San Juan Gabriel Perboyre

Francisco Javier Fernández ChentoJuan Gabriel PerboyreLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Dios, C.M. .
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Nace en Montgesty el 5 de enero de 1802. Se ordena de sacerdote el 23 de septiembre de 1826. Se le encomienda la dirección del seminario interno de la Congregación de la Misión, pero él ansia ir a misiones extranjeras. Desembarca en Macao el 28 de agosto de 1835. Ejerce el ministerio entre los cristianos, pese a los peligros de la persecución. Delatado por uno de sus adeptos, padece el martirio en Uchanfú el 11 de septiembre del año 1840, tras prolongadas torturas. Fue beatificado el 10 de noviembre de 1889 y canonizado el 12 de junio de 1996.

I

Nace el 6 de enero de 1802 en un pueblecito de Francia, Montgesty, que hoy tiene 300 habitantes.

Es un pueblo campesino, como también su familia.

Del matrimonio Pedro Perboyre y Maria Rigal nacen ocho hijos, cuatro hombres y cuatro mujeres. Sólo se casarán dos de ellos, Juana y Antonio. Tres varones serán sacerdotes vicentinos, dos mujeres Hijas de la Caridad y otra carmelita descalza. Familia, pues, profundamente cristiana. Cuando a su madre le comunicaron que su hijo Juan Gabriel había muerto martirizado en China, y, para consolarla, le decían que ofreciera ese sacrificio al Señor, ella exclamó: «¿Y por qué no se lo voy a ofrecer? ¿Acaso la santísima Virgen no ofreció a su Hijo por mi salvación?».

Un tío suyo, también vicentino, está al frente del seminario menor de Montauban, a unos 80 kilómetros de Montgesty. Allí llega en 1816 Juan Gabriel con su hermano Luis: él no piensa quedarse, sólo acompaña a su hermano Luis que quiere ser sacerdote. Pero se queda un tiempo y también en él nace la vocación misionera.

En 1818 (tiene 16 años) comienza los dos años de noviciado o Seminario Interno. En 1820 pasa a París para cursar los estudios de Teología. Como aún no tiene la edad requerida para ser ordenado sacerdote, es destinado mientras tanto al seminario menor de Montdidier. Además de atender a la formación de los seminaristas, forma un grupo de ellos y de laicos, con los que visita la cárcel y las familias pobres.

El 23 de septiembre de 1826 se ordena sacerdote precisamente en la capilla de las Hijas de la Caridad de la calle du Bac, donde cuatro años después ocurrirían las apariciones de la Virgen de la Medalla Milagrosa. De hecho Juan Gabriel se sirvió mucho de la Medalla en su misión en China.

Enseguida fue destinado al Seminario Mayor de San Floro, a 500 km. de París, como profesor de teología. y muy pronto fue nombrado superior del Seminario Menor, también en San Floro (los seminaristas subieron de 34 a 136 mientras él lo dirigió), cargo en el que permaneció cinco años, hasta que lo nombraron Director del noviciado o Seminario Interno en. París.

Él siempre quiso ser enviado a misiones en China y siempre lo estuvo pidiendo, era su gran ilusión. Le precedió su hermano Luis, que murió en el viaje, antes de llegar a China, el 3 de mayo de 1831, cerca de las costas de la actual Indonesia.

Por fin el Superior General de la Congregación, el 2 de febrero de 1835, le concedió el permiso tan anhelado de emprender su viaje misionero a China.

II

Decía san Vicente de Paúl, a propósito de la tolerancia que nos debemos por caridad fraterna, que «solamente Jesucristo y la santísima Virgen han estado libres de imperfecciones y sólo ellos no han tenido necesidad de ser tolerados» (IX-2, 1031). Pero hay santos que se les parecen mucho, es decir, que parecen no haber cometido pecado alguno en toda su vida. Uno de ellos es Juan Gabriel Perboyre. Los testimonios de sus contemporáneos son unánimes en favor de su santidad. Y además contamos con muchas de sus cartas, y todas ellas sin excepción son testimonio de la más fervorosa santidad.

Seguramente estamos familiarizados con la expresión «espiritualidad de san Vicente de Paúl». Juan Gabriel Perboyre no cita muchas veces a su Fundador, acaso cualquiera de nosotros lo cita más, retóricamente, pero nos sorprende cómo lo vive, cómo muchas veces las palabras que le salen del corazón expresan la misma vida que otras palabras semejantes de San Vicente.

Por ejemplo, el mismo concepto de espiritualidad. Conocemos la famosa frase de SV con la que viene a decir que espiritualidad es «la acción del Espíritu Santo que, al habitar en una persona, le da las mismas inclinaciones y disposiciones de Jesucristo, y éstas la hacen obrar, no digo con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de ese mismo Espíritu» (XI 411). Pues bien: Juan Gabriel, hablando de Cristo como modelo, que es un tema consentido suyo, pregunta: «Mas ¿cómo podremos expresar con perfección los rasgos de tan bello modelo? Para lograrlo no necesitamos otra cosa que secundar las operaciones del Espíritu Santo en nuestros corazones. Este divino Espíritu trabaja continuamente en formar en nosotros la imagen de Cristo por la efusión de sus dones…» (p.321).1 Son dos textos esenciales coincidentes. Y el de Juan Gabriel no proviene de haberlo leído en SV, sino de estarlo viviendo.

Y, como ésta, son muchas las frases de san Juan Gabriel que evocan textos conocidos de san Vicente. La doctrina del maestro acaso podría citarla el discípulo, como hacemos nosotros, pero, al parecer, la ha asimilado hasta vivirla sin necesidad de citarla. Hay desde luego diferencias de matices. Tanto uno como otro hacen notar las diversidades en la acción del Espíritu Santo en las personas e instituciones. San Vicente aplica esto al peculiar carisma de la pequeña Compañía, a la opción por la evangelización de los pobres. Juan Gabriel lo aplica, dentro de esta opción, a otra más particular, a la misión ad gentes en China. En una ocasión dijo a sus seminaristas que «además de la vocación general a la Compañía, había otra . especial para alguna actividad particular dentro de ella, y que podía perderse por la más pequeña infidelidad». «Por lo que a mi hace, continuó, no he logrado esta vocación a causa de mis infidelidades» (p. 119). En eso de la humildad «exagerada», también coinciden maestro y discípulo. Aquí considera que, si tardaban tanto los superiores en consecuentar su vocación a la misión de China, tenía que ser por sus infidelidades. Y cuando por fin ya se encuentra en China, escribe desde el Honam a su tío, el P.Gabriel Perboyre, una carta llena de amor a la familia vicentina, uno de cuyos párrafos dice así: «Ya debe haberse celebrado la Asamblea General; tengo mucha confianza en que Dios la habrá bendecido. ¡Ha dado tantas pruebas de que Dios quiere a la pequeña familia de san Vicente! Aunque siempre, la he deshonrado, me siento unido a ella desde lo hondo de mis entrañas y daría por ella mil vidas que tuviera…! (p. 301). «Aunque siempre la he deshonrado»: como su maestro, practica la humildad de las mentiras, que es lo más opuesto a la mentira de su humildad.

En su concepto de espiritualidad, aquello de «las mismas inclinaciones y disposiciones de Jesucristo» como creación del Espíritu Santo en las almas, San Vicente decía que consistían en «la religión para con el Padre y la caridad para con los hombres» (VI 370). En términos modernos son lo mismo que la filiación y la fraternidad, Dios y el hombre, Cristo y el hermano. Esto no puede no hacerlo el Espíritu Santo donde quiera que actúe, pues es exactamente el Espíritu de Jesús. La diferencia está en el rostro y en la mirada: ¿Qué ve, qué elige ver nuestra mirada en el rostro de ellos, de Cristo y del hermano? San Vicente elige ver al Cristo evangelizador de los pobres y a los pobres evangelizados y evangelizadores. Juan Gabriel elige al Cristo crucificado y a los habitantes pobres de una inmensa nación desconocedora casi totalmente del mensaje de Cristo, donde sería maravillosa la implantación del Reino de Dios.

Sabemos que un determinante de la diversidad de espiritualidades y también de la diversidad de matices dentro de una espiritualidad es el clima social y eclesial en que les tocó vivir a los grandes espirituales. Sobre el clima eclesial, recordemos que en el siglo XIX la actividad misionera «ad gentes» de la Iglesia fue impresionante, especialmente bajo los Papas Gregorio XVI, Pío IX y León XIII. Se fundan casi todas las que hoy se llaman Obras Misionales Pontificias Episcopales (AMPE), se fundan numerosos institutos esencialmente misioneros, se crean cátedras de misionología y otras de asistencia médico-misional especializada, se extiende el mensaje de Cristo por China, Japón, Corea, India, Polinesia, Africa, etc. Y en cuanto al clima congregacional, la misión de China era entonces el mayor reto de la Congregación de la Misión. En el primer párrafo del Breve de Beatificación de Juan Gabriel Perboyre, el papa León XIII lo reconocía con estas palabras: «Por sus obras admirables, los piadosos misioneros hijos de san Vicente de Pañl, han adquirido una gloria esplendorosa en la sociedad cristiana. Pero se destacan de manera particular por su ardor en propagar el catolicismo entre los pueblos de China, de modo que el recuerdo de sus trabajos y el fruto de sus esfuerzos no deberían perecer. Efectivamente, en el cumplimiento de esta tarea tan ardua y trabajosa, esta Congregación ha dado numerosas pruebas de lo que pueden el celo por la religión y la caridad hacia el prójimo. Y ésta es la razón por la cual Dios se ha dignado escoger de entre sus filas víctimas bellas y agradables que, al brillo de todas las virtudes, añaden la palma triunfal del martirio».

La historia de las misiones vicentinas en China, realizada por misioneros portugueses y franceses, ha sido muy relatada por los mismos misioneros, entre ellos nuestro beato. Una de sus primeras cartas desde China, dirigida al Vicario General de San Floro, es un resumen de dicha historia, que se puede leer en el capítulo II del Libro tercero de la vida del. Beato, escrita por el P. José Herrera.2 Fue una gesta admirable, realmente grande, aunque terminara crucificada lo mismo que nuestro Beato.

El centro de su espiritualidad fue Cristo crucificado, Cristo en la cruz, la cruz de Cristo. A partir de ella se puede tejer la trama toda de la vida de Juan Gabriel Perboyre con textos suyos de amor entusiasmado a la cruz, y con actos suyos de crucifixión diaria en seguimiento de Jesús. S610 descubriré algunos trazos:

  1. Como ya he dicho, siempre pidió el destino a China. No se lo concedían por su poca salud, hasta que un día el médico, de manera extraña, se presentó ante el superior general para afirmar que el viaje a China no sólo no acabaría con el viajero, sino que fortalecería su salud. Así ocurrió en efecto, y así, cuasimilagrosamente, Juan Gabriel pudo hacerse a la mar aquel 2 de febrero de 1835, fiesta de la Purificación de la Virgen María, a quien nuestro beato atribuiría el favor.
  2. Junto con la vocación a la misión de China surgió en él la vocación al- martirio. Otro gran misionero vicentino, san Francisco Regis Clet, había sido martirizado en China no mucho antes, en 1820. Un día, mostrando a los seminaristas sus reliquias, hizo este comentario: «Vean los vestidos de un mártir, vean la cuerda con que fue estrangulado, qué dicha para nosotros si tuviéramos la misma suerte, rueguen para que mi salud se fortifique y pueda ir a China a predicar a Cristo y morir por él» (p.119). Aquellos deseos de seguir los pasos de san Francisco Regis Clet se cumplieron en Perboyre. Este sería enterrado en la vertiente de la Montaña Roja, no muy lejos de la tumba del primero. Los separaban veinte años y unos metros de tierra, pero los unía la sangre, derramada de manera semejante y por la misma causa.
    Otra inspiración de nuestro beato fue su hermano Luis, enviado a la misión de China al 3 de diciembre de 1830. Se acababa de ordenar sacerdote, tenía sólo 23 años, y tanto prometía que iba ya al frente de un expedición de seis jóvenes misioneros chinos que habían estado en París completando su formación. Las vicisitudes del viaje minaron su salud y falleció a los cinco meses de navegación, el 2 de mayo de 1831. Su hermano, nuestro santo, lo amaba de manera especial, pero su reacción ante aquella muerte fue reafirmarse en la disposición para el martirio: «¡Ojalá fuera yo digno de ocupar el puesto que él deja vacante! ¡Ojalá pudiera ir a expiar mis pecados con el martirio por el que tan ardientemente suspiraba! Pero ay, ya tengo más de treinta años y se han pasado como un soplo y todavía no he aprendido a vivir. ¿Cuándo, pues, aprenderé a morir?…»
  3. Decía san Vicente que la oración es el libro del predicador, que en ella debe buscar y encontrar lo que vaya a predicar a los demás (VII, 140-141). Decía algo parecido de la cruz: «Estar al pie de la cruz es el mejor lugar donde se puede estar en el mundo» (1, 206). Esta enseñanza la asimiló con creces el discípulo Juan Gabriel, para quien el Crucifijo era «el libro»: «No censuro a los que consultan libros, pero me parece que el primero y el último debe ser el Crucifijo; en él se encuentran las verdaderas luces y de él se saca la unción necesaria para tocar los corazones. Si tuvieran cuidado de prepararse suficientemente a los pies de la cruz, cada palabra salida de su boca sería como un carbón encendido que calentaría y abrasaría los corazones» (p. 305). La idea del Crucifijo como «el libro de los libros» la maneja el santo con frecuencia (cf. pp. 315-316). Evidentemente más que una idea es una experiencia mística y la raíz y clave del «místico de la cruz» que fue Juan Gabriel Perboyre.
  4. Otra vivencia suya fue la de Cristo como modelo, arquetipo o forma de vida para sus seguidores. Los escritos del santo que más impresionan son los que hablan de la celebración de la Eucaristía y de la Reconciliación paso a paso, rito a rito, como un no perder de vista a Jesús, como un ejercicio de mediación donde el ministro es a la vez Cristo y el pueblo, o Jesús y el pecador, como un adentramiento profundo en el alma de Cristo santificador y reconciliador… Son páginas excepcionales que, una vez más, no pueden escribirse sino como fruto de una profunda experiencia interior.
  5. Desde esta fuente viva y total que es la centralidad de Cristo Crucificado, deducía el santo sus demas amores:

EL AMOR A LA IGLESIA, contemplada en la inmensa geografía china Diecisiete Provincias misioneras había entonces en China: siete de ellas, en la parte oriental, confiadas a los hijos de san Vicente; una a los dominicos españoles; cuatro a los misioneros de Propaganda Fide; tres a los del Seminario de Misiones Extranjeras y dos a sacerdotes nativos. Pedía incesantemente oraciones: «Si de todas partes ve usted que se alzan al cielo oraciones cada vez más numerosas y fervientes – escribía al vicario general de San Floro-, puede juzgar, mejor de lejos que nosotros de cerca, si el Reino de Dios está próximo par esta gran nación. ¡Qué consuelo para la Iglesia si viera entrar en su regazo a todo un pueblo tan numeroso y tan interesante como el pueblo chino! …»

EL AMOR A LOS POBRES. Si para san Vicente los pobres fueron primero los campesinos (ochenta por ciento de los franceses) y luego, progresivamente, todos los afectados por la miseria espiritual y material; si para nosotros los mexicanos, los pobres son una gran mayoría del país, sobre todo las etnias crucificadas por los ricos y poderosos, como dice el Magnificat; para Juan Gabriel Perboyre lo eran el inmenso pueblo chino que «se condena y se muere de hambre»… Si la opción exclusiva de Vicente fueron los pobres, la opción exclusiva de Juan Gabriel fueron los pobres de China. Su incidencia en la palabra «pobre» no fue tan intensa como en san Vicente, ni tan extensa como en nosotros, simplemente fue todo lo que se encontró como misionero chino y después de «chinizarse de pies a cabeza». Escribe: «Los cristianos, particularmente en el Honan, se encuentran casi todos en el campo dispersos en pueblecillos desconocidos. Con este dato puede usted ver que aquí en China, según la expresión de SV, tenemos la dicha de ser los misioneros de las pobres gentes del campo» (p. 181). Y del Houpé escribiría más tarde: «La extrema miseria de las gentes que habitan nuestras montañas no es para descrita; pues describirla tal cual es, aún en los años tenidos por buenos, es hacérsela increíble. Durante los pocos meses que he pasado aquí, he administrado a muchos enfermos; corría con alegría a llevar los consuelos de la religión a los que no podían tener otros; pero a mi regreso mis sentimientos eran muy otros cuando, preguntando al catequista médico por la causa de la enfermedad, casi siempre tenía que oír la misma respuesta: No hay otra causa que la miseria y el hambre. Yo proseguía mi camino en silencio, entregado al remordimiento de sobrevivir a estos desgraciados, viendo que no moría de la misma manera que ellos… Un año de hambre o de persecución es para estas gentes un torbellino que las arrastra y las hace desaparecer sin que se pueda averiguar qué se ha hecho de ellos. Cuando vienen tiempos mejores van volviendo poco a poco…» (p. 191). En otra ocasión escribió: «Nuestras misiones van prosperando de día en día, pero nuestros cohermanos se matan con tanto fatigarse; por otro lado, se alimentan muy mal, viviendo con un poco de arroz y algunas hierbas. Las cristiandades a su cargo son las más pobres de todas… » (p. 307). Es la herencia de san Vicente.

EL AMOR A LA VIRGEN MARIA. Los sábados marianos, el rosario diario, su devoción al Avemaría eran las expresiones más visibles de su relación con ella. Recomendaba su devoción a los sacerdotes «si es que querían hacer algún bien en su ministerio» (p. 260). Se ordenó y celebró su primera misa el 23 de septiembre de 1825 en la capilla donde cinco años después tendrían lugar las apariciones de la Medalla Milagrosa, que él llevó a China como instrumento de apostolado. Incluso escribió al P.Aladel, el 10 de agosto de 1839, un hecho milagroso que él atribuía a la medalla y que el P.Aladel introdujo en su libro sobre la misma (p. 156),

EL AMOR AL AMOR, AL CELO, A LA MORTIFICACION. Sabemos muy bien, aunque lo vivamos mal, que la teología de la Cruz es lo mismo que la teología del amor llevado hasta el extremo, hasta el final. «No faltan penas a los misioneros – escribía.-, pero son tan bellas a los ojos de la fe, que bien merecen se las vaya a buscar hasta el cabo del mundo. Los que entre los seminaristas tengan vocación de venir a China, más que temerlas, deben ambicionarlas… Aunque el más inútil de todos los obreros que trabajan aquí, no puedo menos que expresar con frecuencia el deseo de que Dios apresure el día en que este vasto imperio llegue a ser su heredad…» (p. 308). Los doscientos mil cristianos que existían entonces en China, en medio de trescientos millones de habitantes, le parecían unos cuantos pececillos en el océano. Y se decía: «¡El uno por mil trescientos o por mil cuatrocientos!», y luego se preguntaba: «¿Y cuándo habrá logrado esta cantidad tan pequeña de levadura penetrar en tan enorme masa? «. Y responde mirando a los planes insondables de Dios: «Esto es un secreto de Aquel que tiene el tiempo en su poder. A nosotros solamente nos toca cooperar con nuestros insignificantes esfuerzos a la realización de esta gran obra…» (p. 309).

III

La significancia o insignificancia de los esfuerzos apostólicos son, efectivamente, un secreto de Dios, aunque de alguna manera nos los ha revelado Jesús con sus palabras y con el sentido profundo de su Pasión-Resurrección.

¿Cuánto tiempo trabajó san Juan Gabriel Perboyre en China? Sale de El Havre el 16 de marzo de 1835 y llega a Macao el 29 de agosto después de más de cinco meses de navegación. Ahí se prepara estudiando la lengua y costumbres chinas.

El 21 de diciembre emprende el camino hacia el Honan, a donde no llega hasta junio de 1836: siete meses recorriendo ocho mil leguas por mar y ríos, llanuras y montañas. «Ya he recorrido bastante -escribe- como para desear no tener que hacer otro viaje largo que no sea aquel que no se hace por agua ni por tierra. Entre tanto, no podré evitar largos paseos por el interior de esta inmensa China… «

Pero ¿cuánto duraron esos viajes suyos por el Honan y por el Houpe? Exactamente hasta el 16 de septiembre de 1839, tres años solamente. Y aquí comienza su Pasión, semejante a la de su Maestro Jesús, los pasos de  un viacrucis que todos los biógrafos de nuestro santo subrayan exhaustivamente. Viacrucis más largo el de Juan Gabriel que el de Jesús, pues duró, entre interrogatorios y tormentos, desde aquel septiembre de 1839 hasta enero del año siguiente. La cruz del Redentor lo acompañó durante cuatro meses de ininterrumpido martirio. Le dijeron que le bastaba con pisar el crucifijo tirado a sus pies y él lo recogió del suelo para besarlo y abrazarlo… Lo conminaron por fin a que firmara su propia sentencia de muerte escribiendo la señal de la cruz y él tomó el pincel que le extendían y trazó, con firmeza una cruz sobre el papel.

Estaba condenado a muerte. La sentencia sin embargo requería la confirmación del Emperador, que tardó ocho meses en llegar. Ocho meses de cárcel, sin más torturas ya que el dolor de las llagas de los suplicios precedentes. Desde la cárcel pudo escribir algunas cartas. En una de ellas cuenta sobriamente las torturas recibidas. Fueron muchas más, crueles y humillantes. El 11 de septiembre de 1840 puso su vida en las manos del Padre. Fuera de las murallas de Utchanfú, sobre una colina, un día viernes, a las tres de la tarde, lo subieron a una cruz, ataron sus dos brazos y manos al palo transversal, y doblaron sus pies por detrás del palo vertical. En aquella actitud como de rodillas, algo elevado sobre la tierra, fue estrangulado con tres golpes del lazo de cuerda amarrado a su cuello. Para rematarlo, un verdugo lo pateó en el vientre, recordando la lanzada del centurión en el costado de Cristo.

¡Los secretos de Dios! Los discípulos «no entendían» lo que Jesús les anunciaba de su Pasión y, además, tampoco querían hacerle preguntas. Nosotros no entendemos tampoco, aunque sí hacemos preguntas. ¿Toda una vida para apenas trabajar tres años y terminar en torturas espeluznantes y en muerte ignominiosa?…

Pero en realidad la Cruz de Cristo ya respondió a todo, como siguen respondiendo, pues son la misma cosa, las cruces de sus mártires y de todas las víctimas de la historia.

En la cruz se revela un Dios débil y vulnerable, que, aunque muere por la maldad humana, muere también «quia ipse voluit» (Is 53,7), porque su amor misteriosamente lo quiso.

En la cruz se revela el hombre, tanto el verdugo que tortura como la víctima torturada: la cruz alzada en el horizonte de la historia es signo del juicio definitivo, un juicio que sin embargo quiere salvar a todos: víctimas y verdugos.

Y, en lo mas hondo de todo, se revela la exaltación a través de la elevación, el triunfo por medio de la debilidad, el triunfo de todos los crucificados de la historia, clavados en las innumerables cruces con las que los pobres del mundo se cruzan cada día.

Por ellos murió Jesús, murieron los mártires, murió Juan Gabriel. Ellos nos dicen con el apóstol Pablo: «Por todas partes vamos llevando en el cuerpo la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo… Así que en nosotros actúa la muerte, para que en ustedes, a cambio, actúe la vida» (2 Cor 4,10-12).

San Juan Gabriel Perboyre fue beatificado por León XIII el 10 de noviembre de 1889 y canonizado por Juan Pablo II el 2 de junio de 1996, festividad de la Santísima Trinidad.

  1. Esta numeración de página y las que saldrán después se refieren al libro del P.José Herrera, C.M., «Alter Christus…», de donde se han tomado los textos.
  2. Léanse también las pp. 139, 144, 311.

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