RAÍCES CAMPESINAS DE LA ESPIRITUALIDAD VICENCIANA (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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  1. ORIGEN CAMPESINO DE VICENTE DE PAÚL

Los orígenes campesinos de Vicente de Paúl son abordados aquí sólo en la medida en que ayudan a entender su misión y orientación espiritual y apostólica en la Iglesia y en la sociedad. Las conferencias y correspondencia que despachó con los Misio­neros e Hijas de la Caridad, o con personas influyentes en la sociedad, nos ponen en relación con un Vicente de Paúl hijo de una familia entregada a las faenas agrícolas. Nadie mejor que él conocía sus orígenes y el curso de su vida; de ahí que le demos a él la palabra y nos explique el principio de sus actividades y el consiguiente desarrollo. Referente a sus raíces campesinas, sir­van de ejemplo tres testimonios tomados en distintos momentos y circunstancias.

HIJO DE LABRADORES Y PASTOR DE REBAÑOS

El primero que confirma su origen campesino y su dedicación al cuidado de rebaños de animales lo encontramos en la carta que escribiera en 1640 a Luis Abelly, entonces vicario general de Bayona, y que sería su primer biógrafo:

«Señor, ¡cómo confunde usted al hijo de un pobre labrador, que ha guardado ovejas y puercos».

El segundo está tomado de la conferencia sobre la Imitación de las jóvenes campesinas a las Hermanas de la Caridad, del 25 de enero de 1643, según Luisa de Marillac que fue quien tomó las palabras pronunciadas en dicha conferencia por el mismo fundador de la Caridad:

«Os hablaré con mayor gusto todavía de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experien­cia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador y he vivido en el campo hasta la edad de quince años».

Finalmente, el 21 de junio de 1651, declaraba a Francisco de Saint-Remy cuando ya Vicente de Paúl estaba de vuelta y cura­do de las vanidades y mentiras de este mundo:  «Si se dijera la verdad sobre mí, habría que decir que soy hijo de un labrador, que guardé puercos y vacas, y añadir que esto no es nada en comparación con mi ignorancia y mi maldad».

Si de joven pudo avergonzarse de pertenecer a una familia humilde y de tener un padre que renqueaba, —de donde viene el nombre actual de la finca Ranquines—, siendo mayor jamás negó sus orígenes ni renunció a ellos e, incluso, los aprovechará para humillarse y para que la gente no le tuviera en más de lo que era.

Vicente de Paúl procedía ciertamente de familia humilde y modesta en recursos económicos, sin que nadie discrepe en este punto. El primer retrato que hizo de él Simon de Tours le delata hijo de la gleba. Ocupaba el tercer puesto entre seis hermanos: cuatro varones y dos hembras, todos necesarios para llevar ade­lante la hacienda de la casa. Apenas llega al uso de la razón, su padre le encomienda el cuidado de rebaños. Comenzaba enton­ces a tener contacto más directo con una naturaleza abierta al cielo y a la tierra y con cuanto se mueve por el espacio: aves, peces y plantas, cuadrúpedos y reptiles, seres animados e inani­mados. Aprende a sufrir las inclemencias del tiempo: frío y calor, el granizo y el sol aplastante. Pasa las noches al raso cuando no le da tiempo a regresar a casa con los animales antes de caer el día. Como es buen observador, graba en su memoria los cambios que sufre la naturaleza al sobrevenir las estaciones de primave­ra, verano, otoño e invierno.

Al llegar a casa, su situación no era de holganza. Cada día despertaba al canto de los animales. Su alimentación consistía de ordinario en un solo plato, el que distinguía a los campesinos, como él mismo comentará:

«En el país de donde yo procedo se alimentan de un pequeño grano, llamado mijo, que se pone a cocer en un puchero; a la hora de la comida se echa en un plato, y los de la casa se ponen alrededor a tornar su ración y después se van a trabajar».

John Rybolt matiza que «la dieta de los De Paul difería mucho de la actual. No había patatas, tomates, maíz, alubias, todos ellos productos venidos del nuevo mundo, que penetraban lentamente por España. La familia consumía productos locales: zanahorias, nabos, habas, lentejas; el mijo era uno de los granos principales». No hubiéramos bajado a estos detalles de su vida de niño y de pastor si él, en lenguaje coloquial, no nos los con­tara en alguna de sus muchas conferencias en primera persona, para hacer luego las aplicaciones pertinentes a la vida espiritual, lo que demuestra un aspecto del humanismo renacentista en boga, aunque no sea el más importante de su formación. Es impresionante el muestrario de comparaciones e imágenes de que se sirve, tomadas de la naturaleza.

Como gascón que era, pone emoción en la palabra y, en oca­siones, tiende a exagerar las cosas, modo de ser temperamental que habrá de tenerse en cuenta a la hora de escuchar su palabra oral o escrita. Le acompaña un lenguaje chispeante de humor, propio de los campesinos que se ríen de su sombra y que están de vuelta de las altas ideas y falsas promesas. En el momento menos esperado, el genio natal afloraba en sus labios denuncián­dole originario de la Gascuña.

Así, en contacto diario con los seres que le rodeaban pasó aproximadamente los quince primeros años, hasta que su padre tomara la decisión de llevarle a Dax, a un colegio regentado por frailes franciscanos. Poco más tarde, la venta de una pareja de bueyes para costear sus estudios, supuso un gran desembolso para la familia. El joven Vicente daba muestras claras de capaci­dad para el estudio; poseía además el don de la organización y de la constancia en el trabajo.

La carta que dirigiera a su madre, el 17 de febrero de 1610, es una muestra del cariño filial que le profesó toda la vida y de amor agradecido a sus hermanos y hermanas, parientes y amigos. Viene a confirmarlo la visita que les hizo en 1624, de la que dirá a los misioneros el 2 de mayo de 1659:

«El día de la partida sentí tanto dolor al dejar a mis pobres parien­tes que no hice más que llorar durante todo el camino, derraman­do lágrimas casi sin cesar. Tras estas lágrimas me entró el deseo de ayudarles a que mejorasen de situación, de darles a éste esto y aquello al otro. De este modo, mi espíritu enternecido les repartía lo que tenía y no tenía».

He aquí el verdadero retrato de Vicente de Paul, de corazón humano y compasivo, que sabe enternecerse ante las privaciones y sufrimientos de sus familiares sujetos a las labores agrícolas. El 4 de septiembre de 1626 hacía donación a sus hermanos de todos los bienes patrimoniales, tanto muebles como inmuebles, que pudieran pertenecerle. Además, intercede ante amigos y conocidos para que les echen una mano. Esto dista mucho de la estampa que algunos biógrafos nos han pintado del joven Vicente de Paúl, aunque dicho sea de paso, su amor a la familia que al principio le llevó a pensar en un «honesto retiro», no le apartó de la misión que el Espíritu del Señor le fue descubriendo poco a poco y paso a paso.

DE FAMILIA PERTENECIENTE AL TERCER ORDEN DE LA SOCIEDAD

Para mayor conocimiento de la situación penosa de los cam­pesinos en el siglo XVII francés, vaya en bosquejo lo más carac­terístico del Antiguo Régimen. Cada historiador, según el fin que pretende en su investigación, presenta cuadros y llega a conclu­siones que confirman la palabra de Vicente de Paúl, si es que ésta no es tomada como autoridad primera y definitiva para los mis­mos historiadores.

La familia de Juan Paúl y Beltrana Moras, al pertenecer al mundo agrícola, estaba sujeta a los efectos fiscales de una socie­dad estamental y, en parte, sometida a la voluntad de los grandes señores que fijaban, según su conveniencia, el precio de compra y venta de aparejos agrícolas y de los productos de la tierra. Lo que no resulta fácil saber es cuáles fueron los gravámenes que hubo de soportar la familia De Paul, a la que no le fue dado salir de una honrosa pobreza, nunca miseria, después de mucho trabajar. Román puntualiza que «eran, sí, campesinos, y en ese concepto ocupaban los escalones más bajos de la sociedad estamental, rígi­damente jerarquizada. Pero eran campesinos libres, no simples braceros; ni siquiera arrendatarios o colonos, sino pequeños pro­pietarios, poseedores de algunos pedazos de tierra, de bosque y de sembradura, con casa, granja y variedad de animales domésticos: ovejas, bueyes y vacas, cerdos: la clase social cuya historia, como se ha escrito, sería la verdadera historia de Francia, una Francia donde la aldea constituía el encuadramiento social fundamentar».

En el Orden de la sociedad, la nobleza y el clero pertenecían a estamentos privilegiados, no así los campesinos que formaban el Tercer Orden, o Tercer Estado, o Estado llano, con todas las variantes que esta terminología implica, sujetos a implacables leyes sobre impuestos y diezmos. Fuera de esta realidad, todo lo que se diga respecto de la familia De Paúl son conjeturas más o menos aproximadas a la verdad, es decir, que no nos sacan de la duda a la hora de aclarar lo que pagaban según las leyes gene­rales. Cada caso familiar era distinto y podía admitir un trata­miento particular. Por no saber, desconocemos hasta el número de fincas que poseía la familia De Paul y la extensión que ocu­paban; tampoco tenemos cuentas de la cantidad de animales ni de los diezmos con que contribuía al remedio de las necesidades públicas: datos requeridos a la hora de pagar las contribuciones.

Lo cierto es que los labriegos luchaban sobrecargados de tra­bajo para poder subsistir, según su condición, con los bienes pro­pios o arrendados, expuestos además a frecuentes calamidades atmosféricas, bélicas y epidémicas. Como efecto de estas catás­trofes, muchos se veían obligados por la necesidad y el hambre a abandonar sus casas y tierras, con el consiguiente desgarro de sus vidas.

Conocedor de esta realidad social, agravada en tiempo de la Fronda (1648-1652) y antes, durante las guerras de religión cuyas consecuencias afectaron a Gascuña (1562-1598), dirá a sus compañeros el 24 de julio de 1655, vivamente conmovido por la desgracia que asolaba a Francia:

«Guerra por todas partes, miseria por todas partes. En Francia hay muchos que sufren. Si por cuatro meses que hemos tenido la guerra encima, hemos sufrido tanta miseria en el corazón de Francia, donde los víveres abundaban por doquier, ¡qué harán esas pobres gentes de la frontera, que llevan sufriendo esas miserias desde hace veinte años! Sí, hace veinte años que están continuamente en gue­rra; si siembran, no están seguros de cosechar; vienen los ejércitos y lo saquean y lo roban todo; lo que no han robado los soldados, los alguaciles lo cogen y se lo llevan. Después de todo esto, ¿qué hacer? ¿qué pasará? No queda más que morir».

Sus afirmaciones quedan corroboradas por la Dra. Jeanne Ferté, que investigó sobre la economía y religiosidad del siglo XVII, y por Louis Chátelier en su larga exposición sobre la sociedad europea y su evolución socio-cultural y religiosa. Vicente de Paúl destacaba entonces como predicador de misio­nes populares y promotor del bienestar social y espiritual del pueblo. Así lo confirma también René Taveneaux, quien conclu­ye tras un recorrido por las obras del santo de la caridad: «Orga­nizó seminarios, perteneció al Consejo de Conciencia, participó en la elección de obispos, escribió, predicó, abrió vías nuevas de espiritualidad, trabajó en la pastoral bajo todas sus formas, no estuvo ausente en ninguna disputa doctrinal, ni en ningún gran compromiso político. Todas estas razones hacen del señor Vicen­te más que un apóstol de la caridad cristiana: uno de los grandes artífices de la civilización occidental en la primera mitad del siglo XVII.

La afirmación de Taveneaux: «abrió vías nuevas de espiritua­lidad», eco lejano de lo que dijo el primer panegirista del señor Vicente, Henri Maupas du Tour: «Ha cambiado casi el rostro de la Iglesia», nos impulsa a entrar en el capítulo de la espirituali­dad vivida y legada por el fundador de la Misión y de la Caridad a la posteridad.

Antonino Orcajo

CEME 2008

 

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