Misionero frente al materialismo

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Flores-Orcajo · Año publicación original: 1984 · Fuente: CEME.
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materialismo«Jesús ayunó cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre. El tentador se acercó y le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que las piedras éstas se conviertan en panes. Le contestó: Está escrito: `no sólo de pan vive el hombre, sino tam­bién de lo que diga Dios por su boca’». (Mt. 4,1-4).

«En el mundo de hoy, el ateísmo y materialismo in­terpelan profundamente nues­tra fe y los métodos tradi­cionales de evangelizar. Ana­licen, pues, seriamente los misioneros las causas de este fenómeno, convencidos de que en las presentes circuns­tancias se les pide un testi­monio de personal más fir­me en Dios vivo y una bús­queda de nuevos caminos para realizar su vocación evangelizadora». (E 2).

El ateísmo y el materialismo se dan la mano. La alu­sión explícita al materialismo, como algo en parte dis­tinto del ateísmo, es porque se ha querido poner de re­lieve la influencia de las cosas materiales en la vida de los hombres y, como consecuencia, en su evangelización. El amor excesivo a los bienes de este mundo embota el alma y la hace insensible para las cosas de Dios.

1. ¿Para qué sirve Dios?

El hombre necesita de los bienes materiales para vivir y para desarrollar toda la riqueza humana y espi­ritual que Dios ha puesto en él. A veces cae en la idolatría, convirtiéndose en esclavo de ellos en lugar de ser su señor. Pablo VI también nos habla de esta ten­tación de adorar las cosas de la tierra y creer que Dios es algo inútil.

«Todas nuestras apreciaciones están marcadas por el deseo del provecho inmediato y personal. Estamos centrados sobre el hombre, es decir, nos apremia más nuestro yo que el honor y el servicio de Dios. Somos utilitaristas. Somos egoístas. Nos inclinamos más por el valor de la utilidad que por el del ser o el del deber ser. Cuando valoramos las cosas, las nuestras, nuestros inte­reses, nuestros placeres tienden a prevalecer sobre los del Bien sumo, tan misterioso para nosotros, tan poco expreso en nuestra conciencia habitual. Pero una vez más, la palabra de Cristo, grave y dramática como una sentencia, nos obliga a revisar el valor de las cosas. ¿De qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma? (Mt 16,26). ¿Y cómo puede un hombre salvar su alma? Así es como ha puesto al descubierto el engaño de la tentación de considerar a Dios como inútil. La grande y suprema cuestión de nuestra salvación ¿cómo podrá ser resuelta, si olvidamos lo que la fe en Dios, en Cristo, en el Espíritu Santo nos enseña? La indispensable ven­taja, la única y verdadera utilidad es la salvación». (29.6.1970).

2. «Yo soy tu salvación»

El Misionero no debe ser un observador pasivo ante el fenómeno del materialismo. Debe buscar el modo de hacerle frente. Lo primero de todo es ahondar en la realidad de Dios. Pablo VI nos habla de la presencia resplandeciente de Dios en nuestras vidas:

«El número de ventajas es amplio y el describirlas llevaría mucho tiempo. Dios es la luz para los que cul­tivan el pensamiento. Dios es el verdadero Bien, Dios es Amor para los que se entregan a la acción. ¿Cómo se puede sostener una ética sin Dios? Un cristiano total­mente horizontal, como se dice hoy, es decir, sin Dios, y hasta sin Cristo-Dios, dado a los demás, a todos los hombres, ¿cómo se las arreglaría sin el influjo vertical del amor que desciende y sube hasta Dios? ¿cómo no se agotará? ¿cómo no se pervertirá, no teniendo ya el nombre exigente de Dios para poder dar a los demás el auténtico nombre de hermanos, hijos de un mismo Padre?». (29.6.1970).

3. Testimonio y predicación viva.

Ante el materialismo se requiere no sólo explicar el sentido de los bienes de este mundo (AA 7). Debe dar­se una predicación que, al estar sostenida por el testimo­nio, es una predicación viva.

«Para la Iglesia el primer medio de evangelización es el testimonio de una vida auténticamente cristiana… El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que clan testimonio que a los que enseñan o si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio… Será so­bre todo mediante su conducta, mediante su vida, como la Iglesia evangelizará al mundo, es decir mediante un testimonio vivido en fidelidad a Jesucristo, de pobreza v despego de los bienes materiales, de libertad frente a los pobres del mundo, en una palabra, de santidad».

«No es superfluo subrayar a continuación la impor­tancia de la predicación. ¿Cómo creerán sin haber oído hablar? (Rom 10,14-17). Sí, es indispensable predi­car la proclamación verbal del mensaje… La palabra siempre permanece actual, sobre todo cuando va acom­pañada del poder de Dios». (Cf. EN 41, 42).

  • La virtud de la pobreza tiende a situarnos evan­gélicamente ante los bienes materiales, ¿he pen­sado en la obligación de practicar la pobreza por mi condición de misionero?
  • ¿Qué hago en mi ministerio para contrarrestar la influencia de la mentalidad materialista en la vida cristiana?
  • ¿Doy testimonio de que acepto en mi vida lo que predico sobre los bienes materiales?

Oración:

«¡Oh Dios!, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo, multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo». (Mro, Domingo XVII).

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