¡No tengáis miedo!

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Mons. Raúl Berzosa Martínez · Año publicación original: 2006 · Fuente: XXXII Semana de Estudios Vicencianos (Salamanca).
Tiempo de lectura estimado:

1. Punto de partida: ¿Todo se tambalea?

Comienzo con unas palabras lacerantes como dardos, que justifican el enunciado de la conferencia que se me ha asignado1:

El sacerdote (el religioso/a) de hoy se encuentra profunda­mente interpelado y socialmente como desvalido, en el lugar donde rompe el viento, a la intemperie. Culturalmente parece irrelevante, marginado, palpando la soledad y con un efecto de baja autoestima. Doctrinalmente navega como perdido y sin ser­virle lo antiguo pero sin tener muy clara la orientación para lo nuevo. Pastoralmente aprecia el desajuste entre la oferta evan­gelizadora y la demanda religiosa; es como un mal viajante que no logra colocar su mercancía. Espiritualmente, palpa la amenaza de cierto stress o desajuste entre la Fe y la vida; en otras ocasiones, le tienta un espiritualismo desencarnado y, casi siempre, una espiritualidad sin lenguaje apropiado (J. M. Uriarte).2

2. ¿Por qué resulta tan difícil en nuestra cultura el comprender la vida de especial consagración?

Respondo haciéndome eco de algunas sugerencias ofrecidas en su día por el cardenal G. Danneels, y que afectan especial­mente al mundo de los más jóvenes3:

  1. Existe una especie de catarata o miopía social para todo aquello que se refiere a lo religioso, a otras dimensiones que no sean científicas o empíricas o cuantificables.
  2. Somos esclavos de la verificación, de lo programado, de lo que da resultados seguros, de la eficacia. No entende­mos la gratuidad o el apostar por la Providencia.
  3. La fe en la vida eterna se encuentra oscurecida: hemos pasado de creer que el cielo se situaba en el más allá (cristiandad), al más acá (modernidad), y en uno mismo (postmodernidad).
  4. Nos encontramos envueltos en una nueva revolución copernicana» el nuevo narcisismo o individualismo antro­pocéntrico y subjetivista.
  5. Muy pocos se atreven a comprometerse en casi nada «para siempre», o en apostar a largo plazo.
  6. No se entiende el celibato o la consagración por el «reino de los cielos» y en «favor de los hermanos».
  7. No se entienden proyectos de comunidad si no están con­sensuados o elegidos por uno mismo.
  8. Tenemos una percepción muy débil de los gestos sacra­mentales, y nos fiamos muy poco de la Palabra de Dios.
  9. Ser sacerdote o religioso o consagrado no se ve como una promoción social, sino como una especie de marginación social.
  10. Hemos anestesiado el sentido de salvación, pecado, divi­nización, encuentro con Dios4.

3. …Y, sin embargo, se sigue creyendo en la vida de especial consagración5

1) J. A. Merino se atreve a señalar lo que la vida de especial consagración puede y debe aportar en esta nueva cultura: hacer posible una cultura de la projimidad o del personalismo comuni­tario; una cultura de la paz; una cultura ecológica o cósmica; una cultura del diálogo; una cultura de religión festiva; una ética de la solidaridad; y una filosofía de la esperanza.

2)  J. C. R. García Paredes afirma que la Vida de especial con­sagración se encuentra en la «liminidad», es decir, en un proceso de tránsito o paso que acompaña al cambio de estado o de posi­ción social. Es una experiencia túnel o experiencia de travesía del desierto. Hay experiencia liminal cuando se abandona un ámbito habitual de existencia y se pasa a otro totalmente nuevo. Quien pasa por esta experiencia se ve trasladado a los márgenes, a los limites, casi a la exclusión.3)   En los Cuadernos CONFER (n° 22), se habla de que «lo que es nuevo, pide novedad»… Y se señalan siete pautas para vivir con autenticidad la vida de especial consagración hoy:

  1. Respeto y valoración de cada persona. Debemos crecer como personas autónomas, en fraternidad, con capacidad de comunicación y apertura al entorno y sana novedad.
  2. Experiencia de Dios, que se traduce en pasión por Jesu­cristo, espiritualidad encarnada, autenticidad y discerni­miento.
  3. Vida comunitaria. Fraternidad como «hogar», para la misión.
  4. Intercongregacionalidad, que supone diálogo y coopera­ción, valorar la diversidad, compartir la misión.
  5. Mutua interrelación religiosos-laicos. Valorar la vocación laical.
  6. Ir a lo esencial de la vida consagrada. Normalidad, votos y coherencia.
  7. Itinerancia y movilidad, optando por la vida y por los más pobres6.

4. Profundizando aún más desde lo señalado por el Papa Benedicto XVI7

Expuesto lo anterior, afirmo que considero muy relevante que el Papa Benedicto XVI, desde el inicio de su Pontificado, hace más de un año, venga repitiendo en homilías, audiencias y diversos encuentros dos pensamientos: por una parte, que vivir el cristianis­mo no es algo desfasado o aburrido o en contra de la vida y, por otro lado, que quien se encuentra con Jesucristo no sólo no pierde nada sino que gana todo. Juan Pablo II, anteriormente, nos había Repe­tido: «!No tengáis miedo! ¡Abrid vuestro corazón a Jesucristo!».

¿Por qué Benedicto XVI ha sentido la necesidad real de repe­tir algo que a nosotros los creyentes nos parece tan obvio?

El Papa, buen conocedor de la cultura de nuestro tiempo, y de los gozos y esperanzas de los hombres y mujeres de nuestros días, es consciente de un hecho: desde hace casi cuatrocientos años, en la denominada cultura de la modernidad, se han cuestio­nado dos presupuestos cristianos básicos y fundamentales de nuestra fe: la centralidad de Jesucristo y la centralidad del propio cristianismo. En efecto, desde hace décadas, primero en los inte­lectuales y después en la gran masa, circula una doble y laceran­te pregunta: «¿Qué tiene de especial Jesucristo, como fundador de una religión, que no hayan tenido otros fundadores y otros grandes personajes históricos?» En otras palabras, «¿por qué Jesús, el judío nazareno, tiene que erigirse como centro y sen­tido de la historia humana?» Consecuente con esta primera pregunta viene otra: «¿Por qué la religión cristiana se erige en la religión más completa y verdadera?»

A la hora de responder a estas dos graves cuestiones, en esta fecha tan señalada del Salvador, no vamos a hacerlo con razona­mientos filosóficos o gnóstico-culturales; seguiremos la máxima del gran teólogo K. Barth cuando afirmó que «de Dios, verdade­ramente, sólo el mismo Dios puede hablar». Y ¿dónde ha habla­do Dios en verdad? — En su Hijo. El Amado.Por eso estamos nosotros hoy y aquí reunidos. Para pro­clamar, con la fuerza del Espíritu, que nuestro único Señor y Salvador es Jesucristo; que seguimos palpando su presencia y su verdad en la historia y en el camino de cada día; que nuestro Tabor esta en medio del mundo y de esta realidad que nos ha tocado, en gracia, vivir; que no podemos instalarnos en el pesimismo o en la resignación; y que, a imitación de Jesucristo y por adopción, en nosotros reside la huella de la divinidad. No somos fruto del azar o de la casualidad ni esta­mos llamados a desaparecer: somos hijos en el Hijo. Estamos llamados a ser otros Cristos. Estamos llamados a una Vida que no tiene Fin.

Con humildad, los cristianos proclamamos que seguimos siendo despensa de utopía y de esperanza para esta humani­dad del comienzo del siglo xxI, sumergida en diversos tea­tros de violencia, de guerra, de destrucción y de cultura de la muerte.

Nuestra fe viene a desmentir el grito existencialista que vuelve a estar de moda: «El hombre es el ser que proyecta ser Dios… Y como no puede serlo se convierte en pasión inútil» (J.P. Sartre). Por el contrario, con Pablo, nos atrevemos a anunciar: «Para mí, vivir es Cristo» (Filp 1,21). Y tiene que llegar un día en el que todo cristiano, con la gracia del Espí­ritu, pueda afirmar: «Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

5. Algunas claves y algunas convicciones para seguir caminando como consagrados, evangelizadores, mistagogos y agentes de pastoral

De la rica herencia del Papa Juan Pablo II, y de reflexiones personales, entresaco ahora algunas que servirán para mantener la brújula bien orientada en orden a transmitir la fe y evangelizar. Algunas de ellas ya han sido expuestas, de otra manera, en escri­tos anteriores8.

1. Ser lo que somos. Cuando no somos lo que somos, no somos nada. En otras palabras, vivir con realismo y profundi­dad nuestra vocación «sacramental» que quiere decir no sólo el seguimiento radical sino la configuración con Cristo-Esposo, para poder amar a la Iglesia-Esposa y a la humanidad-Esposa. Esto implica dos cosas con la fuerza del Espíritu: por un lado, saberme Eucaristía existencial y, por otro, vivir el estilo del Evangelio.

Mi realidad profunda no es otra que estar, hacer y sentirnos configurados con Cristo para realizar un maravilloso intercambio: expropiados existencialmente, ofrecemos a Cristo nuestra huma­nidad para que sirva como instrumento de salvación, hasta ser colocados en el lugar de Cristo, diciendo sus palabras, repitiendo sus gestos, invocando al Espíritu, puesta nuestra total confianza en el Padre. La acción que el mismo Cristo provoca del Padre por el Espíritu se transmite por nuestra propia carne, por nuestras propias palabras, por nuestro gesto, por nuestra invocación, por nuestra huella. Somos, pues, ¡qué sorpresa!, carne del Dios Trini­tario. Y no lo somos, evidentemente, por y para nosotros, sino para los otros, para la comunidad entera de creyentes en Jesús, para todos (A. Pérez de Laborda). Por eso, nuestra identidad, que hunde sus raíces en el mismo misterio de Cristo, nos hace ser siempre actuales; nunca estamos desfasados o fuera de nuestro tiempo, porque el hoy del cristiano está insertado en el hoy de Cristo redentor y éste es el hoy de la humanidad misma.2. Hacia dentro de la Iglesia, ad intra, convertirnos, con la luz y la fuerza del Espíritu, en:

a) Maestros de oración y de la experiencia de Dios: Servi­dores y administradores de los misterios de Dios (1 Cor 4,1-2); no somos «propietarios» sino siervos a quienes el dueño ha confiado sus bienes para gestionarlos con justi­cia y responsabilidad. Hombres en contacto con Dios, con la santidad de Dios, con su vida. Llamados, por lo mismo, a la santidad. No podemos acostumbrarnos al Misterio. Comporta también ser maestros de oración. La oración hace al cristiano y el cristiano se hace a través de la oración. En la oración, ante todo, «dejamos a Dios ser Dios y a los hombres, y a nosotros mismos, ser hombres en plenitud».

b) Vínculos de comunión: Estamos al servicio común unos de otros para edificar el Cuerpo de Cristo y hacer presen­te al mismo Cristo.

3. Socialmente, ad extra, y siempre con la luz y la fuerza del Espíritu, desarrollar las siguientes vivencias:

a) Profetas de esperanza: somos oyentes atentos y benévo­los, y, a la vez, críticos y vigilantes de lo que va maduran­do en la historia como «signo de los tiempos» (allí donde Dios se manifiesta y donde, aparentemente, se oculta). Expertos en saber llevar a las fuentes profundas a la huma­nidad, para apagar su sed. De un cristiano no se piden res­puestas económicas, sociales o políticas sino la transpa­rencia de Cristo mismo.

b) Agentes de la nueva evangelización: ministros de la mise­ricordia y, a la vez, testigos e instrumentos de esa misma misericordia; testigos de la ternura y del amor de Dios.c)    Testigos nuevos (se cree más a los testigos que a los maestros): llamados a vivir la heroicidad de la caridad bajo el signo de la gracia (no por voluntarismo o por puños). El auténtico secreto de los éxitos pastorales no está en los medios, ni en la riqueza de los mismos, sino en la gracia de Dios. Lo cual no excusa de planes pastorales (necesarias mediaciones) ni de un diálogo sincero entre fe y cultura. Todo lo anterior exige, a su vez:

1. No separar Rey y Reino; no a un Reino sin Rey; ni a un Rey sin Reino. ¿Cuál es la meta? — de nuevo insis­timos en ello: Dejar a Dios ser Dios, ayudar a los demás a ser y descubrir lo que están llamados a ser y descubrir y llegar cada uno de nosotros a donde tene­mos que llegar. Voluntad de verdad y de honestidad para con nosotros, con los demás y con el Señor.

2. Un equipamiento interior y un acompañamiento exte­rior, resumido en un estilo de vida coherente, una vivencia real de inserción en la Iglesia particular; una vertebración diocesana de la pastoral; y una formación permanente adecuada.

En cuanto a otras claves para vivir con plenitud, autenticidad y esperanza el día a día, o para ser personas (y cristianos) y no morir en el intento, señalo a continuación un decálogo. En la primera parte (cinco puntos) se hace referencia y se insiste en el equipamiento interior; en la segunda parte (hasta diez), acentua­mos el acompañamiento exterior.

1. Reconstruye la persona auténtica que llevas dentro. Para ello, conócete de verdad. Y esto implica otras dos dimen­siones:

  • Conócete, acéptate, dónate;
  • no seas esclavo de lo que otros piensan de ti, o de falsas imágenes de ti mismo.

2. Aprende a valorar lo positivo y vive en clave de unidad:

  • Es bueno lo que te unifica (cabeza-corazón-acciones al unísono), lo que te ayuda a vivir el presente, y lo que te hace «ser» agradecido y donado.
  • La verdadera y plena unificación personal sólo se da en la configuración con Jesucristo: cuando Él es la verdad (que llena cabeza), la bondad-caridad (que llena las acciones), y la belleza (que llena el corazón).
  • No caigas en un triángulo infernal: creerte salvador (te producirá culpabilidad), sentirte como víctima (te provocará resentimiento), o ser prepotente (te generará agresividad).
  • Sé para los demás «pigmalión», siempre pensando y sintiendo en positivo y con esperanza. La bondad vence siempre porque es uno de los frutos del Espíritu.

3. Vive la vida con pasión, aunque existe una gradación de pasiones: más fuerte que la pasión erótica es la pasión política; aún mayor es la pasión intelectual; todavía más fuerte es la pasión artística; pero la más grande de todas es la pasión místi­ca, búsqueda sincera y total de Dios. Ésta última traducida en ver-sentir-hacer como Cristo, y que desemboca en un ser otros Cristos vivientes, sacramentos existenciales de Él (Gal 2); o, como la Virgen María, experimentarnos en verdad como Euca­ristías vivientes.

4. Cuida la salud física, psíquica y espiritual: No vivas al límite (arrastrando las zapatillas, sin tener nunca tiempo para nada, llegando siempre con cinco minutos de retraso…). En otras palabras, no vivas bajo el síndrome del drogadicto: «Vive rápido, muere joven, ten un cadáver bonito», o del coleccionismo de historias cortas y sin huella.5. Respeta tu ritmo de crecimiento y el de los demás: En cualquier caso, no vayas por la vida «de maniqueo», date una oportunidad y dásela también a los demás. La sabiduría está en dos claves:

  • los contrarios
  • y saber besar incluso nuestros miedos.

Se trata de no buscar otras consolaciones que las regaladas por el Espíritu. Para ello, fundamentar nuestra vida en la Euca­ristía, los tiempos de oración personal-comunitaria y litúrgica, y la entrega sincera a los hermanos (caridad pastoral).

6.    Experimenta la fraternidad evangélica: consiste en ser los unos para los otros, como repetía san Francisco, esposos, madres y hermanos; es decir, fecundados por el Espíritu, que se dan a luz a Cristo y que viven el verdadero estilo evangélico.

7.    Siente y vive la Iglesia particular como madre e hija (la hacemos y nos hace). Para crear comunidades sanas: ni yoístas (que sólo buscan desarrollar individualidades), ni legalistas (donde la institución destruye a las personas), sino comunidades de valores, donde se experimenta la relación con el Rey y se rea­lizan las obras del Reino.

8.    Vive formas reales de comunión y misión. Sabiendo que somos escuela de santidad (hogar), de comunión (escuela) y de misión (taller).

9.    No renuncies a encontrar valores auténticos ni al com­promiso con los más desfavorecidos:

Nos recuerda Novo Millennio Ineunte (n. 50), y ha sido actua­lizado por Deus Caristas est, que el pasaje evangélico de Mt 25 es más que una virtud ( más que la vivencia de la caridad); es una página cristológica, donde se manifiesta nuestra identidad, y donde se afirma que los pobres han de poder sentirse en nuestras comunidades como en su casa; que debemos desarrollar y derro­char creatividad para buscar soluciones a las nuevas pobrezas; y, finalmente, que los mismos pobres, como decía san Vicente de Paúl, sólo perdonarán la vejación de tener que recibir nuestra ayuda, por el amor y la autenticidad que pongamos en ello.Urge crear espacios de acogida, escucha, diálogo, y discerni­miento: porque cuentan más los climas que las palabras; más los encuentros que las agendas llenas.

10. Sé un auténtico colaborador de la verdad: incluso en el tema de la transmisión de la fe y de la evangelización, no ante­pongas tu propia imagen ni tu ambición ni la de tu grupo. Vale más «ser» que hacer, para, seducidos por Dios, hacer más creíble la misma verdad (a esto se denomina también una «pastoral y teología de rodillas»).

6. Tres testimonios más, para ayudar a concretar un proyecto de vida personal

1. Una carta de un profesor a un alumno:

Querido amigo: me preguntaste qué has de hacer para encontrar el tesoro de la sabiduría. He aquí mis consejos: no te lances directamente al mar; acude a él por los ríos. En otras palabras, comienza por lo sencillo, que ya llegará lo complicado. Procura pensar lo que dices y hablar lo justo y necesario. Si puedes, evita las tertulias en las que se habla demasiado y superficialmente. Deja a un lado los cotilleos que sólo producen distracción. Infórmate de lo que sucede en el mundo pero no seas mundano. Trázate objetivos claros, evi­tando la dispersión. Que en tu conciencia no haya dobleces. Practica la oración y enamórate del recogimiento y del silencio interior para encontrar la luz profunda con la que enten­der. Que tu trato sea siempre correcto y amable. No condenes ni juzgues interiormente a nadie. Sigue las mejores huellas marcadas por tus mayores. Archiva en tu memoria y guarda en tu corazón todo lo bueno y constructivo que escuches o veas, venga de donde venga. Esfuérzate por entender correc­tamente todo, disipando las dudas. Llénate de contenidos como quien va llenando un vaso: poco a poco. Mide tus fuer­zas y no pretendas alcanzar lo que no puedes. Si haces todo esto, mientras vivas, serás como una cepa cargada de raci­mos. Además, conseguirás lo que te propongas. Cuídate. (Santo Tomás de Aquino, siglo XIII).

2. Un manuscrito de la Iglesia de san Pablo en Baltimore (año 1693):

Sigue tu camino y sé tú mismo aun en medio del ruido y de las prisas, sin olvidar que la verdadera paz la encontrarás en el silencio. Haz lo posible por ser siempre conciliador y amigo de todos. Expresa tu verdad despacio, sin afección y sin arrogancia, para que se entienda. Aprende a escuchar a los demás, aunque te parezcan de condición humilde, poco letrados o no demasiado inteligentes: también ellos tienen algo interesante que decirte. No te compares con los demás porque puedes llegar a ser orgulloso o amargado. Goza con tus éxitos y no pierdas el sueño por tus fracasos. Ama tu tra­bajo por sencillo que sea. Gasta tu vida en ideales que merez­can de verdad la pena. Sé siempre radicalmente sincero con­tigo y con los demás. No juegues con el amor con cinismo o hipocresía. A pesar de los desengaños, el amor auténtico siempre es posible. Convéncete de que las cosas importantes y valiosas no se consiguen en un día. Vive unificado interior­mente y en armonía con el universo y con quienes te rodean, Vive en paz con Dios: desea conocerle y amarle de verdad, y unirte a El. Más allá de las vilezas, traiciones, dificultades, dolores y amarguras, la vida es bella y merece la pena vivir­se, ¡Sé feliz! Estrena cada día como si fuera el primero y vívelo como si fuera el último.

3. Para el estilo de vida, especialmente vicenciano, sigue sien­do válido el señalado por la Carta a Diogneto (V, 1-10):

Los cristianos no son distintos de los demás ni por la patria, ni por la lengua, ni por otras costumbres. De hecho no habi­tan ciudades propias, ni usan una lengua propia, ni llevan un estilo de vida separado del resto. Su doctrina no se debe al descubrimiento de hombres particularmente intelectuales, ni se basa en un pensamiento inventado por los hombres. Viven en ciudades griegas y extranjeras, según le haya tocado en suerte a cada uno, y se adaptan a las costumbres del lugar en el vestir, en la comida y en las demás cosas, aunque testimo­nian una forma de vida social admirable y paradójica: ya que viven en su patria como forasteros; participan en todo como ciudadanos y se distancian de todo como extranjeros. Se casan como todos y generan hijos, pero no los asesinan. Ponen en común la mesa pero no el lecho matrimonial. Están en el mundo pero no son mundanos. Habitan en la Tierra pero su ciudadanía es el cielo. Obedecen las leyes estableci­das pero con el testimonio de su vida las superan.

Podemos concluir este apartado, con unas lúcidas palabras del entonces cardenal J.Ratzinger, hoy Benedicto XVI: Evange­lizar significa enseñar el arte de vivir… Existe la tentación de la impaciencia, de buscar inmediatamente el éxito. Dios no cuenta con los grandes números; el poder exterior no es necesariamen­te signo de su presencia… El Reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El Reino de Dios es Dios. Reino de Dios quiere decir: Dios existe. Dios vive. Dios actúa.9

7. Palabras finales

Además de todo lo afirmado anteriormente, y como complememto necesario, me atrevo a añadir un convencimiento o brú­jula final:

  • Dejar a Dios ser Dios (volver a situar al Dios cristiano Uni-Trino y Amor apasionado a Jesucristo. María como modelo de apertura al Espíritu (somos templos habitados por el ES).
  • Hacer posible comunidades vivas de referencia (familia, parroquias, movimientos, comunidades religiosas), y que expresen una Iglesia Eucarística (sacramento de comu­nión (sinodalidad) para la misión (evangelización).
  • Favorecer procesos nuevos de iniciación que hagan per­sonas nuevas (antropología cristiana) y despierten «vocaciones y estados de vida», especialmente al ministerio apostólico. Formación en todos las dimensiones (comuni­dad, anuncio, celebración, compromiso), partiendo de la vida para volver a la vida transformándola.
  • Cristalizar redes sociales y culturales nuevas para hacer posible la civilización del amor y de la vida. Trabajar por el Reino: lo asistencial y promocional. Según el Espíritu de NMI 50. Equilibrar presencia y mediación para desprivatizar la Fe (sacarla de las sacristías, del uso familiar y de las conciencias individuales… )10.

Permitidme que pida al Espíritu que a nosotros, los consagra­dos y consagradas del siglo xxi, el mismo Jesucristo no nos pueda echar en cara las lamentaciones que al parecer están escri­tas en la Catedral de Nuestra Señora de Lübeck (Alemania): Me llamáis luz y no me creéis; me llamáis camino y no me recorréis; me llamáis Vida y no me deseáis; me llamáis Maestro y no me seguís; me llamáis Señor y no me servís; decís que soy Rico y no me pedís; decís que soy Misericordioso y no confiáis en mí.

Concluyo: Madre de los Consagrados y de los más pobres, ayúdanos siempre a decir a tu Hijo, el Salvador, con Palabras y obras, lo que en su día expresó el Apóstol Pedro: Señor, ¿A quién iremos? — Tú sólo tienes palabras de Vida eterna (Jn 6,68). Que así sea.

  1. Sobre incertidumbres y temores, desde diversas ópticas, remito a: M. DELIBES-M. DELIBES DE CASTRO, La tierra herida ¿Qué mundo heredarán nuestros hijos?, Destino, Barcelona, 2005. En cualquier caso, hay que rom­per los miedos: Cfr. CONFERENZA EPISCOPALE ITALIANA, Comunicare il Van­gelo in un mondo che cambia, Piemme, Casale Monferrato, 2001; AA.VV., Nuestros miedos. Del miedo a la esperanza: «Sal Terrae» 1085 (Enero 2005) 5-52.
  2. Lo que vamos a exponer en breves páginas, tiene como base, tanto en lo referente a la nueva cultura emergente como en lo específico para la vida reli­giosa, en: R. BERZOSA, Parábolas para una nueva evangelización, Monte Carmelo, Burgos 2003; ID., Evangelizar en una nueva cultura. Respuestas a los retos de hoy, San Pablo, Madrid, 1998; ID., 10 Desafíos al cristianismo desde la nueva cultura emergente, Verbo Divino, Estella, 2004; ID., Transmitir la fe en un nuevo siglo. Retos y propuestas, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2006.
  3. D. IZUZQUIZA, El piercing y la Eucaristía. Desafíos juveniles para la Iglesia: «Sal Terrae» 1.056 (2002)407-420; E. FALCÓN , ¿Cómo ven el mundo los jóvenes?, Cuadernos CJ, Barcelona, 2001; AA.VV. La Iglesia y los jóvenes a las puertas del siglo .xxl, Verbo Divino, Estella, 2001; P. GONZÁLEZ BLASCO, Jóvenes españoles 2000, Acento, Madrid 2000; AA.VV., Adolescentes. La edad de la contradicción: «Crítica» 912 (Febrero 2004); AA.VV., Jóvenes españoles 2005, Fundación Santa María-SM, Madrid, 2006.
  4. La nueva evangelización es urgente en el viejo y cansado continente europeo. Cf AA.VV., Fe cristiana y futuro: fundamentos y horizontes de la cultura europea, Instituto Teológico Compostelano, Santiago de Compostela, 2005; G. REALE, Raíces culturales y espirituales de Europa, Herder, Barce­lona, 2005; S. REVERTER BAÑÓN, Europa a través de sus ideas, DDB, Bilbao, 2006; L. GONZÁLEZ-CARVAJAL, Ante Maastricht y la nueva Europa, Sal Terrae, Santander, 1993.
  5. Estos y otros testimonios se han recogido en: R. BERZOSA, Encuentros y miradas para despertar. Claves de una espiritualidad para hoy, Monte Carmelo, Burgos, 2002: ID., Orar con el Cantar de los Cantares. Cuando es el corazón el que ora, Monte Carmelo, Burgos, 2006: ID., Ante el Icono de la Trinidad de A. Rublev. Treinta miradas de contemplación, Monte Car­melo, Burgos, 2003; ID., Orar con el Apocalipsis, Monte Carmelo, Burgos, 2005.
  6. Para profundizar en este apartado, Cfr. AA.VV., La religión y Dios en nuestros días: «Vida Religiosa» 90 (Mayo 2001) 164-237; P. RODRIGUEZ PANI­ZO, Sólo la sed nos alumbra. Tres cuestiones abiertas para la teología en un tiempo de eclipse de Dios: «Miscelánea Comillas» 58 (2000) 3-26.
  7. Sobre el magisterio del Papa Benedicto XVI se publica constantemente, basten como ejemplos: AA.VV., Deus Caritas est. Comentario y texto de la Encíclica, Edicep, Valencia, 2006; AA.VV., Perspectivas del pensamiento de Joseph Ratzinger: «Dialogos de Teología» VIII (enero-abril 2006), Edicep, Valencia, 2006; M. BARDAZZI, De Joseph Ratzinger a Benedicto XVI, Encuen­tro, Madrid, 2006.
  8. Cfr. R. BERZOSA, Las siete palabras, PPC, Madrid, 1994; ID., Encuen­tros y miradas para despertar. Claves de una espiritualidad para hoy, Monte Carmelo, Burgos, 2002; ID., Transmitir la fe en un nuevo siglo. Retos y res­puestas, DDB, Bilbao, 2006.
  9. Citado en: «Revista Católicos del siglo xxi» (9-7-2001) 7-9.
  10. Para este último apartado, remitimos a: A.VV., Proyecto Diocesano para la transmisión de la fe, Queremos ver a Jesús, PPC-Diócesis de Valen­cia, Madrid, 2005; Obispado de Huelva Directorio de Iniciación cristiana, Huelva 2005; AA.VV., La transmisión de la Fe hoy: «Revista Crítica» 921 (Enero 2005); IGLESIA EN CASTILLA, Educar en la Fe hoy, en este pueblo y en esta tierra, Salamanca, 2004; AA. VV., La misión compartida, Publicacio­nes Claretianas, Madrid, 2002; J. M.VELASCO, La transmisión de la Fe en la sociedad contemporánea, Sal Terrae, Santander, 2000; L. GONZÁLEZ-CARVAJAL SANTABARBARA, Los cristianos del siglo xxi. Interrogantes y retos pastorales ante el tercer milenio, Sal Terrae, Santander, 2000; CONFERENCIA EPISCOPAL FRANCESA, Proponer la fe en la sociedad actual: «Ecclesia» 2835-2836 (1997); AA.VV., La transmisión de la Fe en la adolescencia: «Actualidad Catequética» (Abril-Junio 2005) 146-264; AA.VV., Pasar el testigo de la Fe: «Sal Terrae» 1093 (Septiembre 2005) 699-780.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.