P. Miguel Domenech

Francisco Javier Fernández ChentoTestigos vicencianosLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Paradela · Año publicación original: 1936 · Fuente: Notas biográficas.
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Biografias PaúlesEstando en Tarragona, con motivo de algunas investigaciones, me dirigí una tarde a la catedral para ver el sepulcro del Obispo Domenech. Tenía noticia de que estaba en los claustros. En efecto, allí se encuentra en la esquina noroeste en la capilla de la Virgen de la Guía, situada a la izquierda de la de Ntra. Sra. del Claustro, imagen veneradísima en aquella población. El lugar y el epitafio, grabado sobre la losa sepulcral, indican que el Ilmo. Sr. Domenech fue un Obispo de muy relevantes méritos. Por su amor a la disciplina y a las letras fue honor de la Congregación, no menos que de la Iglesia por el celo que le animaba y que hizo se elevaran al número enorme de 236 las iglesias, hospitales y escuelas que levantó, viniendo a morir como verdadero pobre de Cristo en la casa de Beneficencia de Ta-rragona.
Nació en Reus el 27 de diciembre de 1816. Sus padres gozaban de buena posición. Aprendió las primeras letras en las escuelas de la población y en la de los PP. Francis-canos. Cuentan que sus juegos preferidos era la imitación de actos religiosos y dirigir, subido a una silla, la palabra con mucha gracia y naturalidad a sus condiscípulos. Cursó luego latinidad y, por fin, la filosofía con los citados PP. Franciscanos, sobresaliendo ya desde entonces por su aplicación y alcanzando las mejores notas.
El 4 de noviembre de 1832 ingresó en nuestra Congregación en la casa de Madrid e hizo los votos el 28 de diciembre de 1834 en la casa de Guisona delante del P. Roca. De allí pasó pronto a Montolieu, y por último a Paris, donde estudió la teología. Siendo subdiácono, fue enviado a los Estados Unidos. El mismo nos cuenta su viaje, en carta a los Estudiantes de la casa generalicia. «El 7 de noviembre [de 1837], dice, dejamos nuestra querida casa de París en compañía del P. Timón, nuestro Visitador. Les aseguro que no sin viva pena me separé de una casa, a la que quiero tanto y donde tenía a la vista tan hermosos ejemplos de virtud y en las manos tan abundantes medios de santificación. Mas el pensamiento de que, dejándola, cumplía la voluntad de Dios, fue un consuelo para mi corazón. Llegamos al Havre el día 8 por la tarde… Embarcamos el día 14. Hasta entonces había estado muy decidido; no me causó la menor impresión la vista del mar. Pero, apenas desplegarnos velas, todo mi valor me abandona. Durante muchos días me asaltó de tal modo el mareo, que me ví obligado a guardar cama». fue un consuelo para él poder comulgar con frecuencia. Por haber sufrido tormentas y vientos contrarios, no llegaron a Nueva Orleans hasta el día 14 de enero. El 21 del mismo mes, navegando por el Misisipí, se dirigió al Seminario de Santa María de los Barrens. «Casi al llegar al término, dice, sobrevino de repente un frío intenso, helándose el río y quedando aprisionado el barco. Felizmente nos hallábamos próximos a Cap Girardeau, donde existe una casa de nuestra Congregación; el hielo era resistente para pasar sobre él y, ganando la orilla, nos trasladamos a casa de nuestros compañeros que nos dispensaron fraternal hospitalidad. Algunos días después, habiendo disminuido la intensidad del frío, salimos a caballo para el Seminario de los Barrens. ¡Qué alegría cuando llegamos y pudimos abrazar a nuestros queridos compañeros que nos esperaban impacientes y nos recibieron con muestras del más tierno afecto!».
Y termina diciendo: «Confío que ustedes se unirán a mi para agradecer a Dios la protección que me ha dispensado, y pedirle me haga útil para trabajar por su gloria y por la salvación de las almas… En esta casa de los Barrens tenemos un colegio con 85 discípulos, muy dóciles y edificantes, y un Seminario con 13 seminaristas que prometen mucho. Se sirve al mismo tiempo la parroquia, que cuenta tres mil católicos. El P. Odin me dice, que, cuando él llegó aquí, no encontró más que algunas familias… Nuestras misiones restantes parece que proporcionan los mismos consuelos y se hace asimismo mucho bien. Esta región pronto será completamente católica. Poco a poco se van deshaciendo los prejuicios de los protestantes, y ya manifiestan estima y consideración a los católicos. Pero también es preciso confesar, que no sin razón proceden así: no me canso de admirar el fervor y buena conducta de es — 167 —
tos cristianos. ¡Bendito sea el Señor, porque me han destinado a esta casa! El ve lo íntimo de mi corazón, y sabe cuanto aprecio la gracia que me ha hecho (1)».
Concluidos sus estudios, fue ordenado presbítero por Mons. Rossati el 30 de junio de 1839. Le encargaron en seguida la parroquia de Barrens, desplegando gran celo, mayormente en la conversión de los protestantes, usando de un modo tan insinuante y atractivo, que convirtió a muchos. Tenía sin duda el don de hacerse amar por su sencillez, mezclada de cierto aire tímido que nunca pudo vencer. Ya desde seminarista se atrajo el afecto de todos sus condiscípulos por su bello carácter, por su virtud y por su saber.
Le enviaron luego a Cap Girardeau para levantar el Colegio de San Vicente de Paúl, cuyos planos trazó él mismo, y resultó uno de los mejores y más hermosos de las orillas del Missisipi entre San Luis y Nueva Orleans. Volvió después de profesor al Seminario de Barrens y pronto se consagró a las misiones del Misurí, siendo el primer sacerdote católico que penetró en algunas de aquellas regiones, «oponiendo a los mayores peligros su voluntad firmísima y a las penas propias del misionero su cristiana resignación e inagotable paciencia».
Pasó en 1845 a Filadelfia para hacerse cargo del Seminario; pero a él le atraía más el pueblo, que las clases. Se encargó primero de una pequeña iglesia próxima en Nicetown, y después de la de Germantown, a requerimiento de Mons. Kenrich, Obispo de Filadelfia. Como hacía falta templo, compró terreno, contrajo una fuerte deu-da, agenciándose al propio tiempo medios de satisfacerla, y levantó una magnífica iglesia, dedicada a S. Vicente de Paúl.
Desplegó una actividad y celo extraordinario, y después de cumplir con los demás ministerios parroquiales, su descanso habitual era visitar a los pobres y enfermos, a quienes facilitaba medicinas, y, como poseía conocimientos médicos, cuidaba de su salud cual celoso padre de familia, extendiendo su caridad también a los protestantes.
Con fecha 17 de marzo de 1859 escribía el P. Ryan, Visitador de los Estados Unidos, y, refiriéndose a la visita que acababa de hacer a Germantown, dice, que el P. Domenech se encontraba solo, por haber muerto poco antes el Hermano que estaba con él. «Tenemos en Germantown una valiosa propiedad y una iglesia levantada por el Padre Domenech. Este buen compañero trabaja silenciosa, pero sólidamente en provecho de la Religión y prepara los caminos al desenvolvimiento de nuestra pequeña Compañía en este país. Su conducta, durante estos años de aislamiento, está marcada con el sello de una sabia prudencia y de un celo perseverante. Ha mendigado, por así decir, entre los fieles los fondos necesarios para la construcción de este templo, que es de grandes dimensiones y elegante arquitectura, habiendo terminado felizmente la obra sin aventurarse más allá de sus recursos ni entramparse».
Además de su extensa parroquia, cuidaba de la dirección espiritual de las tres comunidades de Hijas de la Caridad, de Filadelfia.
Cuando renunció a su obispado de Pittsburg monseñor O’Connor, recomendó para sucederle al P. Domenech, quien fue preconizado en el Consistorio de 28 de septiembre de 1860 y consagrado en Pittsburg el 9 de diciembre del mismo año por el Arzobispo Kenrich, de Baltimore. Encontró su obispado en mejores condiciones que el de su con-discípulo P. Amat. Contaba la diócesis de Pittsburg 77 iglesias, 85 sacerdotes y 30 seminaristas, varias instituciones religiosas y una población católica de 50.000 almas.
Elevado a la dignidad episcopal, conservó el P. Domenech su carácter conciliador y discreto, su trato dulce y afable y su modo de ser humilde y franco. Hasta su constitución sana, vigorosa y ágil, y su figura noble y simpática contribuían a dulcificar los ánimos y atraer mayor número de fieles a la Iglesia de Jesucristo.
Vino a Roma en 1862, asistiendo a la canonización de los mártires del Japón. Desde la capital del orbe católico dirigióse a España, llegando a Barcelona el 19 de junio del citado año. Ejerció allí algunas funciones pontificales por encontrarse tiempo hacía enfermo el Obispo de aquella diócesis, y el día 25 entró en Reus, recibiéndole en la estación las autoridades eclesiásticas y civiles y gran número de personas de todas clases que le acompañaron hasta su casa, donde abrazó a su anciana madre para la que traía una bendición especial de Pío IX. Celebró de pontifical el día de S. Pedro, patrón de Reus, y asistió por la tarde a la procesión. Al otro día y los dos siguientes administró en la parroquia de S. Pedro la confirmación a 1.580 niños de ambos sexos. Predicó dos noches en la parroquia de S. Francisco. fue después a Tarragona y el 13 de julio salió para Madrid con el fin de cumplir una difícil y delicada misión del Gobierno de los Estados Unidos cerca del de España. «Tuvo varias entrevistas con la Reina y sus Ministros y fue el único entre los varios delegados que obtuvo éxito en el asunto».
Regresó a Barcelona a principios de agosto y pasando por París y Lyon se embarcó en Marsella, entrando nuevamente en su obispado el 11 de septiembre.
Con motivo del decimoctavo centenario del martirio de S. Pedro volvió a Roma en 1867. También entonces pasó por España, a fin de orar ante la tumba de su madre y celebrar una misa por su eterno descanso en la parroquia de S. Pedro, de Reus. Asistió asimismo al Concilio Vaticano, siendo uno de los que juzgaban inoportuna la definición dogmática de la infalibidad pontificia. Sin embargo, se debió conducir de tal modo y con tanta prudencia al exponer sus razonamientos, que, según dice su biógrafo D. Vicente Aluja y Campalans, continuó mereciendo el respeto y alta estima de todos. En esta y otras ocasiones su facilidad de expresarse en varios idiomas, sirviendo a muchos de intérprete, le ganó innumerables simpatías.
Parece que en 1875 hizo dimisión del obispado el ilustrísimo señor Domenech, y al finalizar el año estuvo en Roma; pero el Papa no admitió su renuncia, y el 11 de enero de 1876 fue hecho Obispo de la diócesis de Alleghany, tomando posesión el 19 de marzo del mismo año.
Renunció en agosto del año siguiente y vino a Roma. Se dice que Pío IX trataba de elevarle a un puesto muy elevado de la jerarquía; pero el Ilmo. Sr. Domenech no lo consideraba oportuno y conveniente por ser extranjero.
Mientras se solucionaban sus asuntos en la corte romana, se trasladó a España. Se detuvo varios meses en Barcelona, «predicando en varias iglesias y atrayendo grandes multitudes por su elocuencia y popularidad». Recorrió luego gran parte de España, señaladamente Andalucía, visitando los monumentos artísticos. Invitado por el Arzobispo de Sevilla, presidió el día de la Inmaculada de 1877 la junta de Señoras de las Conferencias de S. Vicente de Paúl.
Dirigióse después hacia Valencia y Cataluña. El 28 de diciembre estuvo en Reus, y sintiéndose enfermo, se fue el mismo día a la casa de Beneficencia de Tarragona, donde, asistido por nuestras Hermanas, entregó su alma a Dios con admirable resignación el día 7 de enero de 1878, a los sesenta y dos años de edad, cuando por su salud, talento y experiencia podía prestar aún grandes servicios a la Iglesia.
De su carácter emprendedor y celo por la Religión son prueba fehaciente las 83 iglesias que levantó y otras tantas escuelas católicas, además de algunas casas de beneficencia, ascendiendo a 236 los edificios católicos que dejó, como testimonio de su talento y pasmosa actividad. Era infatigable en el trabajo, y al mismo tiempo amabilísimo en el trato. (Biografía del ilustrísimo y reverendísimo Miguel Domenech, Obispo de Pitsburg, por Vicente Aluja y Campalans. Reus, 1880, 4.°, 33 págs.)

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