasado de una omni­presencia de las propuestas cristianas a la progresiva emergencia de otras propuestas previsoriamente contrapuestas que, al ini­cio, aceptaron una «colaboración resignada» para pasar a una «independencia indiferente» hasta llegar, en estos momentos de la historia, a una «oposición beligerante». En el mejor de los casos o te desconfesionalizas o no tienes parte en las porciones del reparto de «la tarta». Nuestro fundador, a su nivel y desde otras coordenadas, nos hizo saber que no se puede vivir en Cari­dad cuando uno no opta radicalmente por Jesucristo y, desde ahí, vive con los pobres luchando contra la pobreza y apostando generosamente por «quemar la vida» luchando contra las des­igualdades que generan esa pobreza. Para eso se da cuenta que tiene que poner en función todo lo que significa y engloba la Caridad y no quedarse en lo superficial o conformarse con des­tacar alguna de sus facetas. Él se da cuenta que si nosotros no somos parte de la solución entonces somos parte del problema. Y, no penséis que estamos recordando los últimos años de Vicen­te, no, estamos hablando de los primeros fundamentos de su obra caritativa. Remóntense al 1617 cuando no puede menos que afir­mar con visión profética y revolucionaría: «… Esto es una gran obra caritativa pero no está bien organizada «.

Vicente no reniega de cultivar, agudamente, ese sentido de analizar las realidades sociales, económicas, políticas de su tiem­po. Es más, hace todo lo posible para estar allí, por él o por otros, donde se deciden las políticas a seguir; donde se juega el futuro de los pobres; intenta, como nos dejan reflejados los escritos de grandes vicencianistas, no ceder ingenuamente a cualquier pro­posición por muy de moda que esté (recuerden cuando el Estado  quiere recluir a los pobres en un bien pensado y acondicionado encierro para evitar la contemplación de aquel fracaso estrepito­so de la humanidad a todos los niveles: político, económico, social, religioso…), Vicente quiere, busca, lucha por organizar y socializar la caridad desde la profunda fidelidad cristiana; recon­virtiendo los principios que se estaban usando, «signos de los tiempos», diríamos hoy, de tal forma que llevasen a la sociedad y especialmente a la Iglesia a vivir la progresión indispensable para ser fieles a la vocación recibida que debería seguir este iter: de la Solidaridad a la Caritas; y de la Caritas a la Caritas Christi.

Vicente de Paúl no cede ante la realidad política y social de su tiempo sino, por el contrario, lucha y pone todo lo que está de su parte, para llevar a término lo que muchos años después el Concilio Vaticano II dijo en la Constitución Gaudium et Spes: «La ley fundamental de la perfección humana, y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento del amor».

En definitiva, san Vicente lucha por la primacía de la cari­dad sin temor, si es preciso, de llegar hasta al martirio que pro­vocan los hombres, con su mirada fija en los «valores que no pasan» y no en el «sometimiento» a los poderes humanos. Quie­re, lo ve como necesario, crear y favorecer, una cultura de cari­dad que abarque los aspectos fundamentales de todo hombre sin colgarse en «percheros de lo políticamente conecto». Vicente de Paúl no duda en «navegar contra corriente» e incluso en hacer peligrar su reputación, su fama a favor de la prevalencia de la caridad Recordemos cuando «se entrevista con Richelieu para pedirle abiertamente el cese de la guerra, se opone a Mazarino en 1649, permanece exiliado de París durante cinco meses, apela al Papa Inocencio X el 16 de agosto de 1653 para que intervenga a favor de la paz durante la Fronda de los Príncipes, y escribe a Mazarino para que salga del reino, sencillamente porque le juzga el principal causante de la miseria y del sufri­miento del pueblo. Si se hace crítico de la política de guerra de Mazarino, es para ser constructivo en la prospección de una paz que ayudaría a los pobres a salir de la miseria. Esta actitud crítica no es una palabra vacía. Es un compromiso, a su vez expre­sión de una caridad, que, desde la realidad, social, económica y política de su tiempo, incita a nuestro fundador a interesarse por «las pobres gentes», a las que la política y la insolidaridad partidista van marginando, anulando de la sociedad»».

Todo esta fuerza, desde la vivencia de la Caridad que decimos profesar los vicencianos, es la expresión hacia fuera de esta gran virtud, madre de todas las demás virtudes que lo exige todo en cuanto a la vida y al testimonio, hasta llegar, si es pre­ciso al martirio. Es el mismo san Vicente el que lo dice:

.. hacéis profesión de dar la vida por el servicio al próji­mo, por amor a Dios. ¿Hay algún acto de amor que sea supe­rior a este? No, pues es evidente que el mayor testimonio de amor es dar la vida por lo que se ama (Jn 15, 13); y vosotras dais toda vuestra vida por la práctica de la caridad; por tanto la dais por Dios»’.

Hoy por hoy, y dada la situación por la que pasamos, todos sabemos que esta es una llamada clara a un enfrentamiento valiente y público con las Instituciones que conduce a ser «mártires de la caridad». Pienso que todos los que estamos hoy aquí presentes sabemos muy bien lo que esto puede significar y, de hecho, significa cuando no tenemos miedo a ser fieles y sí tene­mos miedo a ceder ante la influencia mundana del secularismo atroz en el que vivimos y ante el que cedemos con demasiada facilidad y holgura.

Dentro: Más doloroso y sangrante significa este apartado cuando vemos, a todas luces, que el recuerdo de nuestro fundador y sus enseñanzas, caen en «saco roto» y, en vez de dejarnos interrogar por la Caridad en el mundo de hoy vamos cediendo ante lo que, a mi pobre entender, se puede denominar «la secula­rización interna de la Caridad».

Este tema es mucho más complicado de abordar porque afec­ta a las raíces mismas de nuestra respuesta e, inevitablemente, nos lanza a un replanteamiento de nuestra presencia en el mundo de hoy. Se dice que «cuando el demonio viene de frente es rela­tivamente fácil prestarle cara y vencerle; pero cuando el demo­nio hunde sus raíces en la misma vida interna entonces resulta harto complicado». ¿Por qué digo esto? Porque creo que hemos caído en una trampa mortal para nuestro carisma tal y como nos lo presentó san Vicente (y todos somos conscientes que es el que el Espíritu Santo ha suscitado, la Iglesia ha reconocido y aprobado y no existe otra forma de hacerlo vida sino siguiendo a los fundadores). Y ¿cuál es esa trampa mortal para la Caridad vicenciana? Ceder ante esas insinuaciones de que la sociedad debe ser adulta y desprenderse de la tutela de la Iglesia o, en el mejor de los casos, decir que la Iglesia ha realizado un cometido maravilloso pero que ahora debe saber retirarse y, cuando más, colaborar discretamente y, no cabe duda, sin identificación exter­na de ningún tipo. Esto da lugar a un intento intelectual y prácti­co, de separar la fe de la caridad; la ortodoxia de la ortopráxis. Así, bajo el paraguas de la caridad, ahora ya no llamada tal sino: promoción, solidaridad, justicia social, etc., se agazapan todo tipo de ideologías, intereses legítimos o no y reivindicaciones que, en el mejor de los casos, obedecen a un «buenismo» y que, en el peor, concluyen en la exclusión de todo el discurso religio­so-teológico previo del que procedía.

Ejemplos del «buenismo» ha llevado a algunas monjas esta­dounidenses a acompañar a mujeres en el momento de abortar «por caridad»; a celebrar la Eucaristía en confrontación clara con la jerarquía y a distribuir el pan «consagrado» entre aquellos que ni siquiera se consideran cristianos… y así podíamos seguir poniendo ejemplos.

El santo Padre Benedicto XVI recientemente ha consagrado la necesaria interdependencia entre la caridad y la fe o la verdad. No por casualidad su Encíclica social se ha llamado «Caritas in Veritate». La caridad no puede ser, no es, ajena o contraria a la Verdad. Una falsa concepción de la compasión puede llevar a una persona a acompañar a otra hasta la barandilla del edificio del que está dispuesto a tirarse, sin impedir que lo haga mostrán­dole alguna alternativa a su situación.

Todos los que estamos aquí, sabemos que se dan casos, inclu­so tratando de justificarlos, que para —por ejemplo— no perder una subvención, un determinado puesto, una obra, etc., y siem­pre en nombre del servicio de Caridad al pobre, se cede evitan­do toda referencia confesional y desprendiéndonos de todo aque­llo que nos pueda identificar exteriormente como cristianos.

Más todavía, hemos caído en la trampa de considerar solo, en muchas de las instituciones en las que prestamos nuestros servi­cios o dirigimos, la «profesionalidad» (actitud a alabar en un buen servidor del evangelio: ser profesionalmente competentes) sobre la elección cristiana, confesional de los trabajadores. Es algo incomprensible que nos sea indiferente que los agentes sean o no creyentes mientras que para nuestro fundador esto estaba muy claro:

«Amar a alguien, decía, es querer su bien. Según esto, amar a nuestro Señor es querer que su nombre sea conocido y mani­festado a todo el mundo, que reine en la tierra, que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo».

Pero aún hay más. Por ejemplo: las programaciones de tra­bajo no contemplan momentos de oración y vida sacramental; lugares donde se evitan los signos religiosos en los propios esta­blecimientos para no molestar a los que llegan, no vaya a ser que sean ateos o de otras religiones. Sí, ya sé que Como. en todo hay que evitar los extremos, pero este es también un extremo al que hemos llegado poco a poco, sutilmente, casi sin damos cuenta y bajo un prisma de «progresía» que nos desmarca del espíritu de Caridad al que hemos respondido y entregado nuestra vida. Mirad tenemos que tener mucho cuidado con la manipula­ción ideológica de la Caridad. Nuestro fundador nos lo advirtió con mucha seriedad:

«… otra cosa en la que debe poner una atención especial es sentirse siempre dependiente de la conducta del Hijo de Dios; o sea, que cuando tenga que actuar, haga esta reflexión: ¿es esto conforme con las máximas del Hijo de Dios? Señor, si tú estu­vieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión? ¿cómo instrui­rías a este pueblo? ¿cómo consolarías a este enfermo de espíri­tu o de cuerpo”;

y, se ha dado el caso sobre todo a partir del siglo XX, de encon­tramos con algunos llamados «teólogos» que han sostenido (hay quien todavía hoy lo sostiene), apoyados en el viejo optimismo antropológico ilustrado, que no solo es posible sino también necesario hacer un discurso sobre la caridad independiente del discurso de la fe, para, así, resaltar la necesaria autonomía del hombre frente a Dios. Otros han contrapuesto la opción por la caridad frente a otras tareas eclesiales como el culto o la evange­lización. Los pobres han sido presentados y, tantas veces, utili­zados como ariete para arremeter contra la estructura jerár­quica e institucional de la Iglesia, tanto es así que sus discursos sobre la caridad y sus derivados: justicia social, opción por los pobres, iglesia popular, etc., estaban profundamente condiciona­dos por determinadas ideologías políticas.

La advertencia antes citada de nuestro fundador se traduce así:

“… acuérdese, Padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesu­cristo, hay que vivir como Jesucristo».

No cabe duda que si no somos capaces de recuperar nuestro sentido «caritativo» desde aquí, nuestra vida pierde el sentido primigenio. La Caridad es una virtud teologal. Porque el hombre ha sido creado a imagen de Dios y está llamado a relacionarse entre sí movido por este dinamismo divino:

“… es que el mismo Dios trabaja continuamente, continua­mente ha trabajado y trabajará. Trabaja desde todo la eterni­dad dentro de sí mismo por la generación eterna de su Hijo, que jamás dejará de engendrar. El Padre y el Hijo no han dejado nunca de dialogar, y ese amor mutuo ha producido eternamen­te al Espíritu Santo, por el que han sido, son y serán distribui­das todas las gracias a los hombres».

Más aún, el misterio de la Encarnación, tan amado por nues­tro fundador, ha hecho divino el amor humano en una extraordi­naria compatibilidad y sinergia. Se resumiría en estas palabras de Cristo: «Amaos como yo os he amado» o con el Apóstol: «tened en vosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús».

Me parece de una extraordinaria importancia las consecuen­cias prácticas a la que tiende nuestro fundador para no perder de vista el contenido esencial de la Caridad. Esta exige una actitud contemplativa cristológica y eclesial: «contempladlo y quedaréis radiantes; vuestro rostro no se avergonzará». De este modo se previene la manipulación ideológica.

Dicho de otra forma, es preciso hacer «narración» de la cari­dad a través de los hombres y mujeres concretos que entretejen la historia de la salvación. Hombres y mujeres de Israel, contem­poráneos de Cristo, de los comienzos de la Iglesia y de los 2000 años de historia de la misma Iglesia pero, sobre todo, la narra­ción-contemplación del Misterio de Cristo. Me explico: la cari­dad cristiana, y por ende vicenciana, necesita de la comunión con Cristo, algo más que la admiración o la imitación porque, va siendo hora, que nos creamos empleados y no dueños, testigos y no señores, hijos y no «dioses» de tal forma que, dejemos que la sabia de la vid discurra por los sarmientos. Recordemos las pala­bras de Vicente de Paúl:

“… amar a Dios perfectamente, abismarse en la considera­ción de su esencia divina, de su belleza, de su bondad, de su sabiduría y de las demás perfecciones que hay en Él. Esa es la ocupación de los santos con nuestro Señor, acordándose del amor que les tuvo para salvarles»

o esa otra afirmación del mismo fundador:

«… cuanto más se contempla un bien perfecto, más se lo ama. Pues bien, si nos imaginamos que tenemos con frecuencia, ante nuestros ojos a Dios, que es la belleza y la perfección misma, indudablemente, cuanto más lo miremos, más lo amaremos».

Esto nos hace comprender en radicalidad aquellas otras palabras de san Vicente que tantas veces hemos mal citado para excusar una fuente que quiere ser inagotable de acción de cari­dad en nuestras vidas y que se basa en la contemplación auténti­ca como fundamental para nuestras vidas vicencianas «dejar a Dios para atender a Dios» cuando el mismo san Vicente no duda en hacer esta petición:

… pido a nuestro Señor que…, nos conceda la gracia de mirar todas las cosas tal como son en Dios, y no tal como apa­recen fuera de Él, pues de lo contrario podríamos engañarnos y obrar de manera diferente de cómo Él quiere”.»¡Oh Salva­dor mío y Dios mío! ¡Concédenos la gracia de mirar estas cosas con los mismos ojos con que la las miras!”.

La virtud de la Caridad, su discurso, no se puede sostener sin su soporte básico que es la comunión en el Cuerpo de Cris­to; sin la comunión con la Cabeza que es Cristo considerando sus mismas palabras: «sin mí no podéis hacer nada». No se puede entender una vida cristiana vicenciana, basada en los cimientos únicos posibles: la caridad sin esta comunión con Jesucristo en vínculo de contemplación oracional. De aquí la importancia del vínculo oracional diario en la vida del vicenciano y la insisten­cia de san Vicente en tener «una hora de oración en común» donde ir fortaleciendo las convicciones, puliendo las desviacio­nes y asemejándose más a Cristo, el Señor. Así como la forma de comunión más singular, extraordinaria y habitual que nos sumerge en la caridad apasionada y sacrificada de Cristo como es la Euca­ristía, que bien se ha venido a llamar «sacramentum caritatis».

Nuestro fundador lo vivía así y daba con esa profundidad y facilidad los permisos de «comunión» frente a la doctrina de los jansenistas porque sin la Eucaristía no se sostiene la caridad en la Iglesia. Recordad lo que decía a las Hijas de la Caridad en 1647:

«…la persona que ha comulgado bien, lo hace todo bien…No hará ya ciertamente sus acciones, sino que hará las acciones de Jesucristo… tendrá en su conversación la mansedumbre de Jesu­cristo; tendrá en sus contradicciones la paciencia de Jesucristo. En una palabra, todas sus acciones no serán ya acciones de una mera criatura; serán acciones de Jesucristo «.

La Eucaristía misma requiere el ejercicio de la Caridad y con­lleva su ejercicio para los que participan de la Carne de Cristo entregada por nosotros. ¿Qué quiero decir? Que nos urge, como familia vicenciana en todas sus ramas, recuperar la relación Eucaristía-Caridad y superar su sucedáneo de Solidaridad-Banquete Fraterno. No mueve a la Caridad una reunión de ami­gos que comen un trozo de pan y beben todos de una copa con vino. Solo mueve a la Caridad el saber entrar en el Misterio, el educar para ello, hacer comprender la grandeza inigualable de aquel acontecimiento glorioso que se está celebrando y que no consiste en «pasarlo bien» sino en darse cuenta de la gravedad y magnitud que provoca el Misterio: mueve a la Caridad el saber que nos unimos al fuego apasionado de una vida entregada hasta la cruz en que misteriosamente se participa en la forma de una comida y una bebida de «hijos en el Hijo». La Eucaristía es el Sacramento del Sacrificio de Cristo del que participamos en forma de comida básica, común y nutritiva del pan de vida y en el cáliz de salvación que reconforta y alegra el corazón.

Así pues, creo y apuesto con radicalidad, porque el discurso sobre la Caridad no puede estar ni un minuto más desplazado o marginado, presentado bajo algunas de sus concreciones: justicia, solidaridad, opción preferencial por los pobres, compartir solidarios… es verdad que todo esto es parte pero no agota la caridad. Son, estos y otros capítulos, verificación de la Caridad pero no son en sí mismos los que agotan la Caridad Esta es mucho mayor y no es lícito tomar «la parte por el todo». Sí, vali­dan, acreditan, verifican… el todo que es la Caridad. Y esto, san Vicente lo vive como la mística esencial en la que debemos hun­dir nuestras existencias. Lo expresa maravillosamente con las siguientes palabras:

«debemos desprendernos de todo aquello que no es Dios y unirnos con el prójimo por caridad para unirnos con Dios por Jesucristo«.

José Manuel Villar

CEME, 2010

 

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