Profetismo del carisma vicenciano a la luz de la doctrina social de la Iglesia (3)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: María Pilar López, H.C. · Año publicación original: 2009.
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3.- San Vicente y la dignidad de la persona

El principio fundamental de la DSI, la dignidad de la persona humana, se basa en la grandeza del hecho de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, recordemos el grito de Juan Pablo II en el discurso inaugural de Puebla:

«¡Respetad al hombre! ¡El es imagen de Dios! ¡Evangelizad para que esto sea una realidad! Para que el Señor transforme los corazones y humanice los sistemas políticos y económicos»1

Más de tres siglos antes, San Vicente decía a los Misioneros:

«No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo. He de amar a mi prójimo, como imagen de Dios y objeto de su amor».2

La persona es el alma de la enseñanza social de la Iglesia, además del relato del Génesis, en numerosas ocasiones, la DSI cita el capítulo 25 del evangelio de Mateo como fundamento. Así en la Centésimus Annus, Juan Pablo II nos dice:

«…las palabras de Cristo: ‘Cuantas veces hagáis estas cosas a uno de mis hermanos más pequeños, lo habéis hecho a mí’, no deben quedarse en un piadoso deseo, sino convertirse en compromiso concreto de vida. Hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras».3

Para San Vicente este pasaje del Evangelio, junto con el misterio de la Encarnación, fundamentó su modo de seguir a Jesucristo. Aunque su pensamiento está en la mente y en el corazón de todos nosotros, releamos alguno de los muchos textos en los que lo recuerda a las Hijas de la Caridad.

«Sirvientas de los pobres, que es como si se dijese sirvientes de Jesucristo, ya que él considera como hecho a sí mismo lo que se hace por ellos, que son sus miembros»4

«Cuando se sirve a los pobres, se sirve a Jesucristo. ¡Hijas mías que gran verdad es ésta! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan cierto como que estamos aquí»5

La experiencia de Dios, en Vicente de Paúl, pasa a través de las mediaciones de los pobres. Benedicto XVI, en la «Deus Caritas est», donde nombra a San Vicente, expresa el mismo principio:

«Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios«6

Dejando para los expertos la discusión de si se puede o no hablar de espiritualidad vicenciana, digamos que, si entendemos como espiritualidad el conjunto de ideas y actitudes que caracterizan la vida espiritual de una persona o un grupo de ellas, para el cristiano será una forma concreta de seguir a Cristo. La espiritualidad de Vicente de Paúl, su forma concreta de seguir a Cristo, nace de su encuentro fuerte con Dios y con Cristo en el mundo de los Pobres, que le llevó a experimentar dos principios claves en su vivencia del evangelio:

  • «Servir a los Pobres es ir a Dios«7
  • Servir a los pobres es construir a favor de ellos el Reino de Dios y su justicia.8

Estos principios son, para Vicente de Paúl, expresión inequívoca de la realización de la voluntad de Dios y de la continuación de la vida y de la misión de Cristo evangelizador de los pobres.

No solo a los Misioneros y a las Hermanas insistía San Vicente en la identificación de Cristo con el pobre y en continuar su Misión, el 11 de julio de 1657 en una plática a las Damas les dijo:

«Él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará como hechos a su divina persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres? ¿Y qué amor podemos nosotros tenerle a él si no amamos lo que él amó? No hay ninguna diferencia, señoras, entre amarle a él y amar a los pobres de ese modo; servirles bien a los pobres es servirle a Él»9

Para Vicente de Paúl, en el continuar la misión de Cristo, está siempre presente el cumplimiento de la voluntad del Padre que es para nuestro Fundador, y debe serlo para todos nosotros, equivalente a tener hambre y sed de justicia, a construir el reino de Dios y su justicia. Una de las características propias y originales de la espiritualidad vicenciana es esta relación que nuestro Fundador establece entre reino de Dios y voluntad de Dios y que, como él nos mostró con su vida, se realiza mediante la acción.

El cristianismo siempre ha defendido la unidad del ser humano, frente a la filosofía griega, que concibe al hombre como un compuesto de alma y cuerpo. Esta dicotomía entre alma y cuerpo es lo que lleva, en frase del P. Ibáñez, que en gloria esté, a la «esquizofrenia de la vida cristiana» que pone por un lado la vida interior y por otro lado la lucha por la justicia y el compromiso sociopolítico a favor de los pobres». Sigue el P. Ibáñez en su libro «La fe verificada en el amor»: «La fe y la experiencia de Vicente de Paúl le hacen descubrir que, mientras se sigan alimentando en el cristianismo actitudes espiritualistas, la lucha por la justicia y la defensa de los pobres irán por otros caminos muy distintos a los de la Iglesia de Jesucristo».10

San Vicente afirma que hay que servir a todo el hombre, a toda la persona. Esta separación entre lo «espiritual» y lo «corporal» parece que ya creó problemas en su tiempo pues, en una conferencia sobre la finalidad de la Congregación de la Misión, les dijo a los Misioneros lo siguiente:

«De modo que, si hay algunos entre nosotros que crean que están en la Misión para evangelizar a los pobres y no para cuidarlos, para remediar sus necesidades espirituales y no las temporales, les diré que tenemos que asistirles y hacer que les asistan de todas las maneras, nosotros y los demás, si queremos oír esas agradables palabras del soberano Juez de vivos y de muertos: ‘Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que os está preparado, porque tuve hambre y me disteis de comer; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me cuidasteis’. Hacer esto es evangelizar de palabra y de obra; es lo más perfecto; y es lo que nuestro Señor practicó y tienen que practicar los que lo representan en la tierra».11

Con un lenguaje distinto, pues estamos a tres siglos de diferencia, el Compendio nos recuerda que la salvación es integral, de toda la persona, algo que para nosotros, hijos e hijas de Vicente de Paúl no debía ser nuevo.

«La Doctrina Social de la Iglesia tiene una profunda unidad, que brota de la Fe en una salvación integral, de la esperanza en una justicia plena, de la Caridad que hace verdaderamente hermanos a todos los hombres en Cristo»12

San Vicente está a años luz de un espiritualismo desencarnado. Volvamos a las Conferencias a los Misioneros. El texto es un poco largo pero creo importante que lo conozcamos entero:

«Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor de Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo: ‘Mi Padre es glorificado, dice nuestro Señor, en que deis mucho fruto’ (Jn, 15-8) . Hemos de tener mucho cuidado en esto; porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calenturienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración, hablan casi como los ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios, de sufrir, de mortificarse, de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable ¡ay!, todo se viene abajo y les fallan los ánimos… No, no nos engañemos: todo nuestro quehacer consiste en la acción«.13

Nuestra fidelidad a los pobres nos hará más abiertos al amor universal, a las grandes causas de la humanidad, más útiles a la Iglesia de Dios, más fecundos para el Reino y su justicia. No es necesario repetir exactamente lo que hizo San Vicente, lo que cuenta, es la fidelidad inventiva al carisma recibido en herencia, una nueva «imaginación de la caridad» como nos dice Juan Pablo II:

«Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad. Es la hora de un nueva ’imaginación de la caridad’, que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno».14

En el capítulo dedicado al hombre creado a imagen de Dios, el Compendio aborda la cuestión de que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad e igual valor. Utiliza textos de dos documentos que Juan Pablo II dedicó a la mujer: en 1988 la carta apostólica «Mulieris dignitatem», y en 1995 la bellísima «Carta a las mujeres» con motivo de la IV conferencia Mundial de la mujer celebrada en Pekín. Tomemos un texto de éste último en el que Juan Pablo II hace referencia al comportamiento de Jesús con respecto a las mujeres, dice así:

«Él, superando las normas vigentes en la cultura de su tiempo, tuvo en relación con las mujeres una actitud de apertura, de respeto, de acogida y de ternura. De este modo honraba en la mujer la dignidad que tiene desde siempre, en el proyecto y en el amor de Dios.»15

Las mujeres, en la época de San Vicente, eran personas de segundo orden, tanto en lo social como en lo eclesial, subordinadas a los hombres y sin personalidad jurídica. Vicente de Paúl rompe moldes, se libera de la concepción antihumana en que vivían las mujeres y empieza a descubrir que, la mujer, es imprescindible para superar la situación de miseria en que se encontraban los pobres.

Convencido de ello, se enfrenta a la tradición de su tiempo, abre caminos e introduce a la mujer, con todas sus consecuencias, en la vida social y religiosa. Veamos con un ejemplo su pensamiento:

«Parece que el cuidado de los niños expósitos es cosa de hombres y no de mujeres. Respondo que Dios se sirve de los que quiere«.16

Más adelante leemos:

«En cuanto a que no es una obra para mujeres, sepan señoras, que Dios se ha servido de vuestro sexo para realizar las cosas más grandes que se han hecho jamás en el mundo. ¿Qué hombres han hecho alguna vez lo que hizo Judit, lo que hizo Ester, lo que hizo en este reino la doncella de Orleans, lo que hizo santa Genoveva aprovisionando de víveres a París durante un hambre?»17

Veamos también, con un ejemplo, cómo Vicente de Paúl supera las normas vigentes en la cultura de su tiempo. En lenguaje de hoy diríamos que fue «contracultural».

Lo tomamos del reglamento de la «Caridad de mujeres de Chatillon-les-Dombes» de finales de 1617, estamos hablando de su documento fundacional, hace más de trescientos noventa años.

En dicho Reglamento, San Vicente dice:

«Y puesto que hay motivos para esperar que se harán fundaciones en favor de dicha cofradía y no es propio de mujeres llevar ellas solas la administración de las mismas, las sirvientas de los pobres elegirán como procurador a un piadoso y devoto eclesiástico o a un ciudadano virtuoso»18

Al poco tiempo Vicente de Paúl se da cuenta de que este rasgo cultural de su época: «no es propio de mujeres llevar ellas solas la administración», no es válido. Muy pronto, hacia 1630, le escribe a Luisa de Marillac:

«La experiencia nos hace ver que es absolutamente necesario que las mujeres no dependan en esto de los hombres, sobre todo por la bolsa».19

¿Qué nos está enseñando aquí San Vicente? Dos cosas: que también en este aspecto, el Señor Vicente no hace otra cosa que seguir el ejemplo de Jesucristo, tal como nos lo ha descrito Juan Pablo II y que, cuando se trata del bien de los pobres, no hay que dudar y actuar contraculturalmente si es necesario.

  1. Juan Pablo II. Discurso inauguración Puebla, nº 5
  2. SV XIB, 553
  3. C.A., 57
  4. SV IXA, 302
  5. SV IXA, 240
  6. DCE, 15
  7. S.V., IX, 25
  8. Confrontar SV XI A, 428-444 y 445-447
  9. SV X 954-955
  10. J.M. Ibáñez. La fe verificada en el amor. Ed. Paulinas-1993 p. 65
  11. SV XIA, 393
  12. Compendio, 3
  13. SV XIB, 733
  14. Novo Millenio Ineunte, 50
  15. «Carta del Papa Juan Pablo II a las mujeres» Vaticano 29 de junio de 1995
  16. SV X, 939
  17. SV X, 945
  18. SV X, 575
  19. SV I, 141

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