René Alméras (1613-1672) (Capítulos 7 y 8)

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CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices III.

René Almerás, segundo Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad


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Capítulo VII

De su bondad y caridad para con los de la Compañía.

René Almerás, C.M.
René Almerás, C.M.

Todos los miembros de la Congregación que han conocido al Sr. Alméras han advertido la caridad muy paternal que tenía para sus inferiores. Era particularmente edificante la buena acogida que les hacía; los recibía con rostro sonriente y con una dulzura muy cordial, incluso en lo más fuerte de sus incomodidades, cuando parecía que el exceso del mal debiera abatirle y no dejarle reflexionar sobre otras cosas; los escuchaba por lo común muy pacientemente, y conversaba con ellos sin reservas, dándole libertad de declararle todo lo que necesitaban o que podía darles problemas; sus deseos, se adelantaba a ellos, cuando quería serles agradable.

Un hermano de la Congregación presentándose a verle al final de su seminario para pedirle su bendición y agradecerle por admitirle en el número de sus hijos, este caritativo superior le recibió con tanta bondad que este hermano quedó muy edificado y muy animado a perseverar en su vocación: «Oh, mi querido hermano, le dijo el Sr. Alméras, sed bien venido, tengo un gozo muy grande en recibiros; bien venido seáis. Es cuanto puedo deciros». Luego le dio su bendición, le abrazó tiernamente, aunque se sintiera incómodo, habiendo tenido que dar sangre ese día, y le rogó que se cubriera y se sentara a su lado: Esto es, hermano nuestro, le dijo, por qué nos conviene vivir como verdaderos hermanos de la Misión. Ya estáis muerto al mundo, no debéis pensar más en sus placeres que pasan y se desvanecen como el humo, sino entregaros a la práctica de las virtudes qye dan satisfacciones duraderas. Hay razones de esperar que Dios os dará la gracia de pasar vuestra vida en la Compañía con edificación».

Le propuso después el ejemplo de algunos hermanos de los más virtuosos de la Congregación para inducirle a imitarlos. Observando al final que este hermano no tenía aun el collete que llevan de ordinario los que se han agregado a la Compañía, le hizo tomar uno blanco que le habían traído para ponerlo ese día; este acto de caridad ganó de tal manera el corazón de este buen hermano, «que le pareció, dijo él más tarde, que Dios le había colocado en el cuello un lazo feliz por la mano del Sr. Alméras, para atarle a su servicio por el resto de su vida en su querida vocación.».

Esta ternura y esta cordialidad eran todavía mayores y más sensibles con aquellos de sus hijos que le habían prestado algún servicio, por pequeño que fuera; les mostraba su agradecimiento y les hacía saber que no se olvidaría nunca de la caridad que habían tenido con él. Cuando fue elegido Superior general, se lo contó a un hermano, que estaba en una provincia distante, adonde le había enviado para la asistencia de los pobres; le dirigió la carta circular que envió a todas las casas de la Congregación, creyéndose en la obligación de mostrarle este testimonio de afecto y de agradecimiento por la asistencia que él había recibido en una enfermedad.

El cuidado extraordinario con el que vigilaba las necesidades de sus inferiores y la conservación de su salud era también una señal de su afecto paternal con ellos. Nada escapaba a su vigilancia: viendo que uno de sus sacerdotes podía molestarse por el frío de una pequeña abertura en su habitación, él mismo llevó a los albañiles al sitio, y se quedó por un rato viéndoles trabajar.

Sus indisposiciones en aumento los últimos años de su vida dieron pie a que un hermano durmiera en su habitación para servirle y darle lo que podía necesitar por la noche. El Sr. Alméras se fijó que al toser despertaba a este hermano; le obligó a ir a costarse en una habitación contigua para dormir mejor; de vez en cuando le preguntaba si no le dejaba descansar bien todavía; prefería sufrir que interrumpir su sueño, y no le llamaban nunca si no se trataba de una necesidad urgente.

Veamos otro ejemplo de la caridad que le llevaba a molestarse por aliviar a los demás. Mientras fue Asistente de la casa de San Lázaro, fue enviado a caballo a doce o quince leguas de París con un hermano que le servía de acompañante; éste habría podido fácilmente hacer el camino a pie; pero el Sr. Alméras no lo pudo aguantar; le hizo montar en la grupa, y atravesó así las aldeas y los pueblos sin preocuparse de lo que podían decir.

Se entregaba sobre todo a tratar bien a los enfermos; los visitaba, aun a los hermanos menores; y cuando no podía ir, enviaba a alguien de su parte. Pero se mostraba particularmente atento en visitar a los más afligidos y a los que estaban atacados de enfermedades contagiosas. Hallándose uno de sus sacerdotes contagiado de una enfermedad que podía hacer peligrar su vida y que podía incluso comunicarse a los que le visitaban, el Sr. Alméras quiso ir a verle; el enfermero le disuadió como pudo; le explicó que el peligro era mayor para él, a causa de sus debilidades. Como el enfermero insistía mucho, le respondió con dulzura y firmeza: «Venga, hermano mío, no temáis nada; tengo un buen antídoto» y se fue a ver a este enfermo, habló con él un buen rato, y no experimentó ningún mal. Lo cual hizo decir a este sacerdote enfermo, que el antídoto del Sr. Alméras era su gran fe y su ardiente caridad.

Aquí va otro rasgo de su solicitud paternal. Un hermano estaba tan enfermo del espíritu como del cuerpo; tenía esta fantasía en el espíritu que, para hacer penitencia por sus pecados debía practicar una abstinencia extraordinaria, así que no quería ya comer y se exponía a morir de hambre. El caritativo padre le hizo venir a su habitación durante varios días, aunque le resultara entonces muy molesto; después de reprenderle por caridad por su obstinación, y haberle dicho la ilusión en que había caído, le obligó a trabajar en su presencia para distraerle de su humor melancólico; le hizo comer y cenar a su mesa, le obligó a comer según su necesidad, y a tomar todas las mañanas un caldo o alguna otra cosa. Ha obrado casi siempre de la misma forma en otras ocasiones con tanta bondad, que los que lo conocieron se sintieron edificados.

El ejemplo siguiente dará claramente a conocer que su solicitud era continua por las necesidades de los enfermos, y que el pensamiento de conservar la salud de aquellos cuya dirección Dios le había dado no abandonaba su espíritu. Lo contaremos con los mismos términos que uno de los clérigos de la compañía ha puesto por escrito: «He advertido, dice, que el Sr. Almerás tenía un gran cuidado y una gran caridad con todos, se enteraba cómo estaba todo el mundo; se informaba incluso de las menores enfermedades de los seminaristas, de suerte que sabía que me habían sacado una muela mientras estaba en el seminario; pero su caridad me pareció excesiva cuando , pocos días después de salir yo, habiendo sabido que yo estaba indispuesto, al día siguiente de saberlo, me envió al médico; a la vuelta quiso saber todo lo que me había recetado para hacerlo cumplir pronto, y algún tiempo después envió a buscarme para saber de mí si se había observado todo.

«Su caridad fue tan lejos que quiso ser mi médico ; en efecto, me ordenó hacer todo lo que él creía conveniente para alcanzar la completa salud; así que, aunque se sintiera indispuesto y le costara mucho hablar, hasta el punto que se paraba a cada palabra para recobrar el aliento, teniendo una tos continua que no le permitía decir cuatro palabras seguidas, no obstante me hizo ir varias veces a su habitación para decirme que debía descansar, y cómo debía oír la santa misa, hacer mi oración, mi lectura espiritual y estudiar, para que ello no me incomodara. Rogó a uno de los oficiales de la casa que me cuidara; luego preguntaba de vez en cuando cómo me encontraba. Al final, como ya estaba restablecido, me envió a buscar, y con un rostro sonriente, a pesar de sus sufrimientos, se alegró conmigo por la salud que Dios me había devuelto. Como yo le agradecía por el cuidado que se había tomado conmigo y yo le declaraba que después de a Dios era a él a quien debía la salud, él respondió que no era a él, sino al sacerdote a quien él había encomendado , atribuyendo así por humildad el bien que hacía a los méritos de los demás».

Se comportaba poco más o menos de la misma manera con todos los inferiores, una vez que se enteraba de sus menores indisposiciones; tenía un cuidado grande de hacer ejecutar las ordenanzas de los médicos, se informaba por el hermano enfermero de todo lo que se había hecho o de lo que faltaba por hacer para el alivio de los enfermos, y recomendaba mucho que no se escatimaran gastos al tratarse de su alivio.

Ya hemos dicho que cuando no podía ir a visitar a los enfermos, les enviaba a visitar de su parte; y era tan exacto en esta práctica que, incluso unos días antes de su muerte, aunque se viera abrumado de dolores, y en un estado que daba compasión a todo el mundo, envió a visitar a un hermano paralítico hacía varios años; le mandó decir entre otras cosas que tuviera muchos ánimos, que en cuanto a él se iba el primero; pero que si Dios le concedía la gracia de ir al cielo, como lo esperaba de su divina bondad, trataría de obtenerle un hermoso sitio entre los bienaventurados.

Si el cuidado que el Sr. Alméras tenía de los enfermos es una señal evidente de su gran caridad, el que tenía del adelanto espiritual es todavía más claro; ya que la perfecta caridad nos lleva a procurar al prójimo verdaderos bienes, que son los de la gracia. Era principalmente a lo que se entregaba con una maravillosa exactitud; advertía con caridad a todos los de la Compañía en quienes veía algún defecto; les proporcionaba los medios de corregirse, como ya se ha visto; tenía también gran cuidado de animar y de instruir a aquellos en los que veía un ardiente deseo de la perfección.

Habiendo ido un hermano a su habitación para pedirle penitencia de las faltas cometidas contra las reglas y contra algunas prácticas, y para dar gracias a Dios por el beneficio de su vocación, este caritativo padre le demostró una gran satisfacción y ternura por el fervor que veía en él; luego le dijo estas palabras: «Sí, hermano mío, me complace daros una práctica respecto del beneficio de vuestra vocación; todos los meses, a la hora en fuisteis recibido, diréis el Te Deum laudamus, para dar gracias a Dios; el salmo Miserere para pedirle perdón de las faltas cometidas contra las reglas, y el Veni creator Spiritus, para pedirle cada vez más el espíritu de esta querida vocación para vos y para los demás. Este hermano se volvió muy satisfecho por la práctica tan buena; el Sr. Alméras le llamó seguidamente para advertirle que no le obligaba bajo pena de pecado, habiéndole prevenido su caridad que este buen hermano habría podido tener escrúpulos en esta materia si no se lo hubiera advertido. Este celo del Sr. Alméras por la perfección de sus inferiores le urgía tan fuerte que dijo varias veces a un sacerdote de la Congregación que le dolía vivamente su miseria espiritual y que se sentía como afligido; tenía una compasión tan grande por sus penas que le quitaba el sueño, y no tenía descanso hasta hacer lo que podía para remediarlo. Asimismo todos sus hijos estaban de tal manera persuadidos del ardor de su caridad y de la ternura de su corazón que, si tenían alguna pena, o habían caído en alguna falta, acudían enseguida a él como a un padre; en efecto, él los recibía con entrañas de misericordia; después de escucharlos con mucha atención, les decía con una bondad y una caridad sin par los consejos de los que tenían necesidad; y se estaba obligado a corregirlos por algunas faltas, sobre todo por las que habían cometido por fragilidad o por negligencia, lo hacía con tanta ayuda y de una manera tan agradable, que se volvían muy consolados.

Un hermano fue un día a verle a su habitación para pedirle muy humildemente perdón y recibir una buena penitencia por una falta bastante considerable contra las reglas de su oficio; apenas se arrodilló, cuando el Sr. Alméras, al verle tan humilde, le hizo levantarse enseguida, le consoló y le animó a ser bueno; sin imponerle ninguna penitencia, le despidió con estas dulces palabras: «Venga, hermano mío, enmiéndese y sea fiel».

Pero si sucedía que alguno cometiera una falta que señalara desorden en el interior, su caridad le llevaba a hablarle con más vigor; y como un prudente médico, sabía aplicar remedios más fuertes a las enfermedades más peligrosas; los usaba sin embargo con mucha circunspección y perdonaba en cuanto podía, sobre todo a los ausentes, cuyas faltas no daba a conocer más que en la estricta necesidad, disminuyéndolas siempre mientras se lo permitía la pura verdad; es lo que observaba incluso con respecto a aquellos que parecían haberse hecho indignos por el perjuicio que causaban a la Compañía. Veamos un ejemplo: Se vio obligado a desengañar a un hermano que era tentado contra su vocación porque otros se habían retirado o habían sido despedidos; algunos incluso por una ingratitud y una ceguera bastante extraordinarias, habían intentado proceso contra la congregación, que se vio obligada a hacerles desestimar sus pretensiones injustas por un decreto del Consejo de Estado del rey y a cubierto para siempre de semejantes vejaciones. El Sr. Alméras mandó venir a este hermano a su habitación, y le hizo sentarse a su lado; le obligó, por algunas palabras benévolas y cordiales, a descubrirle su tentación y sus penas, con lo cual este caritativo padre le consoló y le animó mucho, diciéndole: «Hermano mío, no me sorprende que tengáis penas de esta naturaleza, os confieso que si yo estuviera en vuestro lugar estaría más confuso que vos. No hay que sorprenderse si la Congregación está en este momento siendo cribada. El Sr. Vicente, nuestro muy honorable padre, nos ha dicho muchas veces que lo sería un día; pero en esta ocasión, son mis pecados la causa de ello. No obstante es necesario que os diga, para vuestro bien, cómo sucedió todo; si no queréis creerme, preguntádselo a fulano ya mengano que son los más virtuosos de entre nuestros hermanos». Le contó entonces el desastre de estas personas, pero con tanta dulzura y compasión, y por decirlo así respeto, que parecía hablar de alguna persona de grandes méritos o de condición muy elevada; eso dio a entender a este hermano que no sólo no sentía el Sr. Alméras ninguna amargura contra aquellas personas, sino que, no obstante su ceguera, conservaba siempre hacia ellas un corazón de padre, lleno de ternura y de compasión. También la caridad del Sr. Alméras se ganó de tal manera el corazón de este hermano y calmó tan perfectamente las inquietudes que se habían levantado en su espíritu, que resolvió perseverar en su vocación, como lo ha hecho desde entonces, viviendo en ella bien contento y con la intención de en ella morir.

No debemos omitir aquí algo que dijo a este hermano en esta ocasión, aunque no sea tanto una señal de su caridad como del discernimiento que tenía para conocer los espíritus, y es que hablando de dos hermanos que habían salido de la Congregación, so pretexto y hasta con el plan de hacerse religiosos, le declaró que ni lo uno ni lo otro lo serían, pero que él, que era tentado contra su vocación, perseveraría; lo que ocurrió después. Se podría hacer algunas reflexiones bastante útiles sobre este ejemplo, si la brevedad del relato no nos obligara a pasar a otro muy parecido.

Un hermano de la Compañía, de los más virtuosos, de los más sensatos y de los más capaces, frecuentaba otra comunidad de la misma ciudad, para prestarle algún servicio, con el consentimiento de su superior, que creía que eso podía contribuir a mantener a las dos comunidades en buen entendimiento. El hermano se sintió vivamente inclinado a dejar su vocación para entrar en esta otra comunidad; el demonio, agarrándole por su lado débil, le decía que sería más honrado, más estimado en esta comunidad, y que su condición no sería tan abyecta a los ojos de los hombres; y como los superiores de esta casa religiosa le atraían bastante abiertamente y le expresaban su deseo de recibirle, estaba a punto de tomar su hábito. Pero el Sr. Alméras enterado le escribió una carta muy urgente y muy tierna que le obligó a abrir los ojos; lo que más le impresionó, como lo ha declarado más tarde, fueron estas palabras cordiales del final: «Por lo demás, si os hablo con resolución, es también con afecto por las asistencias que me habéis dado en diferentes enfermedades; conservo sentimientos de estima y de gratitud hacia vuestra persona, que no puedo expresar. Habéis contribuido a conservarme la vida; no adelantéis mi muerte por el disgusto que yo recibiría de vuestra separación, pero ante todo huid del peligro, venid aquí!» Esta carta causó tal impresión en el espíritu de este hermano que le hizo cambiar de resolución al instante; se echó a llorar y, dando respuesta a su caritativo padre: «Confieso, le dijo con lágrimas en los ojos, que he sentido el corazón atravesado de un flechazo leyendo vuestra muy afectuosa carta; yo no sabía dónde estaba, viendo por un lado mi infidelidad y por otro vuestra gran bondad para conmigo que, tras una cobardía parecida a aquella merecía ser expulsado por estas personas que me han dado muestras de una bondad tan particular; pero, Señor, si yo pudiera adelantar vuestra muerte con esta acción, preferiría morir yo mismo; os puedo asegurar que ante estas palabras que he leído en vuestra carta, he creído caerme de espaldas ; y volviendo en mí todo confuso, he visto mi inconstancia y mi miseria en el amor extraordinario que tenéis por mí. No, Señor, no lo haré con toda seguridad, y estoy preparado a partir cuando os plazca, y marchar a donde tengáis a bien enviarme; me entrego totalmente en vuestras manos». Y este buen hermano se echó de tal forma en los brazos del Sr. Alméras, que éste creyó oportuno dejarle en la misma casa.

El Sr. Alméras ha practicado también la misma caridad con otros que estaban tentados contra su vocación, diciéndoles todo lo que creía ser lo más fuerte para retenerlos: el temor, el amor, y el interés por la gloria de Dios y por su propio bien, pero en particular el testimonio de un afecto paternal que era de ordinario la cadena más fuerte que los ataba al servicio de Dios en la Congregación.

Antes de acabar este capítulo, conviene destacar que esta bondad paternal del Sr. Alméras para con todos los súbditos de la Congregación se extendía hasta sus padres y demás personas que les pertenecían; trataba de prestarles todos los servicios que estaban en su mano les procuraba las asistencias corporales que necesitaban, y mandaba hacer por ellos oraciones durante su vida y después de la muerte. Tuvo incluso la bondad de mandar celebrar misiones en una provincia muy distante, en la región de un hermano de la Congregación, para darle el contento que deseaba. Esto es digno de notar, pues, como él lo ha dicho, estaba totalmente desprendido de sus propios parientes; lo que da a entender que no ordenaba sus afectos por los sentimientos de la naturaleza, sino por la consideración del bien de la Compañía, que depende principalmente de una estrecha unión entre el jefe y sus miembros. También había encontrado verdaderamente el secreto de ganarse el corazón y el afecto de cada uno, y se tenía la persuasión de la verdad y de la sinceridad de estas buenas palabras que tenía la costumbre de decir cuando se separaba de sus hijos después de hablarles por algún tiempo: «Les dejo mi corazón».

Capítulo VIII

De su pobreza y de su amor por los pobres.

La pobreza evangélica es una virtud muy necesaria a los que son llamados a una vida apostólica y que tienen por fin trabajar por la salvación de los pobres del campo. El Sr. Alméras la ha practicado excelentemente a ejemplo del Hijo de Dios, el primero de todos los misioneros, y del Sr. Vicente, su muy honorable padre. Fue en este espíritu cuando habiendo dejado las ventajas temporales de las que gozaba en su casa, se privó una vez entrado en la Congregación de toda clase de delicadezas, y pasó de una gran abundancia a una pobreza rigurosa. Su señor padre, durante algunos años le tuvo una pensión; él no quiso verla ni tocarla, y la dejó en manos del procurador de la casa, a la disposición de los superiores. Habría podido bien, sin lesionar el deber de su profesión, disponer de esta renta con permiso del superior, bien para comprar libros o hacer otras obras buenas; pero esta conducta no le parecía bastante pura y bastante desprendida, y temía no usar de las cosas que hubiera comprado así, con la misma indiferencia que las demás cosas de la comunidad. Y así quiso no sólo ser pobre, sino alejarse lo más posible de las ocasiones y de los peligros capaces de dar la más ligera mancha a esta virtud. Era maravillosamente circunspecto para no tolerar nada en sí ni fuera de sí que no llevara las marcas de su amor a la pobreza. Su alimentación era muy frugal; durante varios años no comía casi más que una sola clase de carne; pero le obligaron, a causa de sus grandes debilidades, a seguir un régimen especial; consintió que se tomara en consideración sus debilidades graves, pero quiso tomar menos que los demás, en la bebida, en el alimento y las otras necesidades. No cambiaba de hábito sino lo más tarde que podía, siendo Superior de la Congregación, se le han visto agujeros y remiendos; había que emplear muchos ruegos para ponerse una sotana nueva.

Se veía brillar la pobreza de este siervo de Dios en todas las cosas destinadas a su uso. Cuando era Asistente de la casa de San Lázaro, no tenía de ordinario más que un libro o dos para estudiar; no se servía más que de una silla de paja, de un viejo candelero, de una mala escribanía, de pobre lentes con un estuche de madera que muchos de sus inferiores hubieran rechazado. Su cama a la verdad estaba rodeada de cortinas, a causa de su debilidad; pero eran muy sencillas, de una tela ordinaria y sin adorno; se había colocado alrededor una pequeña orla, pero su espíritu de pobreza no la pudo aguantar; no aguantó más un despacho adornado que le habían llevado a la habitación, hubo que quitarlo para tenerle contento; se habían colocado simples tablillas de planchas actuales, como tienen los pobres del campo para colocar la vajilla. No quería permitir siquiera un pequeño par de morillos de hierro muy sencillos en su chimenea, porque eran nuevos y un tanto bonitos; mandó colocar otros más ordinarios y más conformes a este espíritu de pobreza que le animaba y que aparecía hasta en el bastón que se veía obligado a llevar.

Podemos con razón llamar a la pobreza la querida compañera del Sr. Alméras, pues le acompañaba a todas partes, al refectorio, en su habitación, hasta en el altar; prefería en efecto celebrar con ornamentos pobres que magníficos, porque pensaba que su Salvador habiendo ofrecido el sacrificio de la cruz en una extrema pobreza, él debía ser animado de este espíritu y llevar las señales al exterior.

Con estos sentimientos el Sr. Alméras no quiso servirse de una casulla nueva que le regalaron sus señoras hermanas para decir su primera misa. Hacía aparecer también este mismo amor por la pobreza en las iglesias de la Congregación de las que desterraba estos magníficos ornamentos que parecen más propios para halagar la curiosidad que para contentar la devoción. Citaremos nada más un ejemplo. Un procurador de la casa San Lázaro le pidió permiso para mandar restaurar los órganos que eran muy pequeños; se lo permitió creyendo que no había gran cosa que hacer; el procurador prevaliéndose de este permiso mal entendido, mandó hacer hermosos órganos con revestimientos de maderas esculpidas; al comenzar a instalarlos en la iglesia, el Sr. Alméras quedó tan sorprendido que no quiso permitir que se acabara de elevarlos, y no descansó hasta que los hubo devuelto, si bien con pérdidas; le produjo tanta pena esta cuestión que la hizo asunto de una conferencia en la que humilló mucho al procurador.

Si el Sr. Alméras no podía ver nada, ni siquiera en la iglesia de San Lázaro, que no estuviera conforme totalmente al espíritu de pobreza, estaba más lejos de todo vano ornamento en los edificios de esta casa; como deseaba ante todo que Nuestro Señor se complaciera más en estas clases de casas. Viéndose en la situación de mandar construir desde el suelo un gran cuerpo de residencia, para suplir los viejos edificios que amenazaban ruina, deseaba fuerte que se guardara una gran sencillez; por eso al enterarse que se quería hacer con piedra sillar, se opuso a ello; explicó al que era el principal promotor y que quería hacerse notar contribuyendo al gasto, que este edificio sería demasiado hermoso para unos misioneros, que deben ser alojados sencilla y pobremente. Le suplicó que hiciera murallas en morrillo y no en piedras talladas. Pero no pudo conseguir nada de este bienhechor.; este le respondió que había que construir sólidamente y para mucho tiempo, que hoy se construían la mayor parte de las casas de esta manera, de manera que se le dejara hacer, de otra forma lo abandonaría todo y no se volvería a meter en más líos. Así, para no contristar a este bienhechor, el Sr. Alméras se vio obligado a dejar continuar las obras como habían sido comenzadas; pero le dio pena que esta residencia tuviera por fuera alguna apariencia que no le parecía bastante conforme con la sencillez y la pobreza que deseaba ver en todas las casas de su Congregación. Hizo no obstante aparecer este espíritu de pobreza, privando a la casa de varios adornos que son bastante comunes y ordinarios, contentándose con una estructura y madera muy ordinarias.

Después de esto, no hay lugar a sorprenderse que haya tenido tanto amor por los pobres, que son de algún modo una personificación viva de la pobreza. Su corazón estaba lleno de ternura y de afecto por ellos; todos saben la gran pérdida que supuso para la casa de San Lázaro de la mayor parte de sus rentas, pero nadie ha visto que por ello se haya disminuido la caridad del Sr. Alméras; recibía siempre al mismo número de ejercitantes y hacía las mismas limosnas. Continuaba muy fielmente la práctica que el difunto Sr. Vicente había introducido traer a comer todos los días a dos pobres al refectorio, cuidándose de instruirlos al mismo tiempo en las verdades de la religión. Iba incluso a verlos a sus casas cuando caían enfermos, aunque estuviera débil y necesitara hacer un camino bastante largo con mucho trabajo, viéndose obligado a hacer una paradita de vez en cuando. Los discursos que hacía a esta buena gente no respiraban más que amor de Dios; les hablaba de la abundancia de su corazón; varios pobres del hospital del nombre de Jesús, a los que había tratado antes de admitirlos, han declarado todos estar encantados y gozosos por los testimonios exteriores de su bondad.

De las palabras pasaba a los hechos; hacía dar todos los años doscientos francos a la tesorería de la caridad de Saint-Laurent, para el alivio de los pobres de la parroquia. Cuando los inviernos eran duros para la pobre gente y el pan estaba caro, enviaba a un oficial de la casa por los barrios de San Lázaro y de San Lorenzo, con hermanos, para conocer la necesidad de los pobres, a quienes mandaba dar un pan a uno, medio pan a otro, y así a los demás según la necesidad de cada uno; en un solo invierno¸ les hizo distribuir seiscientos o setecientos haces de leña de la provisión de la casa, mandaba también en la puerta a todos los pobres de paso; les hacía veces que hicieran fuego para calentarse. A los pobres vergonzantes, les daba dinero, le costaba trabajo despedir a un pobre sin limosna; los porteros han dicho que no se han dirigido casi nunca a él sin obtener algo. Por eso la confianza que tenían en su caridad los llevaba a dirigirse directamente a él para obtener socorros; estaban convencidos que tenía un corazón capaz de alojar a todos los miserables, y manos tan generosas para socorrerlos. Su caridad no estaba rodeada y limitaba a un cierto número de pobres; si la limosna ordinaria no bastaba para dar a todos los necesitados que pedían, la hacía aumentar según el número. Es la declaración que ha hecho un hermano portero; al declarar que el pan que se daba de ordinario a los pobres no bastaba ya para la mitad de los que lo pedían, el Sr. Alméras le ordenó que diera otro tanto una vez más: «Sí, hermano, dijo, yo lo quiero; no sólo darás dos, tres o cuatro panes, sino tantos como haga falta». Así anchaba el corazón a medida que el número de los miserables aumentaba, y él regulaba las limosnas más bien por la cantidad de los pobres que por los haberes de la casa, pues estaba convencido que no se podía hacer mejor uso de los bienes de la Comunidad que poniéndolos en las manos de Dios, de donde proceden, por las de los pobres, que las reciben en su nombre.

Entre las obras de misericordia que llevó a cabo el Sr. Alméras tan dignamente, la vista a los presos ocupa uno de los primeros lugares; su estado le conmovía de una viva compasión, que no era estéril en él; pasaba en efecto del corazón al exterior; iba a visitarlos a menudo; se ha visto que fue a menudo cuatro o cinco veces al día. Sin duda que no iba con las manos vacías; acompañaba la limosna corporal con la espiritual, hablándoles de la salvación y exhortándoles a hacer confesiones generales. Su caridad se vio de manera especial para con uno de estos pobres miserables: era un joven que había dejado los estudios y se había enrolado en una compañía de gente de guerra; desertó algún tiempo después y, viéndose obligado por la necesidad realizó algunos robos, por los que fue encarcelado por el juzgado de San Lázaro.

Habiendo ido el Sr. Alméras a verle, le impresionó sus desdicha, considerando que el prisionero no podía evitar pasar por las armas, y deseando salvarle la vida, se informó del nombre de su capitán quien, por suerte era sobrino de uno de los amigos de la Congregación; aprovechó la ocasión para enviar a rogar a este amigo obtener la gracia del joven lo que en efecto obtuvo ; pero no contento con este favor señalado, hizo llevar al prisionero a comer y a cenar durante ocho días, hasta el momento de su salida: luego le hizo hacer una confesión general. Un sargento vino a llevárselo para acudir a la cita, a fin de hacer allí una especie de reparación, y luego el capitán le dio el despido por escrito. Algún tiempo después, el joven vino a dar gracias a su bienhechor, confesando que le debía la vida.

Si el Sr. Alméras se ha mostrado tan misericordioso y bienhechor con los miserables que, por sus crímenes, se habían atraído sus miserias, cuánto más ha hecho aparecer su caridad respecto de los pobres voluntarios, cuya pobreza no es un castigo por sus crímenes, sino un efecto y como una recompensa de su virtud; oigo hablar a religiosos, para quienes este servidor de Dios conservaba sentimientos de estima y de amor muy particulares. Tenemos de ello un ejemplo notable entre otros en la persona de tres reverendos padres Recoletos, vecinos de San Lázaro. El Sr. Vicente les había dicho en otro tiempo, cuando tuvieran necesidad de algo, ir a buscarle; y no dejaba pasar ninguna ocasión de prestarles servicio. El Sr. Alméras ha seguido en esto el ejemplo de su caritativo padre, y hasta de algún modo le ha sobrepasado; ya que no sólo no les ha negado nunca lo que le han pedido, sino que les ha dado en abundancia. Así, cuando pedían media docena de huevos, les mandaba dar una docena, y a veces en el transcurso del año, les enviaba provisiones, sobre todo en la cuaresma, como mantequilla y pescado, y otras veces pan y vino. Se puede concluir de toda lo que acabamos de decir, que el Sr. Alméras ha sido un gran servidor de los pobres y de la pobreza.

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