Régis Clet, Carta 16: A Su Hermano Francisco, Cartujo

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Francisco Régis CletLeave a Comment

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Autor: Francisco Régis Clet .
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Hacia 18021

Muy querido hermano,

Recibí, este año de 1801 que corre, tu carta del 2 de mayo de 1799. No concibo cómo no has recibido tú las mías; es la tercera vez que me pongo a escribir para darte noticias mías e informarme de las tuyas. No he recibido tuyas más que dos y bien breves, las que suponían otras más amplias, que al parecer me instruían más a fondo sobre el estado de la familia. He escrito también a mi hermana la mayor, pero nada he recibido de ella; ¿tal vez no recibió la mía? En cualquier caso. tu carta aunque demasiado corta, me ha causado el más sensible placer, al comunicarme cómo, en medio de esta desolación universal, ninguno de la familia ha perecido de muerte violenta, como yo mucho me temía. Pero ¡qué cruz para nuestra hermana Carmelita, al verse obliga­da a abandonar su querida soledad y hacerse seglar otra vez! En cuan­to a ti, dentro de tu desgracia, tienes suerte por haber conservado tu estado; todos los países nos son buenos mientras podamos servir a Dios en paz, porque no conocemos patria aquí abajo: nuestra verdade­ra patria es el cielo, adonde se puede llegar desde todos los países del mundo

Me hablas de nuestra hermana Julia2 y de sus hijos, y no me dices nada de nuestro cuñado; ¿vive aún, o no? Nuestro sobrino mayor3 es capaz ya de recibir tus consejos; eso le será de provecho para poder vivir como buen cristiano en medio de esta corrupción casi universal; pero en cuanto al menor,4 sufro por su alma, ya porque es muy difícil santificarse en los campamentos, ya porque sirviendo en el ejército francés, no podrá menos de imbuirse del espíritu filosófico que lo ánima. Por lo que atañe a nuestro hermano mayor y hermanas, ignoro si gozan de verdadera libertad en lo relativo a la religión; por lo demás, presumo que no se han dejado arrastrar por el torrente, y que aborre­cen interior y exteriormente la reforma filosófica.

En cuanto a mí, gozo de buena salud en un país tan diferente del nuestro. Hace ya quince años que no se persigue a la religión, la que siempre podemos predicar públicamente, pues el emperador no tolera misioneros más que en su capital, mas no en el interior de las provin­cias, en las que nos introducimos furtivamente. Así, el ejercicio de nuestro ministerio se considera siempre secreto y oculto, de manera que si nos diera por predicar en público, seríamos al punto arrestados y probablemente enviados a nuestros países, con gran daño de nuestras ovejas que, privadas de pastores, se convertirían pronto en presa de los lobos. Con todo, nuestro ministerio no es tan secreto, que los vecinos paganos de nuestras cristiandades no lo sepan: aun yo les soy conoci­do,5 saben bien que soy europeo, pero se callan, no teniendo ningún interés en hablar. Me ven también a veces acompañar públicamente los difuntos a la sepultura, revestido de sobrepelliz y de estola. Lo que hace algo penoso nuestro ministerio, es que nuestros distritos están dis­persados por un gran espacio, que es preciso recorrer sucesivamente con fatiga, y a veces hacer de siete a ocho leguas. y en ocasiones diez, para asistir a los moribundos.

Además, las casas chinas están mal construidas, apenas defienden del frío; el alimento es apropiado: nuestra manera de vivir es cierta­mente más dura que en Francia. pero es más tolerable de lo que yo esperaba.

No veo ningún rayo de esperanza del martirio, del que no me cues­ta persuadirme que soy indigno. Pero nuestra vida no carece de peli­gros, pues desde hace 6 años, un número prodigioso de chinos se han rebelado contra el gobierno; estos rebeldes, llamados Pé-lien-kiao, van en tropeles de 8 a 10 mil, llevando a su paso el pillaje y la muerte. Las tropas imperiales que se les oponen no adelantan en su destrucción, porque habitan los desfiladeros de las montañas, desde donde hacen incursiones continuas, matando y llevándose cautivos a los hombres y mujeres que encuentran, consumiendo los productos y quemando las casas.

Para defendernos de sus vejaciones, hemos formado campamento fortificados en las cumbres de nuestras montañas, donde hemos cons truido casas, a las que cada cuál transporta los productos a medida que se recogen, y donde nos retiramos al menor rumor de alarma. Como estos campamentos se han multiplicado mucho, nos avisamos de uno a otro por cañonazos, al sonar los cuales todos envuelven sus enseres y se retiran a él, del que se baja cuando ha pasado la tormenta. Acon­tece que la alarma es falsa, y se huye nemine persequenw: mas tam­bién acontece que sorprendan a los que. por exceso de confianza, pien­san demasiado tarde en ponerse a salvo por la huida. Yo he corrido bastantes veces notable peligro de caer en sus manos, pero la Provi­dencia me ha guardado de ellos para mi rebaño, que se disolvería en gran parte, si fuera privado del pastor; visitaron mi casa y se llevaron lo que quisieron, sin quemarla. Te escribo desde nuestro campamento, porque hace algunos días que se nos acercaron a la distancia de cuatro’ leguas; esta vez salimos del trance sólo con el susto, dieron la vuelta y fueron a hacer estragos quién sabe dónde. Así casi nunca nos deja tran­quilos un miedo real o un terror pánico. De nada aprovecha morir a manos de estos rebeldes, porque no van por nuestra religión, que igno­ran, sino por el gobierno tártaro, del que son enemigos declarados; es una secta con varios siglos de existencia, pero no hace más de seis siete años que ha levantado el estandarte de la rebelión. Está princi­palmente infestada de ellos la provincia en que resido. Por lo demás, todas sus hazañas se reducen a devastar y a destruir cuanto no les opone resistencia, pues no se han apoderado de ninguna ciudad. No se atreven siquiera a atacar nuestros campamentos, que 50 soldados euro­peos bastarían para tomar en lo que dura un desayuno; de suerte que lo que les permite subsistir es que, temiendo cada cuál por su vida, se les deja paso huyendo; son como un torrente que lo arrasa todo, porque no se le pone un dique.

No soy ningún sabio en lengua china, es con seguridad la lengua más indesbastable que haya en el mundo, no expresa los sonidos, sino los pensamientos; de ahí le viene que los caracteres estén multiplica­dos hasta sesenta mil por lo menos. Yo sé lo justo para los menesteres de cada día, y breves instrucciones a los cristianos; así es mucho mejor para ellos tenerme a mí, ignorante como soy. que no tener sacerdote alguno para ayudarles en salud y enfermedad.

Al embarcarme para China, dejé mi patrimonio ami hermana, con la reserva de una módica pensión, que no me sería inútil aquí, donde estamos rodeados de pobres; sin embargo, hace 10 años que no recibo un céntimo. Si mi hermana está en necesidad, no pido nada; pero si puede pagarme algunos años de atrasos, en dinero o en efectos, como cruces, medallas, estampas, etc., que tú podrías hacer se compren en Roma, donde abundan estos objetos, ciertamente me complacería mucho.

Como eres el único de la familia a quien escribo, te ruego que comuniques la carta a mis hermanos y hermanas. Aunque mi cuerpo esté a 6 mil leguas de todos vosotros, mi corazón os está muy cerca; pienso cada día en todos vosotros, y pido a Dios que si estarnos sepa­rados en la tierra, nos veamos todos reunidos en el cielo. A todos os expreso mi más tierna y afectuosa amistad; ruego al Señor que os dé a todos la paz del alma y del cuerpo; también te mego que hagas memoria de mí en la familia Gagnon y otros amigos, y soy con ente­ro cariño,

tu afectísimo hermano y servidor,

Clet, Sacerdote de la Misión.

  1. CARTA 16. Casa-Madre, original (Raros n. 10).
  2. Francisca Julia, hermana del Beato, que en 1770 casó con su primo Francisco Alejo Clet (Demimuid, o. c., p. 187).
  3. Cesáreo Francisco, hijo de los precedentes, nacido el 7 de noviembre de 1771 (Demimuid. ibídem).
  4. José Estanislao, nacido en 1781, cirujano militar, muerto en 1800: su tío no había podido saber aún su defunción (Demimuid, ibídem).
  5. El Bienaventurado Clet era conocido de los paganos de los alrededores de Tch’a-yuen-keu Por el familiar apodo de Liéu hu-tse. Liéu, el barbudo.

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