Otra mirada a la mansedumbre

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert P. Maloney, C.M. · Traductor: J. Sonet, C.M.. · Año publicación original: 1995 · Fuente: Vincentiana.

Nota del traductor: Las citas de las Obras de San Vicente (SV) que aparecen en el texto original inglés están sacadas de la Obra del historiador COSTE, pero al no coincidir con las de la traducción española: “Obras completas” editadas por “Ediciones SÍGUEME - Salamanca 1972”, hemos anotado ÉSTAS en letra CURSIVA, después ( / ) de las del texto original en inglés.


Tiempo de lectura estimado:

La mansedumbre, o douceur, es la tercera de las cinco virtudes características de la Congregación de la Misión.1 Es también una de las virtudes en las que más insistió San Vicente en sus Conferencias a las Hijas de la Caridad. «Porque, ¿qué es la caridad -les dice- sino el amor y la mansedumbre o douceur?».2

San Vicente utiliza esta palabra casi 400 veces en sus cartas y conferencias, con diversos matices. En el texto latino de la Reglas Comunes, usa la palabra mansuetudo3 para expresar el mismo concepto.

Es muy difícil traducir douceur al inglés. La traducción literal sería, por supuesto, sweetness (dulzura). Pero, en el inglés contemporáneo, esto raramente encaja.4 Hoy sweetnes tiene connotaciones ambiguas en inglés, especialmente al describir a las personas. Aunque todavía se puede usar apropiadamente en algunas circunstancias, su uso va siendo cada vez más limitado. Algunas veces tiene connotaciones afeminadas. En italiano, no se vacilaría en decir que el carácter de un hombre es dolcissimo, pero en inglés uno se lo pensaría detenidamente antes de decir que un hombre es «very sweet» (muy dulce).

Tampoco el vocablo «mansedumbre», aunque usado ordinariamente para traducir mansuetudo, transmite suficientemente los ricos matices del término douceur empleado por San Vicente. Además, con frecuencia lleva en sí una connotación de timidez o falta de vigor. La más reciente traducción inglesa de las Reglas, así como de las cartas, utiliza la mayor parte de las veces «gentleness«, que, me parece, es considerablemente mejor, porque admite matices más fuertes.

El problema, sin embargo, no está solamente en la traducción de douceur como «dulzura» o «mansedumbre». De hecho, la tesis de este artículo es que douceur, como es usado en las Reglas, cartas y conferencias de San Vicente, tiene una amplia gama de significados. Por consiguiente, la palabra que se usa para traducirla (en bien de la consistencia y lectura en este artículo, yo he elegido «gentleness«) debe estar complementada por diversas palabras y frases. Yo ofrezco la siguiente exploración de los varios significados de la palabra douceur como ayuda a aquellos que quieran «revestirse» de esta virtud, que San Vicente consideró tan importante.

I La mansedumbre según san Vicente

1. Es una virtud misionera

Es un error creer que, para San Vicente, las cinco virtudes características eran simplemente una cuestión de ascésis cristiana o de perfección individual. Las escoge como características de los misioneros. Esto se hace evidente, en el término mansedumbre, introducido por San Vicente en las Reglas Comunes. Allí5 afirma que el misionero, ejerciendo esta virtud, reconciliará el corazón de los hombres y mujeres, y los convertirá al Señor. Puesto que la reconciliación de los adversarios era precisamente uno de los objetivos que San Vicente propuso para la misión,6 él quería que el reconciliador pudiera permanecer sereno cuando mediaba en disputas acaloradas. Afirma, además, que los misioneros, más que todos los demás sacerdotes, deben estar llenos de mansedumbre ya que su vocación les llama a servir a los más miserables y abandonados de la sociedad.

En muchas ocasiones San Vicente describe la douceur (dulzura) como una virtud misionera. A François Du Coudray7 le dice que había conseguido recientemente la conversión de tres personas, pero confiesa que ello hubiera sido imposible sin la douceur (dulzura), humildad, y paciencia. A otro sacerdote de la Misión8 le dice que, al predicar las misiones, solamente podría convencer a los pobres con douceur (dulzura) y bondad personal. Él afirma que esta es, de hecho, la razón por la cual ha decidido recomendar la práctica de esta virtud a la Compañía. Hablando con Philippe Le Vacher a propósito de su trabajo con los cautivos y esclavos en Argelia9, le animaba a atraérlos por caminos de mansedumbre (douces). Expresa su temor de que el daño que los esclavos están sufriendo ya en su estado de cautividad, junto con el rigor que Le Vacher quería ejercer, podría llevarles a la desesperación.

En 1652 Etienne Blatiron, superior en Génova, pidió varias veces a San Vicente que le mandara al Señor Ennery para dar una misión en Córcega. San Vicente rehusó10, declarando que Ennery no era lo suficientemente manso para aquella región, «donde el pueblo es maleducado y acostumbrado a la rudeza». Recalca así el valor misionero de la mansedumbre: «aquella gente tiene que ser vencida con douceur (dulzura) y cordialidad, pues los males se curan con aquello que les es contrario».

De la misma manera, San Vicente dice a la Hijas de la Caridad que «no hay nada que pueda cambiar los corazones más envenenados tanto como la mansedumbre (douceur)«11.

Finalmente, en la conferencia principal sobre la mansedumbre, del 28 de Marzo de 1659, San Vicente señala con gran énfasis que esta es la virtud de «un verdadero misionero»12. Cinco meses más tarde, en otra conferencia sobre las cinco virtudes características, subraya cuán esencial es la mansedumbre al tratar con la pobre gente del campo, con frecuencia ignorante13.

2. Capacita al misionero para controlar su agresividad y encauzarla debidamente

Este es el tema principal de la conferencia que San Vicente dio el 28 de Marzo de 165914. Señala aquí que la mansedumbre comporta varias fases. La primera fase tiene dos etapas: en la primera, la persona reprime el movimiento espontáneo de cólera que siente, esforzándose en permanecer serena y razonable. Esto es difícil, dice San Vicente a sus oyentes, pero es posible, pues aunque los movimientos de la naturaleza preceden a los de la gracia, la gracia puede dominarlos. La segunda etapa consiste en orientar la cólera de forma apropiada. A veces puede ser importante corregir, castigar, reprender, como lo hizo Jesús con sus discípulos. En estos casos el misionero deberá actuar, no porque se haya dejado dominar por la ira, sino porque él la ha dominado.

San Vicente afirma que las personas mansas son constantes y firmes. Son capaces de juzgar rectamente. Por el contrario, los que se dejan llevar por la cólera y la pasión son ordinariamente inconstantes15. Además, añade: «creo que sólo a las almas que tienen mansedumbre se les concede poder discernir las cosas»16.

3. Va unida al respeto de la persona humana

San Vicente relaciona con frecuencia la mansedumbre y el respeto17. Dice a las Hijas de la Caridad que no hay caridad sin mansedumbre y respeto mutuo18. Exhorta a Roberto de Sergis a tratar a los criados con mansedumbre, cordialidad y profundo respeto19.

En una conferencia a las Hijas de la Caridad, del 19 de Agosto de 1646, sobre «La práctica del respeto mutuo y de la mansedumbre, (douceur)«, San Vicente les anima a entregarse a Dios respetándose mutuamente. Hace notar que esto no será fácil, y por esta razón, les pide que se unan a él en la oración»20.

«Dios mío, con todo corazón, por agradarte, deseo ser respetuosa y mansa con mis hermanas; y me entrego enteramente a Ti de nuevo para trabajar en ello y para ejercitarme de una manera muy distinta a como lo he hecho hasta ahora. Pero como soy débil y no puedo hacer nada de lo que me propongo sin tu especial asistencia, te suplico, Dios mío, por tu querido Hijo Jesús, que no es más que mansedumbre y amor, que me lo quieras conceder, con la gracia de no hacer nada en contra».

4. La mansedumbre debe ir acompañada de firmeza, especialmente en los superiores

San Vicente aborda frecuentemente este tema en sus cartas a Luisa de Marillac y a diversos superiores. Aconseja a menudo a Luisa que honre a Nuestro Señor en su mansedumbre y su firmeza. En una carta que le escribe el 1 de Noviembre de 1637, le dice: «…si la dulzura de su espíritu necesita un poquito de vinagre, pídale prestado un poco de su espíritu a Nuestro Señor. ¡Oh, Señorita, qué bien sabía Él buscar el agridulce cuando era menester»21. Al confiar al Padre Portail la dirección de un equipo misionero en 1632, le anima a honrar la douceur et l’exactitude de Nuestro Señor22. En una carta al superior de Nantes, François Dufestel, San Vicente le dice que sea firme e inflexible en cuanto al fin, pero respetuoso y humilde en lo que se refiere a los medios23. Le da casi literalmente el mismo consejo en una carta escrita con cuatro días de intervalo a Jean Guérin24 y lo repite en otra carta a Guérin cuatro meses más tarde25. Vuelve al mismo tema en una carta a Etienne Blatiron, superior de Génova, el 9 de septiembre, 165026, así como a Louis Dupont, superior de Tréguier, el 16 de febrero, 165627.

Usando una expresión clásica en una carta a Denis Laudin, el 7 de agosto, 1958 le anima a imitar el espíritu de Nuestro Señor que es a la vez suave et ferme28.

San Vicente resumió cuidadosamente todo esto en su consejo al director de un seminario29:

«Hay que ser firmes sin ser duros en nuestra actuación y evitar una mansedumbre fofa que no sirve para nada. Es de Nuestro Señor de quien podremos aprender cómo hemos de proceder siempre con humildad y con gracia, para atraerle los corazones sin cansar a nadie».

Joseph Leonard, en una traducción hace ya algunos años, expresó este texto en inglés de la siguiente manera: «Namby-pamby mildnes, that is useless, should be avoided!» [«una ñoña-sosa templanza, que es inútil, debe evitarse»].30

5. Mansedumbre significa también afabilidad, cordialidad, afectuosidad, accesibilidad

Así es como San Vicente describe frecuentemente la mansedumbre (douceur) al hablar de las relaciones con los pobres o dentro de la Comunidad.

Cordialidad es una de las palabras claves que utiliza para describir las buenas relaciones31. La pone entre los medios para perseverar en la propia vocación32, declarando que el misionero perseverará si vive en profundidad la caridad y la cordialidad con sus hermanos.

Une cordialidad y afabilidad, diciendo que ambas son especialmente necesarias cuando se trabaja entre las pobres gentes del campo33. Para él la afabilidad es el alma de una buena conversación y la convierte no solamente en útil, sino también en agradable. En su principal conferencia sobre la mansedumbre, dice que el segundo acto de ser manso (douce) (después de controlar y encauzar bien la cólera) es la afabilidad y la cordialidad34.

San Vicente está convencido de que la afectuosidad y la accesibilidad son especialmente necesarias a los que ocupan puestos importantes en la Iglesia:

Podéis ver por propia experiencia cómo esta actitud conquista y atrae los corazones; por el contrario podéis observar en las personas que ocupan algún cargo que, cuando son demasiado serias y frías, todos las temen y huyen de ellas. Y como nosotros tenemos que trabajar con los pobres del campo, con los señores ordenandos, con los ejercitantes y con toda clase de personas, no es posible que podamos producir buenos frutos si somos como esas tierras resecas que sólo tienen cardos».35

6. La mansedumbre implica alegría y paz

San Vicente dice a las Hijas de la Caridad que, cuando una persona tiene alegría en su corazón, no la puede ocultar. Las gentes la ven en su rostro y dan gracias al Señor por haberla conocido36.

En los escritos de San Vicente sobre este tema, la palabra clave es gai (alegre)37. Como Santa Luisa era de carácter más bien serio, San Vicente la exhortaba a menudo a estar gai (alegre). En 1631, antes de emprender un viaje, San Vicente le dice: «Honre la tranquilidad de Su alma y la de su Santa Madre y manténgase alegre en su viaje, ya que tiene gran motivo para ello en el trabajo en que Nuestro Señor la emplea»38. En otra ocasión, cuando va a partir con la eufórica Señora Goussault, le escribe: «… le ruego que esté siempre alegre con ella, aunque tenga que disminuir un poco esa pequeña seriedad que la naturaleza le ha dado y que la gracia endulza por la misericordia de Dios»39. Le recomienda a menudo que busque la paz de espíritu y de corazón que caracterizó a la Santísima Virgen y a Nuestro Señor40.

Durante el retiro anual de 1632 San Vicente exhortaba a los misioneros a tener un gran respeto mutuo durante el tiempo de recreo y a estar alegres (gai). Aconseja a un Superior a conformar su conducta a la de Nuestro Señor, que estaba llena de humildad, de mansedumbre, preocupándose siempre de los demás y acomodándose a su humor y a las debilidades de todos41.

Aconseja constantemente a las Hijas de la Caridad que estén alegres y sonrientes en el servicio a los pobres. En cierta ocasión dijo a Sta. Luisa42 :»El Reino de Dios es paz en el Espíritu Santo. Él reinará en usted, si su corazón está en paz. Por tanto, mantenga la paz, Señorita, y así honrará de una manera soberana al Dios de la paz y del amor.»

7. La mansedumbre implica paciencia y perdón

«Support» (paciencia) es aquí la palabra clave francesa.

San Vicente anima a Etienne Blatirón a que trate a un cohermano problemático con mansedumbre y paciencia, porque está en conformidad con el espíritu de Nuestro Señor43. A Bernard Codoing le dice que muestre a dos cohermanos, con quienes tenía dificultades, la mansedumbre y paciencia recomendadas por Nuestro Señor44. Repite el mismo consejo a Marc Coglée, superior en Sedan45, a Louis Dupont superior en Tréguier46, así como a Pierre Cabel47 y a Firmin Get48.

En la conferencia sobre «Las cinco virtudes características de la Compañía» pronunciada el 22 de Agosto, 1959, afirma que la mansedumbre y la tolerancia son necesarias tanto en la vida comunitaria como en el servicio al prójimo49. Esto supone soportar las ofensas con valor y perdonarlas. De hecho, deberíamos tratar amablemente aún a aquellos que nos injurian. San Vicente exhorta así a los misioneros:

«La mansedumbre no solamente nos hace excusar las afrentas e injurias que recibimos, sino que incluso pide que tratemos mansamente a quienes nos maltratan, con palabras amigables y, si llegasen incluso a darnos un bofetón, que lo suframos por Dios; es esta virtud la que produce este efecto. Sí, un siervo de Dios que la posea, cuando se sienta ultrajado por alguien, ofrecerá a su divina bondad este rudo trato y se quedará en paz»50.

8. La mansedumbre va unida a la humildad

San Vicente insiste incesantemente en este tema. Dice a Robert de Sergis51. «El Espíritu de Nuestro Señor, es un espíritu de mansedumbre y de humildad». En las Reglas Comunes cita el texto del Evangelio de San Mateo: «Aprended de mí que soy manso y humilde corazón» (Mt. 11, 29b)52.

En una carta al Padre Portail sobre cómo responder a otro de los primeros miembros de la Compañía, François Du Coudray, le exhorta a tratarle siempre con mansedumbre y humildad53. A Sor Françoise Ménage le asegura, en una carta escrita el 12 de Febrero, 1959, que ella será verdaderamente dichosa si practica la humildad, la mansedumbre y la caridad con los pobres y con las demás hermanas54.

La Regla de las Hijas de la Caridad55 une también estas dos virtudes, llamando a los miembros de la Compañía a honrar a Nuestro Señor particularmente en su pobreza, su humildad, su mansedumbre, su sencillez, y su sobriedad. De hecho, para San Vicente mansedumbre y humildad están tan entrelazadas que, como la prudencia y la sencillez, son «hermanas gemelas»56.

9. La mansedumbre implica compasión por los demás

San Vicente afirma que el misionero debe estar lleno de compasión57, ya que ha sido llamado a servir a los más miserables, a los más abandonados, y a los más hundidos en miserias corporales y espirituales. Él une constantemente compasión y mansedumbre (douceur).

En la regla 12 de las Hijas de la Caridad él dice: «Su preocupación principal debe ser servir a los pobres enfermos, tratándolos con compasión, mansedumbre, cordialidad, respeto, y devoción»58. A las Hijas de la Caridad les dice que su santificación consiste en observar bien sus reglas y en el verdadero espíritu de servicio a los pobres con amor, mansedumbre y compasión59.

En la conferencia del 24 de Julio, 1669, «Sobre las virtudes de Luisa de Marillac», es precisamente esta mezcla de mansedumbre y compasión lo que una Hermana había observado en Luisa60.

II La práctica de la manseumbre (Doucer) por san Vicente

Además de fijarnos en la teoría, siempre es útil examinar la praxis. Esto es especialmente importante en lo que concierne a San Vicente dado que, como señalé en un artículo anterior acerca de los votos,61 él muestra una flexibilidad notable al aplicar los principios a situaciones concretas. Mas aún, la praxis de San Vicente ofrece un contexto dentro del cual los miembros de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad interpretaban lo que él decía. Cuando él hablaba o escribía sobre la mansedumbre (douceur), sus oyentes se apoyaban como instrumento de interpretación, no sólo en sus palabras , sino también en su vida.

1. Su auto-compresión

El mismo San Vicente atestigua que cuando era joven era de temperamento fuerte y fácilmente inclinado a la cólera. Tenía también tendencia a estar triste por largos y sombríos períodos, durante los cuales, él afirma, causaba a veces alguna pena a la Señora de Gondi. Pero, reconociendo estos rasgos en sí mismo dice, «Me volví a Dios pidiéndole insistentemente cambiara mi actitud seca y contenciosa y me diera un espíritu manso (doux) y por la gracia de Nuestro Señor, y con un poco de cuidado que puse en retener los movimientos de la naturaleza, he cambiado algo mi sombrío temperamento62.

San Vicente habla aquí con una gran modestia. Abelly, su primer biógrafo, afirma que San Vicente sentía una gran admiración por San Francisco de Sales, a quien consideraba como la persona más mansa que él había conocido. Añade que San Vicente se aprovechó tanto del ejemplo del Obispo de Ginebra que él adquirió una dulzura (douceur) y afabilidad notables y obtuvo una maravillosa manera de hablar y relacionarse con toda clase de personas63.

De hecho, San Vicente aprendió tan bien la lección de la douceur que a menudo se le comparaba con San Francisco de Sales en este asunto. Collet observa que su mansedumbre y afabilidad se convirtió en algo proverbial y que la gente decía de él las mismas cosas que él mismo decía de San Francisco64.

2. Su respeto por las personas y su paciencia con aquellos que eran difíciles

La publicación de las recientes notas del Hno. Louis Robineau, que Abelly usó en la preparación de su biografía sobre San Vicente, ofrecen muchos ejemplos del enorme respeto que San Vicente demostró hacia las personas de toda condición, desde los más poderosos hasta los más débiles en la sociedad65. Robineau señala especialmente la mansedumbre con que él amonestaba a los demás y el profundo respeto con que trataba a los pobres. Robineau detalla también muchas historias acerca del support (paciencia) de San Vicente66. Comenta que Vicente tuvo una capacidad extraordinaria para aceptar situaciones difíciles: las calumnias, las pruebas que soportó como miembro del Consejo de Conciencia, las murmuraciones sugiriendo que él había presenciado un matrimonio secreto entre Ana de Austria y Mazarino67, los problemas creados por varios cohermanos, y sus propias limitaciones.

3. Su cordialidad y compasión

Sus propias cartas son un vivo testimonio de su cordialidad y compasión. San Vicente escribe a Luisa de Marillac «¡que j’ai peine de votre peine!»68. A menudo escribe con gran compasión a los cohermanos y a las Hijas de la Caridad con ocasión de la muerte de miembros de sus familias, o miembros de la comunidad69. Poco después de la muerte del Padre Portail e inmediatamente antes de la de Santa Luisa de Marillac, escribe a Maturina Guérin70:

«Ciertamente, el gran secreto de la vida espiritual es poner en sus manos todo lo que amamos, abandonándonos a nosotros mismos para todo lo que él quiera, con una perfecta confianza en que todo irá mejor; por eso se dice que todo se transforma en bien para los que sirven a Dios. Sirvámosle, pues, hermana mía, pero sirvámosle según su gusto y dejémosle hacer. El les hará de padre y de madre; será su consuelo y su virtud y finalmente la recompensa de su amor.»

En un momento de tensión entre él y François du Cudray, le escribe esta carta: «No puedo de verdad, no puedo mi querido padrecito, expresarle el dolor que siento al tener que contristarle. Le suplico que crea que, si no fuera por la importancia del asunto, preferiría mil veces sufrir yo la pena, que causársela a usted»71. Cuando Guillaume Delville y su familia se encontraron con dificultades en 1946, San Vicente le escribió: «No puedo expresarle el dolor que mi corazón ha recibido por ello y cómo me gustaría haber sufrido yo solo, personalmente, todo lo que a ustedes les ha tocado sufrir. El P. Codoing, portador de la presente, podrá testimoniarle cuánto me ha impresionado esto. Lo envío sobre todo para que les asegure que sus penas son las mías»72.

4. Sus trabajos por la paz

A todo esto se debe añadir algo que es bastante impresionante en la vida práctica de San Vicente: como pacificador. Lo encontramos particularmente en dos niveles.

1) San Vicente animaba a los miembros de la Congregación de la Misión a trabajar para restablecer relaciones rotas. Uno de los objetivos de «la misión» fue la reconciliación73. Los Misioneros debían intentar resolver querellas y disputas durante las misiones. De hecho, ellos contaban frecuentemente a San Vicente sus éxitos en este campo.

2) Él mismo trabajó activamente para poner fin a la guerra. Se preocupó profundamente por los desastres causados por la guerra y por las penas que producía a sus conciudadanos, particularmente a los pobres. En dos ocasiones intervino personalmente para tratar de conseguir la paz en su país.

Entre 1639 al 1642, durante las guerras en Lorena, se dirigió al Cardenal Richelieu, se arrodilló delante de él, le describió los horrores de la guerra, y le suplicó en favor de la paz: «Monseñor, concédanos la paz. Tenga compasión de nosotros. Dé la paz a Francia». Richelieu lo rehusó, respondiendo que la paz no dependía sólo de él74.

Collet relata un episodio todavía más impresionante, que él toma de un escrito del Hermano Ducournau75. En 1649, durante la guerra civil, San Vicente se alejó silenciosamente de París, cruzó las líneas de batalla, vadeó un río caudaloso (casi a sus 70 años de edad) para ver a la reina y pedirle que hiciera dimitir a Mazarino, a quién él consideraba como responsable de la guerra. Habló también directamente con el mismo Mazarino. Pero, otra vez, sus ruegos fueron desatendidos.

III Algunos cambios de perspectivas acaecidos del siglo XVII al XX

Los cambios de perspectivas influyen de forma significativa en nuestra percepción de las cosas. El panorama de Roma visto desde el pináculo de la cúpula de la Basílica de San Pedro es muy distinto del visto desde los circundantes montes Albanos. Desde ambos lugares se puede vislumbrar el Tíber, muchos edificios, los parques y otros muchos lugares, pero desde cada perspectiva parecen muy distintos. Según la distancia pueden parecer más pequeños o más grandes. Según la hora del día o la estación del año, pueden parecer más oscuros o más claros. Desde San Pedro, pueden verse partes de algunos edificios que no son visibles desde los montes Albanos, ya que se miran desde direcciones diferentes.

Todo esto es evidente desde una perspectiva «física». Desde una perspectiva «teológica», se puede decir también que la Iglesia aparece bastante distinta cuando se observa desde mi oficina en Roma o desde una comunidad de base en América Latina.El horizonte de cada cual, desde donde quiera que se encuentre, influye siempre en su panorama, ofreciendo variados aspectos y matices diferentes.

Desde el siglo XVII han tenido lugar numerosos cambios de horizonte, que han afectado la manera en que uno puede ver la mansedumbre, douceur. Permítanme que trate de describir algunos brevemente.

1. La psicología contemporánea ha examinado cuidadosamente la agresividad, indicando los peligros de reprimirla.

Hace más de un siglo que Charles Darwin en su clásico estudio, La Expresión de las Emociones en el Hombre y en los Animales,examinó sistemáticamente las reacciones de la cólera en el ser humano, comparándolas con las de los animales; estudió la ira en el contexto de aproximación-rechazo que caracteriza toda afectividad humana. En 1890 William James señaló que todas las reacciones emocionales tienen aspectos psicológicos que elevan la energía de la persona con vistas a una nueva reacción. Desde entonces la investigación sobre las emociones se ha desarrollado considerablemente76.

Hoy reconocemos que la ira acumulada produce a menudo un considerable daño psico-somático y frecuentemente se manifiesta en unas explosiones inesperadas que hieren a los demás. La literatura contemporánea examina y sugiere medios saludables de proceder con la ira, y encauzarla de forma creativa.

Estudios científicos recientes han encontrado eco en numerosos libros de espiritualidad que tratan sobre la saludable expresión de las emociones como parte del crecimiento humano77. Los superiores, y aquellos que tienen responsabilidad en programas de formación, se han apercibido de que hay muchos «individuos agrevisos» en las comunidades (como también en otras situaciones), con posibilidad de consecuencias explosivas. A través de la discusión de las emociones, y particularmente de la agresividad, durante el periodo de formación, muchas comunidades intentan ocuparse con anticipación de estos problemas, a fin de evitar más tarde acontecimientos catastróficos.

Los estudios revelan también que las emociones, e incluso las expresiones básicas del rostro, provocan respuestas afectivas similares en los demás. Expresiones alegres provocan respuestas alegres; las expresiones tristes, respuestas tristes78. Al leer estos estudios, espontáneamente se recuerdan las exhortaciones de San Vicente a las Hijas de la Caridad de estar alegres y sonrientes en su servicio.

2. En tiempos modernos ha habido un resurgimiento muy significativo del pacifismo.

En este aspecto, la revolución pacífica de Gandhi en la India ha tenido una enorme influencia. Asimismo en los Estados Unidos, Martín Lutero King, consiguió con su resistencia no-violenta, avances muy importantes en los derechos humanos. El libro de James Douglass, The Non-Violent Cross79, que obtuvo una gran popularidad, condensó admirablemente las raíces bíblicas y filosóficas de los movimientos pacifistas.

En la tradición Católica, Gaudium et Spes80 tomó una posición positiva, aunque cuidadosamente matizada, respecto al pacifismo: «Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa, que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o de la sociedad». Al mismo tiempo Pablo VI hizo conmovedoras llamadas a la paz mundial, clamando fuertemente el 4 de Octubre, 1965, en la Sala de las Naciones Unidas de Nueva York: «No más guerra, jamás la guerra»81. En su libro «Faith and Violence», Thomas Merton ofrece una presentación clara de la teoría y práctica cristiana para construir la paz82. En 1983 los obispos de Estados Unidos, en un documento cuidadosamente preparado, contribuyeron enormemente a la promoción de la teoría y la práctica de la paz83.

3. En los últimos años hay una mayor conciencia de la necesidad de trabajar por la paz, no solo a nivel individual, sino también a nivel estructural.

Una vez más, Pablo VI hizo un elocuente llamamiento: «Si quieres la paz, trabaja por la justicia»84. Juan Pablo II añade: «Desarrollo es el nuevo nombre de la paz»85.

El énfasis sobre la necesidad de un cambio de estructuras es ya evidente en Pacem in Terris86 y en Gaudium et Spes87. Pablo VI trata el tema elocuentemente en Populorum Progressio,88 y en una alocución a los miembros de «Cor Unum», pronunciada el 13 de Enero, 1972, en las que hace una llamada a los cristianos a comprometerse y a entrar en «el mismo corazón de la acción social y política y de este modo llegar a las raíces del mal y cambiar los corazones, así como las estructuras de la sociedad moderna»89.

Hoy somos conscientes de que el pecado afecta profundamente las estructuras sociales. Se encuentra encarnado en leyes injustas, en relaciones económicas basadas en el poder, en tratados injustos, en fronteras artificiales, en gobiernos opresores, y en otras muchas estructuras sutiles que obstaculizan la existencia de relaciones armoniosas en la sociedad. Solamente cuando estos obstáculos estructurales son analizados, comprendidos y suprimidos puede la sociedad establecer relaciones pacíficas permanentes.

Hoy se tiene también un mayor sentido de la comunidad global y de las nefastas implicaciones de la escalada de armamento. La venta de armas continua siendo unos de los factores más importantes de la economía mundial. Los conflictos locales (en Argelia, Chechenia, ex-Yugoslavia, y en otros muchos lugares) hacen, a veces, bastante volátil el panorama internacional, con el peligro siempre presente de que estos conflictos puedan escalar en una «guerra-mundial». Con la amplia difusión del armamento y la frecuencia de su uso, los jóvenes atestiguan a menudo incertidumbre ante su futuro dada la posibilidad de una aniquilación nuclear.

Mientras tanto, los documentos pontificios han condenando insistentemente la carrera de armas90. Al mismo tiempo, la Pastoral por la Paz de los Obispos de los Estados Unidos, lanzó a través de las Conferencias Episcopales del mundo entero una amplia serie de discusiones sobre la cuestión de la guerra, de la paz y del armamento.

IV La mansedumbre

La enseñanza de San Vicente sobre esta tercera «piedra suave»91, como a él le gustaba llamarla, se puede trasladar perfectamente al mundo moderno. Su conferencia del 28 de Marzo, 1659, así como varias de sus cartas a Luisa de Marillac, contienen una sabiduría práctica que es muy pertinente en la actualidad. Aunque se podría decir mucho sobre esta virtud, aquí me limitaré sólo a cuatro puntos.

1. La mansedumbre supone la habilidad de orientar la ira positivamente

La ira es algo natural. Es una energía espontánea dentro de nosotros cuando percibimos algo como malo. Nos ayuda a proceder ante el mal. Nos prepara a «luchar», como diría Darwin. Pero, como todas las emociones espontáneas, puede usarse bien o mal. Concretamente, toda clase de personas encuentra dificultades para usarla bien. Como ya he mencionado anteriormente, hay muchas «personas con agresividad» en el mundo.

La ira incontrolada, en sus formas más violentas, irrumpe en guerra, agresión, violación, homicidio y en muchos crímenes que están diariamente en los titulares de los periódicos. En sus formas menos violentas, se manifestará en un enfado desordenado, en una explosión de genio, diatribas irascibles, negativa a hablar con los demás, tirar las cosas, cerrar las puertas de golpe, berrinches, rencores, intentos de «desquitarse».

Como San Vicente indicaba, dominar bien la ira requiere con frecuencia expresarla apropiadamente. Él mismo se irritó ante la situación de los enfermos y los hambrientos, por ello estableció las Cofradías de Caridad, la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad. La ira le capacitaba para reaccionar con vigor y creatividad cuando se tenía que enfrentar con las necesidades de los pobres de su tiempo. También expresó su ira directamente ante lo que él juzgó nefasto en sus comunidades, pero aprendió a combinar la ira con la mansedumbre. Él sabía mezclar lo amargo con lo dulce, según su recomendación a Luisa de Marillac92. Él trató de imitar a Jesús que fue igualmente «suave y firme»93.

Desahogar apropiadamente un espíritu excitado puede ser muy saludable. Ello puede calmar tensiones ocultas y conducir a solución de conflictos. Puede ser un instrumento idóneo en la corrección. Pero si la ira no se encauza bien, puede convertirse en algo terriblemente destructivo. Desatada, puede originar resentimiento, sarcasmo, cinismo, amargura, depresión.

El reto consiste en aprender los medios apropiados para controlar la agresividad (aún suprimiendola por algún período de tiempo), sublimarla, y expresarla. San Vicente recurre a menudo al ejemplo de Jesús, que supo moderar y a la vez expresar su frustración frente a los apóstoles, y que pudo ser también muy directo al expresar su cólera respecto a los fariseos, que imponían cargas injustas sobre los demás.

2. La mansedumbre supone accesibilidad, afabilidad, cordialidad

Estas cualidades son especialmente importantes en los misioneros. A este respecto,

San Vicente nos anima a confiar en que podemos realmente cambiar, citando su propia experiencia personal. Aunque en sus años jóvenes era de carácter colérico, bastante temperamental durante largos y sombríos períodos, él cambió tanto en el curso de su vida que, todos aquellos que le conocieron más tarde, decían de él que era uno de los hombres más accesibles que habían conocido94.

Él dijo a la comunidad que se gana mucho mejor a los demás con la mansedumbre que con discusiones. Este consejo es especialmente importante cuando ofrecemos el don de la corrección95, tanto si la corrección se hace entre iguales o por los superiores. Los corregidos están mucho más predispuestos a escuchar palabras pronunciadas mansamente que palabras de punzante acusación.

Aún más, la mansedumbre y la cordialidad en quien las ofrece, hace surgir la misma actitud en el que las recibe. Los que encuentran al misionero cordial y amable empezarán a responder de la misma forma. Por esta razón, sin duda, San Vicente puso tanto énfasis en la mansedumbre douceur como virtud «misionera».

3. La mansedumbre implica la habilidad de soportar las ofensas con perdón y valor

San Vicente basó su enseñanza sobre este aspecto, en el respeto a la persona humana. Dijo a la doble familia, que aún aquellos que cometen injusticias, merecen respeto como personas. Los escritos de Juan Pablo II reiteran este tema en nuestros días — el llamamiento a profesar un profundo respeto a todo ser humano.

Naturalmente, el respeto a las personas culpables, no nos prohíbe encauzar nuestra ira con valentía en contra de los males que ellos cometen. Pero sí nos prohíbe practicar injusticias en nombre de la justicia. San Vicente reconoció claramente las enseñanzas de San Agustín a este respecto (y se lo recordó a Philippe LeVacher)96 que ciertos males deben ser tolerados, ya que no existe prácticamente posibilidad de corregirlos. Una persona inteligente aprende a convivir con ellos, y una persona mansa trata con respeto a aquellos cuyas vidas están tan entretejidas en el mal que no puede ser extirpado.

El equilibrio, a este respecto, es muy delicado. A veces se tiene que sufrir con valentía. Hay males que no se pueden evitar y deben ser sobrellevados. Pero por otra parte, se debe evitar una amabilidad falsa, como en cierta ocasión lo expresó Adrián Vasn Kaam97 o, usando la traducción de Joseph Leonard de la frase de San Vicente, «namby-pamby mildness»(«ñoña-sosa-templanza»). A veces se debe clamar en contra de la injusticia y canalizar todas nuestras energías a vencerla. Se requiere una gran prudencia para discernir entre estos casos.

En estos tiempos de cambios rápidos en la historia de la Iglesia, la combinación entre mansedumbre y firmeza es absolutamente necesaria, sobre todo en la toma de decisiones. Las Comunidades, al evaluar sus apostolados con miras hacia el futuro, deben tener la valentía de escoger y actuar. Al mismo tiempo, deben mostrar mansedumbre con aquellos que tienen gran dificultad en adaptarse. Asimismo, los individuos, deben tener valentía al proponerse objetivos de crecimiento, pero deben ser pacientes consigo mismos reconociendo que un cambio personal no ocurre de la noche a la mañana, sino sólo gradualmente.

Los misioneros deben saber también que, aunque cumplan muy bien sus tareas, deberán admitir con valor y mansedumbre a la vez, sus propias limitaciones y las expectativas contradictorias de los demás. Los superiores religiosos experimentarán que algunos en sus comunidades ven todas las cosas en blanco y negro, mientras que a otros sólo les gusta lo gris. Algunos tendrán en cuenta el pasado como norma dominante para tomar decisiones, mientras que otros mirarán sólo hacia un futuro imprevisto. Los superiores nunca podrán satisfacer completamente todas estas personalidades tan diversas. Deberán tomar sus decisiones con valentía y tratar con mansedumbre a aquellos que no están de acuerdo. Deberán combinar en sus vidas dos textos del Nuevo Testamento: «Soporta conmigo los sufrimientos por el evangelio, ayudado con la fuerza de Dios»98 y «Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis reposo para vuestras almas»99.

4. La mansedumbre implica acción en favor de la justicia y de la paz

En nuestros días, de forma especial, ser testimonio de la mansedumbre de Jesús y su proclamación de un reino de paz, tiene un lugar prominente en la proclamación de la Buena Noticia por la Iglesia. Esto está íntimamente relacionado con la promoción de la justicia y la paz y la educación en estas actitudes. Centessimus Annus100 habla elocuentemente sobre este tema: «Yo mismo, con ocasión de la reciente y dramática guerra en el Golfo Pérsico, he repetido el grito: – ¡Nunca más la guerra! ¡No, nunca más la guerra!, que destruye la vida de los inocentes, que enseña a matar y trastorna igualmente la vida de los que matan, que deja tras de sí una secuela de rencores y odios y hace más difícil la justa solución de los mismos problemas que la provocaron. …Por este motivo, otro nombre para la paz es desarrollo. De la misma manera que existe la responsabilidad colectiva de evitar la guerra, existe también la responsabilidad colectiva de promover el desarrollo».

Tomás de Aquino nos recuerda que la pasión más inmediatamente asociada con la justicia es la ira101. La ira retrocede ante la injusticia a fin de saltar sobre ella y hacerla desaparecer. Ella nos mueve hacia la justicia, a estar hambrientos y sedientos de ella. La ira brota del amor y del respeto por la persona humana, cuyos derechos han sido violados. Es una tensión bien-mal, para restablecer un orden en el que las personas puedan crecer y prosperar. Por lo tanto, deberá surgir siempre cuando se perciba que existen estructuras injustas que privan al pobre de la libertad política, social, económica, o personal que exige su dignidad humana.

La mansedumbre encuentra modos de expresar la cólera en «acciones en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo»102. Quienes se dedican al ministerio, tendrán como tarea principal educar para la justicia y la paz103.

La reconciliación será también uno de los objetivos básicos del ministerio. Recuerdo el papel de mediador que la Comunidad de San Egidio jugó en la consecución de la paz en Mozambique. Después de 15 años de guerra civil, la «sabiduría humana» habría dudado sin duda de la habilidad de una «impotente» Comunidad italiana para conseguir lo que otras agencias mucho más «poderosas», se vieron incapaces de conseguir. Sin embargo las negociaciones terminaron con gran éxito en 1992 y la paz continua reinando en aquella nación. Otros grupos ¿no habrían podido tener una valentía semejante para ofrecer sus servicios como ministros de reconciliación?

La conversación y el diálogo serán, en la vida de los mansos, los medios principales para solucionar conflictos, si van acompañados de un amor doliente. Estos son los instrumentos que Jesús mismo usó; «Él es nuestra paz, y destruye el muro de la separación»104. Si la comunidad de sus discípulos tiene una auténtica pasión por el diálogo, la justicia y la paz, entonces, es un signo claro de que el Reino de Dios está cerca.

Una mansedumbre «apasionada»105 sabe cómo dirigir la ira para erradicar la injusticia, encauzándola de manera que «la justicia corra como arroyo perenne»106. W. E. B. DuBois resume esta mansedumbre apasionada en una preciosa plegaria:

Danos gracia, oh Dios, para atrevernos a hacer aquello que nosotros sabemos muy bien que clama que debe hacerse. Que no vacilemos por comodidad, o por las palabras de la boca de los hombres, o de nuestras propias vidas. Grandiosas causas nos están llamando — la libertad de las mujeres, la instrucción de los niños, la erradicación del odio y el crimen y la pobreza — todo esto y aún más. Pero ellos claman con voces que significan trabajo y sacrificio y muerte. Concédenos, misericordiosamente, oh Dios, el espíritu de Esther, que nos hace decir: Iré delante del Rey y si perezco, perezco. Amén.

  1. He titulado este artículo «‹Otra› mirada a la mansedumbre», dado que ya he tratado este tema, en un estudio anterior. Cf. R. Maloney, «Five Characteristic Virtues: Yesterday and Today» en «The Way of Vincent de Paul » (New York: New City Press, 1992) 37-69.
  2. SV IX, 267 /253
  3. CR II, 14.
  4. De hecho, sin embargo, sweetness (dulzura) tiene una noble historia en la lengua inglesa. Shakespeare no duda usarla como saludo afectuoso: «Goodnight, sweet prince» (Hamlet, Acto. V, Scena 2, línea 373) . Encontramos también el vocablo abundamente en las oraciones clásicas cristianas: «O clement, o loving, o sweet Virgin Mary». Es común en cantos religiosos: «Sweet Little Jesus Lord», «Goodnight, Sweet Jesus». A las canciones populares les encanta la palabra: «Sweet Georgia Brown». Su uso continúa, y es aceptado, en nuestros días en algunas frases corrientes: «Sweet sixteen,» «my sweetheart». De hecho, mi cuñado llama siempre a mi hermana «Sweetie».
  5. CR II, 6.
  6. CR II, 8.
  7. SV 1, 66 / 130.
  8. SV IV, 52 / 54.
  9. SV IV, 120 / 497.
  10. SV IV, 449 / 420.
  11. SV IX, 261 / 248.
  12. SV XII, 189 / XI, 477.
  13. SV XII, 305 / XI, 588
  14. SV XII, 182ff / XI, 471.
  15. SV XI, 64/ 752.
  16. SV XII, 190 / XI, 478.
  17. Cf.SV I,88; VII, 590-91; VIII,227; IX, 260ff. / I, 151; VII, 501-502; VIII, 213; IX, 247.
  18. SV IX, 260 / 248.
  19. SV I, 354 / 377.
  20. SV IX, 269 / 255.
  21. SV I, 393 / 408.
  22. SV I, 176 / 231.
  23. SV II, 298 / 250.
  24. SV II, 300 / 252.
  25. SV II, 355 / 302.
  26. SV IV, 75 / 74.
  27. SV, V 552 / 526.
  28. SV VII, 226 / 197.
  29. SV IV, 597 / 555.
  30. Joseph Leonard, St. Vincent and Mental Prayer (New York: Benziger Brothers, 1925) 177.
  31. SV 1, 112; IV, 51, 113, 341, 449; VI, 29; IX, 261 / I, 174; IV, 53; 114, 325, 420; VI, 33; IX, 248.
  32. SV XI, 109 / 34.
  33. SV XI, 68 / 756.
  34. SV XII, 189 / XI, 477.
  35. SV XII, 189 / XI, 477-478.
  36. SV X, 487 / IX. 1037.
  37. La palabra gay en inglés, como todos los lectores de habla inglesa reconocen, ha experimentado una notable transformación en las décadas recientes, hoy muy a menudo significa homosexual.
  38. SV I, 102 / 165.
  39. SV I, 502 / 499.
  40. SV I, 111, 114, 571 / 173, 175, 557.
  41. SV IV, 581 / 541.
  42. SV I, 114 / 175.
  43. SV III, 383 / 351.
  44. SV III, 469 / 427.
  45. SV IV, 51 / 53.
  46. SV V, 605 / 573.
  47. SV VII, 201 / 177.
  48. SV VII, 594 / 504.
  49. SV XII, 306 / XI, 589.
  50. SV XII, 192 / XI, 480.
  51. SV I, 536; cf. I, 528 / 528; 520.
  52. CR II, 6.
  53. SV II, 620 / 530.
  54. SV VII, 455 / 389.
  55. SV XIIII, 555 / X 692.
  56. SV XII, 184 / XI, 473.
  57. SV XI, 77 / 771.
  58. SV X, 331 / IX, 915.
  59. SV X, 353 / IX, 915.
  60. SV X, 727 / IX, 932.
  61. R. Maloney, «The Four Vincentian Vows: Yesterday and Today», Vincentiana 3 (Roma: Curia Generalitia, 1990) 230-370.
  62. Abelly, Lib. III, cap. 12, 177-78.
  63. Abelly, Lib. III, cap. 12, 180.
  64. Pierre Collet, La vie de St. Vincent de Paul (Nancy: A. Leseure, 1748) Tom. I, lib. 2, 99.
  65. André Dodin, Monsieur Vincent, raconté par son secrétaire (Paris: O.E.I.L., 1991) 53-55.
  66. Ibid., 143-45.
  67. Para más información sobre esta cuestión cf. Dodin, Op. Cit., 173.
  68. SV I, 142 / 198.
  69. SV VI, 444; VIII, 55, 256 / 413, 56, 248.
  70. SV VIII, 256 / 243.
  71. SV III, 74 / 75.
  72. SV II, 619 / 528.
  73. CR XI, 8.
  74. Cf. P. Coste. The Life and Labours of St. Vincent de Paul, traducido por Joseph Leonard (Londres) II, 369-370. Cf. también, Abelly, I, XXXV, 169.
  75. P. Collet. La vie de St. Vincent de Paul (Nancy,1748) I 468. Cf.SV III, 402. Cf.también, Coste, II, 447.
  76. Robert Plutchik, Emotion: A Psychoevolutionary Syntesis (New York: Harper & Row, 1980) 128-151.
  77. Fran Ferder, «Never let the Sun Set on Your Anger: Anger and Its Expressions» en Words Made Flesh: Scripture, Psychology, and Human Communication (Notre Dame, Indiana: Ave Maria Press, 1986) 67-84.
  78. G. Simon Hark, Virtues Passions (New York: Paulist, 1993)18. Este autor hace notar (pág. 25) que nosotros empezamos a captar las emociones de una persona alrededor de una décima de segundo después de habernos puesto en contacto con ella.
  79. Douglass, James W., The Non-Violent Cross (New York: Macmillan, 1968) .
  80. Gaudium et Spes, 78.
  81. Acta Apostolicae Sedis, 57 (1965) 881.
  82. Merton, Thomas, Faith and Violence (Notre Dame. Indiana: University of Notre Dame Press, 1968) .
  83. «The Challenge of Peace». Origins 13 (no. 1; 19 mayo, 1983) 1-32.
  84. Acta Apostolicae Sedis, 57 (1965) 896.
  85. Sollicitudo Rei Socialis, 10; cf. Populorum Progressio, 77.
  86. Pacem in Terris, 89, 91.
  87. Gaudium et Spes, 85.
  88. Populorum Progressio, 78.
  89. Acta Apostolicae Sedis, 64 (1972) 189.
  90. Cf. Gaudium et Spes, 81.
  91. CR II, 6.
  92. SV I, 292-94 / 317-319
  93. SV VII, 226 / 197.
  94. Cf. Abelly, III, 177-78.
  95. Cf. Mt. 18:15-18.
  96. SV IV, 121 / 497.
  97. Van Kaam, Adrian L., Spirituality and the Gentle Life (Denville, New Jersey:Dimension Books, (1974) .
  98. 2 Tim. 1:8.
  99. Mt. 11:29.
  100. Centesimus Annus, 52; cf. también, 14, 54.
  101. Cf. Summa Theologica I-II. 46.2. 4. 6.
  102. Sínodo de Obispos, 1971, Justice in the World, en Acta Apostolicae Sedis, 63 (1971) 924.
  103. Cf.Juan Pablo II, «Mujeres: Maestras de la Paz», Origins 24 (#28; 22 Dic. 1994) 465-69; Jorge Mejía, «Dimensiones del Ministerio Esencial de los Obispos», Origins 24 (# 39; 16 Marzo, 1995) 641-648; Dolores Leckey, «Peacemaking and Creativity: Three Dynamics», Origins 24 (#45; 27, abril, 1995) 777-780. Leckkey hace resaltar tres componentes portadores de paz: la escucha, la belleza y la risa.
  104. Eph 2:14.
  105. Cf. Walter Burghardt, «A Faith That Does Justice», Warren Series Lectures, en Catholic Studies (#18; 17 Noviembre, 1991) 9.
  106. Am 5:24.

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