Luisa de Marillac, una mujer del siglo XVII (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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FORMACIÓN HUMANA DE SIRVIENTA

Pero la pequeña Luisa había sido excluida de la familia Marillac por sus familiares y por las leyes civiles, debido a su misterioso nacimiento. Al no recibir ningún título de nobleza ni tener bienes para pagar la estancia en Poissy, su «padre», Luis de Marillac, la sacó de allí y la puso en un internado regentado por una señorita. Y siempre nos quedará la duda de si la sacó de Poissy por­que no era noble, porque los bienes que tenía Luisa eran escasos, o fue, y parece lo más probable, para prepararla para el matrimo­nio con un burgués o un funcionario.

En el Paris de aquella época empezaban a propagarse los internados laicos que formaban a las hijas de la nobleza provin­ciana y a las jóvenes de clase media para un matrimonio con un noble de provincia, un funcionario o un ciudadano de clase media, que era a lo que podía aspirar la joven Luisa de Marillac. Hay pocos datos para que los historiadores modernos puedan lle­var una investigación sistemática de estos internados. Se sabe, sin embargo, que en ellos se formaba a las internas para poder relacionarse con personas de cualquier clase social, para la admi­nistración de la casa, hacer las labores domésticas más comunes y dirigir a las sirvientas. Para ello tenían que hacer prácticas ellas mismas en la limpieza, cocina, lavadero, mezcladas, a veces, con otras trabajadoras de «oficio».

Lógicamente, si Luisa de Marillac se pone a reflexionar sobre su vida pasada tiene que deducir que Dios la había escogido para fundar la Compañía, sin duda alguna, porque era la persona apro­piada y capaz de llevar adelante la fundación que iba a hacer el Dios Padre de los pobres. Y en esa capacidad entraba como esen­cial todo lo que había aprendido en aquel internado. Todas las funciones domésticas de servicio y organización que había apren­dido allí las necesitará después para enseñárselas a sus hijas, sir­vientas de los pobres y directoras en muchos establecimientos, aunque la mayoría fueran chicas campesinas sin cultura y sin los conocimientos suficientes para enseñar a las niñas, cuidar a los enfermos o hacerse cargo de la dirección de un hospital; y hasta algunas sin la costumbre de tratar con mujeres de la nobleza.

Solamente teniendo presente su formación en aquel internado laico, podemos entender que una mujer burguesa del siglo XVII pudiera redactar aquellos reglamentos tan acertados para las Hermanas que se dedicaban a las escuelas, a los Niños abando­nados, a los hospitales, a los ancianos, a los galeotes, a los pobres de las parroquias, y aún concretar los oficios de la Casa central. Los detalles de cómo tratar, vestir y dar de comer a los niños, de cómo curar a los enfermos o emplear las toallas y las servilletas, de cómo ocupar a los ancianos o limpiar los lugares de los gale­otes, los aprendió en aquel internado desde joven.

No DEBÍA SER RELIGIOSA

Igualmente comprendió que tenía que ser una Marillac, pero sin ser noble. Por ser una Marillac tuvo la educación y la forma­ción de una religiosa noble y se casó con un burgués, pero de haber sido noble no hubiera podido ser en aquella época Hija de la Caridad. De haber sido noble, fácil que hubiese sido religiosa con clausura, seguramente dominica como su pariente Luisa de Marillac. Lo más común era que las niñas internas en los monas­terios y conventos, al llegar a la juventud, cambiaran las aulas de las internas por el de las novicias sin pasar por el mundo. Luisa, interna desde los dos meses en Poissy, de ser noble hubiese pasa­do al noviciado de las dominicas. Pero no lo era y por ello, tam­poco podía profesar en aquel convento que el Rey Felipe el Her­moso donó en 1303 a las dominicas exclusivamente para mujeres de la nobleza».  Es cierto que los Marillac tenían poder suficiente para obtener de la Reina Regente la dispensa de nobleza y de la Iglesia, la dispensa de legitimidad, pero los Marillac sabían que Luisa nunca llegaría a priora ni a abadesa y ellos no lograrían ni dominio ni ingresos de los bienes del monasterio. Por otra parte, a la familia, considerada como católica devota, le aterraba que se descubriera los orígenes de Luisa, acaso de nacimiento punible: sacrilegio, incesto o adulterio. Y sus orígenes, sin la menor duda, los conocía Luisa de Marillac, al menos desde que salió de Poissy.

Seguramente fue a los 16 años, al contemplar a las capuchi­nas, recientemente llegadas a Paris, cuando soñó por primera vez con ser capuchina. Habló con ellas y las escuchó que no la exi­gían ni nobleza ni nacimiento legítimo, y que la dote era posible para sus pocos bienes. También es probable que fuera entonces cuando hiciera el voto de ser religiosa. Y a los 21 años lo inten­tó e hizo alguna experiencia para probar que sí aguantaría las penitencias de la Orden, pero los Marillac y los Attichy, sus parientes, la obligaron a casarse con un burgués de clase media, Antonio Le Gras, para mejorar la posición política de la familia Marillac-Attichy.

Ahora lo entendía todo; hasta sus mismos orígenes. Con la mentalidad providencialista de aquel siglo, comprendió que no podía ser religiosa, tenía que ser casada, pues Dios la había esco­gido precisamente porque era viuda con un hijo varón. La mujer casada estaba sujeta al marido en todo, mientras que la soltera era una mujer mal vista en aquel siglo, sólo la viuda con dinero y, sobre todo, si tenía un hijo varón, era igualada, aunque no totalmente, a los hombres en libertad, derechos y obligaciones. Examinemos la importancia de la circunstancia de ser viuda con un hijo varón menor de edad.

SITUACIÓN DE LA MUJER

Luisa era una mujer del siglo XVII y sabía muy bien cuál era la posición social de una mujer en aquellos años. Ciertamente a nadie se le escapa al estudiar la situación de la mujer en el siglo XVII, que hay un mundo enteramente distinto entre la campesi­na y la reina o la princesa, y que a una y a otra no se le puede aplicar indistintamente la situación de la mujer en aquel siglo, pero en la actualidad intuimos que en general la mujer era un ser humano excluido de la sociedad. Puede extrañar que clasifique a las mujeres como personas excluidas, ya que con ello estoy excluyendo de la vida social a la mitad de los habitantes de Fran­cia en el siglo XVII. Pero así era. Escuchemos si no lo que pone el abad Michel de Pure en boca de una de las heroínas de su novela La Précieuse: «Yo fui una víctima inocente, sacrificada a motivos desconocidos y a oscuros intereses de familia —pero sacrificada como una esclava, atada, aplastada, sin tener la liber­tad de exhalar suspiros, de manifestar mis deseos, de poder ele­gir—. Se aprovechaban de mi juventud y de mi sumisión, y me enterraron, o mejor, me sepultaron viva en el lecho del hijo de Evandro». Lo dice una protagonista de novela, pero en la reali­dad lo podrían haber dicho María de La Noue, mariscala de Temines, casada a los 13 años con el señor de Chambret, de 55 años, hombre brutal, enfermo y cubierto de úlceras», y tantas mujeres como cuenta Tallement des Réaux.

La mujer era un ser excluido, porque muy raramente podía elegir su destino ni actuar civilmente como una persona adulta y libre. Estaba excluida de la ciudadanía política o del derecho a ejercer el poder político, con algunas excepciones, como las Rei­nas Regentes. Cuando Luisa de Marillac pretende firmar con los administradores del hospital de Angers el contrato de la instala­ción de las Hijas de la Caridad, los administradores se oponen porque es mujer, y únicamente se lo permiten cuando san Vicente, Director de las Caridades, se lo autoriza como delegada suya. Estaban excluidas de la ciudadanía civil o derecho de propiedad, de expresión, de creencia y de disponer de sí misma, a excepción de las viudas que tuvieran bienes suficientes para criar a los hijos, como lo era la señorita Le Gras; y de la ciuda­danía social o derecho de participación igualitaria en la vida pública y en los bienes sociales, pero tampoco esta privación se aplicaba a la señorita Le Gras, porque tenía que defender los derechos de su hijo menor de edad.

Si lo tenemos en cuenta, no debieran escandalizarnos dos fra­ses crueles, pero significativas que escribe Mme. de Sévigné sobre las mujeres jóvenes que quedan viudas. Una: «Las jóvenes viudas no tienen apenas de qué lamentarse; serán felices por ser dueñas de sí mismas o por cambiar de amo». Y la segunda: «Tris­te consuelo es la esperanza de verse viuda, pues este favor del cielo es siempre demasiado tardío, y nuestros mejores tiempos se han pasado ya cuando ese día llega». Y lo escribe una mujer bella y rica, nieta de santa Juana Francisca de Chantal, que quedó viuda a los 25 años con dos hijos y rechazó a numerosos preten­dientes. También nos consta que santa Luisa, viuda joven y guapa con un hijo, los rechazó.

Desde el momento en que nacía una niña legítima quedaba definida, con independencia de su rango social, por una relación o dependencia a un hombre, padre, marido, hermano o tutor. A Luisa un Tribunal de Justicia le puso un tutor para que defendie­ra sus bienes. Hay una perfecta continuidad del papel del padre y del marido, y ella formaba parte del patrimonio de uno de los dos. A la autoridad del primero sucede el poder del segun­do. Por una parte, ellos eran sus responsables legales, a los que tenía que estar sumisa, y por otra, ellos la guardaban y la defen­dían de las violencias y choques de la dura realidad de aquel siglo. Soltera o casada estaba considerada por la ley como una menor y podía ser tratada y aún golpeada por el marido de la misma manera que lo había sido por el padre.

Si las farsas o comedias de Moliére tuvieron tanto éxito entonces y todavía son actuales, en cierto modo se debe a que reflejan fielmente la cruda realidad en que vivían las mujeres.

Y como estaba subordinada al marido, la mujer adúltera podía ser encerrada en un convento o condenada a muerte, mien­tras que el adúltero solamente era condenado al destierro tempo­ral o a pagar una multa; y como la matriz no transmite nobleza, la aristócrata que se casaba con un plebeyo perdía su nobleza, pero conservaba su categoría el gentilhombre que se casaba con una mujer plebeya.

Y si la mujer estaba sometida al hombre, su amo, y era éste quien le daba techo para cobijarse, a la mujer trabajadora se la pagaba menos que al hombre, a pesar de que toda mujer que pen­sara en casarse no podía ser una carga para el marido. O llevaba una buena dote entre las capas altas de la sociedad o trabajaba, si era de clase pobre; de lo contrario, ningún hombre obrero o cam­pesino se casaría con ella. De ahí que las chicas pobres se pusie­ran a trabajar desde los 12 años con el fin de tener un ajuar sufi­ciente cuando formasen una familia.

Y por esta dependencia al varón, la muerte del marido ocasio­naba tremendas consecuencias sociales, económicas y psicológi­cas, a no ser que la viuda formara parte de las capas altas de la nobleza, del dinero o tuviera, al menos, bienes suficientes para vivir y educar a los hijos con cierto desahogo, como era el caso de la señorita viuda Le Gras que sólo tenía un hijo. Sin embargo, éste fue el principal motivo por el que fracasaron las primeras conversaciones para encontrar mujer para su hijo, y amenazó con romper las conversaciones con la familia de la segunda joven con la que se casaría. Y lo admirable es que Luisa de Marillac lo comprendía, como le escribe a Vicente de Paúl: «Entro en los sentimientos que la prudencia humana da a esta buena joven que, por el conocimiento que tiene de él y de los pocos bienes que yo puedo dejarle, ve que no puede esperar llegar nunca a reunir una fortuna, teniendo entre los dos apenas para sostener una pequeña familia, y como de ordinario las cargas caen sobre los que menos medios tienen para sobrellevarlas, el pensamien­to de la muerte y de dejar unos pobres huérfanos, la lleva a temer meterse en ese peligro».

Benito Martínez

CEME 2020

 

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