Régis Clet, Carta 13: A Claudio-Francisco Letondal, En Macao

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Francisco Régis CletLeave a Comment

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Autor: Francisco Régis Clet .
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En China, 5 de septiembre de 17981

Mi querido Padre,

No he recibido de usted desde hace tres años más que una fruslería de carta fechada el 5 de enero de 1797. Ha entregado sin duda a nues­tro hermano Pablo un paquete de cartas para mí; pero los rebeldes que infestaban los caminos no le permitieron, a su regreso, llegar hasta mí, y dejó todos los objetos que me pertenecían a los cristianos de Siang­-Tan. Cuando Ly Maolo tuvo algo más de tranquilidad fue donde ellos y recogió su paquete de cartas y el mío: ¿Dejó éste último a algún cris­tiano, o bien se lo llevó a Chen-Sy? No sé nada y hasta ahora no he tenido noticias de ello. Como Chen-Sy, lo mismo que Sze-Tchuen es el baluarte de los rebeldes, los caminos de ese lado son actualmente impracticables. Se ha enterado sin duda, por lo menos confusamente, que mi barrio, que está en Cu-Tchin-hien, ha sido escenario de la gue­rra civil; pero, a Dios gracias, que los rebeldes no se acercaron a menos de 6 leguas de mi residencia: por lo demás, fue suficiente para damos un buen susto. Por dos veces me alejé de mi residencia, y otras tantas me vi obligado a refugiarme por circunstancias particulares que me hicieron evitar verme envuelto en un peligro y ser víctima de estos rebeldes. Los cristianos de mi vecindad no han sufrido mucho, lo que atribuyo a una protección especial de Dios, pero una cristiandad dis­tante unas 40 leguas de mi cabaña recibió un violento revés por un pecado parecido al de Dina, quiero decir de curiosidad; engañados por estos rebeldes, que se dijeron ser tropas que venían a socorrerlos, cris­tianos y paganos apenas se molestaron en comer para ir a ver este refuerzo; súbitamente fueron rodeados y asesinados; más de 60 cris­tianos se vieron envueltos en esta masacre. Aquéllos cuya curiosidad fue menos ávida, y se enteraron pronto de la miserable muerte de los primeros, se volvieron atrás para no correr la misma suerte. Hace un mes que recibimos una nueva alarma, pero no pasó de un susto. Perseguidos en el llano, estos rebeldes, varios miles en número, se subieron por los montes, siempre a más de seis leguas de mi casa; atravesaron una de mis cristiandades, donde quemaron 2 ó 3 casas, y no mataron a nadie: como al parecer se dirigían hacia nosotros, vinieron a darnos la seña de alarma y nos disponíamos a refugiamos en lugares escarpados, pero perseguidos una vez más por las tropas dirigieron sus pasos hacia Chen-Sy, a donde se trasladaron, ya que esa provincia es su baluarte. Temo que los cristianos hayan sido molestados en Sze-Tchuen, porque se dice que allí los rebeldes alcanzan la cifra de 10o.000… Un cristia­no que envié a Sian-Tan me contó que uno de sus misioneros2 que se dirigía al Sze-Tchuen fue hecho prisionero en el camino, llevado a pri­sión, y muerto poco después. Ese es uno de los accidentes más tristes sobre todo hoy, cuando tan difícil resulta tener y menos esperar nuevos auxilios de nuestra desdichada patria. Enseguida he satisfecho para el descanso de su alma con la deuda convencional de tres misas… Acabo de saber del cambio profundo que se ha realizado desde hace dos años en Chen-Sy, a saber la sustitución de un obispo por un simple sacer­dote3 para regir lo espiritual de esta provincia. Como esta sorprenden­te revolución no va conmigo, dejo el juicio a aquél que se dice con justo título escrutador de los riñones y del corazón… Se dice que el Padre Marchini4 es obispo de Hu-Kuang; si es así, me felicito yo, y mi rebaño, y a él también, por el medio que le ofrece la Providencia de adquirir más méritos para el cielo… Yo no sé si se rió algo de mi carta a Mons. de Caradre. De todas formas, he recibido una respuesta en la que dice que, como san Pablo, se hace todo a todos, pequeño con los pequeños. Otra vez me tomo la libertad de escribirle, fiándome de su paciencia y de su compasión hacia mí. Aquí no tengo ni a vivos ni a muertos a quien consultar. Ya sé que tengo a un consejero más hábil que los hombres, pero no tengo suficiente espíritu de oración para escuchar su voz, por eso en mis apuros acudo a las vías ordinarias de la Providencia, que concede a algunos hombres unas luces más am­plias, para servir de antorchas que iluminan a los que caminan en las tinieblas…

Este año he enviado dos correos al Padre Raux, quien temiendo que hubiéramos sido víctima de los rebeldes y nuestras cristiandades dis­persadas, no se atrevía a enviar a nadie a estas montañas. Tranquiliza­do por mis cartas, me envió enseguida un misionero5 guiado por el Hermano Pablo. Llegaron a mi residencia el 2 de agosto y al año siguiente vendría otro más por Pascua. Ya me veo gracias a Dios libre de mi soledad. Kiang-Sy ha recibido también a un misionero6 hace un año. Se habrá enterado sin duda de la muerte del Padre Ko,7 de cuya enfermedad se ha servido la Providencia para proporcionarme un refu­gio. En esa fecha me encontraba en el llano a más de 40 leguas de mi casa. El Padre Ko me envió a un cristiano para que me trasladase cerca de él y le ayudase a bien morir. Gozábamos por entonces de paz y ya no se hablaba de revueltas. Pero al poco de llegar estalló la bomba en nuestros cantones; por poco no me hubiera sido posible volver, y quién sabe si no habría sido, no guillotinado, ya que eso se reserva a Francia, sino asesinado como tantos otros miserablemente. Ya que es inconta­ble el número de muertos de una parte y otra.

…Hasta este año no había recibido los objetos traídos de Macao y dejados a los cristianos de Siang-Tan; sin carta alguna. como ya he dicho, no tengo muy claro a quién soy deudor del chocolate y del vino; ¿sería juzgar temerariamente atribuirle a usted esta generosidad? Se lo agradezco, confundido por sus bondades a las que no sé cómo corres­ponder. Ahora bien, como conozco a fondo el corazón del Padre Villat, bien podría haber tenido parte en ello, así in dubio, gracias a los dos. En cuanto al dinero empleado en la compra de objetos para Pekín o para Hu-Kuang, el Hermano Pablo me dijo que era el mío. Pero él no se acuerda cuánto ha recibido; también me acuerdo de una carta de usted o del difunto Padre Hannat en la que se decía que éste último había gastado 50 piastras de las mías a cuenta del Padre Raux, pero yo no sé si después las habrá reembolsado. En la primera ocasión acláre­me, le ruego, lo que pasó. El Hermano Pablo se llevó a la capital lo que sobró de las compras y se lo entregó al Padre Raux quien no me dice nada en su carta… Nada de particular que se salga de la rutina en mi ministerio. Pocas conversiones de paganos. Varias familias de infieles de mi vecindario han hablado de convertirse, con ocasión de la revuel­ta de los Pé-líen-kiao, pasada la tormenta han hecho oídos sordos. En general. aunque hayan desaparecido muchos abusos, nuestros cristia­nos no son bastante fervorosos para excitar la curiosidad de los paga­nos por examinar una religión tan propia para reformar las costumbres. Además el mal ejemplo de 2 ó 3 cristianos les hace decir abiertamen­te: el cristianismo es verdadero, los cristianos son falsos. Por más que se les dice que no hay que portarse según el ejemplo de los demás, sino según la verdad, no quieren darse a razones: a eso se añade el mayor de todos los obstáculos, la no-santidad del misionero. Pues si recorro la historia eclesiástica, encuentro en ella de continuo que Dios sólo ha derramado sus bendiciones sobre los trabajos de los verdaderos após­toles, y que sus trabajos no han estado casi nunca privados de grandes frutos. De donde yo concluyo que, como es muy celoso por la conver­sión de los paganos, debe rezar en primer lugar por mi conversión. Cuando leo los relatos de las otras provincias de la China y en especial de las que están confiadas a sus Padres, me lleno de vergüenza y temo justamente ser condenado como servidor inútil… Nada consolador de Europa todavía. ¿Hasta cuándo van a durar estas calamidades? pues por más que se hable de paz. no creo que podamos esperar nada serio, mientras el filosofismo no se haya extinguido. Existen aún demasiadas cabezas culpables para que la espada de la cólera de Dios vuelva a la vaina. Qué paz se puede hacer con monstruos que. por principio, se ríen de los juramentos, porque hacen profesión de no creer en la Divi­nidad que les da la sanción: el que no cree en Dios, no terne a quien es el vengador de los perjuros. No creeré en una paz firme, más que cuan­do los impíos estén reducidos a la impotencia de hacer daño: fuera de eso, sólo se tratará de un adormecimiento más o menos largo, que será seguido de un despertar terrible; porque, una vez que la incredulidad ha conquistado todos los países y a todas las clases sociales de los hombres, estos apóstoles de la mentira emplean el tiempo de la paz para hacer sordas maquinaciones, para ganar partidarios, y la bomba estalla en el momento menos pensado.

Espero que en la próxima ocasión me envíe un breve análisis de las noticias de Europa. Si hubiera algún Decreto de la Sagrada Congrega­ción, le ruego me lo comunique. También le pido que dé curso a dos cartas, una para nuestro Padre General, la otra para mi hermano cartu­jo, que debe ir dentro del sobre de la primera. En Roma.

Reciba los sentimientos de respetuosa amistad en la que me honro, Padre, de ser su humilde y obediente servidor.

Clet, s.

P. S. Presento mis respetos al Padre Correa, Villa y otros hermanos de comunidad, al Padre Marchini. etc.

  1. CARTA 13. Misiones Extranjeras. original.
  2. Este misionero era Pablo Souviron, M. E.. nacido el 31 de ociurbe de 1768. en Oleron (Bajos Pirineos. Francia): en el momento de la Revolución emigró a Inglaterra y fue ordenado sacerdote en 1793. Entró en Misiones Extrajeras en Londres: destinado a Se-tch’oan, embarcó en el mes de agosto de 1796. Abandonó Macao el 2 de marzo de 1797, y el 11 del mismo mes fue arrestado y conducido a las cáceles de Canton, en donde murió el de mayo siguiente (A. Launay, o. c.. p. 586).
  3. Era el Padre Manuel Conforti, de la Congregación de San Juan Bautista, nacido en Siena, Toscana (Italia), hacia 1754. Entró en China con los primeros Padres Paúles y fue misionero en Si-t’ang en Pekín: trabajó como Vicario Apostólico en Hu-koang, Chan-si y en Chen-si (cfr. Carta 9. nota 2). La clausura de Siang, en 1811, fue la ocasión de su salida de China: en 1813 pasó al Colegio general de Misiones Extranjeras de Pinang, aunque no estaba afiliado a la Socie­dad y allí se entregó con celo. Murió el 24 de septiembre de 1837 (J. de Moidrey. Confesseurs. pp. 72-73). El Padre Conforti habla elogiosamente del Padre Clet en sus cartas y le otorga todos los poderes extraordinarios comunicables a un simple sacerdote, entre otros la facultad de con­firmar que no podía otorgar más que a dos sacerdotes; le llama un misionero muy meritorio (Mémoires II, p. 471).
  4. Juan Bautista Marchini, sacerdote de la Congregación de San Juan Bautista, procurador de la Propaganda en Macao durante cuarenta años; sucedió a Francisco José della Torre en 1785. Murió en Macao en 1825. El Padre Salhorgue, Superior General de la Congregación de la Misión, escribía el 13 de abril de 1835 al Cardenal Fransom: «Todos nuestros hermanos de congregación de Macao han sentido vivamente muerte del Padre Marchini y lo añoran todavía. Siempre vivie­ron en perfecta armonía con él; siempre han elogiado su proceder con ellos y su buen espíritu en todos los asuntos concernientes a las Misiones de China» (Mémoires. II. p. 45).
  5. Tchang, nombre que sustituirá más tarde por Kin (Juan), C.M., sacerdote, nacido en Pekín de padres cristianos, en 1769, fue recibido en cl Seminario Interno de Pekín el 1 de octubre de 1789: emitió los votos el 2 de octubre de 1791 y fue ordenado sacerdote el 20 de febrero de 1796. En 1798 fue destinado a Hu-pé, en 1807 a Kiang-si, en 1810 a Kaing-nan. en la misión de U-si: duran­te más de 20 años se encargó de los cristianos de Tche-kiang, pero no los visitaba más que 3, 4 ó 5 veces al año. Iba a misionar a los cristianos ricos de la misión portuguesa de Nan-kin, en donde recibía el dinero que necesitaba para poder socorrer a los cristianos y hacer limosnas a los pobres pescadores que componían una gran parre de la su cristiandad de U-si, en donde murió en 1833.
  6. Ly (José), C.M., sacerdote. nacido en Kiang-nao. de padres mahometanos. en 1754; fue bautizado en Pekín y admitido al Seminario en Pekín el 14 de agosto de 1788; emitió los votos el 15 de agosto de 1790 y fue ordenado sacerdote en diciembre de 1792: después de su ordenación fue destinado a Hu-pé. en 1797 a Kiang-si, en 1807 a Kiang-nan. Murió en ese lugar en 1827.
  7. Padre Ko. cfr. Carta 7. nota 4.

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