Pastoral Vicenciana Juvenil en las misiones populares

Francisco Javier Fernández ChentoJuventudLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Arturo Conde, C.M. · Año publicación original: 1986 · Fuente: XIII Semana de Estudios Vicencianos, Salamanca.
Tiempo de lectura estimado:
Arenas de San Pedro (Valle del Tietar)

Arenas de San Pedro (Valle del Tietar)

Se nos ha pedido una exposición sobre la Pastoral Vicen­ciana juvenil en Misiones populares para la XIII Semana de estudios vicencianos. Lo hacemos con temor y temblor porque el tema es delicado y dificil, y tememos añadir una experiencia más a tantas como se han dicho y escrito sobre el tema, cuando lo que importa es hacer ya de una vez algo y dejar de hablar tanto.

Nosotros haremos afirmaciones de algo que se ha hecho y de lo que todavía se podría hacer. El tema es además compro­metedor. No se puede hablar de él sin mojarse. Y por eso vamos a hablaros casi con mala conciencia, pero convencidos al mismo tiempo, de que lo que vamos a comunicaros es verdad, aún cuando en la práctica uno se sienta muy lejos de la utopía vicenciana, que dibujaremos a grandes trazos.

No somos expertos en vicencianismo —lo hemos escucha­do ya— pero sí algo ejecutores del espíritu de san Vicente.

Pero esto mismo, por otra parte, nos permite hablaros con confianza porque sabemos que es un desahogo de unos com­pañeros y hermanos vuestros que buscan con vosotros la identidad…

Lo que os ofrecemos va a tener por eso, carácter de meditación, de reflexión serena y desapasionada, no de estudio riguroso y detallado.

El título responde solo en parte al contenido. Yo mismo comenzaré exponiendo lo que es, a mi modo de ver, la misión vicenciana y su tradución actual en el campo juvenil. La segunda parte será exposición de una experiencia misionera en el Valle del Tiétar (Avila).

Como os decía más arriba, intentaré exponer a grandes rasgos el sentido vicenciano de misión y su traducción actual en los pobres, en este caso, en la juventud, ofreciendo una visión muy general de la problemática que afecta a la misma.

Esta última parte es una reflexión nueva que hago desde la realidad vicenciana del pobre. Con esta reflexión, sólo preten­do comunicar mis inquietudes e interrogantes y unirme así a vosotros para hacer más efectivo el evangelio.

Introducción

Echando una mirada a nuestra sociedad de hoy, se palpa la necesidad de nueva evangelización. Hoy es urgente evangeli­zar. Las personas, la cultura, las estructuras están necesitando la orientación de la Palabra de Dios. La sociedad actual espera porque necesita.

Hasta es más necesaria hoy que ayer la evangelización. En la sociedad de cristiandad de ayer el ambiente mismo propicia­ba el aire religioso que respirar. Había unas leyes, unas cos­tumbres y unos modos oficiales o admitidos de actuar en los que la doctrina cristiana aparecía como normativa obligada.

En la sociedad, fruto del cambio espectacular de nuestro mundo, ha desaparecido lo religioso como referencial y hasta se ha eliminado intencionadamente. Está haciéndose una nue­va era laica.

Ha aparecido la endeblez real de la formación y del com­promiso de los creyentes. Ese escaparate vistoso de la época de cristiandad ha quedado desordenado.

El análisis del sistema educativo español, desde los niveles básicos a los universitarios nos preocupa por su repercusión en la inadecuada formación integral de las nuevas generaciones.

Cuando se pone en peligro el derecho a la libertad de enseñanza y se desvirtúa el concepto de formación para la información, rehuyendo en las enseñanzas regladas el sentido religioso de la vida, no cabe la postura de la inconsciencia o la despreocupación.

La cercana LODE es, puede ser, un impacto negativo para el futuro de nuestra juventud. Pero lo más preocupante es el modelo de hombre que pretende formar el Gobierno actual­mente en el Poder.

En los centros públicos la educación en los valores es tema tabú. Conciben la actividad educativa del centro público como una mera transmisión de conocimientos. Los valores son pre­juicios dogmáticos y extracientíficos.

Por otra parte, la escuela paralela: la influencia en los jóvenes y escolares de la televisión, el cine, la calle, el ambiente en general, hace más importante el planteamiento de este tema: ¿Qué significa para los misioneros populares que cerca de cinco millones de jóvenes españoles están educándose?

Por ello, ahora es cuando urge más la evangelización; ahora es cuando las misiones renovadas están llamadas a aportar mejor servicio al pueblo de Dios y a la sociedad.

La sociedad nueva que se está formando o se amasa con el evangelio gracias a las diversas formas de evangelización, también las misiones populares, o se amasa con la indiferencia o el ateísmo.

La sociedad de hoy está llamando con urgencia a la alcoba en donde duermen las misiones populares para que despierten e imaginen las nuevas campañas apostólicas.

1. Doctrina vicenciana

Hemos sido enviados a anunciar el evangelio a los pobres. Intento fundamentar estas afirmaciones en la doctrina vicen­ciana.

Para Vicente de Paúl, la misión tiene un objetivo funda­mental: «predicar el evangelio», «dar a conocer a Dios a los pobres», «anunciarles a Jesucristo», decirles que el Reino de Dios está cerca y que es para los pobres».1

En otras palabras, Vicente de Paúl enfoca la misión en orden a «hacer efectivo el evangelio en medio de los pobres, ignorantes y abandonados…». Toda evangelización es un mo­vimiento de caridad, de participar en la vida de los demás para darles el contenido de ese anuncio en la vida. Y esto nos lleva a la solidaridad con esa gente.

Para realizar la evangelización de los pobres, Vicente pide a sus misioneros relacionarse con ellos, emplear una pedagogía lenta, paciente, admirable, ponerse al alcance de los más humildes.

Sabe que el contacto no sólo debe provocar un choque, sino manifestar amor, y estima, iniciar la transmisión de la verdad.

Este anuncio extraordinario de la Palabra evangélica puede corroborar a) por un lado la pastoral del lugar donde se misiona y b) por otro, matizar o profundizar o suscitar todos o algunos aspectos que se consideran claves, aspectos que tengan una incidencia eclesial, diocesana, parroquial, económica, po­lítica y social para construir el Reino de Dios en la Iglesia y en la sociedad local.

1. Contenido de la evangelización: «El Cristo de los pobres»

El Cristo pobre, presente en los pobres, polariza la concien­cia vicenciana. Apoyado en la triple fuente de inspiración joánica, paulina y lucana, Vicente de Paúl contempla a un Cristo lleno de celo y de ternura. Es un Cristo escarnecido y humillado que vino para los pobres y se identifica con ellos.

Entiendo por inspiración joánica la realización de la volun­tad de Dios en el mundo. Paulina es la configuración con Cristo entregado hasta la muerte. Lucana: es la realización en el mundo concreto de los pobres por la caridad.

Los pobres de quienes Vicente de Paúl habla con sus interlocutores y a quienes quiere introducir en su existencia, no blanquean con cal la conciencia de nadie. Los pobres no son para él como un slogan, una categoría de análisis, una idea, un vertedero de la piedad o de la ideología, deslizador, en definiti­va, de un egoísmo nauseabundo y de un ansia de poder insatisfecha. Sino los pobres como una realidad de despojo, explotación, dependencia, dolor, desnutrición y muerte.2

Al ser testigos e imágenes de Jesús, Este les constituye abogados y defensores de su propia causa. A lo largo del proceso, los pobres se levantan para convocarnos ante el tribunal de Dios y de la sociedad. Pueden condenarnos en cada minuto, pero también tienen poder para liberarnos y salvar­nos. Sus argumentos que son desnudamente un exponente de su vida, constatan nuestro despilfarro con su escasez, nuestro dominio con su servilismo, nuestra indiferencia con su aban­dono.

A la mirada de este hombre profundamente evangélico, que no llega a tener otra ambición más que «hacer efectivo el evangelio», los pobres merecen el más profundo respeto; el mejor servicio, realizado «con alegría, coraje, constancia y amor», hasta llegar a compartir solidariamente con ellos su dolor, su desamparo su marginación.

En este clima de responsabilidad, de solidaridad, de com­promiso con los pobres, se destierra para siempre el convertir­les en instrumentos de proselitismo de cualquier signo. Se podría afirmar que el fondo de la cuestión consiste en expresar la verdad de la fe en actos y no traducirla en palabras. Esta fe que Vicente de Paúl la vive en el amor a Dios y a los hombres —se ama o se traiciona a Dios en el hombre, en el pobre— no es un discurso sobre el mundo, sino una práctica en el mundo, en el compromiso con la causa de los pobres.3

Vicente de Paúl sabe que Dios le ha puesto delante de una tarea que realizar. Tarea de la que no puede escaparse, so pena de morir de inanición y no de éxtasis en Dios. Lejos, pues, de apartarle de los asuntos de este mundo, es Dios quien le sumerge en él para realizar la imagen de Dios en el hombre y el plan de Dios en el mundo.

«Consumirse por Dios» y no «perderse en Dios», será para él caminar hacia los pobres y decidirse a trabajar por su parte en las tareas terrestres de lucha contra los desheredados de esta tierra, porque el mundo, tal y como es, no les permite vivir.

Vicente sabe que Dios habla, cuando le deja hablar; ser Dios, cuando él se calla.: «no tenemos que movilizar ni que aconsejar a Dios», susurra apaciblemente el alma de su alma; cuando él, Vicente de Paúl, toma partido por los pobres y trabaja con ellos y con los demás hombres en la construcción de un mundo según los designios de Dios: que todos los hombres tengan los medios de construir su vida.

Al fundar todo el ser y toda la vida del hombre en la relación a Dios, en la relación a Jesucristo, Vicente no se refiere a una historia de un otro mundo, sino que desvela la fuerza que trabaja este mundo en el que los hombres se construyen en humanidad.

De ahí su amor, su preocupación por los pobres en los que Dios y Cristo están presentes.

Es imposible, nos asegura san Vicente de Paúl, descubrir el misterio de Cristo sin descubrir hasta qué punto éste se identi­fica de una manera privilegiada con los pobres.4

Es imposible reconocer plenamente la dignidad de los pobres a no ser con la mirada de Cristo.

Vicente de Paúl nos hace comprender experimentalmente que «no es en absoluto dejar a Dios el dejarle por los pobres», sino que «en ellos le encontramos, en ellos le servimos». A Dios se le encuentra o se le abandona, se le ama o se le traiciona en el hombre y, especialmente, en los más pobres de estos hombres.

2. Consecuencia

En esta identidad se trata de tener o de perder a los pobres. Estar con los pobres, requiere hechos, que sean realizadores de la verdad cristiana. Para seguir a Jesús, se requiere empobre­cerse, es decir, solidarizarse con los pobres y protestar contra la pobreza y las causas que la provocan.

En general, las comunidades cristianas, los grupos o movi­mientos cristianos únicamente se han preocupado hasta ahora por la ortodoxia de sus catequesis. Debería abrirse camino, igualmente, y con urgencia, una preocupación por la ortopra­xis de la misma comunidad o grupo, o movimiento.

A medida que los destinatarios de las catequesis avanzan por el itinerario catecumenal, deben sentirse personalmente en la causa de los pobres. Limitarse a aceptar las «verdades de la fe», sería radicalmente insuficiente, puesto que sin la caridad, sin el compromiso social en favor de los pobres, la fe no es absolutamente nada (1 Cor 13, 2).

Tanto la evangelización como la catequesis tienen una forma de verificar su autenticidad: Ver qué tipo de comunidad y de compromiso crean. Se ha dicho felizmente que la palabra «ortopraxis» evoca ante todo los costos de la ortodoxia.

Ello nos lleva a afirmar: donde no hay justicia, ni lucha por la justicia, donde la caridad no es promotora y demandante de la justicia, la celebración de la eucaristía se convierte en burla a Dios y condenación de la comunidad cristiana.

La acción evangelizadora de la Iglesia, igual que la de Cristo, tendrá que hacerse a la vez con palabras y con signos.

Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi no sólo afirma tal exigen­cia, sino que repetidamente parece conceder prioridad a los signos (Evang. Nunti. 21, 41).

El primer signo que debe ofrecer cualquier movimiento juvenil vicenciano, como por ejemplo el de JMV no es tanto lo que él hace como lo que él es: él mismo debe ser hoy un signo del poder actual del Reino de Dios, como ayer lo fueron los milagros de Cristo y de sus curaciones. Ello equivale a decir que debe estar comprometido inequívocamente con la causa de los pobres.

Yo creo que hoy estamos como en tiempo de san Vicente, afrontados a una crisis cuyo desarrollo se acelera y cuyas consecuencias se revelan imprevisibles.

La fe de nuestra juventud y la nuestra se ve zarandea­da, sacudida y agotada en las categorías de nuestro pasado, incluso reciente, no tiene poder, influjo en este mundo nuevo.

Los numerosos sondeos de los jóvenes sobre la fe lo testi­monian. Lo que a nosotros nos decía algo, está para ellos falto de sentido.

La expresión de la fe, su traducción en la vida tiene que reinventarse y resurgir. Es inútil como hacen algunos, compor­tarnos como reumáticos de la fe, agarrándonos fuertemente a expresiones pasadas como a unos soportes.

No es agarrándonos así como encontraremos nuevos cami­nos. ¿Quién nos los enseñará? Como para san Vicente son los pobres aquellos cuya existencia es un reto para la sociedad… Si nuestra fe sabe reconocer a Cristo en ellos y en la juventud, es su encuentro y su contacto quien nos orientará y nos mostrará el camino. Son ellos quienes nos dirán en qué términos el evangelio les debe ser anunciado para ser comprendido. Son ellos quienes nos harán ver sus desgracias, las taras de la sociedad. Por ellos y con ellos tenemos que preparar y reunir la Iglesia de mañana y la sociedad fraternal que nuestro mundo espera.

2. Liberación y juventud

¿Cómo podemos traducir actualmente toda esta doctrina vicenciana sobre el pobre en nuestras misiones juveniles?

La Iglesia hoy se enfrenta a un doble desafio. Por una parte, ofrecer una respuesta verdaderamente liberadora, evan­gélica, a los interrogantes y anhelos de los hombres de nuestros días, si no quiere quedar descolgada de la historia y vaciar de sentido al evangelio.

Y en segundo lugar, dar una respuesta liberadora, evangéli­ca, de forma particular al sector de la humanidad que repre­senta hoy el último, aunque no definitivo, rostro del pobre: la juventud marginada, si no quiere perderla también, como perdió el siglo pasado .a las masas obreras.

Liberación y juventud constituyen hoy un desafio y una tarea de nuestra pastoral juvenil. La Iglesia y las Instituciones sociales, políticas y culturales han tomado cuenta de ello, y el tema flota en el ambiente.

Hablar de este tema, sin embargo, no es fácil. La polémica, por una parte, y la complejidad de la realidad, por otra, invitan más bien a la reflexión serena que a los discursos. Por mi parte, es además lo único que puedo ofreceros: una especie de medi­tación sobre esas dos realidades; una meditación personal vivida en ciertos ambientes juveniles en que me he desenvuelto y que es al mismo tiempo una invitación a repensar el camino andado a la luz del carisma de nuestros fundadores y de las urgencias del momento histórico en que nos ha tocado vivir nuestra misión.

1. La liberación: una experiencia evangélica

La liberación, en efecto, es una experiencia profundamente evangélica que nos han comunicado nuestros hermanos en la fe, que viven en la periferia del mundo, a nosotros y nuestras Iglesias, situados en el centro del mundo. Esta experiencia es un don y un desafio, a la vez, y está fuera de toda sospecha. Quien se ponga fuera de esa experiencia, se pone fuera del evangelio.

Pues bien, esta experiencia es la que considero precisamen­te esencial y particularmente relevante para nuestra identidad cristiana y, con más razón, para nuestra identidad vicenciana.

Lo primero que encontramos en muchos de nuestros secto­res juveniles es la experiencia de Dios sufriente en los pobres, en jóvenes azotados por el hambre de cultura, violencia instituida y miseria.

A la base de la reflexión teológica hay una experiencia mística, un encuentro con Dios, un acto de fe, una experiencia genuinamente evangélica, según la Palabra del maestro: «Por­que tuve hambre y me disteis de comer…» (Mt 25, 35).

Quien no haga esta experiencia religiosa, mística, de en­cuentro con Dios sufriente, al contemplar la realidad de esta juventud marginada no entiende el evangelio, la experiencia cristiana: que estemos tan cargados de teorías, prejuicios e intereses, que seamos incapaces de acercarnos llana y limpia­mente al evangelio y entender su escandalosa sencillez. Porque eso sí: hay que reconocer que la sencillez evangélica es escanda­losa: lo fue entonces, lo ha sido siempre y es un gozo y un don que lo siga siendo, al menos, de vez en cuando. Dios en efecto, es el Dios de los pobres, de los pequeños, de los débiles, de los humildes y abatidos, el Dios de todos los marginados y de todas las víctimas de este mundo.

Quien no se abre y acoge esta novedad escandalosa de nuestro Dios, quien se escandaliza de ella y dice que «eso es política» (y no sé cuantas cosas más), ése no vive la experiencia cristiana ni podrá penetrar jamás en la riqueza de la identidad vicenciana. Y esto lo sabemos porque Jesús nos lo ha revelado de esa forma. Por eso decía él mismo: «Dichosos los que no se escandalizan de mí…» Mt 11, 6.

Nuestros hermanos de las zonas deprimidas nos han acer­cado a esta experiencia nuclear de nuestra fe y de nuestra identidad vicenciana: la experiencia del Dios siempre mayor en los más pequeños de este mundo.5

Debemos hacernos cargo de la terrible realidad de nuestros hermanos más pequeños, esta verdad escandalosa de que «la riqueza creciente de unos pocos sigue paralela a la creciente miseria de las masas», tal como nos dice Juan Pablo II.

La Iglesia no puede quedar indiferente ante ello, como tampoco Cristo permaneció indiferente ante el dolor de las masas.6

Esta verdad condujo a los creyentes, a las comunidades cristianas, a una acción eficaz que ataje la raíz del mal y haga posible una situación nueva donde florezca la justicia y la comunión entre los hijos de Dios.

Actualmente la Iglesia va directamente a los pobres, se asocia a sus luchas, constituye comunidades de base donde se vive la fe en su dimensión social y liberadora.7

A esta nueva praxis, que quiere alcanzar la raíz del mal, de esa realidad de muerte, se ha llamado, con razón, liberación integral (cfr. Puebla nn. 480-490).

Con esta expresión se quiere indicar que la salvación de Dios, el Reino de Dios no se da al margen de la liberación y la vida de los hombres, sino a través de ellas, aunque ninguna situación histórica la realice plenamente.

Liberación y salvación, liberación y evangelización forman una unidad indisoluble, que no podemos romper por ningún costado sin apartarnos de Jesucristo. Y así es como hemos de acoger y entender las llamadas de atención del Papa en sus homilías y discursos sobre esta verdad central de nuestra fe cristiana.8 Y digo esto porque en el centro del mundo suele cáusar escándalo que aquella unidad se rompa por un costado, pero no causa tanto escándalo el que esté rota ya hace tiempo por el otro. De aquí proviene que se entienda parcialmente al Papa. Dicho claramente: la liberación de los pobres y oprimi­dos causa escándalo pone en cuestión el pecado de nuestro mundo, cuando lo que tenía que causar escándalo es este pecado precisamente, que niega la salvación y la vida de Dios a las mayorías de nuestros hermanos. Por eso dicen muy bien los teólogos de la liberación que los pobres han de evangelizamos,9 como bien claro aparece en el evangelio.

Pero ¿qué tiene que ver esta experiencia con esa otra realidad tan fascinante como enigmática que es la juventud?

2. Liberación y juventud: una opción evangélica

Estamos ante una Opción evangélica. No es casualidad que fueran precisamente nuestros hermanos en la periferia del mundo, la Iglesia de América Latina, quienes primero capta­ran en la situación de los jóvenes de hoy, en sus anhelos y sus problemas, otro signo de los tiempos, otra llamada de Dios, junto a los pobres. Ellos, los jóvenes, forman parte importante de esos innumerables rostros en los que se encarna la realidad de muerte que azota a la periferia del mundo (cfr. Puebla, n. 33). Y son por eso, junto a los pobres, la riqueza y la esperanza de la Iglesia (Cfr. Puebla n. 1.132). Por lo que se urge también a una opción preferencial por ellos en la evangelización.

La experiencia que condujo a esta opción fue, pues, la misma que motivó la opción preferencial por los pobres: la experiencia de Dios de la Vida que, por serlo, se inclina hacia los más débiles, a los marginados de la vida de los hombres.

La Juventud es riqueza y esperanza para la Iglesia precisa­mente por su condición de pobre en un mundo de adultos regido por el poder y la riqueza. La juventud es un trozo de periferia de este mundo, no sólo en América Latina, sino también tanto o más en el centro del mundo. Y dentro de la juventud, naturalmente, sobre todo, los sectores más débiles y marginados: los parados, los campesinos, los subnormales, los hijos de suburbios, los analfabetos, los drogadictos, etc.

Esta condición de pobreza y marginación es lo que une a la juventud con la experiencia de liberación de nuestros herma­nos en la periferia del mundo.

Voy a mencionar ahora algunos de los rasgos más salientes de esa situación, con el fin de captar y profundizar en el sentido genuino de una «opción preferencial» por ellos. Naturalmente no se trata de ofrecer un análisis completo de la juventud, ni siquiera fragmentario, sino de resaltar aquellos rasgos que definen más decisivamente su condición marginal.

Hoy nos encontramos con una:

a) Juventud desencantada

Tal vez sea el rasgo que define con mayor amplitud a la juventud actual: el desencanto. Aunque no es posible hablar de la juventud, como si fuera un sector uniforme, sí cabe decir que la mayor parte de los jóvenes de hoy coinciden al menos en esta actitud de profundo desencanto frente al mundo de los adultos que ellos no han hecho. Desencanto de este mundo y de sus «valores» que ellos experimentan como anti-valores: poder, progreso, competencia etc… Y se traduce en una difusa, pero persistente experiencia de sin-sentido.10

Esta experiencia de frustración, de vacío y sin-sentido está a la base de la actitud de ruptura que adoptan, en su mayoría, frente al mundo de adultos. Ruptura que algunos sociólogos llegan a caracterizar ya como de «abismo generacional» de tal magnitud, que como dice M. Mead, los adultos «no tenemos descendientes, del mismo modo que nuestros hijos no tienen antepasados».11 La ruptura es ciertamente muy acentuada y lo es tanto más cuanto mayor es el nivel de marginación.12

b) A la búsqueda de identidad

Hay desencanto y derrumbe de esperanzas en la juventud actual, pero no desesperación. Y eso se nota en que en su desesperanza viven una intensa, aunque descoyuntada, frag­mentaria, dispersa y con frecuencia impotente búsqueda de identidad. Una búsqueda tan intensa que se hace «rabiosa», casi «celosa» frente a los paradigmas de identidad del mundo adulto. Los sociólogos hablan por eso de un proceso de «identificación negativa», es decir, de búsqueda de identidad al margen incluso de los modelos de identidad del mundo adulto.13

Esto explica bastante el fenómeno del pasotismo, así como de la tendencia de los jóvenes a diferenciarse, automarginarse del mundo adulto, a la formación de su propia cultura: moda joven, club de jóvenes etc…, a la formación de «gettos subcul­turales» donde se cultivan los valores contrapuestos a los de los adultos: subjetividad, amor al placer inmediato, a la novedad de toda experiencia, a lo irracional, al calor humano, al gozo de vivir.14

La identidad de los jóvenes de hoy es más bien fragmenta­ria, provisional, de corto alcance, jóvenes «de la vida diaria», como alguien los ha llamado,15 frente al modelo de los adultos de utopías y proyectos que en el fondo sólo ocultan la verdade­ra y triste realidad.

c) Víctimas de un mundo viejo

Estos rasgos de la juventud actual suelen poner nerviosos y hasta escandalizar a los adultos. Pero esto sucede porque se olvida que la juventud actual es, en gran parte, víctima del mundo que ellos, los jóvenes, no han hecho. El problema, por eso dice con razón un buen conocedor de la juventud actual,16 no está en los jóvenes, sino en lo joven, es decir, en que este mundo es «demasiado viejo» para ofrecer sentido y futuro a la juventud. Los «ideales» de esta sociedad capitalista y opulenta se han convertido en ídolos que no conducen más que al consumo y, al final, al aburrimiento. Y la juventud es víctima de los dos: del consumo y del aburrimiento. Si a ello añadimos la falta de salidas, de puestos de trabajo, las condiciones inhumanas de vida en las grandes ciudades con sus cinturones de miseria, no podemos extrañarnos de que esta sociedad vaya reduciendo a la juventud cada día más a seres marginales y que éstos busquen por su cuenta «refugios de identidad» o de evasión o salidas violentas e irracionales. Lo cual no les exime de responsabilidad, pero confirma su condición de víctimas de esta sociedad tan moderna como injusta.

d) Una alternativa (impotente)

A diferencia de la juventud de los años 60-70, la juventud de los años 80 ha perdido la fe en las utopías y se ha vuelto pragmática. Su tendencia celosa a la diferencia frente al mundo adulto y sus valores tiene por eso más de huida que de protesta, de evasión en la subjetividad que de proyecto alterna­tivo de vida. La juventud se niega, en este sentido, a ser adulto, a asociarse y programarse, a cambiar este mundo. Está mani­pulada y no «pasa» tanto como ella misma cree…

Sin embargo, esta actitud, aún en su impotencia y contra­dicción interna, refleja el «anhelo» de la juventud de un modelo de vida distinto, más humano, con menos técnica tal vez pero con más calor humano, con menos progreso, pero con más justicia, con menos armas y más trabajo, con menos bienestar tal vez pero con más amor y con más felicidad.17 Y este anhelo está cuajando ya en pequeños proyectos y en movimientos alternativos como el ecologista, el pacifista, etc… que represen­tan lo joven, lo generativo de vida en este mundo viejo.

Esta juventud que acabo de describir es un «reto» para la Iglesia, precisamente por su condición «marginal», representa un verdadero desafio para la Iglesia, semejante al que repre­sentó en el siglo pasado la clase obrera.

Nuestros hermanos en la periferia del mundo han sabido captar este desafio y responder a él mucho antes que las Iglesias situadas en el centro del mundo. No es por eso una casualidad, pienso yo, que mientras muchos jovenes en A. Latina encuentran en la Iglesia un lugar de libertad, de utopía y esperanza, y un abogado de los más débiles frente a los poderes del mal (cfr. Puebla n.° 1.180), las Iglesias del centro del mundo han perdido, según todos los datos de las estadísti­cas, su poder de convocatoria para el mundo joven.

Cierto es que la juventud en el centro del mundo, en este mundo técnico y opulento, está sometida a otros condiciona­mientos y movida por otras urgencias que la mayor parte de la juventud en la periferia del mundo. Como también es verdad que no toda la juventud en la periferia del mundo vibra con la Iglesia en la defensa de la justicia (Puebla 1179).. Pero un dato es cierto, y es el que nos interesa: las Iglesias del centro del mundo aparecen a los ojos de la mayoría de los jóvenes demasiado «adultas», es decir, como parte interesada de este mundo viejo que los margina y los estigmatiza. Y esta impre­sión sobre la Iglesia crece en proporción al nivel de margina­ción.

Y esto indica que las Iglesias aquí no son modelos alternati­vos-liberadores de vida, no se distinguen precisamente por su «juventud», por su dinamismo, por el amor al riesgo, por su desinstalación y su búsqueda de modelos liberadores de exis­tencia. Indica, en fin, que las Iglesias aquí están demasiado situadas, ancladas en el centro, y que por eso no pueden convocar a una juventud situada cada día más «fuera» de este centro, en la «periferia», en la «marginación».

Es verdad que hay un movimiento juvenil dentro de la Iglesia, como también es cierto que se da lo que se ha denomi­nado «revival religioso», el redescubrimiento de la religión, de lo sagrado, de lo maravilloso, de lo oculto… Pero todo esto puede con toda probabilidad no ser más que una evasión de este mundo viejo absurdo, una «huida al hogar caliente», materno, dejando al mundo como está. Es decir, estos movi­mientos tienen probablemente mucho más de viejos que de jóvenes. Lo más joven parece estar precisamente lejos, en la periferia.

Y esto lo han captado ya entre nosotros también algunos obispos, ante todo el cardenal más viejo y más joven de la Iglesia española: Mons. Tarancón,18 en sus breves, pero lúci­das y valientes palabras a los jóvenes: Pero también los obispos del país Vasco. Se trata de captar precisamente en la «lejanía» de esta juventud, en su «marginalidad» el gran desafio para la Iglesia que debe testimoniar en este mundo la memoria libera­dora y peligrosa de Jesús para un mundo que no quiere más que a sí mismo.

Si la Iglesia no convoca a la periferia, al mundo rural, a la juventud marginada, ¿podrá ser memoria de Jesús en este mundo, memoria de aquel que anunció el Reino a los Pobres, vivió con ellos y para ellos y murió fuera de la ciudad, donde los marginados?

Pero si la Iglesia grande no es capaz de convocar a este mundo juvenil, llamémosle de la periferia, al menos queda la esperanza de que lo hagamos los religiosos, esa «instancia de radicalidad evangélica» en la Iglesia. Aquí es donde sitúo yo, amigos, nuestra tarea y nuestra actualidad.

Nuestro mundo actual produce cada día más jóvenes mar­ginados, y parece ser que ahí, a las afueras, a la periferia no quiere ir nadie.

Creo sinceramente que estamos llamados a responder, en fidelidad a nuestros Fundadores, a este desafio y que nuestra presencia en la Iglesia y en la sociedad será liberadora.

3. Resumen

Los jóvenes de hoy son lugar de encuentro, de experiencia de Dios, de experiencia mística. Son rostros del Dios sufriente hoy, son teofanía de nuestro Dios.

Revisemos con serenidad pero con todo realismo y valentía el lugar donde estamos y donde hacemos experiencia de Dios. Es posible que no todos puedan o podamos vivir y trabajar directamente con la juventud, pero nuestro lugar y nuestra experiencia de Dios han de estar marcados por esta prefe­rencia.

Intentamos el descubrimiento de potencial evangelizador de los pobres, en este caso, de la juventud. Nos cuesta de verdad creer en ellos, dejarnos interrogar y convertir por ellos. ¡Cómo nos va a insinuar siquiera algo Dios a través de ellos!

Hagamos, además, en las zonas a misionar un análisis de la realidad de la juventud y de la realidad del mundo que la condena a la marginación. Pero un análisis concienzudo, pa­ciente, lúcido de la realidad, con todos los medios que las ciencias humanas y sociales ponen hoy en nuestras manos.

Que en esto suelen «los hijos del siglo» llevarnos la delante­ra casi siempre. Y este desfase lo pagan naturalmente los jóvenes.

Y este análisis nos lleva ante todo a acercarnos a la realidad de la juventud marginada, encarnarnos como decía Jesús cada mañana. Es un verdadero desafio hoy, cuando precisamente la juventud está tan lejos de nuestro universo simbólico, de nuestros modelos de identidad.

Pero es la exigencia de toda praxis de liberación: acercar­nos, escucharlos, conocerlos, aprender a dialogar con ellos…, ir a ellos. Con todas las exigencias concretas que esto conlleva, tanto a nivel personal como comunitario e incluso institucio­nal. Por ejemplo: apertura de mentalidad y espíritu, cambio de ideas, superación de prejuicios, preparación pedagógica, psico­lógica y social… capacidad de diálogo, información, análisis, revisión de estructuras comunitarias e institucionales, ritmo de vida… etc.

Este análisis de la realidad nos lleva además a rescatar a nuestra juventud, sacarla de la marginación, liberarla en el sentido más fuerte de la expresión en cuerpo y alma de las garras del sistema, de la miseria y de la opresión, de la mentalidad de este mundo viejo, de sus ídolos, ideologías y engaños. Que todo ello constituye lo que llamamos la «libera­ción integral».

Pero esta obra de liberación integral difícilmente la podre­mos llevar a cabo sin pasar nosotros mismos y nuestro mundo viejo, antes y simultáneamente, por la liberación. Para liberar a las «víctimas», hay que liberar al hombre viejo y al mundo viejo que las engendra. Se trata de una revolución antropológica, como dice un lúcido teólogo, J. B. Metz, que consistiría en lo siguiente:

  • — «No se trata de una liberación de nuestra pobreza y mise­ria, sino de nuestra riqueza y bienestar sobreabundantes.
  • No se trata de una liberación de nuestras insuficiencias, sino de nuestro consumo.
  • No se trata de una liberación de nuestra existencia oprimi­da, sino de nuestros deseos de dominio.
  • No se trata de la liberación de nuestros sufrimientos, sino de nuestra apatía.
  • No se trata de la liberación de nuestra culpa, sino de nuestro delirio de inocencia…».19

Si no afrontamos esta realidad, nuestra acción con los marginados, con los jóvenes no pasará de ser una mera asisten­cia, no será una práxis liberadora.

La liberación de esta juventud ha de culminar en el hombre nuevo según Cristo Jesús, que irá formando la nueva humani­dad, la Comunidad del Reino, la Iglesia de Jesús.

Ahora bien esto es imposible si la integración significa «sometimiento» al orden establecido que engendra precisamen­te la marginación. La integración sólo será humana y cristiana, y consiguientemente liberadora, si conlleva una paralela trans­formación de este mundo viejo.

Por eso la liberación ha de hacer a los jóvenes «críticos» frente a este mundo y ha de ofrecerles realmente participación en la transformación del mismo. Para ello es urgente que hagamos un discernimiento serio de valores y contravalores de este mundo viejo a la luz del evangelio; no de prejuicios.

No será nada fácil hacer este camino, porque la sociedad, la «gran sociedad» sofoca las pequeñas alternativas humanas y porque la misma juventud actual tiene más atrofiadas su capacidad de participación y compromiso, así como su sentido de solidaridad.

Aquí tenemos nuestros jóvenes, nuestros pobres, que son la fuerza de Dios HOY.

  1. José María Ibáñez Burgos, Vicente de Paúl: realismo y Encarnación. Ed. Sígueme, Salamanca.
  2. José Mª Ibáñez Burgos, o. c., pp. 271-278.
  3. José Mª Ibáñez Burgos, o. c., pp. 288-299.
  4. José Mª Ibáñez Burgos, o. c., pp. 288-299.
  5. José Sobrino, Resurrección de la verdadera Iglesia. Sal Terrae, Santan­der, 1982.
  6. Celam, Puebla, BAC. n. 55, Madrid, 1979.
  7. Celam, Puebla, BAC. n. 55, Madrid, 1979.
  8. Juan Pablo II, Discurso inaugural en Puebla, o. c., PP. 5-16. Juan Pablo II, Redemptor Hominis. N.° 10.
  9. Juan Pablo II, Discurso inaugural en Puebla, o. c., PP. 5-16. Juan Pablo II, Redemptor Hominis. N.° 10.
  10. C. Díaz, Tiempo para jóvenes maestros de los jóvenes. PPC. Madrid, 1983.
  11. M. Mead, Cultura y Compromiso. El mensaje de la nueva generación, Barcelona, 1977, p. 109.
  12. F. Alonso, La juventud marginada. Doc. Soc. 44 (1981).
  13. Cfr. sobre todo los trabajos de J. M. Fernández Martos en la revista «Sal Terrae» 801 (1980), 821 (1981); «Communio» IV (1983).
  14. Cfr. sobre todo los trabajos de J. M. Fernández Martos en la revista «Sal Terrae» 801 (1980), 821 (1981); «Communio» IV (1983).
  15. S. Movilla, Juventud, en C. Floristan/ J. J. Tamayo (Ed.), Conceptos fundamentales de Pastoral, «Cristiandad». madrid, 1983, pp. 523-541.
  16. S. Movilla, Juventud, en C. Floristan/ J. J. Tamayo (Ed.), Conceptos fundamentales de Pastoral, «Cristiandad». madrid, 1983, pp. 523-541.
  17. Como lo confirman las últimas encuestas: Cfr. J. J. Toharia, Encuesta de la Juventud 1982. Ministerio de Cultura, Direc. Gener. de la juventud, 1984.
  18. Car. Tarancón, Mensaje a los jóvenes de Madrid. «Communio» IV (1983) pp. 329-331.
  19. J. B. Metz, Más allá de la religión burguesa, Sígueme, Salamanca, 1982, p. 47.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *