René Alméras (1613-1672) (Capítulos 4 y 5)

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CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices III.

René Almerás, segundo Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad


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Capítulo IV

De su elección al cargo de Superior general, y de lo que ha hecho por la perfección de la Congregación.

René Almerás, C.M.
René Almerás, C.M.

Después de la muerte del Sr. Vicente, una vez que se supo que había sido nombrado el Sr. Alméras vicario general de la Congregación, todos quedaron consolados; y la elección de su persona, que todos honraban y estimaban particularmente, templó mucho el dolor que todos sintieron por la incomparable pérdida de su venerable fundador. Se vio pues obligado en esta calidad a aceptar la dirección de la Congregación y a convocar la Asamblea general para la elección de un segundo Superior general. En esto no tuvo poco trabajo que realizar, ya que como era la primera vez que se debían reunir por un asunto tan importante, tuvo que dara los visitadores y a los superiores de las casas todos los avisos necesarios, tanto para las asambleas domésticas como para las de las provincias; lo que hizo con tanto cuidado y previsión, señalándoles hasta las menores circunstancias, que todo sucedió con una paz y una tranquilidad maravillosas. Pero cuando este humilde siervo de Dios se vio elegido Superior general desde el primer escrutinio, se sorprendió y afligió tanto que costó mucho consolarle y hacerle consentir en su elección; los esfuerzos extraordinarios que hizo en esta ocasión para persuadir a los diputados de su incapacidad y de su impotencia para ejercer este pesado cargo, le redujeron a una debilidad tan grande que, no logrando sostenerse, hubo que llevarle a su lecho enseguida.

Esta elección era, de verdad, bien capaz de sorprender y afligir a un hombre que tenía tan bajos sentimientos de sí mismo, y que estaba reducido a una debilidad tal que protestó a la Asamblea que había comulgado ese día en viático con el pensamiento de su muerte cercana. Pero Dios, que por una providencia muy particular sobre la Congregación de la Misión, había resuelto prolongar su vida en cerca de doce años, contra toda su apariencia humana, inspiró en primer lugar al Sr. Vicente a designarle a la misma Compañía como a aquel a quien creía el más digno de este cargo; dispuso luego de tal manera el espíritu de los diputados en la elección  que, prescindiendo del estado presente de sus fuerzas corporales, de las que se hallaba privado casi por completo privado, le dieron sus sufragios.

Sucedió entonces algo digno de notar, y que nos hace ver que esta elección había sido resuelta en el cielo antes de ser cumplida en la tierra: y es que Dios permitió que uno de los más antiguos superiores de entre los diputados se hallara en una perplejidad e irresolución extraordinarias cuando se reunió con los demás para realizar la elección. El motivo de su duda era que, por un lado, el Sr. Vicente ha dejado  en sus Constituciones, entre las cualidades del que debe ser elegido Superior general, la salud y buena constitución del cuerpo: ahora bien, él veía al Sr Alméras desprovisto de ella, y hasta débil, sobre todo de unos meses acá, que no había que esperar que pudiera recobrar la salud y las fuerzas suficientes para la dirección de la Compañía. Y por otra parte consideraba, no sin extrañeza, que este digno Fundador, a pesar del defecto de salud que él conocía en el Sr. Alméras, le había designado él mismo a la Compañía como el más apto para este cargo. «En estas consideraciones pues, dijo, en su declaración, y sopesando el pro y el contra lo mejor que podía, de repente se me dijo interiormente: Pero vamos a ver, ¿es que toda la Iglesia no fue, por elección del cielo, puesta bajo la dirección del gran San Gregorio, y felizmente incrementada y gobernada, siendo como era un hombre lleno de debilidades corporales?  La Compañía es mucho menos que la Iglesia universal. Cuando se trató de escribir mi sufragio, continúa él, pidiendo a Dios de nuevo socorro, levanté mi espíritu al de nuestro muy honorable Padre el Sr. Vicente; y levantando al mismo tiempo los ojos al cielo hasta el fondo del piso, , se me apareció con el sombrero en la cabeza, con su abrigo, rostro grave y seguro, los mismos rasgos y líneas que tenía cuando disfrutaba de una salud perfecta, y no tan mayor  como se le ve en su cuadro; con un toque blanquecino, proveniente de la luz que brotaba de su propio rostro, pero sin rayo alrededor que yo haya podido ver en aquel contorno, diciéndome con una voz distinta e interior: No temas; in me sit ista maledictio, fili mi. Y al mismo tiempo Dios me hizo entrar  por una visión intelectual en el interior del alma de este digno misionero, y se me presentó en una belleza y perfección sin par, y de forma que yo viera que el Sr. Alméras tenía un alma vigorosa, un espíritu activo y apto para el gobierno, en un cuerpo débil. Por eso di mi voto con tanta seguridad como perplejidad había sentido anteriormente».  –Noticias, t. II, p. 142.

Esto es lo que este antiguo sacerdote y superior de una de las casas de la Compañía  ha referido a este propósito, y de lo que ha dado declaración fiel escrita y firmada de su mano, hecho seguramente digno de creer, no sólo por la calidad de quien lo ha certificado, sino también por todas las circunstancias del tiempo, del lugar y del modo como pasó todo, como se verá con facilidad si se le presta un rato de reflexión.

Pero aunque Dios no hubiera dado señales  de su voluntad en la elección del Sr. Alméras al oficio de Superior general, las bendiciones abundantes con las que le ha favorecido posteriormente en el ejercicio de este cargo, por el gran número de obras buenas que le ha hecho ejecutar para la perfección y afianzamiento de la Congregación, y por la excelentes cualidades que se han visto en su dirección serían pruebas más que suficientes de esta verdad.

Reflejaremos aquí algunos hechos tal como han sido redactados por los que los han conocido en particular. Pero antes de entrar en este detalle, es conveniente considerar los principios y fundamentos de la dirección de este digno superior. Podemos conocerlos por los sentimientos que tenía de la superioridad. Así es como escribía a una de sus hermanas, muy digna religiosa de la Visitación, en su caridad fraterna, que acababa de ser elegida al oficio de superiora de su comunidad: «He sabido estos días pasados que os han elegido superiora. Me felicito por vuestra comunidad, tanto porque ella misma se alegra como porque vuestra dirección le será, Dios mediante, muy útil, como lo ha sido las otras veces que habéis tenido este cargo. Digo que me alegro por vuestra comunidad, pero en cuanto a vos, querida hermana, no puedo deciros lo mismo, por causa del peligro que se encuentra en toda clase de elevación, según estas palabras de Nuestro Señor: «Que el que parece grande y elevado es abominable ante Dios»;  las había leído quince días antes de enterarme  de esta noticia, y me detuve en ello un poco para sacarle el sentido, como tengo costumbre de hacerlo todas las veces que las leo, porque me impresionan. Recuerdo que el día de vuestra elección, encontré en un capítulo de la Sabiduría que leía estas otras palabras espantosas: «Que los superiores serán juzgados con un juicio muy duro y riguroso», y ello porque estando encargados de los demás, deben responder por ellos si no los han llevado a la virtud y a la perfección que Dios pedía de ellos según su condición. Tengo pues más motivos de afligirme que de alegrarme por vuestro estado presente, no sólo por la razones ya dichas, sino también por ser un estado de preocupaciones para vos que debéis ser la sirviente de las demás, ya que Nuestro Señor ha dicho que no había venido a ser servido sino a servir, y que el que quería ser el más grande debía ser el más pequeño. En efecto, los superiores son los sirvientes de los demás, si quieren cumplir con sus deberes.  Además, sois mirada de más cerca, y vuestras acciones son más examinadas, estáis obligada a alumbrar a las demás y a calentarlas con vuestras palabras y ejemplos; y así, viéndonos expuesta a los ojos de todos, estáis en un esfuerzo continuo. Pero también, querida hermana, hallándoos en una feliz necesidad  de velar más sobre vos misma tanto como sobre las demás que os están encomendadas tendréis más a menudo recurso a Dios y más unión a Nuestro Señor, que será vuestra fuerza y vuestra virtud. El mérito del bien que vuestras hijas tengan os será atribuido a vos, y no tendréis la tristeza de ir al cielo sola, sino la felicidad de conducirlas a todas con vos. La experiencia del pasado me hace esperar la misma bendición del cielo sobre vuestra persona y sobre vuestros empleos. Con este objeto uniré gustoso mis oraciones a las vuestras. Os suplico también que me encomendéis a nuestro buen Dios en quien soy, etc.»

El Sr. Alméras sintiéndose pues iluminada por estas luces de la fe y penetrado por estas terribles verdades, no miraba  de su oficio de Superior general más que las grandes obligaciones  que van unidas y la cuenta exacta que debía dar a Dios por toda su dirección, es lo que le tenía en una continua atención y vigilancia a todos sus deberes de su cargo. Que cumplía con la misma fidelidad y la misma constancia en las ocasiones difíciles y molestas como en las fáciles y agradables.

Lo principal que se propuso en su papel de guía fue conservar, con la ayuda de Dios, en la Congregación el mismo espíritu que Dios le había dado por su venerable fundador, el Sr. Vicente y mantenerla a este efecto en la santa observancia de las reglas y de las prácticas que él había establecido. Ha mostrado con su gran firmeza en rehusar a las personas externas de la más alta calidad todo lo que hubiera podido  algún perjuicio a la perfección del instituto. En este sentido también, fue inflexible a las peticiones apremiantes que muchas personas de condición y de piedad que deseaban establecer su morada en la casa de San Lázaro o en algunas otras casas de la Compañía, en lo cual no tenía preferencias  ni a las ofertas considerables que se hacían  a favor de las mismas casas, ni al daño temporal que esta negación podía atraerles. Ha negado también, por el mismo principio,  a muchos monasterios de religiosas los socorros y los servicios espirituales, por no estar conformes al Instituto de los Misioneros. En semejantes casos, preveía hasta las menores consecuencias que habrían podido ser  perjudiciales al buen orden de su Compañía; es lo que entre otros uno de sus sacerdotes experimentó, no sin sorpresa, en la ocasión siguiente. Habiendo sido enviado a otra provincia por este sabio superior, para tratar con un obispo de la condiciones de una fundación de los misioneros que deseaba hacer en su diócesis, dejó pasa una  que iba indirectamente contra el uso de la Misión; y como no le parecía tan importante, hizo esperar a este prelado hasta que volviera a París y obtuviera  el consentimiento del Sr. Alméras. Pero se vio sorprendido cuando, al hacerle la propuesta, le encontró inflexible en la opinión contra la suya, y más aún cuando le obligó a regresar a la provincia donde estaba este obispo para anunciarle que estaban dispuestos a renunciar antes a la fundación propuesta que aceptarla con una cláusula que podría perturbar el buen nombre de la congregación en aquel lugar; lo que aprobado por el prelado, él suprimió esta condición y llevó a cabo la fundación que ha rendido y rinde todavía, por la gracia de Dios, servicios muy útiles a la diócesis.

No se contentó con alejar así de la Congregación todas las ocasiones exteriores de relajación, se dedicó también con un cuidado particular  suprimir las que podrían nacer  por debilidad de la naturaleza  y por la inclinación que tiene de por sí al desorden. Por ello ha hecho la costumbre de las visitas  de las casas más frecuente aún y con más orden del usado de lo que había sido hasta entonces. Así decía que por el medio de las visitas las casas se recuperan de sus defectos y desempeñan con más exactitud sus obligaciones, lo mismo que por los retiros espirituales cada particular pone remedio  a sus propias faltas y toma más fuerzas para avanzar en el camino de la virtud. Añadía que mientras estos dos medios se observaran en la Congregación se la vería prosperar.

Ha dado a su Congregación otros dos medios muy propios para despertar en ella el fervor del espíritu primitivo de su institución. El primero es la historia de la vida y de las santas obras de su venerable fundador, cuyas memorias ha hecho redactar con gran cuidado, para que el espíritu, las máximas y las virtudes de este digno padre de los Misioneros fuesen sencillamente representadas en el libro de su vida, como en efecto han sido fielmente expresadas  por un prelado muy ilustre y muy  virtuoso, Abelly, obispo de Rodez; de manera que se puede decir con verdad que esta obra no propone solamente a los lectores un modelo cumplido de las virtudes propias de los misioneros, sino que inspira también por la unción interior del espíritu de dios los sentimientos y afectos de que este venerable fundador estaba santamente animado.

El otro medio del que se sirvió útilmente para el plan ha sido la costumbre de las cartas y memorias circulares que ha enviado de vez en cuando a las casas de la Congregación, para renovar en ellas la exacta observancia de ciertas reglas y prácticas que tienen que ver con  la perfección del Instituto o el ejercicio de sus funciones, cuando preveía o temía la decadencia. Entre estas memorias,  hay una particularmente excelente, que ha elaborado  según los deseos y los sentimientos de la última Asamblea general. Contiene doce medios principales para conservar siempre en su vigor el espíritu primitivo de la Congregación, para que todos, teniéndolos a menudo a la vista, se puedan servir de ellos en las ocasiones como de remedios muy eficaces contra la relajación.

Como la perfección de las casas así como de los particulares que las componen dependen en particular de la buena dirección de los superiores  y oficiales, se entregó con gran cuidado a repasar la reglas de todos los oficios principales con las Constituciones generales de la Congregación. Habiendo mandado redactar estas reglasen el buen orden en que están ahora, las ha hecho adoptar y confirmar por la Asamblea general que convocó para este efecto, y luego ha obtenido de la Santa Sede todo lo que era necesario para el fortalecimiento y la entera perfección de la Congregación. De suerte que, como él mismo se lo escribió a las casas de la Compañía, no queda nada por hacer para el cumplimiento del Instituto de los Misioneros, y ellos no tienen nada que temer, ni de dentro ni de fuera, con tal que sean fieles a la práctica de sus reglas y al ejercicio de sus funciones.

No hablamos aquí de muchas fundaciones  de la misma Compañía que han sido hechas bajo su dirección desde la muerte del Sr. Vicente, ni de cantidad de otras cosas que ha hecho para la perfección  de todo el cuerpo en general, y de cada miembro en particular, sea para con Dios, por las santas ceremonias de la Iglesia, cuyo Manual muy exacto ha hecho componer, para mantener la decencia y la uniformidad del culto divino en todas sus casas bien para los hombres por el decoro y modestia cristiana y civil, con lo que ha mandado recoger en un opúsculo las principales reglas como un medio muy conveniente a los Misioneros para atraer a los hombres, ejemplos vivos, a la virtud. Omitiremos también el gran cuidado que se tomó en instruir y en animar a los superiores y a los inferiores de la Compañía, a los que estaban ausentes con un gran número de cartas con las que se podrían formar  varios volúmenes, y a  los que estaban presentes de viva voz, en todas las ocasiones que se presentaron. Además, la última Asamblea general le había dejado la decisión de varios puntos importantes; él dio las soluciones con mucha luz y solidez, y se las comunicó luego a todas las casas de la Compañía. Así que hay motivos para admirar que un hombre que estaba tan débil haya podido hacer y regular tantas cosas, y se puede decir con razón que habiendo así, por un auxilio particular de Dios, aumentado el número de las fundaciones de la Congregación, más aun habiendo consolidado y perfeccionado todo el cuerpo, debe ser considerado como el segundo padre fundador.

Capítulo V

Cualidades de su conducta

La dirección del Sr. Alméras no sólo ha sido notable por el gran número de santas obras que ha hecho para consolidar la Compañía en su primer espíritu y para hacerla llegar a la perfección de su Instituto, sino también por las excelentes cualidades de que iba acompañada, y que le han atraído el amor y el respeto de sus inferiores. Se veía en él en efecto relampaguear una gran sencillez y pureza de intención que le hacían únicamente buscar en todo la gloria de Dios y el cumplimiento de sus santísima voluntad; una humilde desconfianza de sí mismo unida a una perfecta confianza en Dios; una vigilancia,  una exactitud y una firmeza, una prudencia, una dulzura y una caridad que nunca quedaron desmentidas. Como haremos luego algunas observaciones particulares sobre la mayor parte de estas virtudes, diremos aquí solamente algo en general de su caridad paternal, de su exacta vigilancia y de su prudencia verdaderamente cristiana, que son las tres principales cualidades de un gobierno.

Su bondad y su caridad se han visto singularmente en la acogida afable y graciosa que hacía a todos sus inferiores hasta los menores hermanos de su casa, y en la paciencia con la que escuchaba a todo el mundo, como si no tuviera otra cosa que hacer, y hubiera gozado de una perfecta salud, aunque siempre estuvo ocupado y con grandes y continuos sufrimientos, él mostraba este mismo amor para con sus inferiores en todas las ocasiones con algunas atenciones; concedía con gusto y de buen grado todo lo que no era contrario a la regla de la casa, y a menudo más de lo que se le pedía; proveía sin dilación a las necesidades de cada uno al conocerlas y las preveía incluso, recomendando a los obreros celosos la moderación en el trabajo y el cuidado razonable de su salud, exponiendo humildemente a los prelados, cuando no dejaban descanso a los misioneros que los hombres no están hechos de hierro, que el exceso en el trabajo arruina en poco tiempo, y que los buenos operarios siendo tan pocos en número deben ser atendidos, a fin de que puedan continuar sus trabajos en el servicio de Dios. Ordenaba a los superiores que se mostraran liberales para con sus inferiores, y que se cuidaran de que tuvieran honradamente, según la regla, lo que se requería para la alimentación y la ropa, más que menos, a fin, decía él, de que entre los siervos de Dios no hubiera ningún motivo de queja o de murmuración. Y por miedo a que los superiores faltasen en satisfacer por completo su intención en este punto, recomendó en una memoria particular a los Visitadores, que advirtieran nuevamente a todos los superiores  de su Provincia que no fueran tacaños sino que dieran  de buena gana a todo el mundo las cosas que necesitaba. Habiéndose enterado de que en una casa de la Compañía se había descuidado proveer a las necesidades de los hermanos no dándoles las ropas necesarias, mandó al punto al superior que hiciera comprar, sin demora alguna, tela para vestir a todos los que lo necesitaran, y quiso también ser informado de la ejecución de esta orden, como lo exigía en ocasiones semejantes. Añadió en la misma memoria otro aviso no menos caritativo e importante que el anterior, para ser comunicado a todos los superiores en todas las casas de la Compañía, a saber: Que se tuviera mucho cuidado de los enfermos, fueran sacerdotes o hermanos, y que si los demás estaban demasiado ocupados en sus oficios para prestarles las asistencias necesarias, se contratara  a algunos buenos servidores de fuera, que se quedaran junto a ellos día y noche para servirles y asistirlos.

Como sentía horror por la sequedad y la dureza de corazón en los superiores y demás oficiales que están obligados a mirar por las necesidades de sus hermanos, así no podía soportar que empleasen para con ellos amenazas, insultos o términos demasiado terminantes, como hace la gente del mundo de ordinario con sus servidores; y aunque mantuviera  cuidadosamente la autoridad de los superiores para con los inferiores y obligara a éstos a una entera sumisión, en la presencia de Dios a quien los superiores representan, quería no obstante que éstos tratasen a todos su inferiores, incluso a los menores, con amor, como a sus propios hermanos y como a miembros que componen un mismo cuerpo con ellos. Es lo que él mismo practicaba muy perfectamente, observando a la letra las palabras de san Pedro (I, 5); es también uno de los principales avisos que enviaba a los Visitadores  para recomendárselo cuidadosamente a todos los superiores y a los asistentes de las casas. Traeremos algunos ejemplos de esta bondad y de esta caridad paternal en uno de los capítulos siguientes, donde hablaremos de esta excelente virtud.

Concedía, como hemos visto, un gran cuidado en proveer a las necesidades del cuerpo de todos sus inferiores, pero se cuidaba sin comparación mucho más de las de sus almas: lo demostraba en particular  en sus correcciones paternales, que procedían todas de una gran caridad, si atendemos al fin que no era otro, que la perfección de los que estaban bajo su dirección, o si miramos el modo igualmente dulce con el que sazonaba todos sus avisos. En este espíritu no dejaba ningún desorden sin remedio, empleando a este efecto las oraciones, las mortificaciones y otras buenas obras. Añadiendo luego sus correcciones y exhortaciones a las que de ordinario Dios daba buenos efectos.

Su caridad no sólo ponía remedio a las faltas contra las virtudes cristianas o contra las reglas y las prácticas de su Congregación, trataba de recortar también aquellas en las que se cae por inadvertencia, e incluso los defectos naturales que se pueden evitar mediante una atención particular sobre sí mismo. Por eso es que, desde sus grandes debilidades no le permitían ya celebrar la santa misa, advertía cuidadosamente a los sacerdotes cuya misa oía de las faltas más ligeras que les había visto cometer contra las rúbricas; y como las conocía bien, hacía notar, incluso a los más exactos y experimentados fallos de los que no se habían dado cuenta. Si veía luego que alguno se olvidaba de corregirse, le hacía repetir para recordarlo mejor. Practicaba también con frecuencia la misma caridad con los clérigos que ayudaban a misa enseñándoles él mismo algunas ceremonias que ignoraban. Avisaba también de las más pequeñas inmodestias y demás defectos contra el decoro y la honestidad que se debe guardar en público en la vida civil, no teniendo por indignas del cuidado paternal  de un Superior general ninguna de estas cosas, pues podía contribuir a la perfección de sus hijos y a la edificación  que deben al prójimo. Pero, aunque su caridad le llevara a menudo a avisar a sus inferiores, lo hacía sin embargo tan oportunamente y con tanta dulzura y humildad, alegaba razones tan evidentes, que esto los animaba y daba fuerzas en lugar de abatirlos, y aumentaba incluso su confianza en un padre tan bueno, a quien veían así redoblar  sus cuidados para el adelanto espiritual de ellos.

La segunda cualidad que ha brillado de forma particular en su dirección es su vigilancia y la exactitud extraordinaria que observaba en todas las cosas y que exigía a todos sus inferiores. Se había entregado, desde su entrada en la Congregación, a todas las reglas y santas prácticas  que se observan con una fidelidad y una puntualidad tan grandes,  que se había hecho en el como algo natural por la fuerza de la costumbre que había contraído. En efecto, se ha advertido que era tan exacto y tan fiel en los trabajos y ejercicios de las misiones como en la vida ordinaria y tranquila de la casa. Desde que fue superior general  y ocupado en este cargo en los más importantes asuntos de la Congregación, no disminuyó nada por ello de su vigilancia y de su atención particular a las menores prácticas de la casa y hasta del seminario;  ya que como poseía perfectamente todos los diversos reglamentos de los oficios domésticos y de los empleos de la Congregación, se daba cuenta de los menores fallos que se cometían en ellos, y su celo le llevaba a querer saber la causa para ponerles remedio. Es lo que ha hecho en una infinidad de ocasiones, y eso hasta los últimos días de su vida, como cuando no se llamaba a la hora acostumbrada algún ejercicio de la casa,  del seminario o de la ordenación, o que veía a algún seminarista barrer fuera del tiempo destinado a este oficio, y en cantidad de otras ocasiones parecidas; cuanto más pequeñas son estas circunstancias, más hacen ver su gran exactitud en todo. Practicaba también con frecuencia esta vigilancia en los encargos que daba a los suyos, por muy experimentados que fuesen; por ejemplo, si les ordenaba ir a la ciudad para hablar a alguien, les indicaba la hora en que debían salir, ni antes ni después, a fin de no perder la ocasión de encontrar a las personas; les señalaba con claridad todo lo que tenían que decir, desde principio a fin, con las respuestas a las preguntas o réplicas que preveía que les podían hacer, y al regreso no dejaba de haberles dar cuenta de todo lo que habían dicho; y si habían  olvidado algo  de lo que les había mandado, les recomendaba ser en otra ocasión más exactos en cumplir recados semejantes. Mostraba la misma exactitud  con respecto al que empleaba en escribir las cartas; pues, aunque tuviera una experiencia de más de veinticinco años en este empleo que él había ejercido bajo el Sr. Vicente, él no le dejaba sin embargo añadir una apostilla de dos o tres líneas sin verla con anterioridad.

Una de las prácticas más excelentes de la exactitud consiste en  programar bien y regular bien el tiempo para sí y para los demás: cosa que el Sr. Almerás ha tenido siempre en cuenta. Estaba continuamente ocupado de la mañana a la tarde bien con Dios en oración, bien en dictar cartas, bien en hablar a los de casa o a los externos, bien en alguna otra función de su cargo. No obstante organizaba tan bien todas las horas y todos los momentos del día en las ocupaciones, que lo cumplía todo sin dejarse agobiar ni sobrecargar de varios asuntos a la vez, y sin hacer perder el tiempo a los que deseaban hablarle, porque él destinaba a cada cosa el tiempo que era neceario, y hacía saber a las personas de la casa la hora precisa en la que les debía hablar sucesivamente. Cuando iba de su habitación a otros lugares de la casa donde debía detenerse, no dejaba, mientras sus fuerzas se lo permitieron, de ir él mismo a decir al portero  en qué lugar estaría, recomendándole al mismo tiempo que avisara a su ayudante, para que no se perdiera tiempo en buscarle; y cuando vio no poder hacerlo ya por sí mismo, pidió a alguien que lo hiciera por él. Ya vemos hasta dónde llegaba la exactitud de este digno Superior general; y como estaba convencido de su importancia, la recomendaba a menudo, sobre todo a los oficiales de la casa, y en particular al director del seminario,  a causa del gran número de personas que tienen con frecuencia asuntos con él.

La tercera cualidad de su dirección ha sido una prudencia muy cristiana y del todo fundada en las máximas del Evangelio. Desde el momento de ser nombrado Superior general, entre otras reglas de su dirección tomó ésta, que puso por escrito para recordarla mejor: mirar a la Compañía como cosa perteneciente a Dios, quien la gobierna con su Providencia paternal, y así de pedir le provea a todas sus necesidades y de dejarle hacer, abandonándose a él como un simple instrumento para seguirle sin jamás adelantarse. Es esta gran máxima verdaderamente evangélica la que ha servido de fundamento a todos sus piadosos designios y a sus santas empresas. Ya que, si se quiere reflexionar sobre las obras importantes que ha hecho para la perfección y afianzamiento de su Congregación se verá que muchas se han hecho sin ninguna premeditación por su parte y solamente por alguna ocasión  de la que Dios se servía para obligarle a dedicarse a ella. Lo que nos hace ver en esto el cuidado particular de la Providencia divina sobre la dirección de su servidor, es que estas mismas ocasiones eran con frecuencia, según las apariencias humanas, todas contrarias a los buenos efectos que luego resultaban, como lo ha demostrado la experiencia y como él mismo lo ha dicho expresamente en algunas de las cartas circulares que ha enviado a las casas de la Compañía, para invitarlas a agradecer a Dios en la oración. En cuanto a las otras obras que ha emprendido para el bien de la Congregación sin que se sepa tan claramente la ocasión y las circunstancias, es cierto que no se ha determinado a ello hasta consultar a Dios en la oración, y  seguir los consejos de las personas destinadas a ayudarle con sus consejos. Cuando el asunto era de consecuencia, rogaba a Dios mucho, se lo encomendaba a las oraciones de los demás, y hacía celebrar varias misas antes de resolverse a emprenderlo. De ahí venía sin duda esa protección y asistencia de Dios que se puede reconocer fácilmente en todas sus empresas; lo que le hacía decir a veces, con un gran sentimiento de gratitud para con la divina bondad y una humilde desconfianza de sí mismo: «Es Dios quien dirige la Compañía, y no yo; es él quien lo hace todo, y cuando yo dejo de rogarle todo se va».

Se puede reconocer también su gran prudencia por el justo temperamento de la dulzura y de la firmeza que ha conservado siempre en su dirección, como lo hemos expresado antes al hablar de estas dos excelentes cualidades, de las que depende todo el éxito de un buen gobierno. El principal medio de que se sirvió para ello, después de la oración y de su confianza en Dios, era entregarse con seriedad a ganarse los corazones de sus inferiores para llevarlos luego con mayor facilidad a Dios y a todas las cosas de su deber; tenía para atraerlos una gracia muy particular, pues sabía por dónde había que acercarse a ellos, y trataba a cada uno según sus disposiciones; daba un giro tan justo a su discurso y a sus cartas que nadie podía razonablemente  recibirlas en mal sentido. Su acercamiento era tan gracioso y tan encantador que no se podía tratar con él por poco que fuera sin sentir respeto y amor por su persona; y habría que ser de un carácter muy arisco para no entregarse a la fuerza de su dulzura y de su caridad. De donde procedía que habiéndose ganado así el corazón de sus inferiores, disponía de ellos de ordinario como quería para el servicio de Dios sin ninguna resistencia. Es lo que él declaró un día a una persona de confianza, diciéndole con ocasión de un espíritu muy difícil de manejar: «Si puedo una vez meter la llave en su cerradura, espero, Dios mediante, que lo conseguiré». Y es lo que pasó efectivamente, habiendo hecho girar los resortes de este espíritu tenso a delicado como él lo quería.

Como sucede a veces que los espíritus difíciles y descontentos no se hallan en estado de aprovecharse de los consejos que les dan, este sabio superior prestaba a esto una atención particular; en ese caso él no aplicaba desde un principio el remedio al mal, sino que esperaba por lo general  a que Dios hubiera dispuesto los corazones por algún sentimiento de humildad. Para hacer entender mejor esta práctica tan útil para los que tienen la dirección de los otros, la traeremos aquí en los términos mismos que la propuso un día al director del seminario interno de la Congregación: «Cuando alguno, le dijo, viene a presentarme alguna queja o a descargar su corazón por las penas que siente, tengo por máxima observar en su rostro o en sus palabras si no descubriré en ello nada de orgullo. Cuando lo descubro, le dejo hablar, y durante ese tiempo, me humillo delante de Dios por él, reconociendo que yo no puedo nada. Después que ha terminado, le digo: «Señor, o Hermano, yo no os puedo decir nada ahora, y os ruego que volváis a tal hora»; y le despido así varias veces hasta que le vea humillado, con tal que el próximo no sufra con ello ni pena ni escándalo, ya que entonces le pongo remedio lo antes que puedo. Mientras tanto, pido a dios no obstante que ilumine su ceguera, y le toque el corazón; ya que, ay, todo lo que podemos hacer y todas nuestras palabras no son capaces de cambiar los corazones si Dios no les da su santa bendición». Esto es lo que hacía este superior iluminado y lo que aconsejaba hacer a los otros en semejantes ocasiones.

Otro efecto particular de su prudencia era prever de lejos todo lo que había que hacer y echar mano pronto de los medios convenientes para cubrir los empleos y las obligaciones de la casa donde residía y las necesidades de toda su Congregación, previniendo así prudentemente la multitud y el lío de los asuntos, y evitando la urgencia y la confusión que causan de ordinario. Algunos meses antes de comenzar el ejercicio de las misiones, se adelantaba en los diversos lugares donde debía ir a trabajar en el transcurso del año, y las personas, tanto de su Congregación como de fuera, que podían ser empleados en ellas; lo mismo hacía para los ejercicios de los ordenandos, cuidando asegurarse mucho antes de las personas externas a quienes  se podía rogar que tuvieran las charlas, y fijando a aquellos de la Compañía que se encargarían del mismo empleo. Preparaba también casi siempre los comunicados dos o tres días antes de la salida de los correos, y preveía igualmente la ejecución de las cosas que había resuelto. Con esta sabia dirección conservaba con facilidad la paz y la tranquilidad de su corazón en medio de sus grandes y continuas ocupaciones, y aliviaba maravillosamente a los que trabajaban bajo su mando.

Se podría referir aquí otros varios efectos de su prudente dirección; se podría hacer ver también la estima que varias personas, incluso elevadas  altas dignidades eclesiásticas, han testificado en las cartas que le han escrito de diversos lugares para recibir sus consejos sobre asuntos importantes para la gloria de Dios. Mas para no exceder los límites de un compendio, resumiremos las cualidades de su dirección mencionando la más importante de todas, y la que  ha sido principalmente su fuerza y eficacia, a saber el buen ejemplo que ha dado siempre a los suyos. Realizaba así la verdadera idea de un perfecto superior, tal y como se la propuso desde un comienzo, y tal como se la ha encontrado escrita de su puño y letra en estos términos «El principal oficio de un superior es representar bien a Nuestro Señor a sus inferiores, para enseñarles la virtud con sus ejemplos». Veremos en los capítulos siguientes cómo ha expresado fielmente en sí mismo por sus actos virtuosos esta excelente idea de un verdadero superior, por una continua imitación de Nuestro Señor; de modo que ha podido decir con verdad a todos sus inferiores lo que el apóstol san Pablo decía a los primeros cristianos: imitatores mei estote, sicut et ego Christi.

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