17 de noviembre de 18091
Padre y muy querido hermano,
Esta carta no le llegará por el correo de quien yo he recibido la de usted; me he servido de él para otro viaje más largo y más interesante: ha salido hoy con Tchao-qoang-tsai para la capital de Sze-tchuen a buscar y traer aquí al Padre Dumazel, que debe llegar a la misma ciudad hacia primeros de enero. Les he dado 100 taéls para el camino y si el buen Dios bendice este viaje, este querido hermano de comunidad tan deseado llegará aquí en el mes de marzo…
Nuestro catequista Qon no está tan cerca de la muerte como usted cree. El médico Gai estima la enfermedad incurable, pero otros médicos no desesperan del todo. Ahora está tomando remedios que algo hacen. Sigue todavía en pie, y si no se cura, su enfermedad va para largo, y espero que a su regreso le encuentre todavía con vida…
Al día siguiente mismo de recibir la carta de usted que nos anunciaba la muerte de Yuen-fang-yu, el Padre Ho y yo celebramos una misa de Réquiem por el descanso de su alma: dé las gracias en mi nombre a los cristianos que han tenido a bien sufragar los gastos de su sepultura. Como su salario es de 4.000 sapecas al año, se le deben casi seis meses: si no ha recibido lo que se le debía, dígamelo y yo se lo entregaré a su hijo.
Yuen-Qoe-ping ha vuelto de Pekín con su hermano pequeño que nuestros Padres despiden, porque no parece tener vocación.
Una buena noticia que me llega de la capital sobre el misionero exiliado hace 4 años por el emperador: ha sido liberado de su prisión, y tiene permiso para volver a Pekín.2 Los Padres Ghislain y Lamiot que no tienen tiempo de escribir, me encargan que le salude amigablemente de su parte.
Le envío lo que me pide por cartas o de viva voz, a saber: 1° una cadena de reloj; 2° ungüento; 3° pastillitas rojas; 4° yen-yo (ungüento para los ojos). No recuerdo que pidiera usted algo más.
Me pregunta si los días festivos obligatorios para el pueblo está obligado el misionero a aplicar la misa por su rebaño, o puede aplicarla por las personas que dan honorarios. Respondo que, no siendo párrocos, no hay obligación estricta de celebrar la misa por los cristianos. Sin embargo es conveniente aplicársela cuando están obligados a oírla, y yo acostumbro a hacerlo.
Parece usted haber olvidado el modo de dar cuenta a Mons. el Vicario Apostólico de los frutos espirituales de nuestra administración, pues ya dos veces no me da a mí de ellos más que una nota general. Le pido que se esfuerce un poco por darme una nota según el modelo que le mando; espero que se atenga a esta costumbre y al ruego que le hago de acomodarse a ella como los demás y según la práctica de todos los vicariatos de China.
Ya resolví en otra carta el caso del catecúmeno, muerto casi inmediatamente después de ser bautizado; lo repito, en caso de necesidad, que puede sin escrúpulo recibir misas por él, porque es muy posible que se haya llevado al otro mundo pecados veniales que no han sido detestados y por consiguiente perdonados.
El Padre Ho, el hermano Uang y el enfermo Qon le saludan y presentan sus respetos. A ellos me uno yo para asegurarle la dedicación y amistad sincera con las que soy…
P.S. En cuanto a la tierra de Y-hoa-qoei, la venta que se había hecho a un cristiano de Mo-pan-keú, ha sido anulada. Así esta tierra está todavía en venta, y es peligroso que se venda a un pagano con gran perjuicio del distrito de Tcha-yuen-keú, a causa de la vecindad de Ching-mutang. Sería muy de desear que las familias Uang, Uei, Liéu etc., concurriesen juntas por caridad a esta compra, aun pagando un precio por encima del justo valor. Pero el médico Gai y Uang-fan-qoei no se atreven por sí mismos a determinar el precio, por miedo de que aparezca exorbitante a los compradores y dé lugar a sus quejas. Con lo que este asunto no concluirá, si uno o dos de los compradores no bajan a Tcha-yuen-keú para ver y determinar la cosa por sí mismos, y tener así todo el mérito ante Dios, sin poder quejarse de nadie.
Le pido no deje de encomendar a Dios el feliz éxito del viaje del Padre Dumazel, y lo encomiende a las oraciones de los cristianos. Tampoco se olvide de mí, que he cometido la necedad de construir una casa en frente de la antigua. Emprendí esta edificación instigado por los cristianos. Y no me arrepentí de este intento hasta que ya era demasiado tarde para remediarlo. Sólo proyectaba edificar una cocina, pero me dijeron que todavía podía durar varios años, y entonces construimos una casa que encontrará habitable a su regreso.
- CARTA 44. Casa Madre, original (Baros n. 37).
- Este misionero era el Padre Adeodato de San Agustín, nacido en Nápoles en 1760. Entró en los Agustinos Reformados de Roma y, una vez ordenado, se ofreció a Propaganda Fide para ir a China. Llegó a Pekín en noviembre de 1785 y se adscribió a la corte en calidad de relojero. En 1805 se interceptó una carta suya, que iba de China a Roma, la cual valió a su autor la persecución en Pekín y el destierro a Yehol. El emperador le permitió volver a Pekín en 1809. En 1811, con los demás misioneros, dejó Si-t’ang y fue devuelto a Macao; de aquí fue a Manila, adonde llegó el 22 de julio de 1814, y donde murió el 29 de enero de 1821 (Cfr J. De Moidrey, S.J., Confesseurs…, pp. 61-62).







