San Francisco Régis Clet

Francisco Javier Fernández ChentoFrancisco Régis Clet1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Edgar Mario Hernández, C.M. .

Nace en Grenoble el 19 de agosto de 1748. Recibe la ordenación sacerdotal en Lyon el 27 de marzo de 1773. Enseña teología en el Seminario de Annecy y ejerce el cargo de director del Seminario Interno en la casa Madre de la Congregación de la Misión. Al estallar la Revolución Francesa marcha a las misiones extranjeras, desembarcando en Macao. Su labor misional en China se prolonga durante treinta años. Muere estrangulado el 18 de febrero en Uchanfú, se le beatifica el 27 de mayo de 1900 y es declarado santo el 1 de octubre del año 2000.


Tiempo de lectura estimado:

Esta biografía de San Francisco Régis sólo presenta algunos de sus acontecimientos más importantes. Es sólo una reseña breve de su vida, que, por cierto, es muy poco conocida. Son contadas las biografías en español e incluso en francés de este venerable santo.

La vida de una persona se desarrolla dentro de un tiempo y un lugar en donde se dan acontecimientos sociales. La vida de nuestro santo no es la excepción. Por eso, de manera muy global, veremos el ambiente en el que le tocó vivir. Son dos los lugares donde se desenvolvió: el primero en su país natal, Francia; y el segundo en el lugar al que amó como a su misma tierra, al grado de desgastar su vida en él, el país del sol naciente: China.

Francia es el país en donde nace Francisco Régis Clet, en Grenoble, pequeño pueblo cercano a los Alpes. Francisco vio por primera ves la luz del sol un 19 de Agosto de 1748. Su infancia y juventud la pasó muy tranquilamente, como cualquier niño o joven francés de su edad, nunca imaginó lo que la historia traería para su país y para su vida. joven francés de su edad, nunca imaginó lo que la historia traería para su país y para su vida.

En estos primeros años de vida de Francisco, Francia vivía en estabilidad, se respiraba una gran tranquilidad, por lo menos dentro del país, ya que fuera perdía las colonias que tenía en Canadá, India y E.U. Esto pasó desapercibido para gran parte de los franceses, ya que las noticias tardaban meses en llegar, pues los medios de comunicación entre un continente y otro eran muy lentos.

La Revolución Francesa

Sin embargo, esa paz y tranquilidad cambiarían drásticamente. En 1774 muere Luis XV y lo sucede en el trono Luis XVI. Con su entronización comenzaron a soplar los vientos de «libertad, igualdad y justicia». Luis XVI comenzó apoyando incondicionalmente a los rebeldes, nunca imaginó que le tocaría vivir en carne propia un suceso de tal magnitud.

Francia pasaría los años venideros por acontecimientos que marcarían su historia y la historia universal: la depresión económica, la debilidad del poder real, las reformas económicas y sociales, la agitación del pueblo a partir de las ideas de los enciclopedistas. París entró en el caos revolucionario. Francisco pudo vivirlo y presenciarlo, ya que el hecho que anunció el estallido de la revolución francesa más que la toma de la Bastilla como se suele escribir, fue el saqueo de la casa madre de los PP. Vicentinos, la casa de San Lázaro.

Las misiones de China

¿Pero qué pasaba en esos momentos en el gran imperio del sol naciente?

La misión en la que desempeñaría nuestro santo su trabajo apostólico se encontraba enmarcada por el Hoang Ho (río amarillo), y el Yan-tse-ki-ang (río azul). Las carreteras eran rocosas por lo que la mayoría de las personas se transportaban en balsas a través de estos grandes ríos.

En cuanto a la religión, en China se profesaban desde hacía ya muchos siglos el budismo, el confusionismo y el taoísmo, tan parecidas que muchos los practicaban de manera simultanea.

Un aspecto que no puede pasar desapercibido es el político, ya que los misioneros llegados a tierras orientales desempeñaban cargos muy cercanos a los emperadores, relacionados con la ciencia, astronomía, medicina, relojería, música. Este sistema de evangelización comenzó en el siglo XIV cuando aún dominaba en el imperio la dinastía Ming. Fueron los jesuitas quienes implantaron este sistema, muy efectivo, ya que lograron cautivar con su ciencia a los emperadores ganándose su confianza y protección.

En el siglo XVII se adueñan del gobierno chino los tártaros de Manchuria, cuya dinastía duró por muchos años en el poder (1644-1912). Las políticas entre los misioneros y emperadores tendrían un gran cambio. Los problemas surgieron por la controversia de los ritos chinos. Como era de esperarse, los jesuitas tomaron la posición más liberal. Pero en 1742 intervino el Papa Clemente XIV, dando un fallo desfavorable para los ritos chinos. El emperador en turno, Kang-Si, no ocultó su ira a pesar de la simpatía que en su momento llego a tener por los misioneros.

Los siglos venideros serán de persecuciones y sufrimientos para los misioneros católicos.

La Congregación de la Misión en China tiene una gran tradición misionera, comenzada por dos grandes misioneros italianos, los padres Luis Appiani y Juan Müllener, seguidos tiempo después por el padre Teodorico Pedrini. Vinieron más tarde los misioneros franceses con el cometido de reemplazar a los jesuitas que habían sido suprimidos. La tarea de estos misioneros no fue nada fácil, ya que tuvieron que adoptar las características principales de esta cultura, desde la vestimenta hasta el lenguaje con sus innumerables caracteres. Algunos de los misioneros vicentinos formaron parte de la comitiva del emperador ocupando cargos de astrónomos, físicos y relojeros.

El sistema político estaba organizado de la siguiente manera: el emperador tenía sus virreyes, que eran los que tenían la autoridad después de él, aunque no podían ejecutar sentencias de muerte sin el consentimiento del Emperador. Luego estaban los mandarines que eran funcionarios encargados de gobernar una ciudad o de aplicar la justicia; los mandarines tenían a su cargo a los satélites que eran los que aplicaban las ordenes de los mandarines (nosotros los conocemos como policías).

Los tiempos traían grandes acontecimientos tanto en Francia como en el vasto imperio oriental, y a Francisco le tocó vivirlos. No fue un hombre alejado de la realidad, fue un hombre de su tiempo.

La doble Familia

Francisco Régis Clet nace el 19 de agosto de 1748 en un pequeño pueblo francés llamado Grenoble, el décimo de quince hermanos (8 mujeres y 7 hombres). Sus padres fueron Cesario Clet, y Claudina Bourguy.

La familia Clet era originaria de un poblado vecino a Grenoble: Varces. Cesario Clet era comerciante de lienzos; para buscar una estabilidad económica decidió marcharse a Grenoble en donde con tesón en el trabajo logro salir adelante y situarse como una de las familias más estimadas y con una posición económica estable.

La educación que Francisco recibió de sus padres fue una educación sólida en al fe, en el santo temor de Dios, en el amor a la creación y en la donación de sí. No es por ello extraño que tres de los quince hermanos consagraron sus vidas a Dios. El primero, llamado Francisco, nacido en 1744, ingresó en la cartuja de La Valbonne; y una hermana llamada Ana, profesaría en el Carmelo de Grenoble. Como vemos nuestro santo se encontraba aclimatado a una atmósfera de amor a Dios y así transcurrieron sus primeros años. Dios iba señalando paso a paso, en un ambiente de alegría y piedad, lo que sería en un futuro su destino.

Hizo su primera comunión el 20 de marzo de 1760, cuando tenía cerca de doce años, en la misma parroquia donde fue bautizado un día después de su nacimiento. Y con ello comienza Francisco una etapa de maduración, que para algunos autores va de los 12 años a los 21. Podemos darnos cuenta de que Francisco no es indiferente al ejemplo de sus hermanos religiosos: el cartujo y la carmelita. Además de que algunos otros parientes ingresaron a otras ordenes religiosas: agustinos reformados, frailes menores conventuales. Su proceso de maduración vocacional, por así llamarlo, duraría esos nueve años.

En cuanto a sus estudios no tenemos datos suficientes. Se habla de dos alternativas, situándonos en el año 1760:

la.- Ingresa al Colegio real, el único colegio que existía en Grenoble, dirigido entonces por los jesuitas. En 1763, por edicto del parlamento de París fueron dispersados los jesuitas y expulsados de todas las casas de Francia. El obispo de Grenoble, ante dicha emergencia, nombra a un grupo de sacerdotes diocesanos que llevarían la dirección del colegio. 2a.- Existe otra opinión que nos dice que Francisco fue un alumno muy brillante en el colegio de los padres del Oratorio fundado por Berulle. Estos padres dirigían el seminario mayor diocesano de Grenoble, y fuera de la ciudad, en el campo, dirigían el seminario menor donde se estudiaban las humanidades.

A la edad de 21 años, el 6 de mayo de 1769, después de haber cursado sus estudios humanísticos, ingresa al seminario interno de la Congregación de la Misión en Lyon. Fue inscrito como admitido transcurridos los dos años de prueba exigidos por las Constituciones. Pronunció sus votos en la fiesta de San. Gabriel Arcángel el 18 de Marzo de 1771, en presencia del P. Juan Pedro Audiffred, superior de la casa. Así, a sus veinte y tres años, se incorporaba a la familia de San Vicente de Paúl. El 4 de Abril de 1772 recibe las órdenes menores. El 13 de Junio recibe el subdiaconado. El 19 de Diciembre de 1772 recibe el diaconado. Finalmente el 27 de Marzo de 1773 es ordenado sacerdote.

Poco antes de recibir el diaconado fue nombrado profesor de teología moral en el seminario mayor de Annecy, en la provincia de Saboya. La historia de este seminario data de los tiempos de San Vicente de Paúl. Poco a poco se fue consolidando la organización del seminario de acuerdo a las normas exigidas por el Concilio de Trento. En esta obra empleo el P. Clet un tiempo de 15 años, siempre con un celo infatigable y dando ejemplo de las virtudes que deben de poseer los hijos de San Vicente de Paúl. Lo hizo tan bien que alguno de sus superiores lo describe así: «Siendo fiel imitador de las virtudes de San Vicente, esparce por doquier el sello de su gravedad, de su modestia, de su oposición a toda clase de vanidad y de espíritu mundano, y derrama el buen olor de Jesucristo; de esta suerte sus días son llenos de merecimientos, su alma se halla siempre tranquila y una voz secreta le testifica que todo va bien «.

Una de sus características muy particulares era la ciencia que poseía, pero informada de modestia y humildad. Tenía muy presente la opinión de San Vicente de que «la ciencia infla, sobre todo cuando no se vive con humildad». Era tal la reputación que gozaba como sabio teólogo, que se le conocía con el nombre de «biblioteca ambulante».

El P. Clet fue un hombre de gran ejemplo. Como formador en el tiempo que estuvo en el seminario de Annecy, obispos, sacerdotes, estudiantes, todos tenían un gran respeto y admiración por él.

El trabajo del padre Clet en Annecy fue intenso hasta 1788, cuando por la muerte del padre Jacquier se convoca a asamblea general para la elección del nuevo sucesor de San Vicente.

El padre Jacquier había llevado a cabo en su generalato una gran obra de bondad y mansedumbre. La Congregación no sólo logró sortear los peligros, sino que también conoció días prósperos en todas las latitudes del globo. Se dio una gran expansión misionera; a las Islas de Argel, las Islas de Borbón y Francia, se agregaron las de Levante, la India y China; las obras misioneras proseguían su vuelo por las tierras de Polonia, Italia, España y Portugal.

Los padres de la comunidad de Annecy nombraron al P. Clet como delegado para asistir a la asamblea en la que se nombraría al nuevo padre general. La asamblea comenzó el 30 de mayo de 1788 y concluyó el 18 de Junio del mismo año, en un ambiente social influenciado por el pensamiento enciclopedista que comenzaba a producir sus frutos.

Los ancianos de la Asamblea preveían que en un porvenir no muy lejano había de tropezar la Congregación con graves dificultades en su desenvolvimiento, por lo que debían de colocar al frente de la congregación a un hombre que hiciera frente al futuro venidero. Así la asamblea nombró como nuevo superior general al padre Cayla de la Garde, hombre de mano fuerte que supo sostener a la Compañía ante las vicisitudes sociales que vendrían más tarde.

Una vez terminada la asamblea, el padre Clet pretendía regresar a su añorado seminario para continuar sus labores en medio de libros y estudiantes, pero no contaba con que el P. Cayla lo nombrara director del seminario Interno de la casa Madre de París.

La noticia llegó rápidamente a Annecy en donde todos, comenzando por el obispo del lugar, se lamentaron profundamente de su ausencia.

Al parecer el P. Cayla sabía muy bien dónde ponía la mira, sabía que el P. Clet respondería a la importante labor de dar a la Congregación hombres fuertes, valerosos, intrépidos. El P. Clet no frustro las esperanzas del P. General. Bajo su dirección firme e inteligente los novicios llegaron a ser la edificación de la casa, prometían grandes esperanzas para la Compañía.

Así transcurrió un año en el nuevo cargo que le habían asignado, cuando un acontecimiento inesperado vino a interrumpir la paz y quietud de San Lázaro. La revolución francesa había estallado.

Y sus primeros golpes los dio en San Lázaro (casa madre de los Padres Vicentinos) en la noche del 12 de julio de 1789. A las dos de la madrugada la multitud rompe a hachazos las puertas, e invade todo dejando a su paso una destrucción completa. Fueron quince horas de barbarie.

Todos, padres y hermanos, a la orden del P. Cayla, se dispersaron por París, algunos pudieron disfrazarse, otros huyeron semidesnudos. El P. General y sus asistentes pidieron asilo temporal en el seminario de San Fermín. Cabe mencionar que aún aquellos vándalos saqueadores reconocieron la obra del santo de la caridad, pues al llegar ante un relicario de San Vicente, lo transportaron con respeto a la iglesia de San Lorenzo en aquel barrio.

Después de estos hechos violentos, el P. Cayla, al frente de sus misioneros, comenzó la reconstrucción de aquel aposento de caridad, reanudando así sus actividades.

Mientras tanto el padre Clet reunía a sus novicios. En medio de los conflictos ocasionados por la revolución, el P. Cayla pone su mirada en las misiones extranjeras principalmente en la misión en China. Las noticias que recibe del trabajo de los misioneros en aquellas tierras lo impulsa a mandar una circular en la que apela a la generosidad de los padres para ir a trabajar en aquellas tierras. El P. Clet se siente aludido ante esta llamada, sus deseos por ir a misionar a aquellas tierras son muy grandes. Y los manifiesta al superior general, obteniendo una rotunda negativa, pero la providencia al parecer ya tenía reservado su sitio en aquellas tierras.

El equipo que participaría en aquella misión había quedado conformado por un sacerdote y dos diáconos. Su salida estaba marcada para el 15 de mayo de 1791, pero por inesperados contratiempos el sacerdote que estaba destinado para aquella misión no pudo integrarse al equipo. El P. Clet, ni tardo ni perezoso, presento por segunda vez su petición al padre general, y su petición fue aceptada, con gran alegría por su parte. Quiso compartirla con su familia; sus padres para entonces ya habían fallecido, pero le escribe a su hermana mayor María Teresa, que era como su segunda madre, con ella compartiría a través de sus cartas todo lo vivido en aquellas lejanas tierras.

Misionero en China

El camino emprendido será largo. Llega primero a Lorient y de este puerto sale con destino al lejano oriente el 10 de abril de 1791. Llega a Macao el 15 de octubre de 1791. Deja su patria envuelta en la revolución y llega a tierras extrañas, tierras en las que desgastara su vida, en las que derramara su sangre por amor a la misión, por amor al mensaje evangélico de Cristo.

Al llegar a Macao fue recibido por el P. Villa, quien era el procurador de los padres de la Misión en China. La ciudad a la que había hecho arribo era donde la mayoría de los misioneros se inculturizaban para salir posteriormente a sus lugares de misión. En Macao fue donde el P. Clet se inicio en las costumbres chinas, en el lenguaje, donde adquirió la apariencia china que al cabo de los años no sólo sería apariencia. Al termino de su inculturación se preparaban nuestros misioneros para salir a sus lugares de destino. El P. Camiot tomaría el camino hacía Pekín, el P. Pesne iría hacía Hou­kouang y el P. Clet marcharía a Kiang-Si. Del primer misionero del que se tienen datos registrados de haber trabajado en las tierras del Kiang-Si es el P. Clet. El titulo para este trabajo y en esta zona lo tenía un padre de la orden de los ermitaños de San Agustín, que por diversas circunstancias nunca pudo residir en la misión. La comunidad del Kiang-Si, fue evangelizada por el jesuita P. Yang desde 1787. Pero, al llegar la supresión de los jesuitas, tuvo que trabajar con mucha precaución, a pesar de lo cual fue apresado y enviado a Pekín envuelto en cadenas. Al llegar a la capital fue liberado por la intercesión de un padre vicentino, el P. Pedrini. Así que la comunidad con la que se topó el P. Clet era una comunidad cristiana sólo de palabra, pues mezclaban sus creencias con los ritos cristianos.

El trabajo al que se enfrento el P. Clet no fue nada fácil, más difícil todavía con la falta de dominio de la lengua, él mismo se lo comenta a su hermano en una carta que le envía; «Me inclino un poco a creer que hubiese sido mejor permanecer en Europa: la única ventaja espiritual que puedo encontrar en China es que así como en mi patria podía figurarme que valía para algo bueno, así aquí me hallo plenamente convencido de que no valgo para nada de provecho; la escasez empero de misioneros en este vasto imperio no me permite la inconsciencia de volver a Europa, pues como dice el proverbio: más vale que la tierra sea labrada con amor, que dejarla absolutamente sin cultivo «.

Como podemos observar la humildad del P. Clet era mucha y, ante sus dificultades con la lengua,buscó otros medios para instruir y cuál mejor que el testimonio. Poco a poco fue haciéndose chino entre los chinos, pudo mejorar el dominio del lenguaje, y con ello Dios le dio la gracia de convertir y bautizar a un gran número y de cimentar las bases de la fe de los cristianos ya bautizados.

El trabajo apostólico del P. Clet era sorprendente, pero no era suficiente para atender las necesidades de todos los cristianos: Los superiores deciden enviar al P. Harel; la noticia le causó una gran alegría, pero los problemas originados por la revolución francesa obligaron al P. Cayla, superior general, a ir a Roma, por lo que el P. Hurel no pudo salir de Francia.

El P. Clet prosiguió su arduo trabajo apostólico él sólo por algún tiempo, ya que más tarde le darían la orden de partir a la provincia del Hou-Kouang, donde se encontraban trabajando el P. Aubin y el P. Pesni, Se encontraban gravemente enfermos y no podían realizar su trabajo de evangelización. Así fue como el P. Clet llegaba a la provincia del Hou-Kouang, donde desgastaría los últimos veinte siete años de su vida.

Francisco siempre buscó hacer la voluntad de Dios, por eso se ganó la confianza de toda la feligresía y de sus hermanos de comunidad que eran un poco testarudos, pero su mansedumbre y el tiempo y Dios se encargaron de todo. Su celo apostólico fue ejemplar, dio testimonio fiel de Jesucristo evangelizador del pobre, Juan Gabriel Perboyre más tarde seguirá su ejemplo y hablara a sus formandos maravillas de Francisco Régis Clet. Todo parecía marchar en buena bonanza hasta que el 14 de mayo de 1818 en Pekín se suscitó un fenómeno natural atmosférico, en el que el cielo y la tierra se oscurecieron a tal grado que no se podía ver a las personas aún usando lámparas. El emperador chino pensó que eso era un castigo que venía del cielo por lo que inmediatamente mando investigar la causa de tal fenómeno. Los mandarines inmediatamente encontraron como culpables a los cristianos. En la provincia del Hou-Kouang un chino que odiaba de muerte a un cristiano buscó la manera de perjudicarlo a él y a todos los cristianos de la región. Lo primero que se le ocurrió fue incendiar el mismo su casa y después culpar al cristiano frente a los mandarines, pero no se conformó sólo con eso, sino que implicó a un sacerdote europeo como autor intelectual del crimen. Así provocó una búsqueda incansable por todo el Hou-Kouang. La recompensa a aquel que diera información del paradero del sacerdote sería de 7,500 francos. Pasaron cuatro meses en los que los satélites se dedicaron a buscar al sacerdote casa por casa, en las aldeas, en las montañas, en las cavernas y bajo las rocas. La providencia acompañaba al padre Clet ya que siempre pudo escapar de las garras de los enemigos. Su refugio siempre fueron las montañas y las cavernas. Ya cansado de estar huyendo constantemente de los satélites y de no poder desempeñar su trabajo apostólico, pasó de la provincia de Hou-Pe a la de Ho-Nan. Pensaba que en esa provincia sería útil a sus hermanos y que perderían su huella los satélites que lo perseguían.

El Padre Clet nunca imagino que en esta nueva provincia encontraría a un traidor, quien ya había vendido por una buena cantidad de monedas al padre Chen, lazarista chino y ahora, sabiendo el escondite del padre Clet, se dispuso, a hacer lo mismo. El Padre Clet se encontraba en la casa de unos amigos cerca del Nam-Yang-Fou. El 6 de Junio de 1819, día de la Santísima Trinidad, al terminar de celebrar la misa, la casa fue invadida por satélites. El padre Clet, al ver la situación en la que se encontraba y al no poder escapar, se presentó ante los satélites con una gran tranquilidad. Inmediatamente lo cargaron de cadenas después de robar y destrozar todo cuanto pudieron.

El Padre Clet fue trasladado al Ho-Nan junto con los demás cristianos, las cadenas que llevaba encima las cargaba con gran alegría, pues las llevaba por la causa de Cristo.

Ya en la prisión sufrió grandes escarnios, pero su mayor pena fue cuando le dieron la noticia de que también tomarían preso al padre Lamiot, superior de la misión de Pekín, a causa de tres cartas comprometedoras. Sin embargo, en el tribunal, a la hora de los interrogatorios mostraba una gran tranquilidad y seguridad, buscando no comprometer al padre Lamiot. Los interrogatorios se efectuaban con crueldad; le golpeaban la cara con una plantilla de cuero dejando el rostro desfigurado, le hacían permanecer de rodillas tres o cuatro horas sobre cadenas de hierro.

En uno de los interrogatorios el Padre Clet levantó la cabeza para decir al mandarín: «Hermano, tu me juzgas ahora, pero dentro de poco mi Señor te juzgará a ti». El castigo fue mayor, le hicieron golpear triple vez con la plantilla en el rostro. El mandarín recibiría más tarde su castigo muriendo cruelmente entes de la ejecución final del padre Clet.

En uno de los interrogatorios el mandarín descubrió que el sacerdote no pertenecía a su provincia, por lo que tomo la resolución de mandarlo a Hou-Tchang-Fou. Después de haber pasado cinco semanas en la cárcel de Hou-Nan paso a la cárcel de Hou-Pe, el recorrido lo hacía con cadenas en las manos, los pies y el cuello y sólo descansaban en las cárceles del recorrido.

Al llegar a Hou-Tchang-Fou querían dejarlo en un lugar donde no hubiera cristianos, pero no fue posible ya que como su apariencia era repugnante: flaco, desgarrado, y sin fuerzas, no lo quisieron recibir en la primera cárcel y lo mandaron a otra, donde tuvo el gusto de encontrarse con el padre Chen y un pequeño grupo de cristianos. El propio padre Clet nos describe su estancia en la cárcel en carta del 28 de diciembre de 1819:

«El lugar desde donde le escribo le indica con cuanta razón empleo estas palabras de profeta Deus adjutor noster in tribulationibus quae invenerunt nos nimis (Dios es nuestra ayuda permanente en medio de las tribulaciones)…

Hace cinco meses y medio que estoy en esta prisión a la espera de la decisión del emperador

sobre ¡ni vida o mi muerte. Si mi destino dependiera de los mandarines de aquí, mi único castigo sería ser devuelto a mi patria; pero el Emperador no sé por qué, ha decretado pena de muerte contra los misioneros que entran en su imperio sin su conocimiento…

Otros tres sacerdotes, más o menos afortunados que yo, han huido, yo no sé a donde.

En el Hou-Nan había mandarines bastante duros conmigo, pero los de aquí son menos severos, tienen compasión, nos hacen sentar cuando la audiencia es larga, y tres veces nos dieron de comer habiéndose informado por nosotros si habíamos comido; y una vez nos dieron de comer carne al contestar que no a su pregunta de si era día de abstinencia…

Hoy es 26 de enero de 1820. Todavía estoy vivo. Ayer, fiesta de la Conversión de San Pablo, día memorable por la institución de nuestra Congregación, el padre Chen y yo hemos recibido la comunión de las manos del padre Tchang, y a medio día hicimos festín, éramos tres sacerdotes y seis laicos (dos de la prisión y cuatro de fuera). No nos faltaba sino el padre Lamiot, quien pagó los gastos, pero que no podía acompañarnos.

El padre Lamiot, el padre Chen y yo fuimos juzgados definitivamente por el gran mandarín, el primero de enero que fue sábado, juntamente con un buen número de cristianos.

En primer lugar presentaron a los apóstatas carne de cerdo, y ellos la comieron en señal deapostasía. A renglón seguido los enviaron a sus casas, con una doble apostasía en el cuerpo.

Luego, fueron llamados otros veintitrés cristianos fieles, que perseveraron en la confesión cristiana, y fueron enviados de nuevo a la prisión a la espera de la decisión del Emperador.

Por último nos llamaron al padre Lamiot, al padre Chen y a mi; después de interrogarnos dos o tres veces, el P. Lamiot fue declarado inocente, y le hicieron ponerse de pie.

El P. Chen y yo seguíamos de rodillas. El mandarín superior sugirió al padre Chen que apostatara; y como él rehusó, lo considero culpable. En cuanto a mi, el mismo mandarín dijo algo para excusarme sobre mi estancía en China, lo que confirmó otro mandarín inferior.

E P. Chen y yo volvimos a la prisión con los grilletes en los pies, en las manos y en el cuello, pero al llegar dejamos esos «adornos» que sólo se usan cuando uno va a juicio ante el mandarín. Ahora estamos a la espera de la decisión del Emperador. Aunque el mandarín superior escribió algo en mi favor, se duda mucho de que el Emperador consienta en dejarme vivir. Me preparo para la muerte diciendo a menudo con san Pablo:

«Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia… «

El martirio

A pesar de todos los sufrimientos el padre Clet siempre mantuvo la calma, día con día se fue preparando a la muerte haciendo suyas las palabras de San Pablo antes mencionadas. La oración era su fuerza en las tribulaciones, el final para el Padre Clet era cada vez más cercano. Con todo su dolor fue dejando huella en el corazón de los cristianos a través de su testimonio y de sus enseñanzas, ellos se lamentaban por que nunca más volverían a ver a aquel hombre que tanto bien les había traído, aquel hombre que desgastó su vida hasta el extremo de entregarse por ellos, él trataba de animarlos, de alegrarlos, pero todo era inútil, ellos conocían el destino de aquel buen hombre. El padre Clet se confesaba y comulgaba todos los -días pues sabía que había que estar preparado, sólo se esperaba la orden del Emperador, el mismo día de su muerte el padre tuvo la dicha de recibir la Eucaristía.

La orden tan esperada por los mandarines llegó al fin. El Emperador ordenaba dar fin al padre Clet por medio de la estrangulación. Los motivos de su condena eran, entre otros, el haber entrado clandestinamente a China, el haber cambiado de nombre, y el predicar el Evangelio en varias provincias y con esto sublevar a la gente.

El fin no se hizo esperar. Los satélites entraron en la prisión tomando al padre Clet, quien pidió la absolución al padre Chen. Después se despidió de los cristianos que habían sido susompañeros de prisión, dándoles unas palabras de aliento, y se dirigió contento al lugar del suplicio.

En China, cuando una persona es condenada a estrangulación, se le pone antes una cuerda alrededor del cuello; dicha cuerda pasa por un hueco practicado en una plancha de madera y se la aprieta con la ayuda de un trozo de madera con forma de un bastón. Cuando el paciente pierde el conocimiento, se afloja la cuerda hasta que lo recobre, operación que se repite de manera que hace sufrir varias veces el horror de la muerte. Fue así como terminó la bella vida del Bienaventurado Francisco Régis Clet en la noche del 17 al 18 de febrero de 1820… y así ganó la palma del martirio por la que había suspirado tantas veces…

Sus restos fueron enterrados en la colina de la Montaña Roja. Veinte años más tarde otro mártir vicentino, san Juan Gabriel Perboyre, sería enterrado en el mismo lugar.

Los restos de Francisco Régis Clet fueron llevados a París y en el mes de diciembre de 1878 depositados en la capilla de la Casa Madre de los Lazaristas.

Fue declarado Beato el 27 de mayo de 1900 por León XIII y canonizado el 1 de Octubre del año 2000 por Juan Pablo II, junto con más de cien mártires de la fe católica en China.

One Comment on “San Francisco Régis Clet”

  1. Hermosa vida de este Santo. Lo tendré en gran estima de ahora en adelante.

    La paz.
    Saludos desde Panamá

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