19 de enero de 18201
Padre y muy querido hermano,2
La gracia de Nuestro Señor esté siempre con nosotros.
Aprovecho con gozo la ocasión de renovarme en su amistad, porque la primera vez que le vi [en Macao], su conversación me agradó mucho, y experimentaba un gran placer cuando venía a visitarme en la especie de prisión donde me hallaba encerrado. Yo habría deseado poder ir a verle también y devolverle la visita; pero como no se me permitía poner el pie fuera, quedaba reducido, en su ausencia, a sentir en el alma no podernos ver. Desde entonces no le he olvidado nunca, y me he preocupado siempre de pedir noticias suyas cuando he visto a alguien que venía de Babilonia, y no le he escrito antes por temor a importunarle con cartas inútiles. Hoy la necesidad me obliga a escribirle, y me alegro de ello, pues este deber es agradable a mi corazón. Habiendo sido arrestado en la provincia de Ho-nan y conducido luego a la de Hu-pé, manifesté al mandarín que había tenido algo de relación con el Padre Lamiot. Lo que se convirtió en un gran peligro para él y en una gran amenaza de ruina para la iglesia de Pe-tang. Y usted, al ver al Padre Lamiot adelantarse al combate sin armas, envió en su auxilio a hombres experimentados y dinero: son en efecto las únicas armas con las que se pueda combatir al Goliat de esta nación. Yo no sabría estarle lo bastante agradecido por haber logrado de los mandarines, con la ayuda de Dios, y sus cuidados y esfuerzos, una solución favorable de este desgraciado asunto, y hecho declarar al Padre Lamiot inocente del crimen que se le imputaba; de suerte que nada se opone a su regreso a Pekín. Melitón le contará cómo sucedieron las cosas.
Con gran angustia me entero de que el Padre Lamiot no está bien avenido con usted ni con nuestros hermanos de Congregación, por eso, yo que soy muy viejo y voy hacia la muerte, le escribo para obligarle a hacer desaparecer toda semilla de discordia y conservar con todos ustedes esa paz que sobrepasa todo sentimiento, y les pido que usen de su prudencia, la que me es bien conocida, para hacer revivir entre las dos iglesias hermanas, la de Nan-tang y la de Pe-tang, esa concordia que está fundada en la caridad y que las unía bajo los Padres Raux y Ghislain.
Soy con un profundo respeto y un corazón entregado, Padre, su muy humilde y muy obediente servidor, Clet, i. s. d. l. M.