Luisa de Marillac y la formación de las HH. de la Caridad (IV)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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2.4. MUJER CERCANA A LOS POBRES: SER SIERVA, VIVIR SIRVIENDO

También este rasgo apareció como esencial en Margarita. Cuando conoció a Vicente de Paúl, no pudo contener el impulso a hablar con él y decirle quién era, y qué hacía. Le buscó y le dijo emocionada y con voz entrecortada: «¡Me gustaría servir a los pobres de esta manera!». Otras expresaban que les movía un gran deseo»‘ de servir a los pobres y constataban que experi­mentaban mucho gusto, mucha alegría, paz, dulzura y suavidac145 Y así, movidas por ese mismo atractivo fueron llegando las demás. Para situarse ante los pobres en actitud de siervas. Eran pobres campesinas. Eligieron vivir entre los pobres. Y decidieron ser siervas y vivir sirviendo.

Luisa de Marillac asumió con pasión la tarea de acompañar este modo de ser mujer entre los pobres. Un modo en el que ale­teaba el mismo espíritu de Jesucristo. Por eso, quería cultivar ese espíritu para que estuviera presente y vivo en cada Hija de la Cari­dad y además, mostrar acciones con los pobres, transmitir los conocimientos necesarios para servirles con eficacia, indicar las actitudes más adecuadas para estar con ellos, ejercitar maneras, perfilar un estilo. Comenzó enseñando a cuidar a los enfermos, a llevar una escuela y a administrar con rectitud los bienes de los pobres. Debían cultivar con cuidado la dulzura, el afecto, la afabilidad, la mansedumbre, la cordialidad, la paciencia, la estima la bondad, la caridad, la compasión, la humildad, la tolerancia, el respeto y la justicia. Había que servirles bien y hábilmente.

Las personas que decidían servir a los pobres en esta manera evangélica aparecían enlazadas en la misma trama que comenzó un caluroso día de agosto de 1617 en Chátillon les Dombes. Aquél día, Vicente de Paúl, se encontró con personas de corazón encendido. Y al contemplar lo sucedido, exclamó: «¿Quién puso fuego en el corazón de tantas personas que acudieron a soco­rrer a la familia enferma? ¿Fueron los hombres los que pusieron en los corazones el deseo de prestarles una continua asistencia, no solamente a aquellos sino a los que viniesen después? No, hijas mías, no fue obra de los hombres, está claro que Dios actuaba allí con su poder, porque los hombres no podían hacer aquello’. Eran mujeres con espíritu. Dios les había comunica­do un don especial para servir a los pobres. Ese espíritu les apor­taba un vigor y una virtud que alentaba y fortificaba su cuerpo para obrar. Era para ellas ánimo, valor, aliento, brío, esfuerzo, vivacidad, ingenio. No servían solo con sus propias fuerzas. Vivían entregándose totalmente a Dios y de él recibían una ener­gía capaz de superar todos los obstáculos, un ardor capaz de afrontar todos los retos y una audacia que les permitía poder correr todos los riesgos. Luisa conocía muy bien a Andrea, a quien Vicente visitó cuando estaba a punto de morir. Lleno de entusiasmo contó a Luisa lo que le había sucedido. Él le pregun­tó cómo se sentía, si tenía algo de qué arrepentirse en ese momento tan crucial. Ella respondió: «No tengo ninguna pena y ningún remordimiento, más que el de haberme deleitado mucho en el servicio de los pobres». Y como yo le preguntase: «Enton­ces, hermana, ¿no hay nada en el pasado que le cause temor?», ella respondió: «No, padre, no hay nada, a no ser que sentía mucha satisfacción al ir por esos pueblos a ver a esas buenas gentes; volaba de gozo por poder servirles».

Además, aquellas personas estaban llamadas a vivir, desde la fe, la experiencia de contemplar y servir a Jesucristo en el Pobre. «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una herma­na irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios. Como dice san Agustín, lo que nosotros vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pue­den engañarnos; pero las verdades de Dios no engañan jamás. Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el ser­vicio que hacéis a esos enfermos y lo considera, como habéis dicho, hecho a él mismo«. Eran mujeres contemplativas. Debí­an cultivar esa mirada que pone atención para percibir el paso de Dios. Esa mirada capaz de sorprenderse ante el misterio, capaz de dar la vuelta a la medalla y descubrir en la persona de los pobres toda su dignidad de hijos de Dios, todos los valores que poseían, todas las posibilidades con que contaban.

Y habían de «enseñar a los pobres a vivir bien». Esta expresión colocaba el concepto del hecho de vivir, frente a un referente. «Vivir bien» requiere confrontar el vivir con una jerar­quía de valores, con un código ético. Se está haciendo referencia a un modelo de vivir concreto, que tenga capacidad de conectar con las fuentes de la vida, que puede conducir a las personas a la plenitud. Ese modelo era el mismo Jesucristo y su Evangelio. Había que servirles al modo de Jesucristo. Había que servirles de tal manera que llegaran a acoger a Jesucristo y su mensaje de sal­vación. Y no se trataba de un modelo externo al que hubiera que acomodar las acciones. El evangelio tenía capacidad para des­pertar la vida en el interior como un surtidor que manaba ince­santemente. En su relación con los pobres, habían de transmitir­les un gran amor a la vida. Cubriendo primero las necesidades básicas, de supervivencia, seguridad y protección; sin olvidar también las necesidades psicológicas, de reconocimiento, afecto, amistad, aceptación, estima, autorrealización; y las trascendentes poniendo a los pobres en contacto con un Dios de vida. Por eso el servicio había de ser integral. Había que tener en cuenta el desarrollo de todas las capacidades personales: El servicio había de ser corporal y espiritual.

Este estar cercanas a los pobres, entre los pobres y ser pobres con ellos, el ser siervas y estar sirviéndoles, debía «ser preferido siempre», con generosidad y desprendimiento, «de la manera que se debe, sin buscar nuestra propia voluntad», sin buscarse a sí misma en ese servicio. Porque ellos eran sus Amos y Maestros. Así, debían vivir pobremente como ellos. Debían «aprender de los pobres» con un aprendizaje activo: «Que experimente en sí misma la necesidad que nuestros amos, los pobres enfermos, tie­nen de asistencia, de cordialidad y de dulzura«. No debían ser «demasiado sensibles consigo mismas» para que el servicio de los pobres no llegue a ser «perjudicado por falta de tiempo«.

  1. LA CLAVE ESTÁ EN VIVIR

Quedan por decir muchas más cosas que pueden iluminar el perfil de Luisa de Marillac como formadora de las primeras Hijas de la Caridad. Pero la amplitud de este trabajo obliga a seleccio­nar corriendo el riesgo de dejar fuera aspectos también importan­tes. En el momento en que vivimos, escribir, ¡se está escribiendo tanto…! Sabemos decir tantas cosas…, algunas importantes, otras bonitas, interpelantes, conmovedoras…; algunas que nos comprometen, otras que quedan bien; decimos tanto…, escribi­mos tanto…, se habla tanto…

Entonces y ahora, la clave está en vivir. A algunas personas nos aparece como uno de los signos de nuestro tiempo el deseo de vivir feliz, de vivir en plenitud. Ya lo era en tiempos de Jesús y, parece que también en el tiempo en que comenzó la Compa­ñía, a juzgar por la cantidad de veces que encontramos en los tex­tos de san Vicente y de santa Luisa, atribuidas a la experiencia de vida de las primeras Hijas de la Caridad, las expresiones felices, felicidad, dicha, dichosas.

Dejando a un lado la influencia que puede tener en nosotras la sensibilidad de nuestro momento cultural, la moda, e incluso el carácter de «signo del tiempo» que intuimos, es indudable que este ser Hija de la Caridad, Sierva de Jesucristo en los Pobres es un modo de ser mujer feliz, en plenitud. Pero ¿qué sucede, pues, cuando la experiencia de nuestro vivir no nos deja la seguridad interior, —pero como algo sentido—, de que estamos en camino de plenitud?

El Evangelio presenta a Jesucristo como el que vino, y viene también hoy, para que todos «tengan vida y la tengan en abundancia». A algunas de las personas que conocieron en vivo a Jesucristo les afloraba el deseo de ser felices. Y Él se atrevía a proponerles su evangelio como camino hacia la plenitud: «Si quieres tener vida, si quieres ser feliz…» Es el contrapunto a aquellos otros que «roban, matan y destruyen» la vida. Quizá se trate de una experiencia humana universal. La pasividad ante el hecho de que se nos robe la vida, de que pueda suceder que en nosotras muera la vida, de que se pueda destruir «lo vivo» que late en nuestro adentro, está presente también a nuestro alrede­dor. No solo porque algunos la arrebatan violentamente. Hay diferentes realidades que pueden destruir la vida. A nuestra mira­da, suelen aparecer disfrazadas. A veces, quizá ni somos cons­cientes de que están con nosotras. Otras veces les damos permi­so para que actúen. Son formas de pensar a modo de slogans, o clichés. Son sentimientos que permitimos nos habiten. Costum­bres a las que les hemos dado entrada en nuestra vida. Rutinas que han hecho costra en nosotras y que pretenden ser como una segunda naturaleza. Abandonos o huídas que nos llevan lejos de «lo vivo»… Son también opciones que tomamos, porque «se puede» y, «a ver qué pasa».

Es el momento de «dar vida a la vida»; de vivir lo que SOMOS; de vivir, de ser conscientes, de permitir que sea viven­cia todo lo que es esencial en nuestro ser Hijas de la Caridad hoy.

Y que nuestro vivir tenga los atributos que tiene lo vivo: alegría, viveza, dolor, paz, creatividad, entusiasmo, inseguridad, pacien­cia, espíritu, vigor, pasión, fortaleza, energía, fuerza, fragilidad, muerte, armonía, actividad, audacia, soledad, agilidad, resisten­cia, amor, riesgo… ¡VIDA!!! Se impone la necesidad de acoger la vida en toda su amplitud, complejidad, riqueza y misterio, como tu TODO. Hemos de saber gestionar y vivir intensamente las realidades paradójicas y/o contradictorias. Hemos de vivir en armonía realidades que nos aparecen como opuestas: el frío y el calor, el dolor y el gozo, la noche y el día, el amor y el odio, la muerte y la resurrección y un etc. casi infinito; porque todas ellas forman parte de la vida.

Y, por si acaso…, detengámonos un instante, tomemos con­ciencia y decidámonos a:

  • No dar nada por supuesto. Podemos mantenemos inmersas en estructuras que dan fachada exterior. Podemos estar repi­tiendo gestos y actos que no están conectados con lo vivo que habita en nuestro interior. Y así, parece que vivimos. Seamos valientes, atrevámonos a habitar nuestro interior más personal, el interior de la comunidad, y generemos vida.
  • Escuchar los sentimientos que nos habitan. En momentos concretos, podemos vivir asediadas por sentimientos diversos que nos resultan incómodos y nos introducen en una espiral de ruido y decepción. Y también podemos identificarlos, escucharlos y descubrir en ellos el anhelo de plenitud, el ansia de vivir, el deseo de Dios. Renuncie­mos a quedar atrapadas en sensaciones, vivencias y expe­riencias superficiales. Aprendamos a poner nombre a lo que acontece en nuestro interior y que fácilmente lo mag­nificamos buscando culpables fuera. Vayamos más aden­tro, ahondemos un poco más. Allí late una insaciable ansia de autenticidad, de plenitud, de trascendencia. Es la sed de Dios, el anhelo de comunión con Él.
  • Crecer en libertad para poder elegir aquello que queremos vivir y decidir «entrar en la práctica de». Nada se hará en ti sin ti. Podemos identificar con seriedad qué es lo que nos impide vivir en radicalidad. Nada que está fuera de nosotras nos quita libertad para vivir nuestra vida con vocación, respondiendo a la llamada. Ser libres para vivir y decidirnos a ello es un precioso reto.
  • Elegir la alegría y descansar en la confianza. Permitir que la alegría que anida en nuestro fondo aflore y dé brillo a nuestro vivir. Dejar que nuestro tono vital aparezca teñido de gozo, de alegre esperanza, de radiante alegría. Y dejar confiadamente la preocupación del vivir en el corazón amoroso del Padre. Confiar activamente, descansar en la confianza, en las exuberantes fuentes de la vida, en el cáli­do nido del amor, en esa roca firme que es el regazo, lleno de ternura, del buen Dios.
  • Orientar en la dirección correcta la relación de ayuda entre nosotras, entre compañeras, entre amigas. Acompa­ñar el seguimiento de Jesucristo. Animar el proceso de crecimiento, de ir más allá en nuestro desarrollo integral, también espiritual. Ayudar a encontrar el sentido en medio de nuestras crisis y a afrontar las situaciones conflictivas. Invitar a asumir todas las exigencias de nuestra vocación con responsabilidad. Apoyar los esfuerzos por superar las dificultades. Intentar neutralizar la queja y la cavilación. Aupamos y sostenemos en nuestra debilidad. Alentamos y empujarnos en nuestros logros. Invitar siempre a la ale­gría y al gozo.
  • Empezar a tomar pequeñas opciones personales que nos ayuden a vivir con autenticidad, intensamente, comprome­tidamente. Sin esperar a que otras lo hagan antes, sin dejar que nos vivan desde el exterior, sin pretender que tenga que suceder algo extraordinario, casi milagroso, para que las cosas sean de otra manera. Esta es nuestra hora, en nosotras está nuestra gran posibilidad: la fuerza del Espí­ritu que vive en nuestro hondón. Dejémosle el protagonis­mo; nos sorprenderá. Y, en cada una de nosotras está tam­bién la posibilidad de elegir en cada amanecer SER «buenas cristianas», buenas Hijas de la Caridad humildes y sencillas, felices. Elegir en cada momento VIVIR desde el amor, aquello que somos, en amplio despliegue de todas las capacidades y las actitudes que nos van a permitir LLEGAR A SER.

Vivir es una opción, una elección, una decisión. Ser feliz es una llamada a la que hay que responder. Y es también un arte. El arte de vivir en armonía con el Proyecto de Dios. Vivir apasiona­damente lo que somos es una preciosa aventura evangélica.

Deseo que podamos llegar a ver la vida en todo su esplendor.

Carmen Urrizburu

CEME 2010

 

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