Luisa de Marillac (y 19)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Ecos de la Compañía.
Tiempo de lectura estimado:

Vicente de Paúl – Luisa de Marillac: una amistad verdadera

OLYMPUS DIGITAL CAMERAUna misma misión unió a Vicente de Paúl y a Luisa de Marillac. Los primeros años en que iniciaron sus contactos, seguidos de aquellos en que el conocimiento mutuo se hizo más profundo y surgió la intensa colaboración; un período algo más difícil, después… todo ello sirvió para que llegaran a conocerse, a apreciarse y a ca­minar hacia adelante juntos. Su magnífica amistad está transida de humanidad y de santidad.

Lo espontáneo y auténtico de sus contactos dejan percibir la absoluta libertad que existe entre ellos. Ante los numerosos problemas que resolver y las decisiones que tomar, su amistad trasciende la mutua ayuda diaria y desemboca en una comu­nicación profunda. La fortaleza que emana de su amistad es tan inquebrantable como su Fe en Dios, en Jesucristo muerto y resucitado por la salvación de los hom­bres, en la que aquélla está enraizada.

Su amistad es «libertad»

La libertad, es decir, esa independencia de espíritu que no se ve dominada ni por el temor o el miedo, ni por prejuicio alguno, está a la base de las relaciones que existen entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Esa libertad les permite, con la ma­yor sencillez y veracidad, decir lo que piensan, dar su opinión, seguros de la acogida que van a encontrar en el otro. Esa libertad se construye a través de la aceptación de su propia responsabilidad y es una puerta abierta para la confianza mutua.

Luisa de Marillac, que teme siempre importunar a Vicente, le escribe en 1644:

«La confianza que nuestro buen Dios ha puesto en mi corazón hacia su caridad supera el temor que muy justamente debería tener de hacerme importuna…«

En 1655, en términos completamente diferentes, hace resaltar la libertad en que se encuentra para expresar su pensamiento:

«…Pido muy humildemente perdón a su caridad por la libertad que me tomo de hablarle con tanta llaneza. Lo he advertido al volver a leer la carta».

Libertad de expresión que se manifiesta día tras día cuando se comunican sus impresiones sobre la vida de las Hijas de la Caridad. A la hora de tomar una decisión, lo harán a la luz del Evangelio y de su propia reflexión sobre los acontecimientos:

«Tendremos que pensar en lo que hay que hacer con María Dionisia…»

Luisa propone los cambios que le parece necesario introducir en Chars, en don­de el párroco jansenista es bastante intransigente:

«Desde ayer se me ha venido al pensamiento proponer a su caridad si le parecería acertado, para no tener tantos choques con el Cura de Chars, enviar allí a Sor Juana Cristina en lugar de Sor Turgis y reservar a Sor Jacoba para Chantilly…»

Por su parte, tampoco Vicente hace hada sin consultar previamente a Luisa. Así vemos cómo le somete la carta que acaba de escribir al Abad de Vaux:

«Le he escrito al Abad de Vaux que está usted comprometida de palabra a proporcionar Hermanas a ocho lugares, antes de poder enviarle algu­nas a él. Vea, entonces, Señorita, si no estará esto en contradicción con lo que usted le dice…»

En 1650, la Marquesa de Maignelay se dirige a Vicente para pedirle dos Herma­nas para la parroquia de San Roque. Es una petición urgente: la Marquesa quiere contar con las Hermanas al día siguiente. Luisa se muestra un tanto reticente ante tal deseo y expone a Vicente los motivos que tiene para ello, sabiendo que éste no va a atreverse a dar una negativa a la hermana del antiguo General de las Galeras, Felipe Manuel de Gondi:

«…A esto se oponen dos dificultades, una que es necesario proponer a usted las que tendríamos que enviar y presentárselas para que las co­nozca, las que, antes de marchar, tendrían que hacer Ejercicios espiri­tuales; la otra dificultad es que esa muchacha que se quedó allí y al presente está casada, vive en la misma casa en que tienen que residir las Hermanas y que su vecindad es un peligro para nosotras. Le suplico humildemente se tome la molestia de decirme lo que debo hacer en esta ocasión para no descontentar a la Marquesa ni perjudicarnos».

La conquista de la libertad personal pasa por la toma de conciencia de las propias reacciones, de las propias tendencias, de las motivaciones que le llevan a uno a ele­gir. Ahora bien, juzgarnos con equidad es siempre difícil. La amistad que no intenta nunca dominar o convencer permite, mediante la confrontación de las ideas y de los puntos de vista, llegar a un conocimiento más profundo de uno mismo. Conven­cida de ello, Luisa de Marillac desea esa relación que mantiene a la persona siendo ella misma y la hace crecer:

«…Yo le suplico muy humildemente, señor, que las debilidades de mi es­píritu que le he hecho ver no induzcan a su caridad a la condescenden­cia, haciéndole pensar que deseo acceda usted a mis pensamientos, porque esto está completamente alejado de mi voluntad: no experimen­to mayor placer que cuando razonablemente me veo contrariada, con­cediéndome Dios casi siempre la gracia de apreciar la opinión de los demás mucho más que la mía, muy especialmente cuando se trata de su caridad, aun en asuntos que durante algún tiempo me habían resul­tado ocultos».

Vicente y Luisa no pretenden influirse ni hacer que prevalezca su propia opinión, menos aún hacerse valer ante el otro. Lo que pretenden es encontrar juntos cómo conseguir que la tarea que llevan a cabo ambos pueda llegar a ser un paso para ro­dear de mayor humanidad a los que sirven y, al mismo tiempo, anuncio de Jesucris­to. Ese carácter de desinterés que tiene su amistad es lo que les permite expresar con toda verdad su opinión.

Durante la larga estancia que hizo por el oeste de Francia en 1649, Vicente de Paúl visita las diversas casas de Hijas de la Caridad. Antes de que llegue a Nantes, Luisa le habla de María Thilouse, que siempre ha sido problemática:

«… si su caridad ve que es necesario sacar de allí a Sor María, de Tours, mejor sería devolverla a Tours que hacerla venir a París. Hemos proba­do con ella en varios lugares y al enviarla a Nantes le dije que esa era la última prueba. Ordene usted las cosas como a su caridad le parezca y según Nuestro Señor se lo inspire…».

A Vicente, siempre bondadoso, le repugna un despido demasiado rápido y pro­pone hacer una última prueba en Richelieu:

«Es necesario enviar a María a Richelieu; una vez allí, ya pensaremos en la forma de enviarla a su casa».

Una Hermana de San Germán que ha estado enferma no acaba de reponerse, pide ir a descansar a un lugar bastante alejado. Luisa reconoce la necesidad que tie­ne esta Hermana de un cambio de aires pero no está de acuerdo con un viaje tan largo. Expresa así su punto de vista al «Señor Vicente», con quien la Hermana va a entrevistarse:

«… Me parece que el cambio de aire le vendría bien y que el de aquí (el de la Casa Madre, que en el S. XVII quedaba a las afueras de París) le sentará mejor que cualquier otro.

Permítame le diga, mi muy Honorable Padre… que preveo muchos inconvenientes si su caridad permite ese viaje, ya que cosa semejante se ha negado a otras, por varias razones…»

¡Con qué confianza recíproca, con qué libertad, Vicente de Paúl y Luisa de Mari­Ilac han intercambiado también sus pareceres con relación al porvenir de Miguel! (ver cap. 9).

Su amistad es «comunicación»

Cuanto más se comunican, tanto más descubren Vicente de Paúl y Luisa de Ma­rillac su complementariedad. Se comunican no sólo sus puntos de vista acerca de los diversos acontecimientos, sino también lo profundo de su ser: sus recursos, sus cualidades, su amor a Jesucristo. Y la riqueza mutua que se desprende de esta co­municación supone el lento caminar de toda germinación.

Vicente comunica poco a poco a Luisa la bondad de su mirada dirigida a todo, su paz profunda. Con frecuencia ha sido testigo del temperamento vivo y rápido de Luisa, de sus juicios un tanto severos. Lentamente, con infinita paciencia, Vicente exhorta a Luisa a que viva en paz y a que modifique su mirada, a que se configure con Jesucristo, manso y humilde de corazón.

La salida de la Compañía de las jóvenes que abandonan su vocación, supone un dolor inmenso para la Superiora. Al mismo tiempo, juzga con severidad a esas muchachas y se reconoce ella culpable de no haber sabido ayudarlas. Vicente la se­rena, la tranquiliza:

«Se muestra usted demasiado sensible ante la salida de sus hijas. En nombre de Dios, Señorita, esfuércese en adquirir la gracia de la acep­tación de tales momentos. Es una misericordia de Dios con la Compañía el que la purgue de esta manera y esto será una de las primeras cosas que Nuestro Señor le hará ver en el cielo».

Hay algunas Hermanas a las que les resulta difícil, si no imposible, adquirir la competencia necesaria para cuidar a los enfermos, hacer sangrías, enseñar el cate­cismo; otras se niegan a aportar el esfuerzo necesario para adquirir esa formación, que encuentran difícil y tediosa… Y Luisa se plantea el interrogante de si deben, en tales condiciones, permanecer en la Compañía. Vicente hace un último llamamiento a su reflexión y a su paciencia:

Sobre el deseo que tiene usted de deshacerse de las Hermanas inúti­les, no acabo de entender de qué inutilidad se queja usted: si es de las que no valen o no saben actuar después de haberlas ejercitado du­rante algún tiempo y no tienen efectivamente ninguna cualidad y nin­guna esperanza de enmienda, hará usted bien en despedirlas; pero si es de las que no están aún preparadas para las ocupaciones de la Cari­dad, y por eso no pueden dedicarse a ellas, o están impedidas por al­guna enfermedad de la que pueden curar, me parece que habrá que tener con ellas toda la paciencia que se pueda».

Poco a poco, Luisa de Marillac va tomando conciencia clara de sus impacien­cias, de su ansiedad, de su tendencia a dramatizar. Y agradece a Vicente la ayuda que le presta:

«Agradezco humildemente a su caridad el bien que me ha hecho. Me parece que cuando me dejo llevar por mis temores, que me ponen en estado de verdadera aflicción, necesito que se me trate con un poco de dureza…»

Los consejos de Vicente le son de una gran ayuda en esa búsqueda de paz:

«…Quédese tranquila; hace usted lo que hay que hacer según Dios…».

La benevolencia, la mansedumbre, la longanimidad que caracterizan a Vicente de Paúl, van transformando progresivamente el comportamiento de Luisa de Mari­Ilac. En 1655, escribe a propósito de una dificultad surgida en el Hospital de Saint Denis:

«… Ruego a su caridad me diga si tengo yo algo que hacer a este res­pecto, si no es admirar la Providencia, proponerme el dar a conocer su bondad y sus efectos y estar persuadida de que es buena cosa sufrir y esperar con paciencia la hora de Dios en los asuntos más difíciles, a lo que con tanta frecuencia se resiste mi temperamento demasiado precipitado…»

En 1658, Luisa puede, a su vez, invitar a la fogosa Ana Hardemont a que viva en paz las dificultades con que tropieza en Ussel:

«… No se inquieten si pasa mucho tiempo sin que vean las cosas en el estado en que podrían desearlas; hagan lo que buenamente puedan con gran paz y tranquilidad para dejar lugar a las disposiciones de Dios sobre ustedes…»

Simultáneamente, Luisa de Marillac comunica a Vicente de Paúl su sentido de la organización y su perspectiva acerca del porvenir de la Compañía. Con frecuencia ha comprobado que los múltiples quehaceres de Vicente le hacen olvidar las reunio­nes previstas con las Hijas de la Caridad. Sencillamente, se dedica a ser su memoria y antes de la Conferencia le manda una esquelita recordándosela:

«Ruego humildemente a su caridad recuerde… la necesidad que tene­mos de la conferencia que ha tenido usted la bondad de prometernos para mañana jueves…».

«…Ruego respetuosamente a su caridad recuerde que de hoy en ocho días nos ha prometido la Conferencia».

Plenamente convencida de la riqueza de las enseñanzas de Vicente, Luisa desea tomar notas de las conferencias para poder leerlas posteriormente y comunicarlas a las Hermanas que se hallan lejos y, más adelante, a las que han de formar la poste­ridad. Lo que él — Señor Vicente— ha negado a los Sacerdotes de la Misión acaba por concederlo a la delicada insistencia de Luisa de Marillac. En enero de 1643, ésta, apenas terminada la reunión, solicita las notas de que se ha servido el conferen­ciante:

«… rogarle encarecidamente nos envíe el resumen de los puntos que tenía usted; creo que con ello recordará buena parte de lo que nuestro buen Dios nos ha dicho por su boca…»

Así es como ha llegado hasta nosotros la magnífica conferencia sobre las virtu­des de las buenas aldeanas. El 19 de agosto de 1646, Vicente dirige la conferencia a las Hermanas en ausencia de Luisa, que ha marchado a Nantes a acompañar a las Hermanas. Isabel Hellot es la que toma nota del acta de la conferencia y la some­te a Vicente de Paúl. Sin disimular su emoción, éste se la remite a Luisa:

«Le envío el resultado de la conferencia a nuestras queridas Hermanas, redactado por Sor Hellot. Acabo de leer una parte del mismo. Le con­fieso que he llorado un poco en dos o tres ocasiones. Si no regresa usted pronto, devuélvanoslo después de haberlo leído».

Luisa de Marillac lleva en sí misma una profunda convicción que mucho querría transmitir a Vicente de Paúl. Como mujer intuitiva que es, se da cuenta de que la Compañía de las Hijas de la Caridad no podrá quedar «sólidamente establecida» si, en cada diócesis, se encuentra sometida a la dependencia de un Obispo. Luisa cree firmemente que sólo la dependencia absoluta del Superior General de la Congrega­ción de la Misión puede asegurar la verdadera fidelidad al Carisma. El servicio a los Pobres es la finalidad de la Compañía. Ahora bien, para mantener ese servicio, querido por Dios, las Hijas de la Caridad tienen que seguir siendo unas hu­mildes sirvientas. Los Sacerdotes de la Misión, formados en el mismo espíritu por el mismo fundador, pueden ayudarlas a conseguir esa fidelidad. Para mantener el servicio, tienen que estar cerca de los pobres, en sus mismas casas, como Dios lo ha dispuesto desde su fundación. Depender del Superior General de la Congrega­ción de la Misión es evitar que un Obispo pueda un día transformar la Compañía en Orden Religiosa de clausura.

Con toda su agudeza femenina, Luisa de Marillac se dirige a Vicente:

«La manera en que la divina Providencia ha querido que le hablara en toda ocasión, hace que en ésta, en que se trata del pensamiento de ejecutar la santísima voluntad de Dios, le hable muy sencillamente…»

Muchos años habrán de transcurrir hasta que Vicente se deje convencer y acep­te modificar el documento de aprobación de la Compañía de las Hijas de la Caridad en el que quedará reconocido —él y sus sucesores— como Superior. Entonces Luisa de Marillac expresa su gratitud porque de esta manera las Hijas de la Caridad podrán proseguir la obra querida por Dios.

«¡Quiera Nuestro Señor, en su bondad, continuar por largos años la eje­cución de sus designios sobre la Compañía por la santa dirección de usted!«

Esa comunicación, ese compartir entre Vicente y Luisa se ha convertido verda­deramente en una comunión en la que cada uno da y recibe, en la que cada uno pone al servicio del otro cuanto es y cuanto tiene. Su amistad verdadera, fundamen­tada en la sólida convicción de que tienen una misma misión, les ha llevado a una aceptación profunda de sus diversidades y les ha proporcionado un inmenso enri­quecimiento recíproco.

Su amistad es «fortaleza»

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac saben que pueden contar el uno con el otro en toda circunstancia. Con toda claridad lo expresa así Luisa en 1657:

«… Las necesidades de la Compañía nos urgen un tanto a que nos reu­namos con usted; me parece ver mi espíritu embotado y en tinieblas, ¡tan débil es! Toda su fortaleza y su descanso están después de Dios, en ser por amor de El, mi muy honorable Padre, su muy humilde y obe­diente servidora».

La amistad que existe entre Vicente y Luisa es una fuerza, porque no es un bus­carse cada uno a sí mismo, sino un buscar juntos la configuración con Jesucristo. ¡Cuántas veces han hecho la «lectura», a la luz del Evangelio, de los acontecimientos sencillos de cada día! El Párroco de San Roque acaba de despedir a las dos Herma­nas. Vicente medita este despido mientras escribe a. Luisa:

«… Si se trata de honrar la pena que tuvo Nuestro Señor cuando se veía echado de los sitios en que estaba, y también sus apóstoles, entonces será bueno tener semejantes ocasiones para unirse al divino querer».

La muerte de los que fueron fieles compañeros de ruta es un momento en el que la amistad se atreve a expresar toda su ternura, en el que la fidelidad se convier­te en fortaleza para superar el dolor causado por la pérdida del ser querido. En 1653, Vicente se siente destrozado por la muerte, en Polonia, de su querido Señor Lambert aux Couteaux. Luisa le escribe manifestándole su sentimiento y su afecto:

«… ¿No soy muy osada, mi muy honorable Padre, al atreverme a mez­clar mis lágrimas con la acostumbrada sumisión de usted a las disposi­ciones de la divina Providencia, mis flaquezas con la fortaleza que Dios le da para cargar con la parte tan grande que Nuestro Señor tan a me­nudo le ofrece en sus sufrimientos?… su caridad me ha enseñado a amar la voluntad de Dios tan justa y misericordiosa…»

En 1658, es Vicente quien se ve en el caso de consolar y fortalecer afectuosa­mente a Luisa por el fallecimiento de la querida Sor Bárbara Angibous:

«… Entre tanto, honremos la paz con que aceptó la Santísima Virgen la voluntad de Dios en la muerte de su Hijo».

Honrar la vida de Jesucristo en la tierra, configurar con la Suya nuestra vida… esos consejos que con tanta frecuencia han partido de Vicente o de Luisa para ani­mar a las Hijas de la Caridad, han empezado por vivirlos plenamente ellos mismos. Y ahí radica la verdadera fuerza de su amistad.

Ese apoyo fiel y seguro, Luisa lo ha encontrado de manera especial en Vicente

«… me es imposible buscar consuelo en nadie más… ¡Qué dolor tan grande…! «

Vicente de Paúl se ha esforzado por comunicar paz a aquella madre maltrecha y angustiada:

«… Deje obrar a su divina Majestad; él mostrará a la madre que cuida de tantos niños la satisfacción que de ella tiene, y lo hará mediante el cuidado que El tome de su hijo, cuidado que no podrá usted superar nunca en bondad».

Si la edad y las enfermedades alteran cada vez más la salud de Vicente y la de Luisa, las múltiples atenciones recíprocas revelan la delicadeza de su amistad:

«Suplico humildemente a su caridad, inquiere Luisa, me permita que le pida noticias verdaderas de su salud, y, por amor de Dios, no tenga prisa en salir».

«Le doy muy humildemente las gracias a la Srta. Le Gras —escribe por su parte Vicente de Paúl— por el cuidado que tiene de mi salud, y le pido a Nuestro Señor que le devuelva la suya».

Luisa, que ha descubierto las propiedades curativas del te, no deja de ponerlo de relieve ante Vicente. Sigue con gran atención la evolución de las úlceras de las piernas de éste y sufre como suyos propios sus dolores. Con toda verdad podría decir: «me duele su pierna». Luisa propone técnicas sanitarias y medicaciones diver­sas:

«(eso) contribuirá al alivio de sus pobres piernas.»

El «Señor Vicente», que se encuentra verdaderamente molesto y enfermo, acepta con buen humor los tratamientos indicados y se pone en manos de su enfermera:

«… podrá juzgar su caridad si es conveniente que lo tome mañana y a qué hora. Haré lo que usted me indique, con la ayuda de Dios. Esta noche y por la mañana, me he encontrado un poco calenturiento. Aca­bo de tomar el té».

¡Qué bello es leer el «gracias» que mutuamente se dirigen al final de su vida! En marzo de 1659, Vicente de Paúl (que tiene 78 años) escribe a Luisa: cuando se ha sentido atormentada por la conducta de su hijo Miguel. En aquellas horas, las más dolorosas, Luisa no ha vacilado en dirigirse a Vicente:

Nunca la caridad me ha parecido tan estimable y amable como ahora. ¡Bendito sea Dios que manifiesta tan bien su amor en el de usted, a quien doy de nuevo las gracias con todo mi corazón!

En enero de 1660, dos meses antes de su muerte, Luisa agradece, a su vez, a Vicente la firmeza con la que ha sostenido la obra de Dios frente a todas las oposi­ciones.

Con esa misma sencillez, los dos van a ayudarse a dar el paso para «salir de este mundo» y nacer a una vida nueva. La felicitación de año nuevo que se dirigen en los últimos días de 1659, son el reflejo de su mutuo conocimiento y de su profun­do deseo de ser fieles a Dios:

«A El suplico se la conserve —la poca salud que Dios le da— hasta el total cumplimiento de sus designios sobre usted, para gloria suya…»

Vicente dicta a su secretario, el Hermano Ducourneau, unas líneas para la Srta. Le Gras:

«Le deseo a la Señorita Le Gras como aguinaldo la plenitud del Espíritu para su alma, y a su Compañía la conservación de tan buena madre, para que ella le comunique cada vez más los dones de ese mismo Espí­ritu…»

En su búsqueda común de adhesión plena a Dios, suavemente aceptan la priva­ción de volverse a ver. En octubre de 1658, Luisa expresa lo que más la apena:

«Estoy un poco apenada por tan larga privación de hablarle. Dios lo quiere así puesto que lo permite.»

Un año después, con toda serenidad, escribe, el 24 de diciembre de 1659:

«… mi impotencia para hacer ningún bien me impide tener ninguna co­sa grata a Nuestro Señor que poder ofrecerle… a no ser la privación del único consuelo que su bondad me ha proporcionado desde hace 35 años, y que acepto por su amor tal y como su Providencia lo orde­na…».

La amistad de Vicente y Luisa ha alcanzado ahora un nivel que sobrepasa la ne­cesidad de verse; esa amistad se ha hecho tan sencilla, tan transparente que puede prescindir de todo soporte humano. A Luisa agonizante, Vicente envía este mensaje de palabra:

«Usted marcha la primera, Señorita; si Dios me perdona mis pecados, espero ir a reunirme pronto con usted en el cielo»

La amistad vivida por Vicente de Paúl ha logrado reunirlos —salvando sus diferencias—, con la certeza de que estaban cumpliendo la voluntad de Dios.

Esa amistad encuentra su fuente y su modelo en Jesucristo que, por su Encar­nación, reveló el Amor de Dios a la humanidad.

Esa amistad se apoya en la autenticidad, es decir, en la aceptación profunda de la identidad del otro, en el reconocimiento y respeto de su complementariedad.

Esa amistad ha llegado a ser comunión, a imagen de la Santísima Trinidad, el gran misterio de Dios en el que se vive, dentro de la unidad y la diversidad, el don, la entrega recíproca.

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac han enriquecido a la Iglesia con sus funda­ciones al servicio de la Evangelización y de los Pobres; pero, sobre todo, han ilumina­do al mundo con el testimonio de su vida sencilla, humilde y llena de Amor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *