Qui ad margines societatis sunt reiecti

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Vincentiana, n.3,1988, pp. 337-346.
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Con ocasión de la declaración conciliar sobre la Iglesia como Iglesia de los pobres, y en parte motivada por ella, hubo hace unos años una especie de moda, que resultó ser pasajera, para tratar de saber quiénes eran los pobres por los que había que optar. La moda duró poco, pues pareció que conducía a discusiones sin fin y a distin­ciones bizantinas. No perdamos el tiempo en definir los perfiles del pobre, se decía; lo que hay que hacer es traba­jar por él.

No estamos muy seguros de que haya sido buena idea el interrumpir la discusión. Hay discusiones y distinciones que, aunque parezcan pesadas e inútiles, son no sólo nece­sarias sino vitales. Si, por ejemplo, la fe cristiana asegura que Jesús, hijo de María, es verdadero Dios y verdadero hombre, es fundamental para esa fe el saber en qué con­siste ser Dios y ser hombre, pues si se define mal a Dios o al hombre puede dar el creyente en la adoración no de un Dios encarnado, sino de algún tipo de ídolo extraño. Jus­tamente para evitar eso la teología no ha dejado de hablar sobre ese tema desde san Pablo a Schillebeekx.

Se pueden dar por supuestas las cosas triviales de la vi­da, pero no las fundamentales. Fundamental es, para los que se dicen seguidores de san Vicente de Paúl, saber de quién hablan cuando hablan de los pobres. Tan fundamental que si, por hipótesis muy poco probable (Jn 12,8), dejara de ha­ber pobres en la tierra, desaparecería para las instituciones vicencianas la razón fundamental de su existencia.

Este trabajo se ofrece como una contribución para con­tinuar la discusión interrumpida. No pretende en manera alguna llegar a una delimitación definitiva de la figura del pobre en el mundo actual. Sólo quiere ser un intento de provocar la reflexión sobre esta cuestión vital para vivir hoy una vida espiritual inspirada en el estilo vicenciano.

Hace siglo y medio una cabeza poderosa, la de Karl Marx, analizó la sociedad de su tiempo y creyó encontrar que estaba estructurada fundamentalmente sobre dos clases sociales: la de los poseedores de los medios de producción, los capitalistas, y la de los proletarios, dueños sólo de su fuerza de trabajo. El presente histórico de entonces estaba en manos de los primeros. Pero el futuro pertenecía a los otros, los proletarios, los que vendían su fuerza de trabajo a los capitalistas para poder sobrevivir.

Había ciertamente otras clases de gentes en la sociedad de su tiempo, pero poco importantes y llamadas a desapa­recer como clases: pequeños comerciantes, miembros de profesiones liberales, intelectuales de varios tipos; en su­ma, la pequeña y mediana burguesía. También los peque­ños y medianos agricultores, llamados igualmente a desa­parecer con la prevista y anunciada colectivización de la propiedad de la tierra.

Aún había otras gentes no incluidas en ninguna de las categorías anteriores. Marx lo sabía, y las despreciaba cor­dialmente como insignificantes para la historia futura de la humanidad, gentes que él calificaba despectivamente co­mo lumpenproletariat, el subproletariado: los inútiles pa­ra el trabajo, los mendigos, las gentes pertenecientes a los bajos fondos de la sociedad; en suma, los que no eran ne­cesarios para que funcionara la sociedad industrial del momento.

Los pobres a los que se dedicó Vicente de Paúl y a los que dedica sus instituciones caerían de lleno según esta terminología (que hoy está en desuso) en la categoría so­cial de subproletariado, las gentes que no significaban na­da socialmente, los marginados con los que la sociedad no contaba como no fuera para explotarlos: campesinos, ga­leotes, esclavos, niños abandonados, artesanos jubilados por la edad o por la incapacidad laboral, mendigos, enfer­mos pobres, soldados mercenarios mutilados o sin mutilar.

La naturaleza de subproletariado de todos los demás grupos parece evidente, pero tal vez no sea tan evidente en relación a los campesinos. Pero acerca de ellos observa Burkhardt que eran aún en ese tiempo el único estamento social no liberado de los lazos feudales. Ni siquiera entra­ban los campesinos en tiempos de san Vicente en el lla­mado «tercer estado», formado por burgueses de diversos tipos y por la población laboral de las ciudades, los artesa­nos, estado que aunque no tenía plenos derechos políticos, empezaba entonces a luchar por ellos. A la población campesina califica despectivamente el primer ministro Ri­chelieu como «mulos» que tienen que trabajar callada­mente para que la sociedad, la buena, la que manda y ex­plota, pueda vivir decentemente.

También la institución eclesiástica marginaba a los que marginaba la sociedad civil. París estaba rebosante de curas, de religiosos, de monjas; ‘puede que haya hasta diez mil», le dice a san Vicente el hereje de Marchais (XI 727). Pero para enseñar el catecismo a los campesinos de sus tierras y para confesarles no pudo la señora de Gondi encontrar a nadie que estuviera dispuesto a hacerlo. Incluso órdenes celosas y ejemplares se negaron a ello. La oferta de la seño­ra de Gondi, respaldada generosamente con dinero, fue re­chazada explícitamente, entre otros, por el Oratorio. La au­toridad de la Compañía de Jesús respondió a la oferta que un tal trabajo no era compatible con sus fines (XI 96).

El campesinado era una clase social a la que fuerzas muy importantes de la Iglesia no podían atender. Los campesinos se tenían que conformar con la atención de un bajo clero muy mal formado y muy poco dedicado. Esta marginación por parte de las instituciones eclesiásticas fue lo que llevó a san Vicente a fundar la Congregación de la Misión precisamente para evangelizar a la marginada po­blación campesina; y a los condenados a galeras, otro gru­po marginado y explotado.

Por ello no habría que tomar sólo en un sentido espiri­tual de humildad aquella gráfica expresión de san Vicente que ve a su «pequeña compañía» (la Congregación de la Misión) como la espigadora que va humildemente detrás de las grandes órdenes cosechadoras. Hay que tomarla también en un sentido descriptivo-social. Los seguidores de san Vicente de Paúl tienen como cosecha propia y hu­milde las gentes pequeñas e insignificantes de las que no se suelen ocupar las grandes órdenes. Estas tienen cosas más importantes que llevar a cabo: la cristianización de la alta cultura, por ejemplo, o el servir de guías espirituales a los gobernantes y a las clases dominantes, o bien, como el Oratorio, la formación de un clero culto, refinado y muy espiritual.

A los dos grupos mencionados, campesinos y galeotes, se fueron añadiendo con los años otros varios como objeto del trabajo evangelizador de las instituciones fundadas por san Vicente. La mayor parte de ellos se mencionan explíci­tamente en la conferencia sobre el fin de la Congregación de la Misión de 6 de diciembre de 1658 (XI 381-398). To­dos ellos, y los que no se mencionan, son grupos margina­dos. El trabajo con los eclesiásticos, no marginados cierta­mente en la sociedad de su tiempo, se justifica en cuanto con ello se contribuye a preparar un clero mejor que trabaje entre los pobres. Esto vale incluso, según se especifica en el reglamento correspondiente, para los sacerdotes de las Con­ferencias de los Martes, que reunían a lo mejor del clero de París («tiene como fin honrar la vida de Nuestro Señor Je­sucristo… y su amor a los pobres » X 143).

Si todo esto es así, hoy también es de vital importancia para las instituciones de inspiración vicenciana saber a qué clases de gentes deben dedicar su actividad. Hay que saber quiénes son los verdaderos marginados de este tiempo y en las diversas sociedades actuales. Sobre esta base en­contrarían los movimientos vicencianos la verdadera uni­dad de espíritu en todo el mundo, y a la vez la necesaria adaptación a las características locales. Un minero alemán, por ejemplo, puede que no sólo no esté marginado sino que pertenezca a un poderoso sindicato que contribuye fuertemente, aunque él mismo no sea consciente de ello, a mantener las estructuras de poder y de privilegio económico dentro y fuera de su país. Pero evidentemente no se puede decir lo mismo de un minero boliviano. También éste contribuye ciertamente con su trabajo a mantener es­tructuras de dominación económica y política, pero en cuanto es explotado y marginado por el poder dominante, no en cuanto se beneficia de él, pues lo único que recibe de ese poder dominante es un salario que le impida morir­se de hambre. Desde el punto de vista de la marginación tampoco es la misma la situación de un próspero `farmer» de Idaho que la de un campesino paria de Orissa.

De manera que las categorías propias que se deberían utilizar para definir el tipo de pobre que les corresponde a los movimientos vicencianos no son las clasificaciones so­ciales tales como campesino, soldado, joven, enfermo, estudiante, obrero industrial, etc., sino la situación relativa de la persona en la sociedad en que vive. En nuestro caso, la marginación. Es pobre para los que se dejan inspirar por san Vicente de Paúl el que está marginado o abandonado socialmente, sea cual sea la categoría a la que pertenece por clasificación social. El mismo san Vicente no creyó que se salía, y no se salió, del fin que él mismo había dado a su congregación, o a las hijas de la caridad, o a las co­fradías y damas de la caridad, cuando asistía o hacía que se asistiera a nobles irlandeses emigrados y arruinados, o a los sacerdotes y religiosas víctimas de las guerras de la Lorena. Por clasificación social pertenecían a las clase dominantes; por su situación real, al grupo de los explota­dos y marginados (en el caso de los nobles irlandeses, es­tos lo eran por parte de los invasores ingleses), abandona­dos y realmente pobres.

Veamos un ejemplo de hace unos años que se refiere a España directamente, pero cuyos datos podrían aplicarse a cualquier país del mundo variando los porcentajes. Nos basamos en un trabajo de L. González Carvajal, expresi­dente de Cáritas Española en una conferencia leída en 1984 ante los consejos reunidos de las nueve provincias españolas de las Hijas de la Caridad. Se encuentra publi­cado en «En fidelidad siempre renovada» (Ed. Ceme, Sa­lamanca, 1985).

La distinción marxista de clases se basaba en el criterio objetivo y fácilmente comprobable de posesión o carencia de los medios de producción. Hoy esa distinción ya no nos vale por dos razones. Primera: porque es muy difícil, si no imposible, saber quiénes son hoy los verdaderos dueños de los medios de producción. La propiedad por acciones de las grandes y medianas empresas anónimas ha acabado con la posibilidad de saber quién es el verdadero dueño de los me­dios de producción importantes, incluyendo en muchos lu­gares la posesión de la tierra. Podría incluso darse el caso, y se da, de que una pobre viuda, poseedora de un pequeño paquete de acciones (hecho que le convertiría teóricamente en «dueña de los medios de producción»), estuviera al borde de la mendicidad, e incluso dentro de ella.

Segunda razón. La clase industrial proletaria de los tiempos de Marx, aunque sigue siendo aún explotada por el capital, lejos de haber caído en la creciente pauperiza­ción que anticipó Marx, ha sabido, sobre todo a través de la presión sindical, incrustarse en las entrañas mismas del sistema capitalista y participar de sus beneficios, consi­guiendo de paso excluir de ellos en buena parte a quienes perdieron el tren de la sindicación: pequeños agricultores, trabajadores sin cualificar, población no laboral (inválidos, deficientes mentales), emigrantes, la mayor parte de la fuerza femenina de trabajo.

De modo que habría que revisar el criterio de Marx pa­ra saber quién se beneficia en el mundo moderno de la or­ganización social, y quién queda al margen de ella. El au­tor citado ofrece este criterio alternativo: «los que econó­micamente son necesarios para que funcione el sistema (capitalistas y trabajadores) quedan todos a un lado, y los que no son necesarios (parados e inactivos) quedan al otro» (p. 164).

Los que quedan al otro lado son los marginados. Cita el autor a algunos de éstos, a quienes él califica con obvia ironía como «los que no hacen falta»: parados (cerca del 20 por ciento de la fuerza de trabajo), en particular los jó­venes (casi uno de cada dos), ancianos no atendidos por la Seguridad Social (unos 300.000 en la fecha), deficientes mentales (la mayor parte sin atención pública), minusváli­dos físicos (de los que hay más de un millón).

Si le enumeración de gentes marginadas le parece al lector aterradora, le añadiremos por nuestra cuenta unas cuantas gentes más que ha olvidado nuestro autor, pero que también existen: trabajadores agrícolas temporeros, trabajadores industriales temporeros, pequeños agriculto­res, emigrantes e inmigrantes, peones del campo, peque­ños pescadores, y no se olvide a los gitanos y a los presos. Todos ellos juntos componen una cifra que se acerca cier­tamente a los ocho millones de personas (o tal vez diez, ¿quién lo sabe con certeza?) en un total de población como la de España, que está alrededor de los cuarenta.

De manera que, si se mira con cuidado, también el mundo de la sociedad «afluente» (como la denominó Gal­braith) tiene «pobres por todas partes», como dice el can­ciller Seguier a san Vicente en la película Monsieur Vin­cent. Sólo que hay que saber mirar, pues el mismo canci­ller confiesa al señor Vicente que no los veía hasta que se los hizo ver Vicente de Paúl. Pero éste sí los veía, y sabía muy bien qué lugar ocupaban en la sociedad de su tiempo. No ocupaban lugar alguno como no fuera para ser explo­tados: campesinos, forzados a galeras. Los que no podían ser explotados ni ocupaban lugar, pues se morían en la Couche al poco de nacer, o se tenían que refugiar en su ancianidad en el asilo del Nombre de Jesús.

No es difícil descubrir a los marginados en la sociedad más afluente, pero si uno se empeña en no verlos, lo con­sigue. De hecho una tal sociedad consigue con bastante eficacia que los pobres no estropeen con su presencia de­sagradable la imagen brillante qué-hermoso-es-el-mundo que esa sociedad proyecta en la pantalla de la televisión y en los lujosos escaparates de sus avenidas.

Por supuesto, aún es más difícil verlos si se encuentran en algún país remoto, digamos Burundi, del que tal vez ni siquiera se sepa la existencia a no ser que se encuentren en las entrañas de sus montes materiales estratégicos en can­tidades que merezcan la pena. Si para la sociedad afluente los pobres no existen realmente ni dentro de sus propias fronteras, aún menos si se encuentran en lugares inhóspi­tos y tropicales. Excepto por Kuwait, Arabia Saudí y No­ruega, no hay país en el mundo que sepa desprenderse de ni siquiera el uno por ciento de su PIB para ayudar a los países subdesarrollados. Si a alguno le puede consolar el dato: España dedica el 0,09 por cien (datos de 1987).

No se les ayuda pero, llegado el caso, tampoco se tie­nen excesivos escrúpulos en explotarlos. No insistiremos más en este punto, pues a mucha gente el oír hablar de es­tas cosas les empieza a resultar fatigoso. No hay cosa más desagradable que oír hablar de la pobreza para mucha gente que no es pobre, sobre todo si el que oye tiene algu­na participación, reconocida o no, en el hecho de que la pobreza exista.

Recordaremos simplemente que desde hace ya unos treinta años la enseñanza social de la Iglesia ha tomado nota y gritado al mundo el hecho de que no es que sim­plemente haya países ricos y pobres, países importantes y países marginados y explotados, sino que en buena parte la pobreza de los pobres es un subproducto de la riqueza de los ricos. Un subproducto desagradable, ciertamente, y que por ello mismo se procura que no estropee el confortable bienestar de la mansión del afluente.

Pero el conocimiento de lo que el organismo expulsa ¿no es necesario para conocer el estado de buena o mala salud, para diagnosticar sin equivocarse y encontrar los remedios necesarios para la propia sanación y salvación? Desde una perspectiva propia de la teología de la libera­ción pensada para Europa proponía hace unos años Igna­cio Ellacuría con toda crudeza un «coproanálisis histórico que investiga la historia de las heces que van dejando las acciones históricas. Así como a enfermos y a sanos para conocer su estado de salud los médicos les ordenan con toda normalidad análisis de heces, lo mismo cabe ordenar para quien de verdad quiere conocer el estado social de quien se cree sano históricamente, pero que puede estar profundamente enfermo».

De modo que para conocer en profundidad y en verdad el estado de salud de la sociedad en que se vive, y para po­der encontrar para ella la medicina y salvación adecuada, sería imprescindible moverse entre las gentes que esa so­ciedad segrega y margina como inútiles después o antes de exprimirlas. San Vicente encontró él mismo entre los po­bres, y no en otra clase social, lo que significaba el evange­lio y la salvación («los pobres me han evangelizado’) y ex­perimentó también de primera mano que «los grandes sólo piensan en honores y riquezas» (XI 25).

Pero aparte de la propia sociedad también existe (¿hace falta recordárselo a nadie?) el tercer mundo. Ahí se en­cuentran las gentes que ni hacen ni escriben la historia, las gentes sin futuro; las que producen a cambio de un jornal de supervivencia el café de la sobremesa de la sociedad afluente y los metales raros de sus cazas mortíferos.

Lo que nos parece ser la mejor definición, ya en el siglo XIX, de cuál debería ser para los tiempos modernos la op­ción de las instituciones fundadas por san Vicente de Paúl no vino de ninguna de ellas, sino de un gran cristiano, se­glar, casado y santo canonizable, el beato Federico Oza­nam. Su vigorosa fórmula «pasémonos a los bárbaros «, que tanto escandalizó a las gentes católicas bienpensantes, definía muy bien lo que él proponía al conjunto de la Igle­sia como opción necesaria exigida por la fe en Jesucristo. Los bárbaros son «esas masas tiernamente amadas por la Iglesia… porque representan la pobreza que Dios ama y el trabajo que Dios bendice» (artículo publicado en Le Co­rrespondant, 10 de febrero de 1848). Explica en una carta a un amigo, el 22 de febrero del mismo año:

«Al decir ‘pasémonos a los bárbaros’, pido que en lu­gar de desposar los intereses de una burguesía egoísta, nos ocupemos del pueblo. Es en el pueblo donde yo veo suficientes  restos de fe y de moralidad para salvar a una sociedad que las clases altas ya han perdido».

Recuérdese la idea citada arriba de san Vicente sobre los ricos de su tiempo; y sobre los pobres, aquello de «en­tre esas pobres gentes se encuentra la verdadera religión, una fe viva» (XI 200).

Pero una opción de este tipo no se puede hacer cuando no se vive cerca de o entre los «bárbaros». Menos aún cuando se les mira con desconfianza, y puede que hasta con miedo. El mismo Ozanam, nacido y educado en un hogar de burguesía media, escribe en el artículo citado arriba: «Sacrifiquemos nuestras repugnancias y nuestros resentimientos, y vayamos hacia ese pueblo que no nos conoce».

Tampoco conocía él al pueblo por su educación, pero acabó conociéndolo por opción, es decir, por conversión. No hay otra manera de hacerlo. No nació burgués san Vi­cente de Paúl, pero se pasó los treinta primeros años de su vida apeteciendo un lugar cómodo y estimado en la socie­dad respetable de su tiempo. También tuvo que convertirse para llegar a adoptar, para sí mismo y para sus fundacio­nes, un modo de vida, una dedicación que Ozanam expre­sa así, y que san Vicente de Paúl hubiera sin duda suscrito sin temblarle el pulso:

«En vez de buscar la alianza de la burguesía, apoyé­monos en el pueblo, que es el verdadero aliado de la Iglesia. Pobre como ella, abnegado como ella, bende­cido con todas las bendiciones del Salvador» (carta a su hermano sacerdote, 23 de mayo de 1848).

Tres meses antes de escrita esta carta, en febrero de 1848 se publicaba en Londres el Manifiesto Comunista. Ozanam no lo había leído, ni tenía ninguna necesidad de leerlo para escribir lo que acabamos de citar. Le bastaba como inspiración el evangelio y el espíritu de quien reci­bieron nombre las Conferencias que fundó.

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