Para conseguir un fruto más abundante de la gracia bautismal

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Autor: Miguel Pérez Flores · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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OPCIÓN LIBRE Y CONSCIENTE DE SEGUIR E IMITAR A CRISTO

Desde los principios de la Iglesia, hubo hombres y mujeres que quisieron seguir a Cristo con mayor libertad e imitarlo más de cerca.

1.- El misionero vicenciano opta libremente por el camino de los consejos como respuesta a la llamada de Dios, que lo invita a seguir a Cristo con mayor libertad y más de cerca, a la luz del carisma vicenciano, en la Congregación de la Misión. El camino arduo y gozoso de los consejos evangélicos se puede emprender si no hay claridad en las opciones fundamentales que se toman y cómo se toman. Deben estar muy claras:

1ª la conciencia de la llamada Dios y la conciencia de la respuesta a la llamada;

el compromiso decidido de caminar por la senda del Evangelio expresado por la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, es decir, compromiso de seguir y de imitar a Cristo lo más total y radicalmente posible;

3ª la opción de vivir y morir en la Congregación de la Misión, según el carisma vicenciano y dentro de las instituciones de la Congregación de la Misión.

2.- Sin la claridad en la opciones, no puede haber compromiso serio en la conducta, ni profundidad en las exigencias, ni eficacia en el apostolado, ni fidelidad a la gracia de la vocación, Se corre el riesgo de asumir pesos insoportables, de sufrir un martirio sin gloria, de sucumbir al imperio de los formalismos, de ser contrasigno y fuente de falsedades e hipocresías.

«VEN Y SÍGUEME» (Mt 8, 9)

3.- San Pedro nos exhorta a seguir a Cristo: nos ha dejado ejemplo para seguir sus huellas (1 Pe 2, 21) y san Juan a imitarlo: os he dado ejemplo para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros (Jn 13,15). Para san Agustín, imitar a Cristo es seguirlo y seguirlo es imitarlo. San Vicente abundó en la misma idea. Sin embargo, en la teología de la vida religiosa, se distingue entre imitar a Cristo y seguirlo. Aceptamos la distinción en cuanto nos sirve, metodo­lógicamente al menos, para explicar dos actitudes cristianas: la que contempla a Cristo como modelo de perfección moral, y la actitud más radical de seguirlo, intentando vivir, en cuanto es posible, como Cristo vivió.

4.- El misionero vicenciano, al optar por vivir conforme a los consejos evan­gélicos, se pone en el camino del seguimiento de Cristo. El seguimiento de Cristo significa vivir en íntima comunión con él, participar de su misión, compartir su destino, comprometerse en la construcción del reino de Dios. Seguir a Cristo, ha dicho luan Pablo II, es algo muy distinto a admirar un modelo, aun en el caso de que se tonga un buen conocimiento de él por el estudio de la sagrada Escritura o de la teología. Seguir a Cristo es algo existencial. Es querer imitarlo hasta dejarse con­figurar por él, asimilarse a él, hasta el punto de ser como otra humanidad suya. El seguimiento de Cristo se caracteriza por la radicalidad, y supone:

1º. Que se hace libremente, como consecuencia de haber roto todos los lazos que impiden ser plenamente discípulo de Cristo. Los lazos natu­rales y la propia realización pueden entrar en tensión con las exigencias del reino: «El que ama a su padre a su madre más que a mí, no es digno de mí… el que encuentre su vida la perderá y el que la pierda por mí, lo encontrará» (Mt. 10, 37). San Lucas exige más cuando dice: «quien no odia a su padre, a su madre o a su mujer,… hasta la propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14, 26).

2º. Que se ofrece a Dios, todo: el ser y el haber en aras de la misión, hasta el anonadamiento. Igual que Cristo, para quien la misión fue el factor determinante de todo su comportamiento. No vivió para él mismo, sino para la misión que el Padre le había confiado. Bebió el cáliz de la pasión porque era el querer del Padre (cf. Lc 22, 42).

3º. Que se hace grandes y profundas renuncias. El que asume el camino del seguimiento de Cristo, lo debe hacer con entusiasmo, pero realística­mente: debe oír las palabras de Jesús: El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mc 8, 34). El teólogo Rhaner se ha preguntado si no será la abnegación, teológicamente entendida, lo y define la asencia lo de los consejos evangélicos, pues se trata de una renuncia radical que afecta a toda la vida. No para quedar en el vacío y negativo de la renuncia, sino para crear mayor espacio a la caricia según la bella frase de san Agustín: estrechar los espacios de la carne para ensanchar los espacios de la caridad. La práctica de los consejos evangélicos es un reflejo, como ha dicho Juan Pablo II, de la dualidad pascual: es muerte y resurrección, es dolor y gozo.

LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS Y LAS PALABRAS Y EJEMPLOS DE JESÚS

Los consejos evangélicos tienen su origen en la doctrina y ejemplos del divino Maestro.

5.- Mucho se ha escrito sobre si los tres consejos evangélicos se fundamentan en pasajes concretos del Evangelio, pero nadie duda de que se inspiran y fundamentan en las palabras y en los ejemplos de Jesús. La «Lumen Gentium» en la que están fundados en las palabras y ejemplos del Señor, recomendados p los apóstoles, por los padres, doctores y pastores de la Iglesia. Por otra parte no os difícil encontrar en el Evangelio palabras de Jesús que invitan a seguirlo o identificarse con su modo de vivir y con su dedicación al reino. Juan Pablo conociendo las discusiones de los teólogos, pone un especial interés en fundamentar evangélicamente los tres consejos clásicos, asegurando al mismo tiempo, que en el Evangelio, hay otras muchas exhortaciones que sobrepasan lo mandado, e indican no sólo lo que es necesario, sino lo que es «mejor».

6.- Las consecuencias prácticas del origen evangélico de los consejos si Importantes:

a) En primer lugar, que es posible vivirlos. No son imposibles, ni van contra la naturaleza humana, ni la disminuyen. Al contrario, su práctica obliga al cristiano la perfección que le es propia. Jesús, modelo del hombre perfecto, es a quien debemos seguir e imitar.

b) En segundo lugar, que sólo por la fe y la confianza en la palabra Dios el cristiano se siente impulsado de seguir a Cristo. El decreto «Perfectae Caritatis», al tratar de la castidad por el reino de los cielos, exhorta a fiarse de la palabra de Dios y a no dejarse impresionar por las falsas doctrinas: No se dejarán impresionar por las falsas doctrinas que presentan la continencia perfecta como imposible o nociva para el perfeccionamiento humano».

c) En tercer lugar, que se trata no de lo necesario para salvarse, sino de lo «mejor», de lo más perfecto para ser como Cristo. Por tanto, los conse­jos evangélicos se deben contemplar como dinamismos que empujan hacia la perfección. «Si quieres ser perfecto…» es una invitación a ponerse en camino, y veremos después hasta donde se llega.

d) En cuarto lugar, que los consejos evangélicos no se deben reducir a unas cuantas virtudes. Su horizonte es más amplio. Con la práctica de los con­sejos evangélicos, se pretende crear un talante especial, auténticamente evangélico, ante Dios, los hombres, la Iglesia, la sociedad, la creación entera.

LA CONSAGRACION BAUTISMAL, RAÍZ DE LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS

Por el bautismo, el cristiano ya ha muerto al pecado y ha sido consagrado a Dios, mas, para conseguir un fruto más abundante de la gracia bautismal, trata de liberarse, por la profesión de los consejos evangélicos en la Iglesia, de los impedimentos que le podrían apartar del fervor de la caridad (LG 44).

7.- Toda consagración cristiana, sin excepción alguna, tiene sus raíces en la consagración bautismal. Por lo que se refiere a la consagración religiosa, que con­lleva necesariamente la práctica de los consejos evangélicos, lo dice explícita­mente el «Perfectae Caritatis». Por la práctica de los consejos evangélicos, el cristiano se introduce más hondamente en la espiritualidad bautismal, según ense­ña san Pablo en su cartas: ¿Ignoráis que cuantos hemos sido bautizados en Cris­to Jesús fuimos bautizados para participar en su muerte? Con él hemos sido sepul­tados en su muerte, para que él que resucitó, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rm 6, 6). Juan Pablo II insiste en la novedad que supone esta nueva sepultura en la muerte y en la resurrección de Cristo:

a) Nueva, por la nueva conciencia que de ella se toma.

b) Nueva, por la nueva opción que se hace desde la libertad.

c) Nueva, por el nuevo amor que se manifiesta.

d) Nueva, por la incesante conversión que cada día revive’.

8.- El arraigo de los consejos evangélicos en el bautismo hace también que el compromiso del cristiano sea al mismo tiempo signo y fortalecimiento de la vida teologal:

a) Es expresión de la fe, porque sin la fe es imposible embarcarse en tal empresa y, al mismo tiempo, el compromiso de vivir según los consejos evangélicos potencia la fe a causa del ejercicio continuo que de ella se hace.

b) Es expresión de la esperanza, porque, en contra de toda apariencia, la seguridad que existe en la práctica de los consejos evangélicos se apoya en la fidelidad de Dios, en el poder de Dios.

c) Es expresión de la caridad porque el único horizonte de los consejos evangélicos es el amor a Dios y a Cristo. Y de este amor fontal, surge el amor a la Iglesia, a los hombres, a la Congregación, a los pobres, etc.

El CAMPO DE INFLUENCIA DE LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS

La práctica de los consejos evangélicos, aunque lleva consigo la renuncia de bienes, que indudablemente se han de tener en mucho, sin embargo, no es un impedimento al verdadero desarrollo de la persona humana, sino que, por su misma naturaleza, la favorece grandemente (LG, 46).

9.- El campo de influencia se extiende a todos en los demás campos que se desarrolla la vida del cristiano que los profesa. La profesión de los consejos evan­gélicos es como una «professio vitae». Toda la vida queda marcada por el influjo de los consejos evangélicos. Vamos a exponer, sin temor a ser repetitivos, algunas de las dimensiones de la vida del cristiano en las que los consejos evangélicos influyen:

1ª. La dimensión religiosa

La práctica de los consejos evangélicos es hacer realidad, nuestra vocación de hijos de Dios; hacer la voluntad del Padre de ser santos como él es santo; vivir plenamente la vida divina, injertada por medio del bautismo; devolver a Dios desde la propia libertad lo que Dios nos ha dado; ver el mundo y la crea­ción entera desde la perspectiva de Cristo, primogénito de la creación. Por la prác­tica de los consejos evangélicos, se hace verdad la consagración a Dios.

2ª. La dimensión cristológica

La meta a la que se aspira mediante el compromiso de vivir según los consejos evangélicos es «seguir más libremente e imitar más de cerca y más íntima­mente a Cristo» Es profesar a Cristo como REGLA, según dijimos en el TEMA 1.

3ª. La dimensión pneumática

12.- El Espíritu Santo es el inspirador de la vida consagrada y de las diver­sas formas en las que se ha desarrollado en la Iglesia. La práctica de los consejos evangélicos parte de una moción del Espíritu Santo y tiende a vivir bajo el influjo del mismo. Llamada, respuesta y perseverancia en la respuesta son dones del Espí­ritu Santo, tendentes a hacer del cristiano el hombre espiritual, indicado por san Pablo (cf. Gál 5, 22).

4°. La dimensión eclesial

13.- Los consejos evangélicos pertenecen a la vida y santidad de la Iglesia. Ella los ha recibido como un don divino del Señor y los conserva siempre como gracia (cf. c. 575). El aspecto o dimensión eclesial es una consecuencia de la dimensión cristológica y de la inserción en la persona de Cristo mediante el Bautismo. Cristo asumió los consejos evangélicos para mostrar que se consagró enteramente a su Iglesia: a fundarla y a promoverla en la totalidad de los bienes salvíficos. Desde ese momento, quien se compromete a la práctica de los consejos evangélicos acepta vivir para prestar un servicio cualificado a la Iglesia.

14.- La constitución «Lumen Gentium» afirma que el compromiso de practicar los consejos evangélicos o entrega total a Dios crea un nuevo y especial título para el servicio de Dios, lo cual hace que esté unido de un modo especial Iglesia y su misterio. El magisterio de la Iglesia abunda en poner de relieve la eclesiología de los consejos evangélicos. Documentos tan interesantes como «Mutuae Relationes» y el derecho canónico recogen, desde una perspectiva de comunión eclesial, los elementos más importantes del aspecto eclesial de los consejos evangélicos, tales como:

a)   La fidelidad al propio carisma y a la propia identidad.

b)   La disponibilidad al servicio de la Iglesia, colaborando con ella en todos los niveles: universal y local.

c)    La creatividad, sin perjuicio de la obediencia y de la aceptación del magisterio y de las instituciones eclesiales por razón de la unidad y la comunión.

5º. La dimensión social

No piense nadie que los religiosos por su consagración (por la práctica los consejos evangélicos) se hacen extraños a la humanidad o inútiles para la ciudad terrena.

15.- Los consejos evangélicos, por su entronque cristológico y eclesial adquieren una dimensión social importante. Pablo VI lo comprendió perfectamente en la «Evangelii Nuntiandi» hizo un llamamiento especial a los consagrados para la tarea de la evangelización, porque ellos son por su vida signo total disponibilidad para con Dios, la Iglesia y los hermanos». El Papa mencionó de una manera especial a los consagrados y el servicio que prestan al anuncio de Cristo. Ellos son, por excelencia, voluntarios y libres para abandonar todo y lanzarse a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Ellos son emprendedores y su apostolado está frecuentemente marcado por la originalidad, y la imaginación que suscita admiración… La Iglesia, en verdad, les debe mucho».

16.- Al aspecto misionero ad gentes, claramente subrayado por el Papa Pablo VI, hay que añadir la «opción por los pobres», tal como la Iglesia quiere del misionero vicenciano y la dedicación a ellos, en especial, a los más abandona­dos. Lo que se ha escrito y hablado sobre la preferencia de los pobres en los docu­mentos pontificios y episcopales tienen una resonancia especial en quienes el com­promiso de vivir conforme a los consejos evangélicos los lleva a trabajar por la liberación evangélica de todos los hombres, en especial de los pobres. La razón estriba en que sólo el compromiso por el hombre, especialmente por el pobre, da autenticidad a la consagración a Dios que nunca olvida al hombre. No puede existir entrega a Dios, por radical que sea en algunos aspectos, si no es entrega al hermano, desde el propio don.

17.- Los valores que significan los consejos evangélicos son con frecuencia valores contrarios a la cultura secular, materialista, que prevalece en muchos luga­res. Precisamente, por su carácter anticultural, los consejos evangélicos son signos de otros valores que el hombre necesita para dar pleno sentido a su dignidad humana y para hacer de la convivencia una verdadera fraternidad. Los tres con­sejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia nos alertan ante la fuerza arrolladora de los ídolos, socialmente más poderosos: el ansia de tener, de poder y de gozar. En este sentido, se puede considerar a los tres consejos evangélicos como elementos «culturales proféticos». Son portadores de la cultura evangélica que permite al hombre situarse desde su condición cristiana ante las influencias de la cultura secular reinante’4.

SISTEMATIZACIONES TEOLÓGICAS

18.- Nos fijamos ahora en otros aspectos más ceñidos a la persona que se ha comprometido a vivir según los consejos evangélicos.

1º. Los consejos evangélicos y la triple concupiscencia

19.- La sistematización teológica de los consejos evangélicos ha visto en ellos un arma para vencer las tres concupiscencias de las que nos habla san Juan (cf.lin 2,16). La exégesis seria de dicho pasaje no ofrece base sólida para ver en este pasaje un fundamento escriturístico de los tres consejos evangélicos. De todas maneras, el análisis de las tres concupiscencias y el análisis de los tres consejos evangélicos encuentra algunas relaciones mutuas de tendencia y de oposición a ellas, de mal y de remedio de dicho mal. Es cierto que existe una conexión neta entre los tres consejos evangélicos, por lo que suponen de lucha y de renuncia, y las tres concupiscencias del hombre: la de los bajos apetitos, la de los ojos insa­ciables y la de la arrogancia del dinero.

2º Los consejos evangélicos y la triple dimensión de la persona

20.- A los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, se los ha considerado como fuerzas espirituales que ponen orden en las tres dimensio­nes de la persona: «ser», «tener», «hacer». También puede ser discutida esta sis­tematización. Sin embargo, es cierto que los consejos evangélicos pueden dar a cada una de las tres dimensiones y a las tres confluyentes en la unidad de la per­sona, un sentido cristiano profundo. Es fácil verlo cuando relacionamos el tener con la pobreza, pero no es muy difícil verlo si relacionamos, al menos en parte, la castidad con el ser y la obediencia con el actuar. La preocupación que Juan Pablo II tiene por el Ser del hombre se refleja cuando, al comentar los consejos evangélicos en la «Redemptionis Donum», estudia la relación existente entre el tener y la pobreza para dar la prevalencia al ser.

3º. Los consejos evangélicos y las relaciones con las personas, cosas y sociedad

21.- Parecida a la sistematización anterior es ésta otra que se basa en las relaciones del hombre: con las personas de otro sexo, con las cosas y con los gru­pos de personas.

a) La castidad evangélica ilumina las relaciones con la persona del otro sexo, tanto en lo que tiene de renuncia, v.g.: a formar un hogar, el gozo del amor matrimonial, a la mutua posesión y donación entre el hombre y la mujer, como en lo que tiene de positivo, v.g.: amar como Jesús amó, amar más universalmente.

b) La pobreza hace que la persona se sienta libre ante el atractivo de las cosas y enseña a usarlas convenientemente, teniendo presente el sentido de la creación como hogar de todos los hombres, el destino social de los bienes de la tierra y avisando para que el hombre no se deje dominar por los bienes materiales, ni hacer de ellos un sustituto del Creador.

c) Las relaciones con la comunidad son, al menos en parte, orientadas por la obediencia. La obediencia obliga a respetar el orden establecido como exigencia del bien común, y a ponerse al servicio de los demás.

4º. Los consejos evangélicos y las bienaventuranzas

22. Otra sistematización es la que relaciona a los consejos evangélicos con las bienaventuranzas. La «Lumen Gentium» del Vaticano II dice que los religiosos (consagrados) proporcionan un preclaro testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas». Pablo VI, en la «Evangelii Nuntiandi», afirma que los religiosos (consagrados) encarnan a la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las Bienaventuranzas. Juan Pablo II también ha dicho que la vida religiosa (consagrada) es el seguimiento radical de las bienaventuranzas (21.5.1979). ¿En dónde está la coincidencia entre los consejos y las bienaventuranzas? El análisis de los textos nos manifiesta, que el punto de coincidencia yace en la totalidad evangélica que tanto los consejos evangélicos como las bienaventuranzas expresan. Las bienaventuranzas, las  leyes del reino de Dios, son lo más exquisito del espíritu cristiano, y los consejos evangélicos son los medios más adecuados de vivir ese espíritu, consagrando a Dios lo mejor, como bellamente lo ha dicho Pablo VI: Vosotros, por el reino de Dios, habéis consagrado a Cristo las fuerzas de amar, el deseo de poseer y la libre facultad de disponer de la propia vida. Y todo por el reino, la principal motivación evangélica de las grandes renuncias y de los grandes compromisos que supone la vida consagrada.

EL PENSAMIENTO DE SAN VICENTE SOBRE LOS CONSEJOS EVANGÉLICOS

Nos pareció que quienes han sido llamados a continuar la misión de Cristo, que consiste, sobre todo, en evangelizar a los pobres, debe llenarse de los mismos sentimientos y afectos de Cristo mismo; más aún deberían llenarse de su mismo espíritu y seguir fielmente sus huellas.

24.- En la conferencia del 14 de febrero de 1659 (XI, 417-420), al tratar de las máximas evangélicas, habló de los consejos evangélicos como parte de la doctrina de Jesucristo «roca inquebrantable». Para san Vicente, la doctrina de Cristo es una ley positiva dada para todos los cristianos. En ella hay que distinguir los «mandamientos» que obligan a todos y los «consejos» que se proponen a todos como «leyes directivas» para que los cristianos las abracen según su condición, disposición y atracción que sientan por ellas, pero no obligan bajo pecado a no ser que se hayan convertido en preceptos, como sucede cuando se ha hecho voto de guardarlos.

25.- Parece claro que san Vicente:

1º. Prefirió hablar de máximas evangélicas, de virtudes más que de consejos.

El texto de las Reglas Comunes es muy significativo a este respecto: Y para que esta Congregación consiga, con la ayuda de la gracia de Dios, el fin que ha elegido para sí misma, es menester que trate con todas sus fuerzas de revestirse del espíritu de Cristo, espíritu que brilla, sobre todo, en las enseñanzas evangélicas; en su pobreza, castidad y obediencia, en el amor a los enfermos.

En esta perspectiva, entendió como consejos evangélicos, no sólo los tres clásicos; de pobreza, castidad y obediencia, sino otros muchos más contenidos en el Evangelio. Sigue la doctrina de san Francisco de Sales para quien Dios ha dado muchos consejos para que cada uno pueda observar algunos, y no pasa día sin qué se nos ofrezca alguna ocasión».

A las Hijas de la Caridad, les dice que esas Reglas son conformes con el Evangelio. Contienen todo lo que nuestro Señor nos ha enseñado de más perfec­to (IX, 293).

26.- Para san Vicente, los consejos evangélicos, asumidos mediante voto, son como complementos de las virtudes que caracterizan al misionero y a la Hija de la Caridad.

2º. La práctica de los consejos evangélicos tiene en san Vicente una finalidad misionera

27.- Lo más original, si podemos hablar así, y ciertamente lo propio del pensa­miento de san Vicente sobre las máximas, consejos, reglas, etc. es la finalidad apostólica y misionera. Lo que es característico de toda su espiritualidad lo es también del sentido que da a la práctica de la pobreza, de la castidad y de la obediencia.

28.- Para san Vicente, la pobreza, la castidad y la obediencia son dinamis­mos espirituales y misioneros: es necesario crear una disponibilidad radical para la evangelización de los pobres, para crear la comunidad misionera y superar todo óbice que impida al misionero ser fiel a las dos tareas principales de su voca­ción: revestirse del espíritu de Cristo y dedicarse a la evangelización de los pobres (cf. C 1 § 1).

29.- En las Reglas Comunes es muy explícito: Nuestro Señor Jesucristo vino al mundo para reinstaurar el señorío de su Padre sobre las almas, rescatándolas para ello del demonio, que le había raptado con engaño astuto a través del deseo incontrolado de riqueza, de honra y de placer. Pareció conveniente a este dulcí­simo Salvador luchar contra su adversario con armas opuestas, es decir, con la pobreza, castidad y obediencia, lo que hizo hasta morir. Se imponía con suma claridad la consecuencia que el ejemplo de nuestro Señor tenía para la Congre­gación: Como la pequeña Congregación de la Misión ha brotado en la Iglesia de Dios para este fin, a saber: para dedicarse a la salvación de las almas, sobre todo, de los pobres del campo, ha pensado que no podía usar de armas más fuer­tes y más adecuadas que las que usó la Sabiduría eterna (RC II, 18).

30.- En la conferencia sobre los votos del 7 de noviembre de 1659, leemos otro pensamiento en el que san Vicente relaciona los votos con la misión: Salva­dor mío, has esperando mil seiscientos años para suscitar una Compañía que hiciera profesión expresa de continuar la misión que te había encargado tu Padre en la tierra y que utilizara los mismos medios que tú utilizaste, haciendo profesión de guardar la pobreza, la castidad y la obediencia. (XI, 647).

3º. Relación de los consejos evangélicos con las virtudes características del misionero.

31.- Como hemos dicho hace poco, las virtudes que caracterizan al misionero se completan de alguna manera con las virtudes propias de los consejos evangélicos-

1º. La pobreza tiene relación con la mortificación. Los actos que las Reglas Comunes indican como expresiones de la pobreza exigen el espíritu de mortificación: No buscaremos cosas superfluas o curiosas. Moderan el uso de las cosas necesarias, y hasta el deseo de ellas, de manera que  el estilo de nuestra alimentación, habitación y cama sea como corresponde a quien es pobre. En estas cosas, y en todas, hemos de estar preparados a sufrir las consecuencias de la pobreza, hasta el punto de que hemos de estar dispuestos a aceptar con alegría el que se nos dé lo que haya en casa (RC III, 7).

2º. La castidad con la sencillez. La castidad debe ser transparente, sin dar lugar a dudas: Nos tenemos que convencer de que no basta a los misioneros haber adquirido un grado notable en la práctica de esta virtud. Hace falta, además, que nos esforcemos por impedir, si

se puede, el que nadie pueda tener de ninguno de nosotros ni la más leve sospecha del vicio contrario. Pues la sola sospecha, aunque sea del todo injusta, hace más daño a la Congregación y a sus ministerios que otros males que nos puedan imputar en falso (RC IV, 4).

3º. La obediencia con la humildad. Humildad cuando ésta exige una actitud de dependencia y de ofrecimiento del propio juicio y parecer: Someteremos nuestra manera de pensar y nuestra voluntad con una especie obediencia ciega (RC V, 2).

32.- Naturalmente, lo expuesto no es más que a modo de ejemplo. Un estudio más profundo permitiría ver lo entrelazadas que están las cinco virtudes características del misionero vicenciano y las virtudes de la pobreza, castidad y obediencia, y la relación que todas ellas tienen con el fin de la Compañía.

4º. Los consejos evangélicos y la comunidad vicenciana

33.- Otra faceta importante es la relación que existe entre la práctica de los consejos evangelios y la vida fraterna vicenciana en común. La comunidad vicenciana es una comunidad apostólica que necesita estar íntimamente unida para poder ser eficaz apostólicamente.

La comunidad se crea constantemente a sí misma renovando, ante todo los elementos más importantes de nuestro modo de vivir y obrar, a saber:

1º. El seguimiento comunitario de Cristo evangelizador, que crea en nosotros especiales vínculos de amor y afecto; por eso, uniremos el mutuo respeto a un sincero afecto, «a manera de amigos que se quieren bien (RC VIII, 2);

la evangelización de los pobres que da unidad a todos nuestros traba­jos, y que no extingue los talentos ni los dones, por diversos que sean, sino que los dirige al servicio de la misión;

la oración, sobre todo, en la eucaristía que se convierte en fuente de nuestra vida espiritual, comunitaria y apostólica;

4º nuestros bienes que, según la mente de san Vicente, serán comunes, y que compartiremos de buen grado.De esta manera, nuestra vida llega a ser realmente una comunidad de con­vivencia fraterna, de trabajo, de oración y de bienes (C 25).

 

 

 

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