San Vicente de Paúl, el hombre de la caridad (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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INTRODUCCIÓN

Dentro de este tema general La experiencia espiritual de san Vicente de Paúl, al celebrar el 350 aniversario de su vida en ple­nitud, la dirección de esta Semana me ha invitado a reflexionar, en voz alta, sobre un aspecto muy singular y, para mí, especial­mente atrayente del trayecto espiritual de nuestro fundador: con­siderar a san Vicente de Paúl como el hombre de la Caridad.

No cabe duda que no voy a disertar sobre la gran labor cari­tativa que supo desarrollar san Vicente arropado por santa Luisa y por otros muchos/as que lo secundaron sino que intentaré hacer una relectura de su obra de caridad para nosotros, vicencianos, hoy, aquí y ahora. Por lo cual, no esperen encontrar en esta intervención una simple exposición de lo que dijo e hizo san Vicente en el aspecto caritativo sino el resultado de bucear en su experiencia para ser capaces de situarnos, como buenos herede­ros, en el hoy de la caridad desde las bases que lo sostuvieron a Él descubriendo así las dimensiones fundamentales que no deberíamos «echar en saco roto» y que nos ayudarán a responder hoy como verdaderos discípulos de Cristo, el Señor.

Estoy firmemente persuadido que, solamente así, podremos damos cuenta del calado profundo, espiritual y práctico, de lo que significa la caridad cristiana entendida desde la amplitud que nuestro fundador descubrió y promulgó con su vida. Así pues, intentaré compartir con ustedes la reflexión llevada a término para esta conferencia y sus consecuencias prácticas para que nos resulte imposible quedamos indiferentes.

Las Hijas de la Caridad viven la fe y su vida de entrega bajo este lema: «La Caridad de Cristo Crucificado nos urge», que, personalmente, lo uno a otra frase evangélica de gran calado: «que vuestra caridad no sea una farsa». Desde aquí parto.

El Papa Benedicto XVI nos ha recordado, con gran brillantez y claridad, que la razón última de la misión de la Iglesia es la Caridad. Hasta aquí, cualquiera de ustedes estará de acuerdo. El gran problema es ponemos de acuerdo en qué entendemos por «caridad». Este fue también, el problema con el que se tuvo que enfrentar el mismo san Vicente. Se puede comenzar con el sen­timiento puro y duro pero no se puede perseverar en esta actitud. Por eso, para conocer realmente el significado y el contenido que san Vicente ve en la virtud de la caridad es imprescindible situar­se en Cristo, en sus propios sentimientos. Esto es vivir la caridad como compromiso radical del «seguir a Jesucristo» que no a Jesús de Nazaret. Aquí estriba la gran diferencia entre los actos de caridad (seguir a Jesús de Nazaret, un gran hombre, preocu­pado por el compromiso humano… mero asistente social) y la actitud de caridad: sumergirse en el mismo Jesucristo, Dios y Hombre verdadero que nos invita a adentramos en sus propios sentimientos y a replantear toda nuestra existencia desde él mismo. En palabras de san Vicente:

«Para nuestro Señor es un honor que entremos en sus senti­mientos, hagamos lo que él hizo y realicemos lo que él ha ordenado. Pues bien, sus sentimientos más íntimos han sido preocu­parse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos. En ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el mal y el bien que les hacemos a los pobres los considera como hechos a su divina persona. ¿Podría acaso mostrar un amor más tierno a los pobres? Y ¿qué amor podemos nosotros tenerle a él, si no amamos lo que él amó? No hay ninguna dife­rencia entre amarle a él y amar a los pobres de ese modo. Ser­virles bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es debido e imitarle en nuestra conducta».

En definitiva, la caridad cristiana y, por ende, la vicenciana marca una distancia y una diferencia con el mero hecho de com­padecer o de servir, la caridad de la que hablamos no se basa en el compromiso con la justicia a favor de los pobres sino en hacer en ese compromiso la experiencia de Dios. Nuestro fundador lo tenía tan presente que, ante las dudas y dificultades, no duda en utilizar una expresión muy rica, comprometida y clara, a la que todos los que estamos aquí, en este foro, hemos aludido alguna vez: «esta es mi fe y mi experiencia»3. De lo cual, podemos con­cluir que la caridad no es un mero ejercicio moral sino una rea­lidad teologal. O de otra forma: no podemos denominar «Cari­dad» a cualquier comportamiento o atribuirle cualquier contenido. La Caridad es una experiencia, es acción y es discur­so teológico que se define desde la esencia misma de Dios («Dios es Amor»); que describe la existencia y la misión de Cris­to («Como el Padre me amó así os he amado yo») donde se fun­damentan las relaciones entre los miembros de la Iglesia (recor­demos la parábola del Buen Samaritano); que motiva la misión genuina de la Iglesia de la que san Vicente se siente colaborador inmediato desde la evangelización y el servicio.

En definitiva, la clave de vida que Vicente de Paúl proclama como ya decía el P. José María Ibáñez Burgos, C.M., es la siguiente: «No son nuestros sentimientos sobre Dios lo que cuen­ta y es decisivo sino los sentimientos del mismo Dios. Y esos sen­timientos de Dios se revelan en que Jesús fue como los pobres, estuvo con los pobres y se puso en lugar de los pobres. De ahí que este hombre de Dios y este amigo de los pobres declare apacible­mente: «nuestra perfección consiste en la Caridad»4 en la medi­da en que participamos de esos mismos sentimientos de Dios.

José Manuel Villar

CEME, 2010

 

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