Régis Clet, Carta 29: A Pablo Song, C.M.

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Francisco Régis CletLeave a Comment

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Autor: Francisco Régis Clet .
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Kao-kiao-kéu, 19 de noviembre de 18071

Padre y muy querido hermano,

Comienzo dándole las gracias por el envío de los objetos que le pedía, a saber, tabaco, triaca y el antiguo catálogo del Fang-hien. Tam­bién he recibido de usted 1° un breviario, cuya necesidad inmediata no preví hasta después de marchar el portador de la carta; 2° una pelliza que le devuelvo agradeciendo su generosidad, 1) porque no es justo despojarse usted para revestirme yo; 2) porque no me gustan las ropas de piel; por eso no quise aprovechar la buena ocasión que tuve en Yuin­suy-hien de comprarme un traje de piel más barato que en Cu-tching. He recibido, 3°, calendarios; 4°, una pipa que me dicen me manda el Padre Tchang, pero que él no menciona en su carta; 5° unas gafas que usaré en caso de que rompa o pierda las que uso al presente.

Me dice que le exijo consultarme con respecto a las compras de provisiones para nuestra casa: permítame decirle que, en este punto, no captó el sentido de mi carta. Me encuentro demasiado lejos para pre­tender que no haga nada sobre las compras sin consultarme. Hay sólo un punto sobre el que me habría usted complacido consultándome; y es la admisión en nuestra casa de Javier Siu, que muy pronto estará fuera de combate, y cuya entrada, según usted dice y yo había previs­to, ha sido ocasión de muchas envidias

No tengo a nadie que sustituya al Leú-lao-san (Lieú el tercer hijo). En cuanto a los gusanos que han roído nuestro Kiao-me (trigo more­no), debo decirle que es un mal epidémico de este grano. En He-tan­kéu, en Yao-ping, y yo no sé a cuántos centenares de ly, pasa lo mismo y en ninguna parte he visto a nadie que se moleste en recoger los gusa­nos que han echado a perder sus cosechas.

Me parece que habría usted obrado bien no recibiendo el mal dine­ro que Liéu-tchao le ha devuelto por mano de Tchao-kuang-tsai, que junto con Liéu My-ky había sido el intermediario de este préstamo, al que me avine a regañadientes, para el arreglo del matrimonio de la hija de Hiang con el hijo de Hu, asunto que hasta ahora sólo ha causado escándalo. Al prestar este dinero (que era muy bueno), yo exigí de los intermediarios que me fuera devuelto, si no se cerraba el trato.

Ha leído, creo, la carta del Padre Tchang, lo que estoy muy lejos de desaprobar: sabe, pues cómo pide que el Cong Pablo vaya a reunírse­le en Kiang-sy. No veo dificultad alguna en concedérselo, si el dicho Pablo consiente. Pero enviarle con las manos vacías y sin dinero me parece ridículo. Por una parte el Padre Tchang necesita dinero, el Padre Ly pide su pensión de dos o tres años; además, si perdemos la ocasión de que viaje Pablo Cong, nos será luego muy difícil encontrar una oca­sión favorable para Kiang-sy. Lo primero que preguntarán a Pablo Cong los Padres Ly y Tchang es: ¿Nos traes dinero? Si llega con las manos vacías, no quedarán contentos. De ahí que me parezca preferi­ble el que, a primeros de la undécima luna, enviemos correos a la capi­tal, si en el término de la décima no recibimos noticias del Padre Ghis­lain. A ver qué piensa. Si es usted de esta opinión, le ruego me lo escriba, para que yo pueda escribir mis cartas en el distrito donde estoy. En caso de opinión contraria, esperaré a hallarme en nuestra residencia para escribir mis cartas, lo que no sucederá, creo yo, hasta la duodécima luna, porque aún me faltan tres distritos y medio que visitar. No me quedan más que 8 ó 9 taéls, que reservo para comprar cera, la que me falta en absoluto como a usted. La pobreza de los cris­tianos ha agotado la fuente de los honorarios de misa, de forma que si hay que dar alguna limosna, nos vemos reducidos a hacerla con nues­tro propio dinero. Por lo demás, antes de llegar Léang-yeu, que me traía su traje en piel, yo había enviado a comprar tela para hacerme un pao-tse (vestido largo) de invierno. Así que estos ocho o nueve taéls están destinados a comprar velas, y no tengo otra necesidad.

Vuelvo sobre el envío de dos correos a la capital. Primero, la nece­sidad de dinero me hace desear este envío; y de otro lado, tengo miedo de hacer emprender ahora este viaje, por estar los caminos de China más infestados de ladrones y salteadores cuando son finales del año; lo que me hace temer que los portadores de nuestro dinero se vean des­pojados y así vuelvan a casa con las manos vacías, y tal vez el cuerpo molido a golpes. Una vez más, a ver qué piensa usted. En mi carta anterior le hablaba de ello, pero usted nada dice en la respuesta. Sabe que me gusta no hacer nada importante sin el parecer de mis hermanos de comunidad, estando yo en situación de consultarles.

Por qué no aplicarse a sí mismo la regla que tan bien sabe dar a los demás. Es una decisión teológica universalmente aceptada que la intención y la atención actuales no son de precepto más que al comien­zo de una acción cualquiera, que tenga a Dios por objeto. Esta atención actual non cadit sub praecepto (no cae bajo el precepto); porque, teniendo en cuenta la debilidad humana, es moralmente imposible. Como Dios no ordena nada imposible: ¡entonces!… etc. Esta atención actual, continuada durante toda una acción cualquiera, no pertenece a la vida presente, es un privilegio de la vida futura, cuando la visión intuitiva de Dios absorba inevitablemente todos los pensamientos de nuestro espíritu y todos los afectos de nuestro corazón… Lo que es actualmente de precepto en nuestras acciones in ordine ad Deum (en orden a Dios), es la atención virtual, que es una atención actual moral­mente continuada durante todo el curso de la acción, mientras dicha atención no haya sido voluntariamente retractada o notablemente inte­rrumpida. Pretender hacer un acto de cierta duración sin distracción, es, creo yo, más bien un efecto de nuestro orgullo que una consecuen­cia de un deseo verdadero de agradar a Dios. Por consiguiente le orde­no que recite el breviario y otras oraciones todo seguido y sin repetir, después de prepararse a estas acciones por un instante de recogimien­to en la presencia de Dios.

No cierro la carta para el Padre Tchang; observe lo que le indico. Pide calendarios chinos para muchos años: ¡eso me es imposible por el momento! No tengo la tabla de las lunas y no dispongo de tiempo. Esta operación exige la soledad de nuestra casa. Su necesidad urgente es para el año próximo; ahora, para subvenir a esta necesidad basta con que le envíe dos o tres calendarios de los que ha recibido reciente­mente… Pide un cuaderno impreso del sacramento de la confirmación: lo encontrará usted en la caja cuadrada que contiene sólo papeles.

Para mandar a Pekín, tiene a Gai lao-se, que ya ha hecho este viaje una vez, y a nuestro Hoang Javier quien lo desea según le he oído; pero me parece difícil que el estado de sus piernas le permita emprender un camino tan largo. Cong Pablo conoce este camino, pero enviarlo a Pekín y luego a Kiang-Sy es una servidumbre demasiado fatigosa.

Bien pensado, me parece sería mejor mandar a Pablo Cong al Padre Tchang con algún o ningún dinero, que retrasar su viaje unos tres meses. Porque el Padre Tachang deseaba que llegara a él en otoño, y el otoño ya ha pasado. El retraso sobreañadido de unos tres meses en recibir el dinero de Pekín consumiría también el invierno. Esto ocasio­naría tal vez quejas por parte del Padre Tchang, que ignora nuestro estado de perplejidad. Me inclino a pensar que el Padre Tchang está más impaciente por recibir a Pablo Cong que el dinero, porque en caso de necesidad se puede recurrir al préstamo, cosa que no se puede en Hu-Koang, donde casi todos los cristianos son mendigos… Si no envia­mos correos a la capital más que en el plazo de la 12a luna, su regreso se aplaza a la primera luna, cuando los caminos son más seguros. Por otra parte no es del todo improbable que los correos de Pekín que no han llegado en la 8ª o 9ª luna, finalmente lleguen sólo en la 10ª o 11ª.

A favor o en contra de este envío de correos, le expongo las razo­nes que se me ocurren, y que me dejan en la incertidumbre sobre el mejor partido a tomar: así pues, haga acopio de prudencia e indíqueme qué piensa usted.

Pregunte a Pablo Cong sobre el estado de las finanzas del Padre Tchang al tiempo de su vuelta; los pros y contras del viaje a Pekín en ciertas fechas… etc. Lo que le diga tal vez contribuya a la solución del problema que me preocupa, si conviene enviar ahora correos a Pekín, o si es mejor diferirlo; si conviene enviar ahora a Pablo Cong a Kiang­Sy, o si es preferible esperar a enviarle con el dinero.

Esto es, me dirá, toda una epístola. ¡Pues mire! Leyéndola tendrá el mérito de la paciencia.

Soy con la amistad más verdadera… Saludos al catequista Kon.

P.S. Permítame le advierta que para la administración de los Sacra­mentos, consume usted muy inútilmente una cantidad excesiva de San­tos Óleos. De qué sirve humedecer con óleo casi la mitad del pulgar. La menor cantidad visible basta para la materia del sacramento y con ello hacer efectiva la forma. Nunca nos han faltado los Santos Óleos hasta ahora; porque el temor a que nos faltaran ha hecho que los eco­nomizásemos con sumo cuidado.

En tiempo de abundancia hay que prever la escasez.

Le ruego cierre mi carta al Padre Tchang y ponga la dirección, des­pués que la haya leído.

  1. CARTA 29. Casa Madre, original (Bazos n. 24).

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