Que la humildad sea nuestra contraseña

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M. · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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La humildad cristiana

humildad1) En cierta ocasión, un caballero dijo ante san Vicente que para él la humil­dad no era sino la forma con que la describen los filósofos: una modestia educa­da, un recato honesto, una deferencia respetuosa, etcétera. Pero, señor, le dijeron, ¿quién conoce mejor la naturaleza de las virtudes que nuestro Señor? ¿Quién conoce mejor que él la importancia de la humildad, la fuerza de atracción que posee sobre las demás virtudes y que, sin ella, un cristiano queda desposeído de los adornos de la gracia que deben acompañarlo? (XI, 491).

2) He citado este texto para ver que la humildad contemplada sólo desde la luz de la razón, no va más que allá que lo que dicen los filósofos. La humildad puede ser contemplada desde puntos de vista diferentes. Además del indicado, hay otro importante, contemplar la humildad desde la perspectiva psicológica. Desde esta perspectiva, se aconseja aceptar la humildad —la terminología puede ser distinta— porque la práctica oportuna de la humildad es sana. Mediante ella, se acepta uno mismo. De lo contrario, la persona que no se acepta como es, se expone a desequilibrios psíquicos, a una excesiva apreciación de los propios valo­res o a una deprimente desvaloración de lo que es y tiene. En el primer caso, la persona vive en la falsedad del orgullo, incapaz de autocriticarse. En el segundo caso, la persona se puede hundir en un grave complejo de inferioridad. Nosotros vamos a tratar de la humildad en el sentido teológico con las oportunas alusiones a los otros aspectos.

Lo que entendemos por humildad

3) Etimológicamente, humildad viene de «humus», es decir, de tierra, de lodo. El humus, en castellano, es el mantillo, el abono, el terreno apto para que plantas nazcan y crezcan. Conceptualmente, a la humildad se la define como virtud que modera la tendencia desordenada a exagerar lo que uno es y vale, propiciando al mismo tiempo el justo conocimiento de lo que uno es y vale.

4) Algunos autores consideran la humildad como la virtud que sólo trata de poner delante de la propia conciencia la bajeza, defectos y limitaciones de la perso­na. Hay que reconocer que esta visión, más bien negativa de la humildad, apa­rece con frecuencia en la vida de los santos. Lo veremos al estudiar la humildad san Vicente. Sin embargo, no obstante esta visión negativa que los santos tuvie­ran de sí mismos, desarrollaron todos los valores de su persona, naturales y sobrenaturales, para mayor gloria de Dios y bien de los demás hombres.

Humildad en la Sagrada Escritura

5) Los sentimientos de humildad en los salmos, reflejo del sentir del pueblo Israel, son abundantísimos. La humildad es para el buen israelita la virtud que opone a la vanidad y, en niveles más profundos, a la soberbia (cf. Prov. 3, 7). La humildad se muestra viva en la historia de la salvación. El pueblo de Israel reco­ció el poder de Dios, la supremacía y centralidad de Dios en su historia. Esta primacía de Dios era el fundamento del comportamiento del pueblo.

6) En el Nuevo Testamento, las enseñanzas de Jesús sobre la humildad y los ejemplos que de esta virtud trasmitió, han hecho que la virtud de la humildad sea lo virtud profundamente cristiana. No ha habido seguidor de Jesús que no haya estimado la práctica de la humildad, movido por el deseo de imitar a Jesús humil­de, que lo fue hasta un grado difícil de comprender, si no es desde la fe.

a) Jesús vivió la humildad «social», es decir, vivió dentro de un contexto social humilde, v.g. su familia. Prefirió tratar con los humildes: la mayor parte de la gente que lo siguió era humilde. La proveniencia social de sus discípulos más afines era humilde: Se dirigió con su predicación y gestos, con preferencia a los pobres, a los humildes por excelencia, y los proclamó bienaventurados (cf. Mt 5, 4). Dio gracias al Padre porque su mensaje era bien captado por los humildes y sencillos, mientras que se lo ocultaba a los sabios de este mundo (cf. Mt 11, 25).

b) Jesús se constituyó maestro de humildad: Aprended de mí que soy humil­de… (Mt. 11, 1 1). Quien se humilla, será ensalzado y quien se ensalce, será humillado (Mt 23, 12; Lc 1 8,14). Cuando seas invitado, siéntate en el último lugar…(Lc 1 4, 10). Dio ejemplo lavando los pies a sus discípulos (cf. Jn 13). Pero, sobre todo, la gran humildad de Jesús consistió en estar pendiente de la voluntad del Padre en todo: Padre, hágase tu voluntad y no la mía (Lc 22, 41).

7) San Pablo vio a Jesús profundamente humilde. San Pablo fue, sin duda, el que entendió la humildad de Jesús y el que mejor la ha expresado: Siendo Dios, se hizo hombre… siendo Señor, se hizo esclavo… murió, muerte en la Cruz (Flp 2, 6). Aconsejó tener los mismos sentimientos de Cristo humilde: Tened los mismos sentimientos de Cristo, quien se anonadó hasta la muerte… (Flp. 2, 5-8). Puso de manifiesto distintas facetas de la humildad. La humildad se opone a la vanidad y a la soberbia (cf. Rom 12, 3. 16). La humildad permite reconocer que todo lo que uno tiene lo ha recibido de Dios (cf. 1 Cor. 4,7, 9). La humildad es para san Pablo fruto del Espíritu (cf. Gál 5,22). La humildad hace que la persona se dé cuenta de que no puede nada por sí misma (cf. Gál 6,3). Para san Pablo, la humildad tiene también proyección social. Además de buscar los intereses de los otros, se pone en el último lugar (cf. Flp 2, 3; 1Cor 3,12).

8) San Juan contempló a Jesús humillado, cuando lavó los pies a sus discí­pulos: Siendo vuestro Señor… (Jn 13, 14). Consideró la virtud de la humildad como la creadora de la disponibilidad para el servicio: Lo que he hecho con voso­tros, siendo vuestro Señor y Maestro, hacedlo vosotros también (Jn 13, 15).

9) San Pedro sacó de la contemplación de la humildad de Jesús la conclu­sión de que el humilde busca más los intereses de los otros que los propios (cf. 1 Pe 32,8). San Pedro aconsejó inspirarse mutuamente en la humildad: Inspiraos mutuamente en la humildad, porque Dios resiste a los soberbios, pero a los humil­des da su gracia. Humillaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios para que os exalte en el tiempo oportuno (1 Pe 5, 5-6).

10) No podemos menos de pensar en la humildad de la Virgen María, teniendo en cuenta, no sólo el canto del Magníficat: Miró la pequeñez de su esclava…Derribó a los poderosos y ensalzó a los humildes (Lc 1, 52), sino la pre­sencia de María en la vida de Jesús y el papel humilde, desde el punto de vista social, que le tocó desempeñar principalmente en los momentos de la muerte de su Hijo.

La humildad en la doctrina de los teólogos clásicos

11) Los teólogos clásicos parten del concepto, anteriormente expuesto de humildad, es decir, es la virtud que modera la tendencia a exagerar lo que somos y la virtud que nos pone en la justa comprensión de nosotros mismos, pero aña­den un detalle importante e interesante, y es que ese conocimiento de nuestras limi­taciones tiene que estar referido a Dios. Santo Tomás precisa este detalle: la humildad mira principalmente a la sujeción del hombre a Dios, por el cual se some­te a los demás, humillándose ante ellos. La razón que justifica el reconocimiento de nuestras carencias es porque así conocemos mejor lo que es Dios, de tal mane­ra que todo lo bueno que tenemos no nos aparte de Dios (sentido negativo) y todo lo bueno que tenemos nos lleve más a Dios (sentido positivo). Si esta referencia a Dios no existe, difícilmente podemos hablar de humildad cristiana.

12) la importancia que la teología espiritual tradicional ha dado a esta virtud ­de la humildad es muy significativa. Lo mismo hay que decir, y con mayor razón, de la importancia práctica que en la vida de los santos ha tenido la humildad. La razón es que la humildad remueve los obstáculos que impiden que Dios actúe en nosotros. Por esta razón, la humildad es considerada como el «fundamento negativo» de la perfección cristiana, la que crea el espacio para que Dios otorgue sus dones. Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (Sant, 6). Es admirable la abundancia de elogios que de la humildad encontramos en la Historia de la espiritualidad cristiana.

13) Entre las descripciones más famosas de la humildad es la de santa Teresa: ­Humildad es andar en verdad. Santa Teresa escribió: Estaba considerando por qué razón nuestro Señor es tan amigo de la humildad y púsome delante, a mi parecer sin considerarlo, porque Dios es suma Verdad y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y nada; y quien esto no entiende, anda en mentira… Plegue a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento.

14) Santa Teresa se inspiró en lo que muchos autores espirituales enseñaban entonces. Por ejemplo, el P. Rodríguez, del que tanto gustaba san Vicente, describió así la humildad: Ama Dios tanto la humildad porque es muy amigo de la verdad, y la humildad es verdad, y la soberbia y presunción son mentira y engaño… Pues si queréis andar en verdad y humildad, teneos por lo que sois. San Vicente, en una carta al P. Du Coudray, le dice: La verdad y la humildad se avie­nen muy bien las dos juntas. En realidad, la relación entre la humildad y la verdad viene de san Agustín quien dijo: La humildad se sitúa en la verdad y no en la mentira. (PL, 44, 265).

15) la relación entre la verdad y la humildad es rica en consideraciones. Obliga a preguntarnos cuál es «nuestra verdad», lo que nosotros somos de verdad, Ia verdad que es Dios, Jesucristo, los otros, etc. Entre las consecuencias más inmediatas de lo dicho anteriormente, está la de reconocer a Dios como origen de lo que somos y tenemos. San Vicente dijo a este respecto: Nosotros pertenecemos a Dios y no a nosotros. Es necesario, pues, vaciarnos de nosotros mismos para que Él nos llene, porque Dios no sufre el vacío. La humildad permite aceptar psi­cológica y teologalmente que dependemos de Dios, reconocerlo como creador, reconocer su primacía. De lo dicho, se deduce que no somos menos cuando nos humillamos, sino más auténticos, más verdaderos, porque nos ponemos en la línea de nuestro ser y en la línea del ser de los otros.

¿Tiene valor el anonadamiento?

16) Se plantea la cuestión sobre el anonadamiento voluntario, propio de la virtud cristiana de la humildad. ¿Es correcto y humano el anonadamiento? ¿Cómo justificarlo? ¿Por qué tiene valor? La respuesta cristiana tiene que partir del com­portamiento de Jesús. Cristo, según san Pablo, se anonadó. La humildad cristiana tiende a reproducir de alguna manera su anonadamiento de Cristo en toda su extensión y profundidad. Por eso, los santos se anonadaron, se rebajaron ante los demás voluntaria y libremente, o aceptaron el rebajamiento que les venía de los otros porque quisieron imitar a Jesús y reproducir su anonadamiento. Para san Juan de la Cruz, el anonadamiento de Jesús tiene como fin el que resplandezca mejor la gloria de Dios.

Grados de humildad

17) Muchos fundadores han distinguido distintos grados de humildad. San Benito distingue doce grados de humildad. San Bernardo, tres. San Ignacio de Loyola y Olier, éste contemporáneo de san Vicente, distinguen también otros tres grados. Si menciono estos grados es porque así comprenderemos mejor los gra­dos que expone san Vicente y veremos que su doctrina estaba muy relacionada con la tradicional y en conformidad con la mentalidad de los hombres espirituales de entonces.

La humildad según san Vicente

1. La actitud de san Vicente: Soy un gran pecador…

Spiritual-HumilityLa lectura de los textos vicencianos sobre la humildad y la práctica de la misma por el propio san Vicente sorprenden. No se llega a comprender las razones que san Vicente tuvo para humillarse de la manera que lo hizo, considerándose como ignorante (XI, 432, 579), tonto, estúpido, una bestia pe (XI, 1 77- 1 78), bribón (X, 235), porquerizo (II, 9,142), ruin (1, 422). No trató mejor a la Congregación, como veremos más adelante.

19) ¿Por qué se comportó así? ¿Por qué este «regusto» en humillarse y de rebajar todo lo suyo? No se puede dar una respuesta definitiva. Se pueden hacer hipótesis: por la suma admiración que el santo tuvo de la humildad del Hijo de Dios; porque así evitaba todos los obstáculos a la acción de Dios, porque era la manera de frenar su orgullo ante el éxito de sus obras y ante la estima de su persona; por los otros muchos valores, personales, comunitarios y apostólicos que vio en la humildad.

2. El ejemplo de Jesucristo

Nos dejó un monumento inmortal de las humillaciones de su persona divina, un crucifijo, para que lo recordáramos como criminal y ajusticiado (XI, 485‑486)

20) La admiración de san Vicente por la humildad de Jesús quedó bien reflejada cuando dijo: Si hubiéramos hecho su anatomía…, habríamos encontrado sin duda, que en el corazón adorable de Jesús que estaba allí especialmente grabada la santa humildad y quizás, no creo que exagere al decirlo, con preferencia sobre todas las demás virtudes …(XI, 485-486) Para san Vicente, la vida de Jesús no fue sino una serie de ejercicios de humildad: una humillación continua, activa, pasiva; él la amó tanto, que no se apartó nunca de ella en la tierra… después de su preciosa muerte, ya que nos dejó como monumento inmortal de las humillaciones de su persona divina, el crucifijo… ¿Por qué te entregaste a ese envilecimiento supremo? Porque conocías la excelencia de las humillaciones y la malicia del pecado contrario (XI 486).

3. La humildad y los grados de humildad según san Vicente

21) La humildad, según san Vicente, es la virtud eminentemente evangélica. Jesús es el único maestro. En la conferencia del 18 de abril de 1659, san Vicente se preguntó: ¿En qué consiste la humildad? Y respondió: En querer el desprecio, en desear la humillación, en alegrarse cuando nos vemos humillados, por amor a Jesucristo (XI, 488).

22) En las Reglas Comunes do los misioneros (II, 7) propuso tres grados o condiciones de la humildad:

  • La primera es creerse con toda sinceridad merecedor del desprecio de los demás;
  • La segunda, alegrarnos de que los demás vean nuestras imperfecciones y por ello nos desprecien.
  • La tercera, si el Señor hace algo a través de nosotros o en nosotros, ocul­tarlo, si se puede, movidos por lo conciencia de nuestra nada. Si no se puede, atribuirlo todo a la gracia de Dios y a los méritos de los otros.

23) Ya dijimos que sorprende esta doctrina y que difícilmente sintoniza con sensibilidad actual. Sin embargo, no se puede ser demasiado fáciles en rechazarla. Al hombre de hoy, le falta la experiencia del Dios «Absoluto» y le sobra un poco de optimismo sobre sí mismo. San Vicente tuvo muy presente la dificultad de aceptar su doctrina (cf. XI, 488). Insistió, sin embargo: Estudiémonos bien, pero bien: no sólo nos sentiremos peores que los demás hombres, sino peores que los diablos (XI, 492). Y como si fuera poco añadió: Sí, después de que nos hayamos examinado sobre la corrupción de nuestra naturaleza, la ligereza de nuestro espíritu, las tinieblas de nuestro entendimiento, el desorden de nuestra voluntad y la impureza de nuestros afectos veremos que todo es digno de desprecio (XI, 491).

4. Valores de la humildad según san Vicente

24) Espigando entre los escritos de san Vicente se puede agavillar un buen haz de valores de la humildad. El aprecio extraordinario por esta virtud, el entusiasmo con que habló de ella y las muchísimas veces que la propuso a los misione­ros, le permitieron exponer muchas facetas de la humildad. Es tarea ardua resu­mir todos los valores de la humildad, expuestos por san Vicente. Recojo algunos:

  • El valor principal de la humildad es que mediante su práctica se imita a nuestro Señor que tuvo la humildad como «su virtud» (cf. XI, 745).
  • La humildad permite reconocer que todo bien viene de Dios y que Dios está en el origen de todo bien (cf.1, 235).
  • La humildad hace reconocer las limitaciones, los pecadores y empuja a confiar en Dios (cf. III, 256).
  • La humildad defiende de las tentaciones del orgullo, de la ambición y de la vanidad (cf. XI, 745).
  • La humildad da paz al alma y a la comunidad (cf. XI, 409).
  • La humildad es el fundamento de toda perfección y el nudo de toda la vida espiritual (cf. RC II, 7).
  • La humildad vacía al hombre de los obstáculos que se oponen a la acción de Dios (cf. XI, 207).
  • Con la humildad se tienen todos los bienes y sin la humildad no se tiene ninguno y si se tienen, se perderán (cf. RC II, 7).

5. La humildad comunitaria

Si somos verdaderos misioneros, hemos de estar… contentos de que nos ten­gan por espíritus pobres (XI, 745).

25) Muchos fundadores han fomentado, no sólo la humildad personal de sus seguidores, sino también la humildad comunitaria. San Ignacio de Loyola con­sideró a la Compañía de Jesús como la «mínima Congregación». San Vicente, además de tenerla por «pequeña», describió con tonos más densos la necesidad de la humildad para la Congregación: Sí, lo afirmo sin duda alguna, si somos ver­daderos misioneros, hemos de estar todos y cada uno muy contentos de que nos tengan por espíritus pobres y ruines, por personas sin virtud, que nos traten como ignorantes, que nos injurien y desprecien, que reprochen nuestros defectos, que digan que somos insoportables por nuestras miserias e imperfecciones (XI, 745). La humildad debe ser la contraseña de la Misión, como el credo es la de los cris­tianos: Pidámosle que cuando nos pregunten sobre nuestra condición, nos permita decir: «Es la humildad». Que sea ésta nuestra virtud. Si se nos dice «¿Quién va?», «La humildad». Que sea ésta nuestra contraseña (XI, 491).

26) Otros muchos pasajes se pueden aducir para demostrar, no sólo el con­cepto que él tenía de la Congregación: pequeños espigadores (XI, 747), deshecho del mundo (XI, 698), pequeño rebaño (XI, 312), sino de cómo la Congregación debe ser humilde y alegrarse de sufrir humillaciones: Los misioneros tienen que sentirse con­tentos, no sólo cuando encuentren alguna ocasión de desprecio…, sino también cuando se desprecie a su Compañía; ésa será la señal de que son verdaderos y humil­des (XI, 746). Si Pedro, Juan y Santiago deben ser humildes, también la Compañía formada por Pedro, Juan y Santiago (cf. XI, 747). La intención de san Vicente era clara, aunque desde la pura lógica, el argumento no concluyera necesariamente, por­que la comunidad es algo distinto de las individualidades que la componen.

6. Valores apostólicos de la humildad, según san Vicente

27) En la doctrina y en la práctica de la humildad según san Vicente hay mucho de ascesis, pero la verdadera justificación está en el valor apostólico de la humildad. Entre otros valores apostólicos de la humildad, resaltamos los siguientes:

  1. El sentirse enviado y la apertura a la voluntad del que lo envía. En este sentido, san Vicente expuso un bello pensamiento al P. Nacquard, escogi­do para la misión de Madagascar. Cuando uno es escogido para una misión, sólo la humildad es capaz de soportar esta gracia; el perfecto aban­dono de todo lo que Vd. es y puede ser, con la exuberante confianza en su soberano Creador (III, 356).
  2. El desprendimiento y la aceptación gozosa de lo que suceda. Así escri­bió san Vicente al P. Portail: ¡Qué bueno es, padre, que se haya visto humillado, ante todo porque de ordinario es lo que sucede en todo progreso, y porque es ésa la suerte que nuestro Señor prepara a aquéllos de los que desea servirse útilmente (I, 319). San Vicente añadió: Démonos al despre­cio, a la vergüenza, a la ignominia, y rechacemos los honores, los aplau­sos, la buena reputación que se nos da y no hagamos nada que no sea para practicar la humildad. Trabajemos siempre humilde y respetuosamen­te. Y añadió más aún: Teníamos que morirnos de vergüenza si pretendemos un poco de reputación por el servicio que damos a Dios, viendo a Jesucris­to recompensado por sus trabajos con el oprobio y el patíbulo (cf. I, 319).
  3. La indiferencia que exige el apostolado, sobre todo, el comunitario. No siempre se pueden escoger los colaboradores, los lugares, los métodos, los medios, los pobres. El rechazo de algunos mandatos o ruegos por parte de los Superiores pueden tener origen en la carencia de alicientes personales o porque no responden a los propios planes.
  4. Anteponer siempre los intereses de Dios. San Vicente fue muy claro en este sentido: Los intereses de Dios son mucho más importantes que los inte­reses de la Compañía. La riqueza, el poder, la buena reputación hacen mucho daño, esto es lo que san Vicente dijo a santa Francisca Fremiot de Chantal y añadió: ¡Si conociese nuestra ignorancia y la poca virtud que tenemos, tendría una gran piedad de nosotros! (I, 561).

7. Vicios contrarios a la humildad

28) Los vicios contrarios a la humildad son la soberbia y el orgullo que exaltan lo propio y hace que la persona se erija en hacedora del propio bien y despreciadora de los demás. La vanidad y jactancia son signos evidentes de que la persona se sobreestima y se considera autosuficiente. La vanidad y la jactancia son igualmente signos de que se reniega de la condición de criatura e intenta suplantar la primacía de Dios y de su dependencia.

8. Medios para practicar la humildad

29) Los valores de la humildad son patentes. Todos hablan bien —dijo san Vicente— de esta virtud, todos la aman, aunque su práctica resulte difícil (cf. XI, 483-484). La experiencia enseña que la vida cotidiana ofrece muchas ocasiones de practicar la humildad. Con frecuencia, experimentamos que el Señor permite que tengamos tres o cuatro ocasiones diarias de practicar la humildad y de vez en cuando envía grandes ocasiones de humildad profundamente purificadoras. San Vicente, entre otros muchos medios, aconsejó los siguientes:

  • hacer todos los días algún acto de humildad (cf. I, 236),
  • confesar nuestras faltas, (cf. XI, 742),
  • aceptar las correcciones (cf. RC X, 13, 14),
  • pedírsela a Dios y a la Virgen, (cf. XI, 745),
  • predicar a Cristo y no a nosotros (cf. XI, 339),
  • meditar una vez al mes sobre la humildad (cf. XI, 109).

Actualidad de la humildad vicenciana

30) La doctrina y práctica vicenciana de la humildad suscitan varios inte­rrogantes. Uno de ellos es el de su actualidad: ¿Son válidas la doctrina y la prác­tica vicencianas, hoy? ¿sintonizan con la mentalidad actual? Veamos algunos aspectos.

31) Los términos obedecen al modo de pensar o de sentir. Las palabras son el vehículo de lo que pensamos y sentimos. Tenemos, pues, que saber los valores que están en el fondo del hombre de hoy, cuál es su mentalidad, su cultura, enten­diendo por cultura los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradores y los modelos de la humanidad. En esta perspectiva, la humildad es un valor anticultural.

32) Los valores que fundamentan la cultura actual son los siguientes:

a) Secularismo que lleva consigo la ruptura con todo los trascendente y, por tanto, con todo lo que se relaciona con Dios. En un estudio reciente se afirma: Una gran masa de gente vive sin Dios y no lo echa de menos, no advierte ninguna carencia grave en su vida. No les hace falta para nada en su vida diaria, no necesitan de Dios, se siente francamente cómoda sin Él. De Dios, sencillamente, se pasa.

b) La libertad. El sentido de libertad es tan amplio y fuerte que no se admi­te limitación alguna a la decisión de la persona. El criterio prevalente es la persona individual, lo que ella cree, lo que ella piensa, lo que a ella le agrada, lo que a ella le parece. La norma moral es la misma persona. De ahí, el subjetivismo, el permisivismo y la amoralidad.

c) La igualdad entre todos. Todos somos iguales. Nadie es superior al otro. Las desigualdades existentes son injustas.

d) La sobrevaloración de la persona para evitar complejos de inferioridad y para que la persona se desarrolle al máximo, para que pueda triunfar.

e) La competencia como medio de triunfar en la vida, lo que lleva consigo el sentido de superar al otro, e ir por caminos «eficaces», aunque se atro­pellen otros valores.

33) Una simple comparación de lo que hemos dicho de la humildad vicen­ciana con estos criterios fundamentales de la cultura actual, nos permite deducir lo difícil que es para el hombre de hoy, aceptar la humildad, personal o comunitaria, como un valor digno de vivirse. Por otra parte, hay valores, como el respeto a la per­sona, valoración de la misma y la solidaridad que muy difícilmente se pueden prac­ticar sin la humildad, no obstante ser valores bien aceptados por la cultura de hoy.

34) La humildad, por ser en muchos de sus valores anticulturales, es una virtud de choque que interpolo al batid ,te de hoy en aspectos muy decisivos, como son la de­pendencia de Dios, la prioridad del otro y el respeto a la dignidad de toda persona.

35) La Iglesia, siempre fiel al Evangelio, no puede sucumbir ante la cultura ambiental. Ella debe evangelizar esta cultura. Es el gran reto que tiene la Iglesia. Pablo VI dijo: La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo, como lo fue en otras épocas. De ahí, que haya que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura o más exac­tamente de las culturas. Y Juan Pablo II dice: El diálogo entre la Iglesia con las culturas de nuestro tiempo es el terreno vital en el que se juega el destino de la Iglesia y el mundo durante este final del siglo XX.

La enseñanza de la Iglesia

36) En el magisterio eclesial, encontramos con frecuencia menciones refe­rentes a la humildad. El Concilio Vaticano II pone de manifiesto la humildad de Cristo para asentar la humildad de la Iglesia. Como Cristo, la Iglesia debe predi­car la humildad y ser ejemplo de ella. La humildad es una virtud esencial para la Iglesia, para crear en ella el dinamismo de la conversión continua. La Iglesia santa tiene necesidad al mismo tiempo de la purificación constante. Los obispos, los sacerdotes, los religiosos, los fieles tienen que ser humildes, por razón de su minis­terio. La humildad es para los religiosos, una de las virtudes fundamentales: Esta servidumbre para con Dios debe fomentar en ellos el ejercicio de las virtudes, sobre todo, de la humildad…., por la que se hacen partícipes del anonadamiento de Cristo (Flp 2, 7-9) y de su vida y espíritu (Rom 8, 1-13). Los fieles deben ser humildes para potenciar su colaboración en la construcción del reino de Dios.

Las enseñanzas de los teólogos actuales

37) Todos los tratados clásicos de teología moral, así como todos los tratados de espiritualidad, trataban de la humildad. El cambio de orientación en las ense­ñanzas de la teología moral ha hecho que ahora no se hable mucho de esta virtud. A veces, ni se la menciona en los índices analíticos». Naturalmente, la ausencia del término no significa que los autores no tengan en cuenta el valor evangélico de la humildad. Solamente significa que, dada la nueva estructuración de sus tratados de teología moral, no la han tratado ampliamente. Casi lo mismo se puede decir de los tratados de vida espiritual. Los diccionarios de espiritualidad suelen traer explicacio­nes de la humildad en el sentido histórico y, sobre todo, la humildad en la sagrada Escritura con alguna que otra consideración referente a la actualidad de la humildad.

La humildad en el magisterio de la Compañía

38) De la humildad, hay que decir lo mismo que de la sencillez. En la formación espiritual del misionero y en la vivencia espiritual, la Congregación ha tenido muy presente la doctrina y la práctica de la humildad. Con relativa frecuencia, los Superiores Generales han apelado a la humildad como característica del misionero vicenciano, pero no se ha estudiado en profundidad, hasta en los últimos tiempos, ni se han hecho grandes esfuerzos para actualizar los valores de la humildad.

39) Las Constituciones en el art. 7 mencionan la humildad como una de las maneras de expresar el espíritu de la Congregación. Hay que acudir a las Reglas Comunes y a las demás fuentes de la doctrina de san Vicente para conocer bien lo que es la humildad.

Valores actuales de la humildad

40) Entre los valores actuales de la humildad, podemos contar los siguientes:

  1. Esta virtud permite al hombre reconocer su dependencia de Dios y su interdependencia de los demás. Le permite reconocerse como criatura de Dios y necesitado de los demás. La apertura, el diálogo, el respeto, el recibir, escuchar, hablar y el agradecimiento pueden ser formas muy actuales de humildad.
  2. La humildad hace ver al hombre que es pecador y lo sensibiliza ante pecado. Libera, por tanto, a la conciencia de no sentir el pecado, cuando el pecado, tanto el personal como el comunitario, es frecuente.
  3. La actividad misionera corre el riesgo de ser dominadora y autosuficiente, de cerrarse en las propias ideas y métodos, de negar la colaboración. La humildad hace que el misionero, al mismo tiempo que evangeliza, se deje evangelizar y que predique no su palabra, sino la palabra de Dios, asegurada por el magisterio de la Iglesia.
  4. En resumen, la humildad tiene hoy amplios espacios en los que se puede practicar: personal, comunitaria y eclesialmente, y de modos muy variados. El peligro está en la interpretación incorrecta de humildad que puede dar origen a la pasividad, comodidad y anulamiento de los dones naturales y sobrenaturales recibidos de Dios.

41) Lo virtud de la humildad choca con la mentalidad del mundo, de la cul­tura actual y, por tanto, que reacciona ante él de una manera o de otra. Puede ser una reacción de desprecio, de admiración, de aceptación y reflexión. Las pre­guntas que surgen casi espontáneamente son: 1ª. Los valores de la virtud cristiana de la humildad ¿son proféticos? 2ª De los valores que contiene la humildad, ¿cuál es el que más choca a la mentalidad actual? 3ª ¿Cuál es el que más le conviene?

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