San Vicente (Collet) 13

Mitxel OlabuénagaVicente de PaúlLeave a Comment

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Este consejo, en el que la prudencia humana, y quizás un poco de amor propio, entraban por algo, no podía agradar a un hombre que, como el gran Apóstol, hubiera creído anular la fuerza de la Cruz, apoyándose en medios puramente naturales. Él les respondió pues, que estaba persuadido de que el método, con el que les había ido tan bien en las demás Misiones, era el mismo del que se debían servir en la Misión que iban a comenzar; aue el espíritu del mundo, que triunfaba en aquel barrio de París, cuya conversión iban a emprender, no sería nunca superado con más éxito que cuando se le atacara con el Espíritu de JC que es un Espíritu de sencillez; que, para entrar en los sentimientos de este divino Salvador, debían buscar, como él, no su propia gloria sino la de su Padre: que convenía que a su ejemplo estuvieran preparados a sufrir el desprecio, y a soportar las contradicciones y las persecuciones; que al hablar el lenguaje, que había empleado el Hijo de Dios, estarían por lo menos seguros, que no serían ellos quienes hablaba, sino JC quien hablaba por ellos; y que una disposición tan justa y tan santa los pondría en situación de servir de instrumentos a esta misericordia, que tocas los corazones más endurecidos, y que convierte a los espíritus más rebeldes.

Estos consejos fueron recibidos como si un Ángel se los hubiera dado. Así, sin deliberar más, estos Señores comenzaron su misión con los sentimientos de una sumisión perfecta a todas las voluntades del Señor, y de una entera confianza en su bondad. No tardaron en reconocer que la gracia trabajaba con ellos. La sencillez y el estilo familiar de sus discursos por los que habían temido fracasar fue precisamente el que multiplicó el concurso. Este aire Apostólico movió a una buena parte de su Auditorio. Ellos mismos se sintieron sorprendidos y transportados. Veían todos los días y casi en cada momento, pecadores inveterados, usureros endurecidos, mujeres sin frente ni pudor, libertinos que habían envejecido en el más infame desorden, y finalmente hombres hasta entonces sin humanidad, sin probidad, sin Religión, sin Fe y sin Dios que, con los ojos bañados en lágrimas y el corazón atravesado de dolor, venían a arrojarse a sus pies, y pedían a grandes gritos misericordia. El dedo de Dios manifestaba tan bien su propia operación que era imposible desconocerla. Tuvieron lugar conversiones tan admirables que tenían algo de milagroso. La injusticia, el odio, la codicia, las pasiones más difíciles de vencer, rindieron las armas. En una palabra, la bendición de Dios fue tan abundante y tan eficaz que si se quisiera referir al detalle las reconciliaciones, las restituciones y todos los demás bienes que se hicieron en el curso de esta misión, habría materia suficiente para un Volumen: son los términos del Autor contemporáneo, el primero que nos ha dado la Vida de nuestro santo Padre.

Añade, y nada es más propio para confirmar su relato; añade que un burgués de París, que había seguido todos los ejercicios de la misión y que había sido testigo de los grandes bienes que había producido, se sintió tan impresionado que, habiendo ido a ver a estos dignos Eclesiásticos en la misión, donde comían, dijo a los principales de ellos que tenía de siete a ocho mil libras de renta; que podía disponer de ellas sin causar perjuicio a nadie, una vez que Dios había llamado a sí a su mujer e hijos; que venía pues a ofrecerles sus bienes y su persona ; y que se comprometía  a servirles todo el resto de su vida, mientras que ellos se comprometieran a permanecer siempre juntos y a continuar en otras partes el trabajo que habían hecho en el Arrabal de S. Germain: “Ya que estoy bien seguro, añadió, de que no puedo prestar a Dios un servicio, que le sea más agradable, ni procurar un bien mayor a la Iglesia, y por consiguiente ni emplear mejor mi persona y mis bienes”. Estos Señores se lo agradecieron con gran afecto: le hicieron ver que no podían aceptar sus ofertas ya que les era imposible obligarse del modo que él se lo proponía. Le dijeron sin embargo, para consolarle un poco, que ellos habían resuelto pasar el resto de sus días en ocupaciones poco más o menos parecidas a ésta, de la que él había  recibido tanta edificación; y que Dios, que sabe poner precio a la preparación  del corazón, tendría en mucho su buena voluntad.

Tal fue el éxito de esta misión. El sr Bossuet atribuía a las oraciones de Vicente de Paúl el éxito prodigioso de las que dieron sus Hijos en la Diócesis de Metz, en el tiempo que él era Gran Arcediano. Al lector pertenece juzgar si los bienes, que ésta produjo, fueron menos el efecto de los gemidos y de las lágrimas del santo Sacerdote que del celo que necesitó para emprenderla. Fue sin embargo con gran consuelo cuando el Servidor de Dios vio al año siguiente que había trabajado por uno de sus más íntimos amigos, quiero decir por el sr Abate Olier quien, después de negarse varias veces al Episcopado, no aceptó la Parroquia de S. Sulpicio –en 1642- sino para hacer poco a poco en todas las partes de esta inmensa Parroquia lo que la misión, con todo lo fecunda que había sido, apenas había podido hacer en una sola.

Cuando las Conferencias Eclesiásticas de S. Lázaro, no hubieran hecho otros bienes que aquellos de los que hemos hablado hasta ahora, merecerían el elogio y los sufragios de la posteridad. Pero Dios ha obtenido su gloria por el modo como ellas se extendieron por Francia, y más allá de los montes. Por lo general la multiplicación y la duración han sido los caracteres a los que Dios ha asignado casi todas las buenas obras que Vicente de Paúl emprendió. Las Conferencias del Martes subsisten todavía con edificación;  y desde el mismo tiempo del santo Hombre se establecieron en un gran número de Diócesis. Siendo lo propio de la caridad tener una santa relación con ella misma y comunicarse a los que la quieren recibir, los Eclesiásticos de la Conferencia, que llevaban a todas partes con ellos esta preciosa virtud, no pensaban, fuera cual fuera el lugar en el que se trabajaran, más que en hacer a los demás partícipes del Espíritu, que Dios había difundido en ellos por mediación de su Siervo. Estos Señores, que de vez en cuando se veían obligados a dejar París, para trabajar bien en las misiones bien en los oficios, de los que la Providencia los encargaba, bien en sus asuntos particulares, tenían cuidado, como ya lo hemos insinuado, de implicar a los Eclesiásticos de los diferentes lugares en reunirse de vez en cuando, con el permiso de sus Obispos, para tratar entre ellos de las virtudes de su estado.

Jacques Olier, que él solo honra tanto a Vicente de Paúl como otros muchos juntos, fue el primero en establecer en la Auvergne Asambleas parecidas a las de París. Como era Abate de Pebrac y se creía obligado en conciencia a hacer toda clase de bienes a los que sembraban y recogían por él, suplicó a nuestro santo Sacerdote –en 1636- que le diera a algunos de sus Misioneros para trabajar con él en las tierras que dependían de su Abadía; a ellos añadió otros Eclesiásticos más de la Conferencia; y con este grupo de Hombres Apostólicos llevó la luz y la caridad a casi todos los barrios de la Auvergne y del Vélai. Pero como la dirección que tenía nuestro Santo era su gran modelo y estaba persuadido de que no podía, al copiarle, sino hacerse muy agradable a Dios, quiso unir, como él, la instrucción del Clero a la instrucción de los pueblos. Por ello propuso a los Canónigos de la Iglesia Catedral del Pui, formar entre ellos una Asamblea de Eclesiásticos parecida  ala que Vicente había formado. La bendición que, como lo dice en aquel tiempo nuestro santo Sacerdote, seguía al sr Olier a todas las partes donde iba, no le abandonó en esta ocasión. Todo el mundo se complacía en entrar en sus planes. Es verdad que Canónigos, cuya primera y más esencial obligación es cantar las alabanzas de Dios en horas señaladas, no pudiendo seguir en todas sus partes el Reglamento, que había sido propuesto en París para los Eclesiásticos libres, el sr Olier tuvo cuidado de ajustarlo a su estado y a sus ejercicios particulares. Pero como estaban persuadidos en Pui, como en todas partes, de que la Asamblea de S. Lázaro, que Vicente de Paúl dirigía por sí mismo, debía ser el centro y la regla de todas las demás, estos Señores se dirigieron a ella: suplicaron a los que la componían que los consideraran como a una parte de ellos mismos y los asociaran en esta calidad a sus oraciones y a sus Sacrificios; que examinaran los artículos de su Reglamento, en los que habían creído deber alejarse un poco de ellos, y que cambiaran de él todo lo que encontraran defectuoso .

Esta Carta del Capítulo de Pui fue seguida posteriormente de otra todavía más consoladora. El sr Olier que la escribió daba en ella cuenta a la Asamblea de París de los grandes bienes que comenzaba a producir en la Auvergne la que acababa de fundar. La Carta de este virtuoso Sacerdote –el 9 de octubre de 1639- honra tanto a los Eclesiásticos de estas dos Conferencias que he querido un deber insertar aquí lo que el sr Obispo de Rodez nos ha conservado. Vosotros habéis sido, decía Olier a los Eclesiásticos de la Asamblea de S. Lázaro, habéis sido establecidos por Nuestro Señor en la Capital del Reino, para iluminar a todos los Eclesiásticos de Francia. Debéis sentiros particularmente animados por el provecho espiritual y los grandes frutos que produce en la Ciudad de Pui la nueva Compañía de los srs Eclesiásticos, que han participado afortunadamente de vuestro Espíritu. Ellos dan ejemplos de virtud, que encantan a toda la Provincia. Los Catecismos los dan ellos en varios lugares de la ciudad. La visita de las Cárceles y de los Hospitales es frecuente entre ellos: y en el presente se disponen a ir a dar Misiones en todos los lugares que dependen del Capítulo. Me quedo confundido al ver su celo y porque desean que vaya a hacer la apertura de su Misión, siendo tan poco capaz.

Lo que el sr Olier había hecho en Pui fue emprendido y ejecutado en un gran número de Ciudades de Francia y de Italia. Los Canónigos de la Iglesia de Noyon –en 1617-, los Eclesiásticos de Pontoise –en 1642-, de Angulema – en 1644-, de Angers, de Burdeos y de otros varios lugares, se propusieron la Asamblea de S. Lázaro por modelo. Estas nuevas Colonias veían a Vicente de Paúl como Fundador¸ y él recibía cartas de ellos tan tiernas como respetuosas. El miedo a recaer en la repetición nos obliga a suprimirlas. Nos contentaremos con traer a cuento una del célebre Antonio Godeau, que era por entonces Obispo de Grâce; la escribió un poco antes de partir para su Diócesis; es suficiente para darnos una idea justa de la estima que se habían formado de esta famosa Conferencia los más sabios Prelados del Reino. Después de manifestar a la Asamblea que una multitud de asuntos le ha impedido despedirse de ellos, el sr Godeau continúa en estos términos: Tengan a bien, por favor, Señores, que les suplique por esta Carta que se acuerden de mí en sus Sacrificios; y créanme que tengo por una bendición singular haber sido recibido entre ustedes. El recuerdo de los buenos ejemplos que ahí he visto y de las cosas excelentes que he escuchado volverá a  encender mi celo cuando se apague, y ustedes serán los modelos sobre los cuales yo trataré de formar a buenos Sacerdotes. Continúen pues sus santos Ejercicios en el mismo Espíritu y respondan fielmente a los designios de Jesucristo sobre ustedes, quien quiere sin duda renovar por medio de ustedes la gracia del Sacerdocio en su Iglesia.

El bien que Vicente había hecho en el Clero por medio de la institución de la piadosa y sabia Asamblea, de la que acabamos de hablar, no era suficiente para su celo; él quiso hacer algo parecido en las familias mediante la fundación de los Ejercicios espirituales -1634-. Nadie había intentado hasta entonces en este género lo que él realizó; y todo hace pensar que su inmensa caridad tendrá en lo sucesivo bien pocos imitadores. Los mayores Santos de los últimos siglos se habían lamentado por la corrupción que reinaba en el rostro del Cristianismo. Estaban persuadidos con el Profeta –Jeremías-, de que la Tierra no está entregada a una desolación tan universal sino porque no hay nadie que entre seriamente dentro de sí. Exhortaban a los fieles a construirse una soledad espiritual, a pesar en ella todas sus acciones en balanza de la verdad y a reflexionar  profundamente sobre estos años eternos, que ya llegan a grandes pasos: pero estaba reservado a nuestro Santo darles en este punto importantes facilidades que todavía no habían tenido y quitar a aquellos de entre ellos, cuya fortuna es mediocre, es decir en su mayor parte, los pretextos reales o imaginarios de que tienen por costumbre servirse para velar su negligencia  y su insensibilidad.

Para lograrlo, era necesario no sólo darles Directores capaces de interesarles con sus discursos y dirigirlos bien en el Tribunal de la Penitencia, pero aún en este caso ahorrarles los gastos. Por grandes que sean, se los considera en nada cuando se trata de sus placeres; por módicos que puedan ser se los tiene por excesivos, cuando se trata de la salvación y de la eternidad. Esta idea fue la que llevó a Vicente de Paúl a compartir su casa, sus muebles y todo lo que podía tener con los que quisieron aprovecharse para reconciliarse con Dios. Semejante a aquel Padre de familia, del que habla el Hijo de Dios en el Evangelio, y forzaba de alguna manera a los buenos y a los malos a sentarse a su mesa. Pedía por todo salario que los que eran ya justos se santificasen más todavía, y que los que no lo eran se esforzaran lo que pudieran para serlo. El eco de una dirección tan desinteresada y tan generosa se extendió pronto por París, y por las Provincias. En pocos meses la Casa de S. Lázaro se vio tan frecuentada como no lo había estado desde hacía un siglo. Vicente la comparaba él mismo con el Arca de Noé, en la que toda clase de animales grandes y pequeños eran bien recibidos por igual. Era en verdad un espectáculo bastante singular el de ver en el mismo Refectorio a Señores de primera clase, y a gente del más bajo nivel; a Laicos, y a personas entradas en la Clerecía; a Doctores muy esclarecidos y a pobres campesinos, que apenas tenían el sentido común; a grandes Magistrados y a simples artesanos; a hombres esparcidos por el mundo y a Ermitaños acostumbrados a vivir en los bosques; a amos y a criados de toda clase; finalmente, a ancianos que venían a llorar su pasado y a jóvenes, que recurrían a Dios para precaverse de los peligros del futuro.

Para sostener una empresa de esta naturaleza, y sacar de ella todo el fruto que era capaz de producir, se necesitaba un gran corazón, y muchas luces. Vicente quien,  según la máxima de Jesucristo, no comenzaba jamás nada sin haber examinado con calma si tendría con qué acabarlo, tomó medidas que, en el orden de la gracia, tienen un éxito casi infalible. Pidió a Dios para sí y para los suyos este Espíritu de consejo, de unción, de paciencia y de fuerza, que se necesita para sacar de la tumba a los que están enterrados en ella por el pecado. Por lo que hace a los enormes gastos, sin los cuales su proyecto no podía llevarse a cabo, como no tenía mejor partido que tomar que el de acudir únicamente a Dios, a él se atuvo: se echó sin reserva en manos de la Providencia.

Tal fue el plan general que señaló el santo Sacerdote: para ejecutarlo de una manera útil a los que hicieran el retiro y hacerlo perdurar de edad en edad hasta sus últimos Sucesores, se esforzó en dar a conocer a unos y a otros el precio de la gracia que Dios les ponía en sus manos.

Expuso a los Ejercitantes, es el nombre que se da en la aasa de S. Lázaro a los que hacen los Ejercicios espirituales; les expuso, digo, por sí mismo o por los de la Congregación, que el único fin del Retiro es el de destruir el reino del pecado; refundir al hombre por completo, aniquilar en su corazón sus apegos viciosos, sus pasiones desordenadas, sus malos hábitos, sus defectos, y hasta sus imperfecciones; que el tiempo de estos santos Ejercicios debe emplearse en renovar al hombre interior, en abrirle los ojos a los deberes propios de su estado, a sus obligaciones personales, a las virtudes que le son convenientes bajo este doble punto de vista; Finalmente, en establecer sólidamente en una verdadera caridad, que una su corazón a Dios, y todas las potencias de su alma; de forma que pueda, sin perjuicio de la verdad, exclamar con el santo Apóstol: No, no soy yo quien vive, sino Jesucristo quien vive en mí.

Como entre los que entran en retiro los hay que han entrado ya en un estado, y otros que deliberan sobre cuál van a tomar, el Santo recomendaba muy en particular que se hiciera ver a los primeros que la finalidad que se debían proponer en sus ejercicios es hacerse perfectos Cristianos, cada uno según su vocación; perfecto escolar si es un Estudiante; perfecto soldado si hace profesión de seguir las armas, perfecto Magistrado si está en la Judicatura; perfecto Eclesiástico si es una persona que ha recibido las Órdenes; perfecto como lo era S. Carlos Borromeo, si como él está encargado de la dirección de una Diócesis.

En cuanto a los que no se habían decidido aún sobre el partido que tenían que tomar, Vicente quería que se les explicara con claridad qué importancia tiene consultar a Dios antes de abrazar un estado, cuya elección va unida casi por necesidad al asunto de la salvación. Deseaba sobre todo que se prestara una atención muy particular a los que pensaban dejar el mundo: pero exigía entonces precauciones que iban casi hasta el escrúpulo: y si, por una parte, quería que se les advirtiera en general preferir  a las Comunidades menos reguladas las que lo estaban más; por otra, no permitía que se los determinara en particular. Estaba sobre todo prohibido proponer nunca su Congregación. No se hubiera podido faltar en este punto sin exponerse a una severa reprimenda. La elección de una casa, fuera secular, como la suya, fuera Religiosa como la mayor parte de las otras, era según él un asunto cuya decisión sólo pertenecía a Dios, y sobre la cual los que son consultados deben temer infinitamente responder más bien seguían las miras de la prudencia humana, que según las máximas del Evangelio.

Y para no omitir nada de lo que podía contribuir al éxito de los Retiros, el Santo exigió dos cosas de aquellos a quienes dio la dirección. La primera que hablasen de una manera sólida y atrayente, pero que tuvieran cuidado de mantenerse en guardia contra esta vana elocuencia que S. Pablo ha reprobado con tanta frecuencia, y que Dios no bendice. La segunda, que adoptaran por materias de sus discursos, no asuntos capaces de divertir el espíritu y de recrear la imaginación, sino las grandes y capitales verdades de la salvación; en una palabra, las que un Cristiano no olvida nunca sin corromperse más, y que no puede recordarlas sin ser mejor. Así el fin, para el que nos ha creado; las gracias y los beneficios que hemos recibido de él; las grandes lecciones y los ejemplos que nos ha dado en Jesucristo su Hijo; los recursos que nos ha preparado en los Sacramentos; las disposiciones que son necesarias para acercarse a ellos; el horror al pecado y las consecuencias funestas a las que arrastra después de la fe; la vanidad del mundo y de sus juicios; las ilusiones de nuestro propio corazón; las tentaciones de la carne; la malicia y los engaños de la antigua serpiente; la brevedad de la vida; la incertidumbre del momento de la muerte; los Juicios terribles de Dios; la Eternidad bienaventurada o desgraciada; todas estas verdades y otras parecidas, que son de la misma importancia, eran entonces, y son todavía hoy, el tema ordinario de los discursos del que dirige el Retiro, y de la meditación de aquellos que hacen los ejercicios. De este modo se los dispone a examinar cuidadosamente sus conciencias; a hacer o buenas Confesiones generales o, si las han hecho ya y se puede contar con ellas; a suplir con una revisión exacta todo lo que las últimas podrían haber tenido de defectuoso; a prescribirse un reglamento de vida, del que no se aparten más que cuando no haya otro remedio; y sobre todo a formar resoluciones firmes, no sólo de evitar el mal  y las ocasiones que podrían llevar a él, sino también de practicar las virtudes y las buenas obras, de las que seamos capaces en la condición, en que Dios nos ha colocado -años 1634 y 1635-.

No debo omitir aquí algo que puede servir a las personas que son todavía nuevas en los ejercicios de la vida espiritual; y es que Vicente valoraba en poco las resoluciones demasiado generales. Las consideraba como puros productos de un espíritu, que cree ser virtuoso, porque ha meditado con cierto atractivo las bellezas y los encantos de la virtud. Son los términos en los que escribía a la Señorita le Gras, con ocasión de una Señora, que había hecho el retiro en su casa, y que la había suplicado que enviara sus resoluciones al santo Sacerdote para saber qué juicio le merecían. Quiso que se le diera a saber, y a todos los que se hallaran en el mismo caso que, para hacer progresos en la virtud, se han de formar resoluciones particulares y detalladas; prescribirse a sí mismo la práctica de ciertos Actos, que producidos en tal o cual ocasión alimentan y perfeccionan la piedad; finalmente, proponerse emplear en tiempo y lugar tales o cuales armas contra el enemigo de la salvación, para destruir sucesivamente y por partes este cuerpo de pecado que nos rodea. No existen, decía él, más que estas clases de resoluciones que se practican fácilmente: como tampoco existe más que una fidelidad perfecta a estas mismas resoluciones  que pueda hacer a un hombre sólidamente virtuoso: sin esto no lo es muy frecuentemente más que por la imaginación. Tales eran los sentimientos de este sabio y experimentado Director y son también los de los más grandes Maestros de la vida espiritual.

Un Plan tan bien hecho debía naturalmente servir mucho a aquellos para quienes había sido formado; pero como todo dependía de la ejecución, y podía suceder  que, después de la muerte del Siervo de Dios, y aun durante su vida, los Sacerdotes de su Congregación, agobiados de trabajo, y vencidos por los gastos de tantos retiros gratuitos, fueran perdiendo fuerzas y abandonaran al fin la buena obra que habían comenzado, el Santo con todo interés de prepararlos contra este género de tentación.

Con este propósito, les repitió varias veces, en diversas Conferencias de piedad, que Dios había tenido a bien hacer de la Casa de S. Lázaro para la conversión de un número infinito de pecadores, era una gracia singular; que no debían temer nada tanto hacerse indignos de ello; que en este punto, quizás más que en ninguno otro, la falta de fidelidad y de correspondencia sería para ellos el colmo de la desgracia; que merecían un día que Dios les privara de este empleo, era de temer que les privara también de todos los demás; que la casa en la que se habían reunido servía en otros tiempos

Para el retiro de los Leprosos, y que ninguno de los que eran recibidos  se curaba; que hoy se recibía a personas atacadas de una lepra mucho más peligrosa que la del cuerpo, o más bien a personas muertas ya y que, por la misericordia de Dios, un gran número recobraban la salud y la vida; que Nuestro Señor hacía en ella aún cada día con los pecadores lo que había hecho con Lázaro, sacándole de la tumba; que ellos tenían el honor de ser los instrumentos de que quería servirse para esta grande operación; que un Misionero que rechazara prestarse a un Ministerio tan glorioso, que no lo cumpliera más que con repugnancia, que no sacrificara más que con dolor une media hora de su recreo a la salvación de un pobre Ejercitante, no sería ya más que un cadáver de Misionero, y no podría estar sino con oprobio ante Dios y ante los hombres. ¡Ah! exclamó una vez, al acabar un largo discurso sobre esta materia; ¡Que motivo de vergüenza, qué motivo de aflicción, si este lugar, que es ahora como una piscina sanitaria, donde tanta gente llega a lavarse, fuera a convertirse un día en una cisterna corrompida por la relajación y la ociosidad de los que la habiten! Pidamos a Dios, Señores, y Hermanos míos, que esta desgracia no suceda. Roguemos a la santísima Virgen que lo aparte de nosotros con su intercesión y por el deseo que tiene de la conversión de los pecadores. Roguemos al gran Amigo del Hijo de Dios, S. Lázaro, que tenga a bien ser siempre el Protector de esta Casa, y que le consiga la gracia de la perseverancia en el bien que ha comenzado.

Estas palabras que el fuego de la más ardiente caridad hacía más vivas todavía de lo que lo eran de por sí no son más que un compendio de lo que el santo Sacerdote dijo una infinidad de veces. Es verdad que no se refería más a esta materia que a la de las Misiones que son el principal fin de su Instituto. Aprovechaba con avidez todas las ocasiones que se le presentaban para inculcar a sus Hijos la necesidad de recibir con gozo, o más bien con urgencia, a los que el Espíritu de Dios quiere hablar en soledad. Las miras santas que los atraían, las dificultades que varios de ellos habían vencido para lograrlo, los largos viajes que se habían visto obligados a realizar, todo ello era prueba en sus manos. Hacía valorar tanto el fervor de un Capitán que hacía el retiro para disponerse a tomar al hábito de Cartujo, como el ejemplo de algunos Oficiales quienes, para servir al Rey con más tranquilidad, comenzaban por arreglar sus asuntos con Dios; como la conversión de un hábil Protestante, a quien los Ejercicios espirituales habían robustecido en el buen partido y que comenzaba a escribir con éxito a favor de la Iglesia Romana; como el valor de tres Eclesiásticos, quienes desde el fondo del campo habían llegado a S. Lázaro para renovarse en la vida Cristiana y Sacerdotal; como las emocionantes expresiones de que se habían servido los que le habían rogado que los admitiera, como la de un Sacerdote que le había dicho al abordarle: Señor, vengo a vos desde muy lejos, si no me recibís, estoy perdido.

Recordaba también de cuando en cuando a los de su Congregación los buenos efectos del Retiro, que ellos habían visto con sus propios ojos; a veces los instruía sobre lo que no conocían. Un día les dijo que habiendo ido a Bretaña, un hombre muy honrado, no bien se hubo enterado de su llegada, cuando acudió a la Casa donde esteba alojado y le dijo, en el arrebato de un perfecto agradecimiento: Oh, Señor, os debo, después de a Dios, mi salvación: son los ejercicios que hice con vos los que me pusieron la conciencia en reposo. Me hicieron tomar un género de vida que he conservado siempre desde aquel tiempo y que conservo todavía con gran paz y satisfacción de mi espíritu. En verdad, Señor, tengo para con vos tales obligaciones, que hablo de ellas en todas partes, y digo en todas las compañías en que me encuentro que, sin el retiro que hice en S. Lázaro, me habría condenado. Os ruego que creáis que es una gracia, de la que me acordaré toda mi vida.

Por estos motivos y por otros parecidos animaba Vicente a los suyos a no tener nunca por nada ni el trabajo ni los gastos. Les dio sobre este particular como sobre todos los demás, ejemplos más poderosos que sus palabras. Aumentó poco a poco el número de los que debían hacer los Ejercicios espirituales. Cuanto más adelantó en edad, más  santamente pródigo se volvió, contra la costumbre de los ancianos.  Su caridad no tenía ya límites, y al cabo llegó tan lejos que quiso que se recibieran tantos Ejercitantes como se pudieran recibir. Según las cuentas durante los veinticinco últimos años, hubo cerca de veinte mil personas que hicieron el retiro en su casa; es decir que se recibían cerca de ochocientas cada año. Es cierto que había algunos que pagaban sus gatos en todo, o en parte; pero también es verdad que la mayor parte no daban nada en absoluto, ya porque la mediocridad de su fortuna no lo permitía más, ya porque se imaginaban falsamente como algunos se lo siguen imaginando hoy, que los retiros de S. Lázaro eran de fundación, y que el modo como se los recibe es menos un deber de caridad que una obligación de justicia.

Como sucede a veces que las personas que tienen virtud no piensan siempre lo mismo unos que otros, se vio a algunos entre los Hijos de Vicente de Paúl que creyeron que había exceso en su caridad, y que se quejaron de él a él mismo. Un Hermano, que probablemente estaba encargado de atender los gastos, le dijo un día que, que con el tren de vida que se llevaba, la casa acabaría por sucumbir, y que se recibía a un número excesivamente grande de Ejercitantes. El santo Hombre no le dio otra respuesta que ésta: Hermano mío, es que quieren salvarse. Otro en una conversación que tuvo con él sobre este asunto, creyó moverle más diciéndole que en esta multitud de personas, que se admitían cada semana a los ejercicios del Retiro, había muchos que no se aprovechaban: y que otros venían más bien en busca del alimento del cuerpo que el del alma. Pero este digno imitador de la caridad de Jesucristo le hizo saber que esta clase de objeciones son todas humanas, y nada tienen de sólido. Respondió a la primera que era mucho a los ojos de la Fe y de la Religión que una parte de los Ejercitantes sacara del Retiro el fruto que se debe sacar. Respondió a la segunda que alimentar a un hombre que lo necesita es siempre una limosna muy agradable a Dios, que si, para no ser sorprendidos por el corazón, cuyas miras son menos puras, se lo pusiéramos demasiado difícil a los que se presentan, se rechazarían algunos sobre quienes el Espíritu Santo tiene planes de misericordia, y que finalmente a fuerza de penetrar los motivos que los movían a actuar, se ahogarían, en muchos de los que quieren darse a Dios, las primicias del Espíritu que los ha llamado a sí. Él se explicó una vez sobre este artículo de una manera tan precisa, tan grande, tan Cristiana que se vio bien no sólo que su decisión estaba tomada, sino que estaba como arrastrado por una impresión superior. Si tuviéramos, decía él, treinta años de subsistencia, y que recibiendo a los que vinieran a hacer el Retiro,  no sobreviviéramos más que quince, no podríamos por eso dejar de recibirlos. Es verdad que el gasto es grande, pero no puede estar mejor empleado: y si la Casa está comprometida en ello, Dios sabrá bien cómo hacer para encontrar los medios para sacarla del apuro, como podemos esperar de su Providencia y de su infinita bondad.

Esos eran los principios del santo Sacerdote sobre un establecimiento, que él creía capaz de contribuir a la gloria de Dios y a la santificación del prójimo. Un día se llegó a creer que su celo iba por fin a encerrarse dentro de límites más estrechos. Se le había explicado de una manera un poco más fuerte que la Misión entraba en la extrema necesidad, y que había que verla perecer o disminuir el número de los Ejercitantes. Para no mostrarse rígido frente a las advertencias que parecían justas, se encargó él mismo de recibir a estos Señores, y escogerlos. Pero cuando se trató de admitir a unos y de rechazar a otros, sus entrañas se conmovieron, su caridad le presionó de una manera tan viva que no pudo rechazar casi a nadie; de esta manera admitió aquel día más de los que tenía por costumbre recibir. Por más que se le dijo lo que se vieron obligados a decirle más de una vez que no había más habitaciones para alojarlos. Es una pequeñez, replicó; cuando estén todas llenas, no hay más que darles la mía.

Si le costaba mucho a nuestro Santo sostener una empresa tan onerosa, hay que convenir que, según la expresión del Salvador, fue recompensado con el céntuplo, aun en su vida. Como quiso, cuando su Congregación comenzó a extenderse, que aquellas Casas que tuvieran los medios hicieran en los lugares donde estaban situadas los mismos Ejercicios que hacía en París la de S. Lázaro, vio por sí mismo, o le contaron en declaraciones ciertas que los Retiros espirituales producían en todo lugar bienes inexpresables. Recibió sobre este asunto una cantidad prodigiosa de Cartas, que tendían todas a felicitarle por las bendiciones que Dios daba a su celo. Sacerdotes, Obispos, Cardenales, todos le daban miles de gracias por haber facilitado una práctica, que día a día santificaba a los Pastores y a los pueblos.

Le enviaban en confianza a aquellos cuya conversión había sido casi desesperada. El sr Barón de Renty, más ilustre todavía por su virtud que por su nacimiento, creyó no poder hacer otra cosa mejor que enviarle a un Párroco, quien desde hacía tiempo se hallaba sumido en el desorden y llevaba una vida deplorable. El Superior de una Comunidad reformada, bien que todos los miembros no lo estuvieran, le rogó por Cartas que ganara para Dios a uno de sus Sacerdotes que, encargado de la dirección de una Parroquia, la habían escandalizado en lugar de edificarla. Otro Religioso de una célebre Casa de París le envió a un Paje del Príncipe de Tallemont –en 1644- que, educado en la Herejía Calvinista, había concebido cierto plan de convertirse. Me ha venido a ver, decía el Religioso, para ayudarle en esta resolución; pero no sintiéndome bastante fuerte para una obra tan buena, me tomo el atrevimiento de enviároslo, como a alguien a quien Dios da gracias muy particulares, y muy grandes para su gloria y para la salvación de los pecadores y de los desviados. Tened pues la caridad, mi muy honorable Padre en Nuestro Señor, de recibirle y de abrazarle como a una oveja descarriada, que busca a dónde retirarse… Pido a Dios que prolongue vuestros días y vuestros años para su gloria y para el bien del prójimo por quien trabajáis sin cesar. Un Eclesiástico de Orléans que había hecho ya un Retiro bajo la mirada del santo Sacerdote, le escribió de la forma más urgente para conseguir un segundo. Su carta acababa con estas palabras: Ciertamente, Señor, cuando pienso en los buenos sentimientos que se tienen con vos, me siento como encantado fuera de mí mismo, y no puedo menos de desear que fuera del agrado de Dios que todos los Sacerdotes hubieran pasado por estos santos Ejercicios: si así fuera, no veríamos todos los malos ejemplos, que varios de ellos dan a los pueblos, con gran escándalo de la Iglesia. Un Sacerdote del Languedoc quien, por consejo de uno de sus amigos, había hecho los mismos Ejercicios, escribía a su amigo en unos términos que son un honor infinito a nuestro Santo y a aquellos de su Casa, con los que había tenido que tratar. Le aseguró que no podía hallar expresiones ni para manifestar su gratitud ni para decirle la satisfacción con la que había hecho este santo Retiro. Por lo demás, añadía, no creáis que yo os diga esto a modo de cumplido: hablo según los sentimientos que Dios me da. Se acabó, no sabría ya vivir en el mundo, mi resolución es salir de él para entregarme por completo a Dios.

Por grandes que sean, a juicio de los que conocen el precio de un alma, los bienes de que acabamos de hablar, están sin embargo por debajo de aquellos que los produjeron. El gusto de los Retiros pasó de S: Lázaro a un gran número de diócesis. Prelados, que no siendo todavía más que simples particulares, se habían santificado, bajo la dirección de Vicente, por los Ejercicios espirituales, se propusieron santificar a sus Sacerdotes por medio de estos mismos Ejercicios. Uno de ellos escribía al Siervo de Dios que tenía actualmente en su Casa Episcopal a treinta Sacerdotes, que hacían el Retiro con mucho fruto y bendición. Otro, que estaba a la cabeza de un gran Arzobispado, se sirvió de uno de los Hijos de nuestro Santo para cambiar por el mismo medio la faz de su Diócesis, que se hallaba muy desordenada. Es verdad que la costó mucho a este Misionero lograrlo. El solo nombre de Retiro asustó a los Eclesiásticos dados desde hacía mucho a la disipación. Unos se quejaron como de una molestia insoportable; otros murmuraron como contra una novedad fuera de lugar; los más moderados se mostraban descontentos; de suerte que de cuarenta, tanto Rectores, como Vicarios, no hubo quizás uno solo que no se hubiera sentido a gusto dispensándose.

Triunfó la gracia pronto sobre estas malas disposiciones: en menos de tres días disipó los nubarrones, que el espíritu seductor había querido difundir sobre la obra de Dios. Los de mayor edad, es decir los menos fáciles de mover, volaban a todos los ejercicios. Se oyeron suspiros, se vieron correr lágrimas abundantes. Todos vieron con horror aquella serie de días pasados en el olvido de Dios, la negligencia de sus deberes, y con frecuencia algo más triste todavía. Todos hicieron sus confesiones más o menos generales. Ellos vieron con dolor el término de sus ejercicios: diez días de retiro les parecían demasiado poco. Sufrieron más cuando fue preciso salir de ellos de lo que habían sufrido cuando tuvieron que entrar. Aquellos de sus falsos amigos, que les habían querido apartar se quedaron sorprendidos al ver en ellos a hombres que ya no eran los mismos: reconocieron, a pesar suyo, admiraron la obra de la mano del Altísimo; y preguntaron cuándo les llegaría su turno.

Y les llegó algún tiempo después. El Prelado gozoso por un ensayo tan feliz, abrió un nuevo Retiro hacia mediados de la Cuaresma. La gracia se hizo sentir todavía más. Hubo conversiones sonadas. Los escándalos dados en público fueron reparados por humillaciones públicas. El Retiro ya no presentó bajo colores espantosos. Hubo entre estos Señores quienes por temor a que este auxilio les faltara en adelante, ofrecieron sus bienes para hacerlo permanente. Otros pidieron con insistencia que se les permitiera quedarse por más tiempo en el Seminario. Algunos pensaron renunciar a sus Beneficios. La mayor parte confesaron que no habían hecho más que empezar a abrir los ojos: que hasta entonces no habían conocido la eminencia de la dignidad del Sacerdocio; que si ellos la hubieran pesado tal como merece serlo, no se habrían comprometido tan a la ligera; y que iban a realizar todos los esfuerzos para reparar, en cuanto les fuera posible, lo que su vocación tenía de defectuoso.

Ni fue solamente en este Reino donde Dios bendijo los Retiros que Vicente daba por sí mismo o por los suyos. La mano de Dios estuvo con ellos en Italia, como en Francia. El Cardenal Durazzo, que con sus limosnas, su celo, su vigilancia honraba la Púrpura Romana, apenas hubo establecido en Génova de donde era Arzobispo, a los Sacerdotes de la Misión, cuando quiso probar si harían tanto bien con sus Eclesiásticos como lo habían hecho en los campos con los pueblos de su Diócesis. Invitó pues a aquellos Párrocos con quienes habían trabajado los Misioneros, a dirigirse todos a la Ciudad Capital. La mayor parte obedecieron con gusto, y Dios recompensó su docilidad.  El Superior de la Misión, en la casa, y bajo cuya dirección hicieron sus Ejercicios, se sintió vivamente impresionado. Su modestia, el silencio austero que guardaban, su humildad profunda, su ingenuidad en dar cuenta de sus Oraciones eran señales sensibles de sus disposiciones interiores.

Se realizaron conversiones que, suponiendo con un padre de la Iglesia que un mal Sacerdote no se convierte casi nunca, debieron ser tenidas como doblemente milagrosas. Se vio sobre todo a un Párroco quien, para cargarse de confusión y de oprobio, confesó quizás demasiado públicamente, que no había entrado en retiro más que por burla; que el interés y la hipocresía eran los únicos motivos que le habían llevado a actuar; que él había dicho de las misiones todo lo malo que había podido imaginar; que no había perdonado a la persona de su Arzobispo, con todo lo respetable que era; que había tenido su Beneficio por simonía; recibido las Órdenes bajo el único título de este Beneficio; ejercido sus funciones y administrado los Sacramentos en ese mal estado durante varios años. Este Pastor, hasta entonces tan indigno de serlo, derramó lágrimas amargas, gimió y se humilló hasta el centro de la tierra; comenzó a dar tanta edificación como escándalos había dado. No se encontró ya en él aquella higuera más que estéril que parecía maldita para siempre; y aquellos que le compararon consigo mismo, creyeron poder presumir que Dios había obrado con él misericordia. Por lo demás, estas clases de Confesiones públicas no eran raras en los Retiros de Génova. El espíritu de humildad y de compunción era en ellos tan dominante que costaba trabajo moderar las ocurrencias. Lo que provocó que uno de estos Señores exclamara un día: Estamos aquí en el valle de Josaphat: todos hacen aquí la confesión de sus miserias. Dichosos los que mediante esta confusión anticipada pueden ponerse en estado de evitar la del gran día del Señor!

El Cardenal Durazzo, que apenas creía lo que veían sus ojos, no pudo contener las lágrimas y bendijo mil veces al primer Autor de todos estos bienes y a los que le servían de instrumentos. Pero no quiso que esta gracia fuera solamente para los Sacerdotes. El deseo de crecer en la perfección le llevó a ponerse en retiro a su vez. Para hacerlo mejor, creyó deber tomarse el tiempo, en que los Hijos de Vicente de Paúl tienen la costumbre de hacerle cada año. Le comenzó pues y le continuó con diez Sacerdotes de la Congregación, que trabajaban en su Diócesis.

Si se sintió muy edificado, lo cierto es que los edificó mucho. Aunque de complexión delicada, y más debilitado por sus continuos trabajos que por su edad que era de cincuenta y seis años, siguió todos los Ejercicios con una puntualidad rigurosa. Hacía, como los demás, cuatro horas de oración al día, casi siempre de rodillas, tan inmóvil como una estatua. El superior de la Casa que conocía la debilidad de su temperamento, le había rogado que se levantara, incluso que se sentara de vez en cuando: el piadoso Cardenal lo hizo algunas veces; pero tan humilde como un joven Novicio, no lo hizo sin pedir y obtener el permiso. Cuando a su turno comunicaba los buenos sentimientos que Dios le había dado en la meditación, lo hacía con toda la sencillez de un antiguo y fervoroso Misionero. Al primer toque de la campana, lo dejaba todo para dirigirse al lugar del Ejercicio, que anunciaba. No quería permitir que se le tratara en la mesa mejor que a la Comunidad. En resumen, su humildad iba tan lejos que cuando al final del Retiro, le rogaron que diera la bendición a los que habían tenido la suerte de hacerlo con él, costó Dios y ayuda decidirle a ello; queriendo a cualquier precio que fuera recibir él mismo la del Superior. Un Obispo tiene todos los derechos del mundo al prescribir a sus Sacerdotes los Ejercicios espirituales, cuando él mismo los ha hecho de una manera tan edificante.

A la vista de tantos bienes, de los que Vicente estaba debidamente informado, se mostraba muy firme en no permitir que su casa tocara los Retiros, mientras le fuera posible sostener los gastos. Esto mismo le llevó también a examinar delante de Dios si pudiera en alguna comunidad de Hijas procurar a las personas del mismo sexo estas mismas ventajas que no podía procurarles en las casas de la Compañía. La caridad que lo hace todo fácil no tardó en darle los medios. No era suficiente para el Padre de los pobres haber fundado una Congregación de Sacerdotes, casi únicamente entregados a servirles: la Providencia quería también que saliera de é un numeroso enjambre de Vírgenes, cuyo celo tuviera, a grandes rasgos, un objeto más extenso; y que sin distinción de sexo ni edad hicieran en favor del huérfano y del indigente, a veces incluso de las personas de alta condición, lo que las ocupaciones más importantes del Ministerio Apostólico, o las Reglas del bienestar, no le permitían hacer por sí mismo. Como la formación de esta gran Fundación tiene una relación esencial con la Historia que escribo, es preciso que se conozca su origen, sus funciones y sus progresos. Lo haré con exactitud, pero de una manera abreviada, ya que un detalle más amplio pertenece a la historia de la Señorita le Gras, y que se leerá con edificación en la vida de esta ilustre Viuda, publicada hace más de sesenta años por el sr. Gobillon Párroco de S. Lorenzo, y Doctor de la Casa y Sociedad de Sorbona.

Trad. Mäximo AGustin

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