Palabras del cardenal José Saraiva Martins en la beatificación de la beata Lindalva

Francisco Javier Fernández ChentoLindalva Justo De OliveiraLeave a Comment

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Autor: José Saraiva Martins · Año publicación original: 2007 · Fuente: San Salvador de Bahía (Brasil). Domingo 2 de diciembre de 2007.
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Ha sido para mí una gran alegría poder presidir, en nombre del Santo Padre Benedicto XVI, el solemne rito de la beatificación de sor Lindalva, la primera Hija de la Caridad brasileña en ser elevada al honor de los altares.

Me alegro vivamente con la Iglesia de Dios que está en San Salvador de Bahía, con las Hijas de la Caridad de las seis provincias brasileñas, y con todo el pueblo de Dios, que encontrará en esta joven religiosa de nuestro tiempo el sentido de una fuerte pertenencia, porque era una de ellos. Vivió en una «favela» del nordeste de Brasil, en una familia numerosa y pobre, y su madre se encuentra aquí, hoy, entre nosotros. Una mártir de nuestros días, que conviene poner como ejemplo, especialmente a los jóvenes, por su testimonio de sencillez, pureza y alegría al vivir su entrega a Cristo.

En un capítulo significativo de la exhortación apostólica Sacramentum caritatis, el Santo Padre Benedicto XVI subrayó el nexo fundamental que existe entre la celebración de los misterios divinos y el testimonio de la vida, entre la experiencia de encuentro con el misterio de Dios, fuente de asombro y de alegría interior, y el dinamismo de un compromiso renovado que nos lleva precisamente a ser «testigos de su amor». Hoy la beata Lindalva nos convence aún más de que precisamente el testimonio coherente y luminoso de los creyentes es «el medio como la verdad del amor de Dios llega al hombre en la historia, invitándolo a acoger libremente esta novedad radical» (n. 85).

Por eso, resuena con toda su fuerza la reciente exhortación del Papa Benedicto XVI a considerar más necesario que nunca «volver a proponer el ejemplo de los mártires cristianos, tanto de la antigüedad como de nuestro tiempo, en cuya vida y en cuyo testimonio, llevado hasta el derramamiento de la sangre, se manifiesta de modo supremo el amor de Dios» (Mensaje con ocasión de la XII sesión pública de las Academias pontificias, 8 de noviembre de 2007: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 16 de noviembre de 2007, p. 3).

Con su beatificación, la Iglesia consagra hoy el holocausto cruento de la hermana Lindalva, pues ahora sabemos con certeza que podrá interceder por nosotros, que podemos seguir como ella las huellas de Cristo juntamente con san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac, para hacer nuestra la llamada a vivir los valores esenciales de los cristianos y consagrados: el amor absoluto y coherente a Cristo y a su Evangelio, la opción carismática preferencial por los pobres de la tierra, la oración como fecunda raíz oculta de nuestro obrar, el optimismo de la esperanza, el gozo y la alegría espontánea que siempre deberían acompañar nuestro testimonio en el mundo.

Un día, a una persona que le preguntó cuál era el secreto de tanta alegría, la beata Lindalva respondió: «El corazón es mío y puede sufrir, pero el rostro pertenece a los demás, y siempre debe estar sonriente».

A todos deseo, y pido al Señor para cada uno la vitalidad gozosa que transmitía a los demás y que es la herencia más hermosa de Lindalva a sus devotos para que sepan contagiar a las personas de su entorno, sabiendo bien que en cuanto hijos de Dios todos estamos llamados a ser santos y que el camino de la santidad es una senda de libertad para cada uno, porque hunde sus raíces en Cristo crucificado y resucitado.

Con profunda veneración me complace transmitiros ahora la bendición paterna y apostólica del Santo Padre Benedicto XVI, para que nos acompañe a todos en este camino entusiasmante y exigente hacia la santidad.

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