"No os amoldéis al mundo presente". Ser cristiano en un mundo en crisis

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Autor: Francisco Echevarría Serrano · Año publicación original: 2006 · Fuente: XXXII Semana de Estudios Vicencianos (Salamanca).
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Introducción: Dificultades de la tarea evangelizadora

1. Cuando miramos el momento en que vivimos y el mundo como destinatario de la evangelización, surgen muchas pregun­tas a las que no resulta fácil responder porque estamos ante un verdadero reto a nuestra imaginación y creatividad, a nuestra capacidad de riesgo y, en definitiva, a nuestra fe.

Responder a todas ellas de manera completa y satisfactoria sería una tarea muy compleja y larga. Lo único que pretendo es hacer una reflexión serena —en la medida de lo posible— y ancla­da en la realidad sobre algunos puntos que, a mi parecer, deben ser tenidos en cuenta a la hora de vivir la fe en nuestro mundo.

Lo hago tomando como punto de partida un texto de Pablo en la Carta a los Romanos. Exhortando a llevar una vida cristiana dice a los fieles de Roma:

«No os amoldéis al mundo presente, antes bien, transformaos con una mentalidad nueva, para discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, aceptable y perfecto» (Rom 12,2).

El apóstol nos invita a transformar la mentalidad de modo que sea posible conocer lo que Dios quiere y espera de nosotros en esta hora, aquello que es permanente porque es bueno y per­fecto y, por ello, aceptable a Dios.

2. Es evidente que corren tiempos difíciles pues asistimos a la eclosión de un pensamiento neopagano que se presenta como la auténtica filosofía de la vida al servicio del hombre actual, alter­nativa al pensamiento cristiano al que se relega al plano de lo superado, inútil o perjudicial. En esta situación no son pocos los que cuestionan los pilares que sostienen su vida: sus conviccio­nes, sus razones para vivir y su fe.

3. Pero no sólo estamos condicionados por el contexto socio­cultural del momento, sino que, además, vivimos en el interior de la Iglesia una situación compleja y crítica, con problemas que condicionan la principal tarea que el Señor nos encomendó: evangelizar.

Las dificultades a las que hemos de hacer frente no son pocas ni intranscendentes. Como un inventario de aquellas que obsta­culizan una eficaz respuesta al reto de la nueva evangelización, apunto nueve hechos que son como lazos que enredan los pies de los evangelizadores.

a) Tres se refieren a la situación socio-religiosa de los creyentes:

Para muchos, la religión —reducida a prácticas rituales— es un elemento más de la vida social y, por ello, es vivida sin la dimen­sión interior que le es propia. Esto significa que reclaman a la Igle­sia servicios pastorales sin que ello conlleve el sentido de perte­nencia a la misma en ningún grado, ni la integración de los valores evangélicos que ella propone ni la aceptación de sus enseñanzas.

Otro problema se debe al laicismo militante de corte funda­mentalista presente en casi todos los ámbitos de nuestra socie­dad. Vemos cómo se minusvaloran o atacan los elementos cris­tianos de nuestra tradición cultural, cómo poco a poco se van erradicando sus símbolos, cómo se socava la credibilidad de la Iglesia presentándola como una gran mentira histórica desen­mascarada por recientes descubrimientos… Todo esto genera en muchos creyentes una gran confusión e inseguridad que alimenta un cierto complejo de inferioridad y les lleva, en unos casos, a ocultar su condición de creyentes y, en otros, a mostrase críti­cos con la institución eclesial en una especie de alejamiento afectivo de la misma.

El tercer hecho que nos condiciona es que el ambiente cultural de este momento, fruto de la postmodernidad, instala a las perso­nas en la provisionalidad y la fragmentación. La provisionalidad como valor determinante de la vida social e individual hace que todas las decisiones sean «ad tempus». El compromiso estable y definitivo es un valor cada vez más en desuso. Esto ha supuesto el debilitamiento del compromiso matrimonial y, por tanto, de la familia y es una de las causas de la crisis vocacional. Por otra parte, los discursos globales están en desuso. No existe un pen­samiento integrador, sino fragmentado. Cada área de la vida es vista de modo independiente. El relativismo y la moral de situa­ción es su consecuencia lógica. Ante la verdad, el hombre de hoy se pregunta escéptico como Pilatos: ¿Qué es la verdad? Y se arroja en manos del subjetivismo más absoluto. La consecuencia es el eclecticismo religioso y la religión a la carta.

b) Otros tres hechos se refieren a la misma tarea evangelizadora:

Hace 23 años (1983), Juan Pablo II dijo que nuestra tarea no era re-evangelizar, sino llevar a cabo una Nueva Evangelización: nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión (Haití 9-marzo-1983). En las décadas siguientes, se ha hablado mucho de la nueva evan­gelización, de tal forma que ya es un concepto asumido e integrado en nuestro lenguaje. La duda es si su contenido ha calado igualmente.

El primer problema es precisamente la novedad. Todo lo nuevo nos desconcierta porque nos obliga a una renovación no siempre fácil. Por ello, inconscientemente, ponemos en marcha mecanismos de defensa. Uno de ellos ha sido leer la expresión de Juan Pablo II a la luz de esa otra gran afirmación de Pablo VI en la Evangelii nuntiandi: Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda (EN 14). Se ha dicho que, si la evangelización es la identidad de la Iglesia, todo lo que hacemos es evangelización, de donde se sigue que hacer lo de siempre es evangelizar: se nos ha olvidado la novedad. Hemos centrado la atención en un elemento —la evangelización— y hemos ignorado el otro —la novedad—.

El segundo problema es la dificultad para asumir el cambio. Es un hecho la aceleración del cambio cultural. La visión de la vida, el concepto de ser humano, la valoración de las institucio­nes —incluidas las religiosas—, el pensamiento… han cambiado en las últimas décadas tan rápidamente que no nos ha dado tiempo de ajustar el pensamiento cristiano a los nuevos moldes. Falta una profunda reflexión sobre los contenidos del mensaje evangélico para traducirlos a un lenguaje inteligible para el hombre de hoy. Lo que se hizo en otras épocas —pensemos en san Agustín o en santo Tomás de Aquino— no parece que lo estemos haciendo en nuestro tiempo.

El tercer problema que acompaña a la tarea evangelizadora viene dado por las nuevas tecnologías. Hoy la información es un océano inabarcable. No es la calidad de la información lo que cuenta, sino la cantidad disponible. En este universo mediático, el mensaje cristiano es una verdad más. Esto, unido al ataque sis­temático contra la Iglesia y la divulgación de sus sombras, está minando la credibilidad de quienes la representan en la sociedad. Estamos en una sociedad postcristiana, que ha integrado muchos aspectos del mensaje cristiano, pero los ha despojado de la refe­rencia al cristianismo.

c) Finalmente, tenemos tres hechos relativos a los agentes pastorales

La crisis vocacional no afecta sólo a las vocaciones consa­gradas, sino también a los apóstoles seglares. La edad media de unos y otros es muy elevada. Muchos de nuestros laicos compro­metidos llevan más de dos décadas actuando. Nos sentimos des­bordados en la acción pastoral porque seguimos afrontando las mismas tareas que hace treinta años —e incluso más— sin haber hecho el discernimiento necesario para jerarquizar las acciones y así economizar energías.

Por otra parte —y éste es el segundo hecho—, sigue siendo una asignatura pendiente la plena integración de los seglares en la vida pastoral. Hay que reconocer que la eclesiología del Vatica­no II no ha calado suficientemente en la vida pastoral y seguimos pensado y funcionando con una mentalidad clerical según la cual el sacerdote-cabeza es todo el cuerpo.

Hay, finalmente, un problema que afecta a los agentes pasto­rales en general, pero de modo especial a los sacerdotes. Lo podríamos llamar el efecto Pigmalión o la profecía autocumpli­da en la pastoral. Consiste en el influjo de la expectativa en el resultado final de una acción. Es un fenómeno muy frecuente en la vida ordinaria. Cuando tememos que pase algo, inconsciente­mente ordenamos las cosas de tal manera que termina pasando lo que tememos. De esta forma confirmamos y reforzamos nuestros temores. En la evangelización, esto da lugar a varias posturas.

Unos caen en el pesimismo de modo que cualquier iniciativa es vista con desconfianza. Y buscan una justificación: ¡A la gente no le interesa! ¡Están muy sobrecargados! En el fondo, el efec­to Pigmalión, en la pastoral, denota la pérdida del entusiasmo, de la ilusión y del celo apostólico. Es la falta de ardor en la evange­lización, el síndrome del hombre quemado. Detrás de todo esto se esconde la falta de fe en el pueblo cristiano y el olvido de un hermoso criterio pastoral: Uno es el que siembra y otro el que recoge. Queremos la gratificación inmediata; trabajamos para ver los resultados.

Otros prefieren dedicar sus energías a aquellos y a aquello que consideran «pastoralmente rentable». Es la pastoral selecti­va, de los elegidos, de los fieles, de la buena tierra. El resto del pueblo de Dios no interesa y simplemente se soporta. Quienes piensan así se vuelcan en aquellos que están cerca y se vuelven autoritarios y agrios con los alejados y no practicantes. Mientras en los anteriores había desconfianza, en éstos suele haber falta de afecto. Hasta el lenguaje nos traiciona. Hablamos de los ale­jados para referirnos a quienes no se acercan a nosotros, cuando, en realidad, los alejados somos nosotros. Si hay distancia entre el pueblo y su pastor, el alejado no es el pueblo, sino el pastor. Se nos olvida con demasiada frecuencia que el pastor lo es más de la oveja perdida que de las que están en el redil; que no somos médicos para los sanos sino para los enfermos.

Como podemos ver, las dificultades no son pocas ni peque­ñas. Pero esta situación no es nueva en la historia del cristianis­mo. El autor del Apocalipsis tuvo que enfrentarse con una Igle­sia aquejada de múltiples problemas en un mundo complejo y difícil. En las cartas a las Iglesias, nos ofrece las claves para hacer un profundo examen de conciencia y discernir, como dice san Pablo, lo que Dios quiere y espera de nosotros en esta hora.

4. Antes de adentramos de lleno en la reflexión sobre cómo ser discípulo en esta hora, creo conveniente hacer una observa­ción para no perder la perspectiva. La referencia la tenemos en la oración de Jesús durante la cena. Orando por sus discípulos y por los que, en el futuro, creerían en él por su palabra —es decir, por ellos y por nosotros—, Jesús dice: No pido que los saques del mundo, sino que los libres del Maligno (Jn 17,15). El mundo es nuestro lugar y nuestra tarea. No podemos, por tanto, vivir ni fuera de él ni de espaldas a él y, menos aún contra él. Así lo vio el Señor y así lo vieron los primeros testigos. Uno de ellos supo decirlo de un modo magistral: el cristiano que escribió el Apoca­lipsis. En él me apoyo para esta reflexión.

La Iglesia ante la crisis: mirada al interior de las iglesias

Por todo lo anterior, es evidente que estamos inmersos en una verdadera crisis. Con Bill O’Hannlon, entiendo la crisis como una situación o acontecimiento que quebranta, paraliza y afecta nuestra vida y la percepción de nosotros mismos hasta el punto de que perdemos la capacidad de seguir adelante con norma­lidad (Crecer a partir de la crisis. Paidos. Barcelona 2005. 18). Añade este autor:

«Cuando nos encontramos en este tipo de situaciones, hay un momento en el que podemos elegir entre hundirnos, salir a flote o agarrarnos a un clavo ardiendo. Es fácil entender, pues, que las crisis son señales: puede que sean la consecuencia de cambios pen­dientes que vamos aparcando o de alguna costumbre que debemos cambiar porque ya no resulta válida» (ídem, p. 19).

Ante la crisis podemos reaccionar analizando qué aspectos de nuestra vida tenemos bajo control y de qué cosas somos respon­sables. Se trata de dejar de buscar un culpable y hacer que la situación empiece a cambiar, de darse cuenta y reconocer hasta qué punto nosotros mismos nos hemos estado engañando; en definitiva: de hacernos más fuertes con la crisis.

O bien podemos ignorar nuestra responsabilidad y el cambio necesario, culpar al mundo, considerarnos sus víctimas y verlo como un lugar terrible para, de este modo, seguir haciendo las cosas como hasta ahora pase lo que pase.

Humanamente y desde la fe, la crisis es una oportunidad pri­vilegiada de crecimiento, un tiempo de gracia, pues nos ayuda a tomar conciencia de viejos hábitos que no funcionan y a enten­der que el estilo de vida que hasta el momento hemos llevado ya ha llegado a su fin.

La Iglesia primitiva pasó por profundas crisis. Unas tenían su origen en el interior, otras venían de fuera, pero de todas ellas salió fortalecida. Una de las más terribles fue la persecución. El autor de Apocalipsis nos ofrece en sus cartas a las Iglesias un ejemplo de cómo convertir la dificultad en una oportunidad de desarrollo espiritual. Como Dante sigue a Virgilio, así yo sigo a Juan por el infierno de la crisis para ver en ella un tiempo de purificación que nos lleve al paraíso de una nueva primavera eclesial.

I. El libro del Apocalipsis

1. El Apocalipsis es un libro fascinante por su intensa espiri­tualidad, por la profundidad de sus ideas teológicas y por su gran visión de la historia. Aunque está dirigido a las siete Iglesias de Asia (1,4), desde la antigüedad se ha considerado que su mensa­je se refiere a todas las Iglesias y a toda la Iglesia, pues los pro­blemas de aquellos creyentes son los problemas de todos los que, a lo largo del tiempo, han tratado de ser fieles al Evangelio. Más aún, el criterio para discernir la fidelidad ha sido siempre la difi­cultad: Dichosos los perseguidos por la justicia porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5,10).

El libro está dividido en dos partes de contenido y extensión muy desigual: la primera es el septenario de las cartas (Ap 2-3), verdadero examen de conciencia que el Señor hace a las Iglesias; la segunda es una profunda y misteriosa reflexión sobre la histo­ria (Ap 4-22).

2. El hecho de colocar el juicio sobre las Iglesias antes de la reflexión sobre las dificultades de la Iglesia en el mundo es la primera enseñanza de este misterioso libro. Cuando la Iglesia —jerarquía y pueblo— se encuentra con la persecución y el recha­zo por parte del mundo y de los que en él detentan el poder, nece­sita reflexionar para descubrir la acción salvadora de Dios en esos acontecimientos y así conservar la fidelidad. Pero antes tiene que preguntarse si realmente está siendo fiel.

En vez de mirar al mundo para lamentar el rechazo o la per­secución, tenemos que urgar en nuestro interior y preguntarnos si conservamos el amor primero. No podemos caer en el victi­mismo ni posicionarnos contra el mundo olvidando que es el destinatario del Evangelio. Para situarnos correctamente ante lo que nos ocurre fuera, primero tenemos que mirar dentro. Eso es lo que hace el autor del Apocalipsis: Cristo, presente y operante en su Iglesia mediante el Espíritu, exige una puesta a punto, una conversión permanente, una profunda y exigente revisión de vida.

3. Todas las cartas siguen el mismo esquema y contienen los mismos elementos:

  1. La dirección y la orden de escribir: Al ángel de la Iglesia que está en *** escribe.
  2. La presentación de Cristo introducida con la expresión: Esto dice….
  3. El reconocimiento de los valores, precedido de la expresión Conozco.
  4. El reproche, que suele introducirse con la expresión Pero tengo contra ti. Este elemento falta en las Iglesias de Esmirna y Laodicea.
  5. La invitación a la conversión en la que suele aparecer: Con­viértete.
  6. La amenaza en caso de no oír la llamada.
  7. La promesa, introducida con la expresión: Quien tenga oídos escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Al vencedor…

II. Las cartas a las iglesias como ejercicio de discernimiento en una situación de crisis

Las cartas a las Iglesias son, pues, un examen de conciencia en el que el autor repasa siete situaciones, siete estados en los que puede verse la Iglesia y sobre los cuales cae el juicio de su Señor. Esas siete situaciones son eclesiales, pero cabe hacer de ellas también una lectura en clave personal.

1. La burocracia eclesial: una iglesia bien organizada, pero sin espíritu (Éfeso 2,1-7)

1. La primera carta está dirigida la Iglesia de Éfeso. Esta ciu­dad era la sede de la administración provincial romana y en ella estaba el santuario de Artemisa, un lugar de peregrinaciones de la antigüedad. La comunidad había sido fundada por Pablo (Hch 19) y Timoteo estuvo al frente de la misma por encargo del Apóstol (1Tim 1,3). Todo el que se acercaba a esa ciudad queda­ba impactado por su opulencia: edificios de cuatro y cinco pisos, un teatro con capacidad para 25.000 espectadores, las termas, el estadio, dos ágoras… con cientos de tiendas que ofrecían de todo a los peregrinos.

  1. Al ángel de la iglesia de Éfeso, escribe:
  2. Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que camina entre los siete candeleros de oro.
  3. Conozco tu conducta: tus fatigas y tu paciencia; y que no puedes soportar a los malvados y que pusiste a prueba a los que se llaman apóstoles sin serlo y descubriste su engaño. Tienes paciencia, y has sufrido por mi nombre sin desfallecer.
  4. Pero tengo contra ti que has perdido tu amor de antes.
  5. Date cuenta, pues, de dónde has caído, arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera.
  6. Si no, iré a ti y cambiaré de su lugar tu candelero, si no te arrepientes.
    [Tienes en cambio a tu favor que detestas el proceder de los nicolaítas, que yo también detesto]
  7. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios.
  • Cristo está presente en medio de ella como sacerdote (camina entre los siete candelabros de oro) y garantiza, con su poder salvífico, su plena realización (tiene las siete estrellas en su diestra).
  • Alaba las obras, el celo apostólico, la fatiga y la paciencia, la ortodoxia doctrinal y la ausencia de componendas, seis rasgos que honran a cualquier iglesia.
  • Pero le hace un serio reproche: ha descendido del nivel óptimo de amor que tenía antes.
  • Es tan importante el amor primero que, si no se enmienda, tendrá que ser apartada de la comunión litúrgica (vendré a quitar el candelabro de su sitio).
  • Al vencedor que supere todas las dificultades de la vida cristiana, Cristo le promete como regalo la plenitud de la vida divina (comer del árbol de la vida en el paraíso), es decir, probar los frutos del leño en el que se reveló el mayor amor (Jn 15,13).

2. Éfeso representa a aquellas iglesias que, a pesar de su vigo­rosa dedicación y de su fortaleza en los momentos difíciles, no han conservado el espíritu que da valor y sentido a todo: el amor primero. Están más orgullosas de sus propias realizaciones que agradecida a Dios por el don.

Una iglesia así reúne todo lo que permite considerarla cristia­na: sana doctrina, pureza de costumbres, celo apostólico, pacien­cia… Pero todo eso parece brotar, no del amor, sino del sentido del deber. Es, por tanto, una iglesia más de funcionarios que de creyentes, más cerca de la concepción religiosa del judaísmo —centrado en el cumplimiento de la ley— que del cristianismo —centrado en la vida según el Espíritu—. Es una Iglesia que igno­ra la enseñanza de Pablo en la carta a los Efesios: De balde os han salvado por la fe, no por mérito vuestro, sino por el don de Dios, no por las obras para que nadie se jacte (Ef 2,8-9). Es una Iglesia, por tanto, que necesita cambiar, no tanto de con­ducta, cuanto de corazón.

Si no lo hace, terminará abandonada a sí misma, pues, cuan­do la Iglesia pierde el Espíritu, se disuelve como iglesia porque es el Espíritu quien la conserva viva. Una iglesia así no sirve para nada y, por ello, no tiene futuro. Sólo lo tiene garantizado (comerá del árbol de la vida) si vence en esta situación recupe­rando el amor primero. De lo contrario, será removida (su can­delabro será apartado), porque el amor constituye el núcleo de la fe cristiana y es el alma de la Iglesia. A la comunidad de Éfeso se le advierte que está poniendo en peligro su propio fundamento.

3. Por consiguiente, esta primera situación se da cuando una iglesia se esfuerza por cumplir su misión del mejor modo posi­ble, aguanta las dificultades —la persecución y los problemas—con paciencia y lleva a cabo una celosa conservación del depó­sito recibido guardando tanto la ortodoxia doctrinal como la ortodoxia moral. Pero lo hace sin amor. Es una Iglesia que fun­ciona bien, pero carece de alma; una iglesia en la que la institu­ción es fuerte, pero ahoga al Espíritu. Cuando una iglesia cae en esta actitud, acaba creyendo que es su propia capacidad la que la hace fuerte y que brilla con luz propia, olvidando que su destino está en las manos del Señor (tiene en su mano derecha las estre­llas) y que es su presencia en ella lo que la hace brillar (camina entre los candelabros).

4. Ante un mundo adverso que rechaza el mensaje evangéli­co, en lugar de lamentarnos, lo primero que tenemos que hacer es reflexionar para ver si nosotros conservamos el amor del prin­cipio, el espíritu del Evangelio. De no hacerlo estaríamos cayen­do en la actitud del fariseo que, porque cumplía con lo estableci­do, se creía en el derecho de juzgar a los demás.

5. En el orden personal, la carta denuncia la actitud de aque­llos creyentes que cumplen perfectamente con todo lo que la fe les señala (aceptan el credo, viven de acuerdo con la moral cris­tiana y acuden regularmente a los sacramentos), pero su vida está apagada porque les falta el aliento del Espíritu que es el amor. Todo lo anterior no brota del Espíritu, sino de un acusado senti­do del deber y de una necesidad de coherencia que es más bús­queda de integración y equilibrio psicológico que sentido reli­gioso de la vida.

2. Una Iglesia pobre y perseguida, pero fiel (Esmirna 2,8-11)

1. La ciudad de Esmirna, a cuya comunidad está dirigida la segunda carta, era un importante puerto y centro comercial. Apolonio de Tiana dice que era la más hermosa de las ciudades bajo el sol. En ella existía un importante templo en honor de Tiberio y se adoraba a la diosa Roma que rivalizaba con Cibeles. Cicerón alaba su fidelidad a Roma por encima de toda prueba (Filípicas 11,5).

  1. Al ángel de la iglesia de Esmirna escribe:
  2. Esto dice el Primero y el Último, el que estuvo muerto y revivió.
  3. Conozco tu tribulación y tu pobreza –aunque eres rico– y las calumnias de los que se llaman judíos sin serlo y son en realidad una sinagoga de Satanás.
  4. [—]
  5. No temas por lo que vas a sufrir: el diablo va a meter a algu­nos de vosotros en la cárcel para que seáis tentados, y sufri­réis una tribulación de diez días. Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida.
  6. [ —–]
  7. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: el vencedor no sufrirá el daño de la segunda muerte.
  • A la iglesia de Esmirna, Cristo se le presenta como el pri­mero y el último, como aquel que ha muerto y resucitado, es decir, el que totaliza en sí la condición mortal del hom­bre y la eternidad de Dios.
  • Lo hace así porque habla a una iglesia amenazada de muer­te, pobre y perseguida incluso por los judíos, a los que se llama sinagoga de Satanás. Además esas dificultades irán acentuándose en un futuro próximo.
  • En esta carta faltan la acusación y la amenaza; y, en vez de la llamada a la conversión, hay una palabra de aliento (no temas) y una promesa de triunfo (te daré la corona de la vida) si permanece fiel hasta el final.
  • Cristo asiste a su iglesia: los días de la tribulación están contados (diez días); si permanece fiel hasta la muerte, obtendrá como regalo la plenitud de la vida y no tendrá que temer la perdición definitiva (la segunda muerte).

2. Esmirna representa a las iglesias que están viviendo de lleno una experiencia de muerte: persecución, pobreza y calum­nia de parte de los falsos hermanos que, creyéndose justos, en realidad son sinagoga de Satanás. La situación que se describe es la de una comunidad calumniada, que, debido a su pobreza, no puede defenderse y que sufre la persecución de los poderosos.

Cuando la Iglesia vive esta situación debe mirar al Señor resucitado, vencedor de la muerte, para comprender que está viviendo su misma experiencia. Esta convicción es la que le hará permanecer fiel, sin desesperar. Sabe que la dificultad va a seguir y asume la cruz del seguimiento de Cristo (Mt 16,24-25); pero también sabe que Dios ha puesto un límite a la maldad de los hombres y que no ha sido abandonada por él. Sufriendo con y como Cristo, su cabeza, la Iglesia de Esmirna sólo tiene que per­manecer fiel para compartir con su Señor la corona de la vida.

3. La segunda situación en la que puede verse la Iglesia se da cuando es pobre de recursos humanos y materiales y tiene que sufrir la calumnia y el ataque incluso por parte de personas que se creen religiosas. Además, sabe que no se le va a evitar el sufri­miento. Es una Iglesia que camina con la cruz siguiendo los pasos de su Señor y debe ver en esto una prueba de la que saldrá fortalecida, porque posee la fuerza necesaria para lograrlo.

Para ello, debe recordar que aquél a quien sirve y sigue es el Señor del tiempo (el primero y el último) y ha vencido a la muer­te (estuvo muerto y revivió). Sólo así evitará caer en la desespe­ración y permanecerá fiel hasta el final. Por otra parte, en esta lucha, puede confortarla el saber que sus dificultades tienen un límite en el tiempo (diez días). De esta forma logrará su objetivo: la salvación eterna (no sufrirá la segunda muerte).

4. En un mundo adverso, que dirige contra nosotros los ata­ques utilizando los únicos medios que conoce —la calumnia y la violencia—, después de preguntarnos, como los de Éfeso, si esta­mos siendo fieles al amor primero, y ante el peligro de caer en el desaliento, tenemos que contemplar el destino de Cristo y recor­dar sus palabras: Quien quiera seguirme niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame (Mc 8,34). Así sentiremos el gozo de compartir su destino y su gloria. Ante un mundo adverso, el cristiano no puede sentir ni odio ni desprecio. Solo cabe en su corazón decir como Jesús: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,34).

5. En el orden personal, pertenecen a la Iglesia de Esmirna aquellos creyentes que conservan la fidelidad en un mundo adver­so, sin dudar nunca de que el Señor está con ellos. Son personas fuertes en la tribulación, libres en medio de su pobreza y seguros ante la calumnia o la incomprensión. Cuando llegue el momento de la verdad, comprobarán que son los verdaderos vencedores.

3. Una Iglesia fiel, que no cumple con el deber de discernir (Pérgamo 2,12-18)

1. La tercera carta está dirigida a la Iglesia de Pérgamo. En Pérgamo se alzaba el altar de Zeus, hoy conservado en Berlín, que era celebrado ya en la antigüedad; también estaba en ella el templo de Asclepio, el dios de la medicina, y poseía el templo más antiguo levantado en honor de Augusto y Roma. Otros tem­plos importantes eran el de Dionisos y el de Atenea. A cualquie­ra de estas circunstancias puede referirse la expresión Trono de Satanás. Aunque también es probable que se refiera al ambiente pagano en el que se ven obligados a vivir los cristianos.

  1. Al ángel de la iglesia de Pérgamo escribe:
  2. Esto dice el que tiene la espada aguda de dos filos.
  3. Sé dónde vives: donde está el trono de Satanás. Eres fiel a mi nombre y no has renegado de mi fe, ni siquiera en los días de Antipas, mi testigo fiel, que fue muerto entre vosotros, ahí donde habita Satanás.
  4. Pero tengo alguna cosa contra ti: mantienes ahí algunos que sostienen la doctrina de Balaán, que enseñaba a Balaq a poner tropiezos a los hijos de Israel para que comieran carnes inmoladas a los ídolos y fornicaran. Así tú también mantie­nes algunos que sostienen la doctrina de los nicolaítas.
  5. Arrepiéntete, pues,
  6. si no, iré pronto a ti y lucharé contra ésos con la espada de mi boca.
  7. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias: al vencedor le daré maná escondido; y le daré también una piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe.
  • La palabra que Cristo dirige a esta iglesia es una palabra que juzga: la espada de doble filo que sale de su boca (1,16) evoca el Antiguo Testamento donde aparece el mismo símbolo para referirse a Dios que juzga justamente (Is 14,4; cfr Hb 4,12).
  • Pérgamo es una Iglesia que ha resistido firmemente todas las presiones procedentes de un ambiente corrompido. Incluso alguno de sus miembros ha muerto por ello. Pero consiente en su interior posturas y planteamientos que recuerdan la paganización de Israel (Balaán, Balac, quizás los nicolaítas: cf. Nm 31,16; 25,1-2) y que son una adver­tencia a la iglesia de todos los tiempos.

La referencia a Balaán es profundamente significativa. Este adivino había sido requerido por Balaq para que maldijera la caravana de los hebreos cuando atravesaran su territorio; lo intentó pero no pudo pronunciar más que bendiciones. Tras varios intentos fallidos, aconsejó al rey que empleara a las jóvenes más hermosas de su reino para pervertir a los varones hebreos conduciéndolos a la fornicación y a la idolatría. De esa forma su Dios los castigaría y el rey se vería libre de ellos. Parece que ésa era la postura de los nicolaítas, los cuales profesaban un dualismo radical y admitían la participación en los cultos paganos dado que nada de lo que hace el cuerpo —comer carne inmolada a los ídolos y la for­nicación— puede afectar al espíritu.

  • Si no cumple con su deber de hacer este discernimiento en su interior, Cristo mismo, con su palabra, juzgará a los herejes. Si, por el contrario, cumple con su misión, recibi­rá un doble premio: al maná que da la vida verdadera y una nueva identidad (el nombre nuevo escrito en la piedra).

2. Estamos ante una Iglesia que, en general, es fiel, pero también débil frente a los que se han dejado mentalizar por el paganismo reinante adoptando sus comportamientos e ideas. Es una Iglesia que permanece fiel en lo esencial, pero, debido al ambiente en el que vive, se muestra débil con ciertos plantea­mientos doctrinales y comportamientos morales ajenos a la fe cristiana. Es una iglesia que trata de ser fiel ella misma, pero no cumple con el deber de discernir las doctrinas de algunos de sus miembros. No basta con detestar las obras de los que están equi­vocados, sino que además hay que denunciar y desmontar la falsa teología de los herejes.

La situación de esta Iglesia es muy crítica, pues, la fidelidad que mantiene puede irse al traste por su falta de resolución y de claridad frente a aquellos que no son fieles. Es una iglesia que, a nivel oficial, no se deja pervertir ni por las doctrinas ni por las conducta de los herejes, pero no es clara con ellos y tolera en su interior el error. Olvida que no basta con aceptar la verdad; tam­bién es necesario desenmascarar el error. Para ello cuenta con la Palabra de Dios (la espada de doble filo); pero se niega a utili­zarla. La consecuencia de esta postura irresponsable es que los herejes pervierten a los fieles siguiendo la estrategia sugerida por Balaán.

3. Esta situación es vivida por la Iglesia, cuando permanece fiel en medio de las dificultades y soporta la impopularidad de una sociedad ajena al Espíritu del Evangelio. Es una iglesia fuer­te frente al ataque que le viene de fuera. Pero no es firme frente a aquellos que, desde dentro, minan la enseñanza religiosa y moral del Evangelio; ha olvidado el deber de discernir y, por una errónea paciencia y tolerancia, consiente que los que se han deja­do seducir por la enseñanzas del mundo, a su vez, perviertan a los fieles y los aparten de la verdad. En definitiva: es una iglesia firme hacia los de fuera y débil hacia los de dentro.

A esta iglesia la juzga el Señor con su palabra (espada de doble filo que sale de la boca) porque la Palabra de Dios es el gran instrumento de discernimiento que se le ha dado desde el principio. Si no asume su responsabilidad, el Señor mismo ven­drá a esa iglesia para llevar a cabo el discernimiento que ella se niega a hacer. Si, por el contrario, cumple con su deber, compro­bará la fuerza de la Palabra que posee y tendrá la garantía de la vida eterna.

4. Ante un mundo adverso, después de preguntarnos si somos fieles y de mirar a nuestro Señor para comprender que estamos siguiendo sus pasos, necesitamos llevar a cabo un serio discerni­miento con relación a aquellos que quieren compaginar los valo­res del Evangelio con los valores del mundo. Así lo han denun­ciado los Obispos, cuando afirman, en el Plan Pastoral para el 2006-2010, que el problema de fondo, al que una pastoral de futuro tiene que prestar la máxima atención, es la secularización interna. La cuestión principal a la que la Iglesia ha de hacer frente hoy en España no se encuentra tanto en la sociedad o en la cultura ambiente como en su propio interior; es un problema de casa y no sólo de fuera (n. 4).

5. A nivel personal, esta carta refleja la situación de aquellos creyentes que permanecen fieles al Evangelio en lo esencial, pero son incapaces de enfrentarse a la mentalidad y las costum­bres del momento —a la moda y el ambiente— que son incompatibies con la fe y la moral cristiana, como si la tranquilidad fuera mejor que la verdad. Son cristianos que externamente se mues­tran firmes, pero internamente están inseguros y son incapaces de dar razón de su esperanza (1Pe 3,15).

4. Una Iglesia fiel, que tolera el falso profetismo (Tiatira 2,18-29)

1. La cuarta carta está dirigida a la Iglesia de Tiatira. Era una pequeña ciudad, sin relevancia, entregada por completo al comercio, a la industria textil y del tinte, pagana y corrompida.

  1. Escribe al ángel de la iglesia de Tiatira:
  2. Esto dice el Hijo de Dios, cuyos ojos son como llama de fuego y cuyos pies parecen de metal precioso.
  3. Conozco tu conducta: tu caridad, tu fe, tu espíritu de servicio, tu paciencia; tus obras últimas sobrepujan a las primeras.
  4. Pero tengo contra ti que toleras a Jezabel, esa mujer que se llama profetisa y está enseñando y engañando a mis siervos para que forniquen y coman carne inmolada a los ídolos. Le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arre­pentirse de su fornicación.
  5. Mira, a ella voy a arrojarla al lecho del dolor y a los que adul­teran con ella, a una gran tribulación, si no se arrepienten de sus obras. Y a sus hijos, los voy a herir de muerte: así sabrán todas las iglesias que yo soy el que sondea los riñones y los corazones y os daré a cada uno según vuestras obras.
  6. Pero a vosotros, a los demás de Tiatira, que no compartís esa doctrina, que no conocéis «las profundidades de Satanás», como ellos dicen, os digo: No os impongo ninguna otra carga; sólo que mantengáis firmemente hasta mi vuelta lo que ya tenéis.
  7. Al vencedor, al que se mantenga fiel a mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones: las regirá con cetro de hierro, como se quebrantan las piezas de arcilla. Yo también lo he recibido de mi Padre. Y le daré el Lucero del alba.
    El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
  • Cristo se le presenta con el título supremo de Hijo de Dios —el único lugar del Ap donde se le este título—, con ojos de fuego —símbolo de Espíritu (cfr 5,6 y Zac 4,10)—, con los que puede sondear lo más profundo (los riñones y el cora­zón), y pies de bronce —no de hierro y barro Dn 3,33; 3,41­43)—, es decir: su poder es estable, sólido y firme.
  • La situación de la iglesia es bastante compleja. Por una parte, presenta rasgos muy positivos: amor a Cristo, vida de fe, dedicación al servicio de los demás, aguante y un tono de progreso ideal.
  • Pero, a la vez, permite las insidias de un paganismo mate­rialista, compuesto de extrañas teorías (las profundidades de Satanás) y de prácticas reprochables (fornicación, en el sentido metafórico de idolatría: v. 20.24). Las amenazas de este tipo de paganismo están ligadas a circunstancias y a personas concretas que existen en la iglesia de Tiatira.
  • Jezabel, la esposa de Acab, exterminó a los profetas de Yavé y se rodeó de los profetas de Baal (cf. 1Re 16,31; 21). Por eso se le llama mujer de prostituciones (2Re 9,22). Es un símbolo perfecto para designar a aquellos que, como falsos profetas, corrompen a la Iglesia de Tiatira adulteran­do la Palabra de Dios. Por eso interviene el Espíritu (ojos llameantes): porque, en su nombre, se difunde la mentira induciendo a la idolatría.
  • Por ello, será castigada, arrojada al lecho del dolor la que estuvo echada en el lecho de la fornicación; a los que sim­patizaron con ella se les ofrece la oportunidad de conver­tirse o sufrirán el mismo castigo; y sus hijos —sus adeptos—serán eliminados como lo fueron los hijos de Jezabel (2Re 10,7). Es una forma de decir que la herejía será infecunda y no quedará de ella ni rastro.
  • Una intervención semejante de Cristo dirigida a eliminar el mal será una carga incluso para los que han permanecido plenamente fieles; por eso no se les impone ninguna otra carga, sólo la de permanecer fieles hasta la vuelta del Señor.
  • La victoria alcanzada pondrá a la iglesia en una situación de perfecta comunión con Cristo vencedor de sus enemi­gos: compartirán el gobierno de las naciones con el Buen Pastor (Sal 2,8-9) con un poder estable y firme y brillarán como el lucero del alba, el más brillante y, por ello, símbo­lo de Cristo resucitado (cf 22,16).

2. El problema de fondo que se plantea en esta carta es la usurpación del Espíritu por parte de determinadas personas o grupos en aras del falso profetismo. Tiene lugar cuando alguien se apropia del Espíritu para difundir doctrinas y prácticas ajenas e incluso contrarias al Evangelio. Se presentan como profetas inspirados y, por ello, poseedores de un conocimiento superior, cuando en realidad están ocultando el verdadero conocimiento de Dios. El pecado de Tiatira, por tanto, es tolerar la utilización del Espíritu por parte de los falsos profetas, no discernir el falso espíritu que pervierte a los fieles.

Sólo el Espíritu de Jesucristo preside el destino de las Igle­sias. La comunidad cristiana tiene que saber distinguir entre los que hablan en su nombre y los usurpadores. El criterio de discer­nimiento es el fruto del Espíritu (cfr. Gal 5,22-23). Donde falta el Espíritu no hay nada, sólo esterilidad.

3. La cuarta situación tiene que ver con el espíritu de profe­cía. Se da cuando la iglesia vive valores evangélicos como la caridad, el servicio, la paciencia y la superación, pero no con­fronta a aquellos que, dentro de la misma, se erigen en únicos poseedores y, por ello, en únicos interpretes legítimos del Evan­gelio (Jezabel, la profetisa) para enseñar doctrinas y costumbres que son saber humano y no conocimiento de Dios. Son falsos profetas que viven en el autoengaño y extravían a los discípulos de Jesús.

El criterio del discernimiento es el fruto —las obras—: Guar­daos de los falsos profetas, que se os acercan disfrazados de ovejas y por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis (Mt 7,15-16). Los seguidores de los falsos profetas son estériles (sus hijos están heridos de muerte), mientras que la igle­sia animada por el Espíritu produce los frutos de su presencia (Gal 5, 22-23).

4. El cuarto paso en el examen de conciencia que el Apoca­lipsis lleva a cabo ha de centrar la atención en los «iluminados», en los «líderes carismáticos» que promueven un modo de enten­der el mensaje y la práctica del Evangelio, la vida de la Iglesia y hasta la liturgia, cuya novedad o radicalidad tiene un gran poder de seducción y que, a medida que se consolidan, van desautori­zando y desplazando otros carismas y modos de entender el seguimiento de Cristo y la pertenencia a la Iglesia. A la Iglesia de Pérgamo se le acusa de tolerar el falso profetismo; a la de Tia-tira se le denuncia el fundamento del mismo: la apropiación del Espíritu. El criterio para discernir si un movimiento, grupo o espiritualidad es acorde o no con el Evangelio es ver si presenta los signos del Espíritu. Si no es así, son discípulos de Jezabel, no de Jesucristo.

5. A nivel personal, esta carta refleja la situación de aquellos que son moralmente perfectos (creyentes, pacientes, caritativos y serviciales), pero absolutizan su carisma y su interpretación del Evangelio, de tal manera que llega a ser más importante cómo ellos lo entienden que la misma Palabra del Señor. Son personas admirables, pero pretenden apropiarse del Espíritu de tal mane­ra que descalifican cualquier opinión diferente o contraria a la suya.

***

La de Tiatira es la cuarta carta —la central de la septena— y la más extensa. El autor ha querido así dar relieve especial al problema que aborda. Con ello tal vez quiera decir que la situación más grave que puede darse en la Iglesia es consentir el secuestro de Espíritu por aquellos que se presentan como profetas pero predican enseñanzas y conductas meramente humanas. Se da cuando, en nombre de Dios, se predica una enseñanza que contraria a su Palabra. En este caso quien juzga es el único que es Hijo de Dios y, por tanto, el único que lo conoce y puede darlo a conocer. Él penetra los espíri­tus (ojos de fuego) y su poder es estable (pies de metal bruñido).

5. Una Iglesia muerta, aunque parece viva (Sardes 3,1-6)

1. Sardes, destinataria de la quinta carta, había sido una gran ciudad, sede de la corte del rey de los lidios, famosa por el oro e inexpugnable pues estaba construida sobre un monte. Debido al exceso de confianza de sus habitantes, fue tomada en dos ocasio­nes por la noche: primero por Ciro (546 a. C.) y luego por Antio­co III (218 a. C.). El año 17 de nuestra era fue destruida casi com­pletamente por un terremoto y no volvió a recuperar su antiguo esplendor. La quinta carta está dirigida a la Iglesia de Sardes.

  1. Al ángel de la iglesia de Sardes escribe:
  2. Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas.
  3. [ ]
  4. Conozco tu conducta: tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto.
  5. Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios. Acuérdate, por tanto, de cómo recibiste y oíste mi pala­bra: guárdala y arrepiéntete.
  6. Porque, si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.
    [Tienes, no obstante, en Sardes unos pocos que no han man­chado sus vestidos. Ellos andarán conmigo vestidos de blan­co; porque se lo merecen]
  7. El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus ángeles.
  8. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
  • Cristo se presenta a esta iglesia como aquel que posee la plenitud del Espíritu (los siete espíritus de Dios) y, en su mano, el destino glorioso de todas las iglesias (las siete estrellas).
  • En esta carta falta la alabanza. Sólo después de la invita­ción a la conversión, se introduce un paréntesis en el que se reconoce la fidelidad de un pequeño resto.
  • Se le reprocha vivir una situación contradictoria: la activi­dad externa no es más que una envoltura de la muerte espi­ritual (tiene nombre de vivo, pero está muerto), pues sus obras son imperfectas a los ojos de Dios. Es una iglesia que, aunque sigue en pie, está muerta. Vive en el autoenga­ño pues quiere creer que basta con hacer algunas cosas para seguir adelante. Es una Iglesia de mínimos que, en realidad, son insuficientes. En definitiva: una iglesia ale­targada.
  • De esta situación límite sólo puede salir liberándose de la mediocridad y el conformismo mediante una enérgica sacudida que la lleve a salvar lo salvable dejándose con­frontar con la Palabra de Dios que acogió al principio.
  • Si no lo hace, su Señor y Juez vendrá de improviso y la suya será una visita de castigo (como ladrón Mt 24,42).
  • Los que han permanecido fieles y aquellos que logren ven­cer esta situación compartirán la gloria de su Señor (vesti­duras blancas) y su destino (sus nombres no serán borra­dos del libro de la vida).

2. Sardes es como un árbol seco: permanece en pie, pero está muerto. Refleja la situación de una iglesia que, a los ojos de los hombres, está firme y bien consolidada y actúa como se espera de ella, pero interiormente está muerta: los mínimos en que se mantiene no reflejan la presencia del Espíritu. No es la Palabra de Dios lo que guía sus obras, sino la rutina, el conformismo, el hábito…

La tragedia de esta iglesia es que, en su interior, hay un núcleo de fieles auténticos, pero la presión de la estructura es tan fuerte que no pueden hacer nada. Lo lógico sería que se aparta­ran de ella y formaran una nueva iglesia o que se replegaran sobre sí mismos y se convirtieran en un ghetto dentro de la Igle­sia. Pero no es esto lo que se pide, sino reconocer el valor de ese resto fiel y apoyarse en él para regenerarse (reanima lo que te queda y está a punto de morir). Sardes puede recuperarse a par­tir de este grupo, pero éste no tiene futuro fuera de la Iglesia ni puede sustituirla.

Además, la solución no es una huida hacia adelante, sino una recuperación del espíritu primero que aún conserva (recuerda lo que recibiste y escuchaste : obsérvalo y arrepiéntete). No se trata de probar aventuras, sino de recuperar el Evangelio para que éste sea quien inspire sus obras en vez de la rutina y el conformismo.

Es una carta muy dura y también la que mejor expresa el mis­terio de la Iglesia y su responsabilidad: se trata de guardar, para transmitirla intacta, la fe auténtica que le fue entregada en la pre­dicación apostólica.

3. Esta quinta situación es, junto con la última, la más trági­ca. Tiene lugar cuando una iglesia deja que se apague en ella el Espíritu y cae en la inercia. Parece viva, pero está muerta; reali­za algunas obras que externamente parecen buenas, pero están vacías a los ojos de Dios. Es una iglesia que recibió la semilla, pero ha crecido entre las piedras (Mt 13,5-6); recibió los talentos, pero los ha enterrado (Mt 25,18); ha perdido la memoria de sus orígenes, se ha dormido como las vírgenes necias (Mt 25,1-13) y ha dejado de cumplir su misión.

No todo está perdido porque aún conserva el Evangelio que, como un rescoldo, puede ser alentado y prender de nuevo y que­dan en ella algunos fieles. Pero es necesario que reaccione por­que no sabe cuánto tiempo se le va a permitir estar así. Si reac­ciona, tendrá parte en la gloria de su Señor y será defendida por él en el momento del juicio.

4. El quinto paso en el examen de conciencia que ha de llevar a cabo la Iglesia es revisar su nivel de exigencia y la calidad de sus obras: ver si lo que hace responde a la invitación de Cristo Sed perfectos como vuestro Padre (Mt 5,48) o vive en un letar­go semejante a la muerte. En la Iglesia no podemos vivir de las rentas ni dejar de crecer, pues la rentas se acaban y el cese del crecimiento es la muerte. En estos casos sólo hay un camino: apoyarse en los que siguen siendo fieles, en sus mejores hijos, y recuperar el Espíritu del Evangelio.

5. A nivel personal, se encuentran en este estado los creyen­tes que han caído en la apatía, los cristianos sólo de nombre, que dicen creer pero cuya vida no refleja en absoluto la fe que dicen profesar. Su vida cristiana está vacía. Incluso las pocas obras que realizan son vanas y carentes de espíritu cristiano. La única forma de salir de esta situación, de regenerarse, es valorar lo que de bueno quede en ellos y recuperar la Palabra.

6. Una Iglesia pobre y fiel (Filadelfia 3,7-15)

1. La sexta carta está dirigida a la Iglesia de Filadelfia. Era una ciudad pequeña y sin importancia. Situada en el centro de una línea telúrica, la zona es sacudida por frecuentes terremotos. Dos de ellos —ocurridos el 17 y el 23 de nuestra era— la arrasaron por completo. Vespasiano había construido en ella un templo al dios Jano, dios que abre y cierra el año y dios de las puertas. En sus templos, había dos puertas que sólo se abrían en tiempos de guerra, para que el dios acudiera en ayuda de sus seguidores.

  1. Al ángel de la iglesia de Filadelfia escribe:
  2. Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir.
  3. Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre.
    Mira que te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Sata­nás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies, para que sepan que yo te he amado.
    Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra.
  4. [—-]
  5. Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona.
  6. [—-]
  7. Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jeru­salén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo.
    El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
  • Cristo se le presenta como el santo —título que sólo corres­ponde a Dios (4,8; 6,10)— y el veraz —que evoca la autenti­cidad, la fidelidad, la garantía y la estabilidad—. En la quin­ta visión Dios será invocado así por los mártires (Ap 6,10).
  • Él posee la llave de David (cfr. Is 22,22), es decir, es el mesías con plenos poderes y cuya protección nadie puede anular (si él abre, nadie puede cerrar , si él cierra, nadie puede abrir). Porque conoce sus obras, ha decidido actuar, en premio a su fidelidad pues, a pesar de ser una iglesia débil, ha permanecido fiel a la Palabra y al nombre de Cris­to. Al verlo, algunos de sus detractores vendrán a ella y reconocerán que goza del favor del Señor. Así se cumplirá el oráculo de Is 60,14.
  • Debido a que ha permanecido fiel en la tribulación, el Señor la preservará cuando los hombres sean probados sobre al tierra, algo que está a punto de ocurrir (vengo pronto). Si mantiene su fidelidad, alcanzará la corona celestial, entrará a formar parte de manera estable y definitiva de la esfera divina (será columna del santuario de mi Dios) y tendrá tres nombres, es decir, una nueva identidad que consiste en que es propiedad de Dios (el nombre divi­no), pertenece ya al mundo futuro (el nombre de la nueva Jerusalén) y está salvada porque participa de la gloria de Cristo (mi nombre nuevo).

2. La carta tiene un cierto parecido con la dirigida a Esmirna. También aquella es una iglesia pobre; pero con una diferencia: para Esmirna la pobreza supone sufrimiento y persecución mien­tras que para Filadelfia es una oportunidad de salvación (una puerta abierta). Es una iglesia que carece de poder y de grande­za humana, pero posee la riqueza de la palabra de Dios; carece de apoyo, pero cuenta con el amor de Cristo.

Es una iglesia ante la cual se abre la puerta de la acción misio­nera, para la cual no cuenta con otra fuerza ni otra riqueza que la enseñanza y el amor de su Señor. Ésa es su gloria, su meta y su tarea. La pobreza y la fidelidad hacen fecunda la acción misio­nera de la Iglesia. Cuando llega la hora de la prueba y la desgra­cia que afecta a todos los hombres, la Iglesia sólo sobrevive si es fiel a su Señor y se apoya en él. Pobreza humana y fidelidad son las dos columnas que la sostienen porque significa que confía plenamente en su Señor.

3. La sexta situación es parecida a la segunda. Se trata de una iglesia que permanece fiel porque cree y vive según la palabra del Señor. En eso está su fuerza. Cuando llegue la desgracia sobre el mundo, podrá mantenerse en pie y mostrar su verdade­ra fuerza (aunque humanamente parezca una iglesia pobre y débil). Al final, sus adversarios claudicarán y tendrán que reco­nocer que estaban equivocados.

Estamos, por tanto, ante una iglesia que es fuerte por su fide­lidad y coherencia, aunque sus enemigos hagan de su pobreza humana un motivo de escarnio y ataque. Si, a pesar de ello, per­manece fiel, gozará eternamente de la gloria de Dios.

4. Si la Iglesia sabe escuchar en la persecución y en las difi­cultades la llamada del Señor a la conversión, entonces lo que humanamente es visto como fracaso y muerte para ella se con­vierte en oportunidad de crecimiento. La crisis, vivida con fe y perseverancia, se convierte así en un acontecimiento de gracia.

5. A nivel personal, esta situación la experimentan los verda­deros creyentes que, humanamente, parecen pobres gentes, pero que poseen una gran fuerza interior, cosa que se muestra sobre todo en los momentos de dificultad. Ellos pertenecen ya al mundo futuro.

7. Una Iglesia infiel (Laodicea 3,14-22)

1. La última carta está dirigida a Laodicea. Laodicea de Fri­gia llegó a ser un importante centro comercial e industrial. Era famosa por sus instituciones bancarias, por sus tejidos y por su academia de medicina. Según Tácito, su riqueza era tal que, cuando fue destruida por un terremoto en el año 60 dC, sus habi­tantes la reconstruyeron sin ayuda del Estado. Ya Aristóteles habla del «polvo frigio» como un fármaco para los ojos y Gale­no ponderará más tarde las bondades del colirio que se fabricaba en ella. Todo esto aparece reflejado en esta carta.

  1. Al ángel de la iglesia de Laodicea escribe:
  2. Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios.
  3. [___ ]
  4. Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo.
  5. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un coli­rio para que te des en los ojos y recobres la vista.
    Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete.
    Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.
  6. [—]
  7. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
  • Cristo se presenta como «el Amén «, el testigo fiel y veraz y el principio de las criaturas. Sorprende el título El Amén. El «Dios del amén» es el que convierte en un «sí», en «amén» lo que ha prometido. En este caso el título con el que Cristo se presenta viene a ser explicado por la expre­sión el testigo fiel y veraz.
  • El segundo título es Principio (cabeza) de toda la crea­ción. En los textos joánicos suele aplicarse a Cristo como el principio que está fuera de todo tiempo, como el origen del cosmos y de la creación. Significa el que es antes que el tiempo y por toda la eternidad (no intramundano o intra­temporal).
    ¿Por qué estos títulos? Porque es una Iglesia que se encuentra en una situación crítica: de indiferencia, de apa­tía moral. Es una iglesia que ni es cristiana ni es pagana. Estamos ante la ambigüedad, la mediocridad, la indefini­ción. Paradójicamente, resulta todavía más nauseabunda de lo que podría ser una situación absolutamente negativa. Esto le hace instalarse en la mentira: se cree rica, pero vive en la miseria; se engalana, pero está desnuda; se considera perspicaz, pero es ciega.
  • Aludiendo probablemente a las especialidades comerciales de Laodicea, Cristo se muestra dispuesto a proporcionarle lo necesario para poner el remedio oportuno: amor ferviente (el oro acendrado a fuego), nueva personalidad (vestido blanco) y capacidad de conocimiento y de discernimiento religioso y espiritual (colirio).
  • El juicio severo de Cristo es fruto de su amor y busca que la iglesia vuelva al fervor espiritual, que se convierta de su situación actual. El amor de Cristo es insistente y discreto al mismo tiempo (estoy a la puerta llamando; cfr. Cant 5,2). Si escucha en su ensimismamiento la voz de Cristo, se establecerá una relación de intimidad gozosa que alcanza­rá su plenitud en la escatología (lo haré sentar conmigo en mi trono).

2. El problema de esta iglesia es la autocomplacencia. Es una iglesia satisfecha de sí misma, sin preocupaciones que le turben, cómoda, conformista. Es una Iglesia aburguesada, instalada en la comodidad, que ni molesta ni quiere que la molesten. Como no siente necesidad de nada, no hay en ella sitio para la esperanza, para la superación, para la confianza en Dios. No pide nada por­que no necesita nada ni espera nada.

Cristo, que es fiel —frente a una iglesia infiel— y el origen y fundamento —frente a una iglesia que cree no necesitarlo—, a pesar de todo, la ama y le ofrece la oportunidad de salir de su mediocridad, de juzgarse a sí misma sin caretas (colirio), de ser digna de él (vestidos blancos) y lograr la verdadera riqueza (oro).

La imagen utilizada es realmente sugerente: estoy llamando a tu puerta, pidiéndote entrar para compartir mi vida contigo. No es el Señor que ordena y manda, sino el amigo que pide recupe­rar la amistad perdida.

3. Finalmente, la séptima situación se da cuando una iglesia cae en la mediocridad y el formalismo porque, desde su auto­suficiencia, deja de esperar nada de su Señor. Es una iglesia cómoda, instalada, tranquila, conformista, que no necesita ni el amor ni la compasión, atrapada en sus propios engaños, puesto que se cree grande cuando, a los ojos de su Señor, es ridícula: desgraciada, digna de lástima, pordiosera, ciega y desnuda. Es esta tibieza lo que la hace vomitiva. En general se trata de una iglesia atrapada en su propia mentira, por eso le habla el Amén, es decir, el que es fiel y veraz, aquel en el que no cabe la mentira.

De todas formas, esa iglesia no debe olvidar que, a pesar de su mediocridad, aún no ha sido repudiada: se le está ofreciendo una nueva oportunidad (a quienes amo los reprendo y corrijo) casi como suplicando (estoy a la puerta llamando). Si esa igle­sia se convierte y recupera el fervor, no será el Señor el que se siente a su mesa, sino que será ella la que se sentará a la mesa de su Señor.

4. Frente a la situación anterior, ésta es realmente trágica. Se da cuando la Iglesia no es perseguida porque se ha asimilado al mundo en el que vive. Continúa conservando el nombre cristia­no pero ha perdido toda referencia a Cristo. Por eso el mundo la acepta y se encuentra cómodo con ella: porque la ve como algo suyo. Es como una esposa infiel que sigue viviendo con el espo­so pero su corazón pertenece al amante. Cristo esposo insiste para que le abra de nuevo su corazón porque quiere vivir con ella y en ella.

5. A nivel personal es la situación de tantos creyentes instala­dos en la mediocridad, incapaces de exigirse, satisfechos de sí mismos y además inconscientes de su verdadera situación. Son los que no se comprometen con su fe, viven en el autoengaño, desconocen el momento crítico que viven e ignoran las reitera­das llamadas del Señor. Necesitan el tesoro en el cielo donde no llegan ni los ladrones ni la polilla (Mt 6,19-21), la vestidura blanca y resplandeciente que expresa su verdadera dignidad (Le 9,29) y una mirada abierta que ilumine con la verdad todo su ser (Mt 6,22-23).

III. Conclusión

Ninguna de estas situaciones es desesperada. En todas ellas se escucha una palabra de aliento y una llamada a la conversión. Pero cualquiera de ellas es crítica, incluso las dos positivas.

Por otra parte, hay que observar que todas las cartas son simultáneas, es decir, no describen siete etapas por las que puede pasar la Iglesia, sino siete estados que pueden simultanearse den­tro de la misma Iglesia y en las diferentes iglesias locales. Cual­quiera de ellas ha de hacer pensar a toda la Iglesia, por eso la invitación final se dirige al conjunto de las iglesias. El Espíritu habla a toda la Iglesia cuando habla a una iglesia determinada porque todas pueden verse en la misma situación y porque el problema de una es problema de todas (Ef 4,1-16).

A modo de conclusión, enuncio aquellas convicciones que emergen de la reflexión precedente.

1. Ante todo es necesario que nos posicionemos correctamen­te ante la crisis. Los nuestros no son tiempos de optimismo, pero sí de esperanza. Somos la Iglesia del Sábado Santo y, como los discípulos, aguardamos desconcertados un amanecer imprevisi­ble, porque Dios es desconcertante, pero radiante porque la sal­vación está cerca.

2. Que el mundo se cierre al Evangelio, no justifica que nos­otros nos cerremos al mundo. Él es el destinatario de la buena Noticia y sigue siendo un hecho que Dios le ha tenido tanto amor que le ha entregado a su propio Hijo (Jn 3,16). En lugar de vic­timizarnos y lamentarnos, oigamos lo que el Dios de la vida nos está diciendo en esta experiencia de muerte y miremos en nues­tro interior para ver si conservamos el amor primero, el espíritu del Evangelio.

3. Es cierto que el desaliento nos acecha porque somos barro y la debilidad pertenece a nuestra naturaleza. Pero, para ser fuer­tes y perseverar, no miremos el tiempo pasado añorando lo que tuvimos o fuimos. Contemplemos a Cristo y recordemos sus palabras: Quien quiera seguirme niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame (Mc 8,34), convencidos como Pablo de que, si ahora padecemos con él, seremos también con él glorificados (Rm 8,17). Sólo así viviremos la adversidad con fortaleza y ale­gría y nada podrá frenar nuestro empuje.

4. Preparados así, estamos en condiciones de llevar a cabo un claro discernimiento para arrancar de nuestro interior aquellos ideales y valores del mundo que nos han contaminado. Nuestra misión es ser luz en medio de la oscuridad y sal de la tierra (Mt 5,13-14) y difícilmente podremos llevarla a cabo si dejamos que la oscuridad nos invada y apague en nosotros la fuerza transfor­madora del Evangelio. Se trata de estar en el mundo sin ser del mundo (Jn 17,15).

5. Este discernimiento debe ser más exigente y preciso con aquellos, que en los momentos de crisis, aparecen en la Iglesia como impulsores de renovación. Es cierto que Dios da a su Igle­sia en cada tiempo lo que necesita, pero no es menos cierto que, en los tiempos difíciles, surgen también falsos profetas (Mt 7,15) que seducen a los creyentes y los desvían del único que es maes­tro, señor y salvador (Mt 23,8-10). En la iglesia nadie es Señor del Espíritu, sino que el Espíritu es Señor de todos.

6. Tras analizar nuestro corazón y ver si el profetismo es o no obra del Espíritu, debemos hacer examen del esfuerzo, de la tarea que realizamos, de los medios que empleamos para ver si estamos haciendo lo que Dios quiere o nos conformamos con ir tirando. En la evangelización, los mínimos son insuficientes. Debemos pre­guntarnos qué cambios nos está pidiendo Dios en esta crisis.

7. Si somos capaces de recorrer este camino juntos, entonces comprobaremos asombrados, con el asombro de la fe, que lo que creíamos muerte era sólo preludio de una nueva vida.

8. No es el odio sino el amor del mundo lo que debemos temer, lo que debe hacernos desconfiar. En todo lo que vivimos resuena la voz del amado, la voz del esposo. Sólo tenemos que poner atención y reconocerlo para abrirle nuestro corazón.

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