Luisa de Marillac y los sacerdotes de la Misión (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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La fecha de la primera entrevista de Luisa de Marillac y Vicente de Paúl no ha llegado a nosotros. Sin duda se habían visto en las calles de París, pues sus domicilios no estaban muy alejados. Vicente se alojaba en la mansión Gondi, rue Pavée, parroquia de San Salvador; Luisa vivía en me Courteau Villain, parroquia de San Nicolás de los Campos. Según ella misma advierte en la Luz de Pentecostés, Luisa había experimentado cierta repugnancia en cuanto a aceptar a Vicente como director espiritual: no tenía la elegancia de un Francisco de Sales, o de un Juan Pedro Camus, su anterior director, ahora obispo de Belley.

Dichosa de tener un director espiritual que viva en París, Luisa de Marillac quiere que esté siempre presente, que sea acce­sible cuando ella lo crea necesario. Se entera entonces de que Vicente de Paúl acaba de firmar un acta de asociación con otros tres sacerdotes: ¿perderá a su director? ¿Quién estará a su dispo­sición cuando esté necesitada de consuelo, cuando haya de comunicar sus inquietudes, plantear sus múltiples cuestiones?

Luisa desea obtener información sobre esta asociación piado­sa. Sólo Vicente de Paúl se la puede dar. ¿Recibe todas las infor­maciones que desea en una entrevista, o Vicente mismo le da a leer el contrato de fundación, firmado por la familia Gondi el 17 de abril de 1625, y el acta de asociación del 4 de septiembre de 1626? Luisa reflexiona sobre lo que ha sabido y, como gusta de hacerlo en cada suceso importante de su vida, pone las propias reflexiones por escrito.

MIRADA DE LUISA A LA ASOCIACIÓN

El fin de la Asociación tiene por principio el conocimiento pro­pio y el desprecio del mundo’.

La asociación se presenta a la mirada de Luisa como un medio de santificación para sus miembros. Esto la debiera tran­quilizar. Su director podrá así guiarla tanto mejor por el camino del propio conocimiento y, en consecuencia, por el de la apertu­ra a Dios. En el acta de protesta que Luisa escribió, sin duda a poco de quedar viuda, dice:

Imploro desde ahora la asistencia del Espíritu Santo para que me envíe prontamente la gracia de convertirme, ya que no quiero permanecer ni un solo instante desagradando a Dios. Esta es mi voluntad irrevocable que confirmo en presencia de mi Dios, de la Santísima Virgen y del Ángel de mi Guarda y todos los Santos, ante la faz de la Santa Iglesia militante que me oye en la persona de mi padre espiritual que, al ocupar para mí en la tierra el lugar de Dios, debe, por favor, con su caritativa dirección ayudarme a llevar a la práctica estas mis resoluciones y hacerme cumplir la santa voluntad de obede­cerle en esto.

Luisa advierte que el desprecio del mundo profesado por la asociación se traduce en renuncia de todos los beneficios y de todos los honores. Es una actitud opuesta a lo vivido entre el clero del siglo XVII. Vicente de Paúl mismo ha corrido tras los beneficios. Estos sacerdotes desean, pues, vivir realmente la pobreza evangélica. Luisa de Marillac está de acuerdo con ellos. ¡Había deseado a tal punto abrazar la vida pobre y austera de las religiosas capuchinas! Un proyecto que se frustró. Vicente de Paúl podrá ahora conducirla por la vía de la pobreza. La primera frase del reglamento de vida de Luisa denota el ardiente ciceo de la pobreza:

Que esté siempre en mi corazón el deseo de la santa pobreza, para que libre de todo, siga a Jesucristo y sirva con toda humil­dad y mansedumbre a mi prójimo, viviendo en obediencia y cas­tidad toda mi vida, honrando la pobreza de Jesucristo, que Él guardó con tanta perfección.

Luisa de Marillac ha comprendido que estos sacerdotes son misioneros: van a diversas parroquias para predicar, instruir, administrar dignamente los sacramentos.

Y con este propósito de servir a la Iglesia… para cooperar cuanto puedan con el amor de Dios en la salvación de las almas; a ello ha de servir mucho su buen ejemplo y las instruc­ciones que den sobre los ejercicios del cristiano y la recepción de los sacramentos, bien administrados en la Santa Iglesia; así será cuando haya solamente buenos sacerdotes y redundará en aumento de la gloria de Dios.

La vida de estos misioneros quiere ser continuación de la de Jesucristo, que vino a la tierra para la salvación de los hombres. Estos misioneros sirven a la Iglesia: hacen que Dios sea conoci­do, y enseñan a la población rural cómo amarle y servirle. Tra­bajan por la gloria de Dios, para que su reino y su justicia sean establecidos:

Con el Hijo de Dios, quien, desprendiéndose, en cierto modo, personalmente de su Padre, quiso tomar nuestra carne por la salvación de los hombres, y, así, ellos se desprenden enteramente de todo lo que podría impedirles trabajar en este fin para la glo­ria de Dios.

Luisa de Marillac manifiesta en sus escritos esa misma preo­cupación por la salvación de los hombres. Ruega frecuentemen­te a la Virgen María por la salvación del mundo:

Ten compasión, Santísima Virgen, de todas las almas rescatadas por el Hijo de Dios y tuyo. Muestra a la Justicia divina los purí­simos pechos que le han ofrecido la sangre derramada en la muerte de tu divino Hijo para nuestra Redención, a fin de que el mérito de ésta sea aplicado a todas las almas de los agoni­zantes para darles una completa conversión, y a nosotros, alcánzanos con tus súplicas todo aquello de que tenemos nece­sidad para glorificar a Dios eternamente.

Vicente de Paúl ha explicado a Luisa que los sacerdotes sig­natarios del acta de asociación eligen «vivir juntos a manera de congregación, compañía o cofradía»7. Luisa se pregunta si esta vida en común no sustraerá de la dirigida todavía más al direc­tor. Se esfuerza, pues, por comprender la importancia de esa vida en común, y descubre toda su grandeza:

Además, honran a la Santísima Trinidad por la gran unión que reina entre ellos, no obligada ni impuesta a la fuerza, sino man­tenida por una grata necesidad que la cordialidad fomenta en un mutuo amor.

Los textos del contrato de fundación y del acta de asociación no mencionan para nada la Santísima Trinidad ¿Fue Luisa quien descubrió en la meditación toda la riqueza de este misterio, ima­gen de la unidad en la diversidad? ¿O le habló de ello Vicente de Paúl? Éste proponía el culto de la Santísima Trinidad, en 1617, a las señoras de la Cofradía de la Caridad de Chátillon-les-Dom-bes. En la bula de aprobación, le será dada a la Congregación de la Misión por el sumo pontífice como patrono, la Santísima Tri­nidad’. Como modelo de comunidad fraterna, Luisa gusta de presentar a las Hijas de la Caridad la vida trinitaria, vida toda de amor y de entrega:

Me ha parecido que para ser fieles a Dios, debíamos vivir en gran unión unas con otras, y que así como el Espíritu Santo es la unión del Padre y del Hijo, así también la vida que volunta­riamente hemos emprendido debe transcurrir en esa unión de los corazones.

Luisa de Marillac capta la grandeza del designio de Dios en la fundación de la Congregación de la Misión. No quiere oponer­se a su acción, no desea acaparar ella sola a su director, Vicente de Paúl. Ansía que esta nueva asociación cumpla a la perfección con la tarea que Dios le ha encomendado. Como lo hará más ade­lante para con la Compañía de las Hijas de la Caridad, Luisa con­fía la Congregación de la Misión a la Virgen, Madre de Dios. María dio a luz a Jesús, le educó, le acompañó durante toda su vida, hasta el Calvario. Ella puede ayudar, sostener, consolar a quienes en la tierra ocupan el puesto de su Hijo. Un segundo texto de Luisa se escribe sin duda tras un período de reflexión:

Representar a la Santísima Virgen el fin de la Asociación como el que más puede honrar a Dios en la persona de su Hijo, pues­to que se propone la perfección de los sacerdotes, que ocupan su lugar en la tierra y tienen el honor y el poder de hacerle pre­sente tantas veces en los altares, y quieren ver revivir en su pri­mer fervor la jerarquía eclesiástica«.

María ha encontrado el sufrimiento, la incomprensión. Está en situación de hacer compañía a quienes van en seguimiento de su Hijo crucificado:

Suplicarle que ofrezca a Dios el camino por el cual los llama, que es el de honrar la Cruz e imitar al Hijo de Dios, quien mediante la ignominia de este suplicio, unió la criatura a su Dios.

Después de tan largas meditaciones, de tan prolijos espacios de oración, Luisa está cierta de que la Congregación de la Misión es en verdad obra de Dios. Suplica a María obtenga de su Hijo que el Espíritu Santo esté siempre con ellos y los conduzca cada día que transcurra:

Cómo también su designio es el de ayudar al prójimo a salvar­se, y en cuanto a ellos, el de permanecer en inferioridad y sumi­sión a los demás; pedirle, por ello, igualmente, que alcance con sus súplicas la perfección de este espíritu en los presentes y en sus sucesores. Pedir, asimismo, a la Santísima Virgen… para que Dios se digne dirigirla enteramente por su Santo Espíritu como obra verdaderamente suya.

Luisa de Marillac puede ir adelante. Puede tener en la Con­gregación de la Misión la misma confianza que en Vicente de Paúl. Dios les ha enderezado por este camino, para que juntos cumplan su voluntad. ¿Cómo? Aún no lo sabe muy bien. Su acta de oblación a María muestra que pone su vida en manos de la Virgen:

Soy toda tuya, Santísima Virgen, para ser más perfectamente de Dios. Y pues te pertenezco, enséñame a imitar tu santa vida, mediante el cumplimiento de lo que Dios quiere de mí. Con toda humildad reclamo tu ayuda; tú que conoces mi debilidad y ves mi corazón, dígnate suplir con tus súplicas lo que yo deje de hacer por mi impotencia y negligencia, y puesto que es de tu amado Hijo mi Redentor, de quien has recibido las heroicas virtudes que has practicado en este mundo, une el espíritu de mis acciones a su santa presencia, para gloria de su santo amor.

Isabel Charpy

CEME 2010

 

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