Luisa de Marillac y los marginados (IV)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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  1. PROFUNDA Y RADICAL ESPIRITUALIDAD

Su experiencia interior espiritual de cuya vivencia se deriva el servicio de los pobres.

LAS CONVICCIONES PROFUNDAS DE FE LE CONDUCEN AL SERVICIO A LOS POBRES

¿Cómo hizo posible Luisa de Marillac esta opción que ella misma siente en sus entrañas de servir a los pobres desprovistos de todo, sea una realidad en el momento presente y pueda perpe­tuase en el futuro?

Un deseo y una preocupación: Seguir a Dios, a Jesucristo y continuar la misión que Jesús inició en la tierra.

Desde su juventud Luisa siente el deseo de hacerse religiosa.

Parece no se fijó en la fundación de las Ursulinas, de funda­ción reciente, y además conocida, ya que se había educado en ella su hermanastra; ni la atrajo el Carmelo, introducido en Fran­cia por Mme. Acaríe (conocida y colaboradora) con la ayuda de Miguel de Marillac, su tío. Luisa es atraída por el estilo de las capuchinas, las ve de lejos y su forma de estar le interpela, desea seguir este mismo camino.

Luisa consulta al P. Provincial, Honorato de Champigny y escucha una negativa tajante: no puede ser religiosa: «Dios tiene otros designios sobre su persona.

Esta respuesta la inquietó y la preocupó, y permaneció en ella de forma constante.

Su familia siguiendo la tradición de la época le propone matrimonio. El 6 de febrero de 1613 en la Iglesia de San Gervasio contrae matrimonio con Antonio Le Gras, secretario de la reina regente (María de Médicis), de 32 años. Luisa de Marillac tiene 22 años.

Las relaciones sociales con personalidades distinguidas se incrementan. El nacimiento de un niño, Miguel Antonio (19 de octubre de 1613) hace feliz al matrimonio Le Gras.

La familia Le Gras es cristiana y tiene autorización para leer la Biblia en lengua vulgar y prestan atención a las necesidades de los pobres. Luisa pertenece a varias Cofradías piadosas y colabora con aquellas necesidades que conoce y le permite su situación.

COMO EN CUALQUIER FAMILIA, ALGUNOS ACONTECIMIENTOS VAN A SER CAUSA DE GRAVES PREOCUPACIONES

  • Miguel Antonio, su hijo, parece muy débil.
  • La muerte repentina, en plena juventud, del señor D’ Attichy y poco después de su señora, dejando una fortuna maltrecha y siete hijos. Los Le Gras van a hacerse cargo de los más pequeños y Antonio va a preocuparse más de los asuntos de sus sobrinos que de los suyos propios.
  • El asesinato del mariscal Concini y el destierro de la reina a Blois, con el consiguiente quebranto para su secretario, Antonio Le Gras, y la enfermedad de Antonio, su esposo, que durará más de cuatro años. Son preocupaciones muy graves para Luisa.
  • Muerte de Antonio Le Gras el 21 de diciembre de 1625, Luisa de Marillac lo amaba tiernamente y sintió en lo más profundo de su corazón aquella pérdida.

(El hermano Ducourneaul nos ha dejado una nota que escri­bió una criada de la Señorita en la que refleja el estilo de vida de santa Luisa en estos años:

«Tenía gran piedad y devoción en servir a los pobres. Les llevaba dulces, golosinas, galletas y otros dulces. Los peinaba, les limpiaba la roña y la miseria; y los amortajaba. Cuando estaba a la mesa frecuentemente hacía que comía, pero ayuna­ba. Por la noche, tan pronto como se dormía el señor, se levan­taba y se encerraba en su gabinete para tomar cilicio y discipli­na. Dejaba su compañía para subir a un monte y cuidar a un pobre que temblaba de frío al llover sobre él».)

ENTREGA TOTAL A DIOS POR JESUCRISTO: CONOCERLE, AMARLE, SEGUIRLE Y SERVIRLE

Luisa de Marillac, ya había decidido entregar de lleno su corazón a Dios en el servicio a los Pobres. No sabe cuándo lo hará ni cómo, ni dónde, pero experimentó la gracia de haber sido llamada por Dios (Hacia 1622).

En sus escritos se va expresando el proceso que Luisa siguió en la entrega a Jesucristo

«El día (de) San Sebastián, estando en los Mártires, me sentí impulsada por el deseo de darme a Dios para hacer toda mi vida su Santísima Voluntad y le ofrecí el pensamiento que él me inspiraba de hacer voto de ello cuando tuviera permiso, y a con­tinuación de esto, estuve todo el día profundamente embebida en la consideración de las Misericordias de Dios sobre sus cria­turas, en todo el bien que veía en sus santos, que me parecían tanto más grandes cuanto que yo sentía por experiencia las debilidades de la naturaleza humana. El sábado siguiente, supliqué con insistencia a Dios que se dignara manifestar lo que su bondad deseaba de mí. Y el domingo, a la vista de mis infidelidades hacia Dios, reconocidas especialmente en que un día de Comunión había estado casi sin ningún recogimiento que me la recordara y en que dos o tres veces había resistido a la inspiración de mortificarme en alguna cosa, ahogando verdade­ramente este buen deseo, o impidiendo que se formara, cesé en la práctica de ello, lo que me llenó de una confusión tal que no pude comulgar sin confesarme. Y permanecí largo tiempo en la voluntad de no comulgar, lo que hubiera hecho, a no ser por el recuerdo de la prohibición que se me había hecho de ello. Todo el día sentí grandes penas y dolores interiores. …Y como el Evangelio era el del Sembrador, no reconociendo ninguna buena tierra en mí, deseé sembrar en el Corazón de Jesús todas las producciones de mi alma y las acciones de mi corazón a fin de que todo tuviera crecimiento por sus méritos, (no existiendo) más que por Él y en Él y ya que Él quiso de tal modo abajarse hasta ser por la naturaleza…

«…En el año 1623, el día de Santa Mónica, Dios me otorgó la gracia de hacer voto de viudez si Dios se llevaba a mi mari­do. El día de la Ascensión siguiente, caí en un gran abatimien­to de espíritu por la duda que tenía de si debía dejar a mi mari­do como lo deseaba insistentemente, para reparar mi primer voto y tener más libertad para servir a Dios y al prójimo. Duda­ba también si el apego que tenía a mi Director no me impediría tomar otro, ya que se había ausentado por mucho tiempo y temía estar obligada a ello. …El día de Pentecostés oyendo la Santa Misa o haciendo oración en la iglesia en un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas.

Y se me advirtió que debía permanecer con mi marido, y que llegaría un tiempo en que estaría en condiciones de hacer voto de pobreza, de castidad y de obediencia, y que estaría en una peque­ña comunidad en la que algunas harían lo mismo. Entendí que sería esto en un lugar dedicado a servir al prójimo; pero no podía comprender cómo podría ser, porque debía haber (movimiento de) idas y venidas. Se me aseguró también que debía permanecer en paz en cuanto a mi Director, y que Dios me daría otro, que me hizo ver (entonces), según me parece, y yo sentí repugnancia en aceptar; sin embargo, consentí pareciéndome que no era todavía cuando me dio muchos favores, y en aquel entonces sé que tuve algún motivo para creerlo así, del que ahora no me acuerdo.

Luisa de Marillac se inspira en el hacer de Jesucristo: Anun­ciar la Buena Noticia a los pobres y servirlos, esta fue la verda­dera motivación que impulso a Luisa a servir a los pobres.

Su hondura y profundidad en el amor a Jesucristo, que quie­re hacer realidad la pone en situación al morir su esposo de ini­ciar lo que Dios quisiera de ella.

Sin juego, sin fraude, sin si pero no… todo en ella es amar a Jesucristo. Toma muchas referencias de la espiritualidad de Igna­cio de Loyola y su convicción de seguir a Jesucristo es la opción de su vida.

El contacto y relación con su nuevo director espiritual Vicen­te de Paúl, al que conoce a través de Juan Pedro Camus, dará cauce a su firme inquietud.

Luisa va a expresar en sus escritos y a mantener en su vida la seriedad de su entrega y su unión profunda a Jesucristo

…»Yo, la abajo firmante, puesta en la presencia de Dios eterno, habiendo considerado que en el día de mi sagrado bau­tismo fui consagrada y dedicada a mi Dios para ser su hija y que a pesar de ello, tantas y tantas veces he obrado en contra de su santísima voluntad; considerando también la inmensa misericordia del amor y ternura con que este bondadosísimo Dios me ha mantenido siempre en el deseo de servirle, no obs­tante mi resistencia casi continua, de la que soy gravemente cul­pable y de haber durante toda mi vida descuidado y desconoci­do las gracias que su bondad me ha hecho y que han sido muy grandes hacia mí, indigna y vil criatura; entrando, por fin, den­tro de mí, detesto con todo mi corazón las iniquidades de toda mi vida pasada que me hacen rea de lesa majestad divina y de la muerte de Jesucristo, de tal modo que merezco ser condena­da más que Lucifer:

Pero confiando en la infinita misericordia de mi Dios, le pido perdón con todo mi corazón y la total absolución tanto de los pecados ya acusados como de los que no recuerdo, y en especial, del abuso que he hecho de los Santos Sacramentos, lo que no ha podido ocurrir sin gran desprecio a su bondad. De ello me arrepiento de nuevo con todo mi corazón, apoyándome en los méritos de la muerte del Salvador de mi alma como en el único fundamento de mi esperanza, en virtud de la cual confie­so y renuevo la sagrada profesión hecha en mi nombre a mi Dios en mi bautismo, y me resuelvo irrevocablemente a servirle y amarle con más fidelidad, entregándome por completo a Él; a este fin, renuevo también el voto de viudez que tengo hecho mis resoluciones de practicar las santas virtudes de humildad, obediencia, pobreza, paciencia y caridad, para honrar esas mismas virtudes en Jesucristo quien tantas veces me las ha ins­pirado por su amor:

Protesto también no ofender ya nunca más a Dios con nin­guna parte de mi ser y abandonarme enteramente al designio de su santa Providencia para que se cumpla en mí su voluntad, a la que me entrego y sacrifico para siempre, escogiéndola por mi soberano consuelo.

Y, si por mi ordinaria flaqueza llegara a quebrantar estas santas resoluciones, lo que Dios no permita por su bondad, imploro desde ahora la asistencia del Espíritu Santo para que me envíe prontamente la gracia de convertirme, ya que no quie­ro permanecer ni un solo instante desagradando a Dios. Esta es mi voluntad irrevocable que confirmo en presencia de mi Dios, de la Santísima Virgen y del Angel de mi Guarda y todos los Santos, ante la faz de la Santa Iglesia militante que me oye en la persona de mi padre espiritual que, al ocupar para mí en la tierra el lugar de Dios, debe, por favor, con su caritativa direc­ción ayudarme a llevar a la práctica estas mis resoluciones y hacerme cumplir la santa voluntad de obedecerle en esto.

Dígnate, Dios mío, confirmar estas santas resoluciones y consagración y aceptarlas en olor de suavidad; y así como ha sido de tu agrado inspirarme el hacerlas, otórgame la gracia de llevarlas a su realización, oh Dios mío, tú eres mi Dios y mi todo, así te reconozco y adoro, único y verdadero Dios en tres Personas, ahora y por toda la eternidad. Viva tu amor y el de Jesús Crucificado!» Luisa de Marillac

El Reglamento de vida en el Mundo viene a concretar con toda claridad su situación espiritual y su compromiso con Jesu­cristo (ANEXO).

Cristo va siendo verdaderamente para ella el centro hacia el que todo converge, al que todo va a parar, el foco del que todo procede y desde el que todo se irradia.

Junto a Vicente de Paúl, y orientada por él, fue siguiendo tam­bién su línea, no ir más que a Jesucristo, verlo todo a través de Jesucristo, y en Jesucristo inspirarse para todo.

Al impulso que Vicente provoca en el hacer de Luisa, se suma otro también muy fuerte y eficaz, el de la naturaleza misma de la obra que Dios quiere hacer con Luisa de Marillac hacia la que sin ella sospecharlo, la ha ido conduciendo durante muchos años.

Su propia vida y experiencia potenciaron su sufrimiento, un sufrimiento en ningún modo pegajoso o estéril, sufrimiento que nace en la cruz y retorna a la cruz pasando por el sufrimiento de los hombres. Tiene una fuerte devoción al Espíritu Santo, como se puede observar en sus escritos espirituales. Ella entra en el plan de Dios, tal como el evangelio lo revela. Este Espíritu Santo opera en el discernimiento espiritual.

Poco a poco, el gran amor que tenía a Cristo lo tradujo en un amor efectivo a los pobres. Fue al lado de Vicente de Paúl, quien le anima, estimula y le pide su colaboración.

Carmen Rodríguez

CEME, 2010

 

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