Luisa de Marillac formadora de los laicos (I)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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  1. INTRODUCCIÓN Y CIRCUNSTANCIAS AMBIENTALES

Cuando se me pidió este trabajo lo primero que se me ocurrió es ir a las biografías de Santa Luisa. En la primera biografía, escrita por Nicolás Gobillón catorce años después de su muerte, encontré esta cita: «Desde el momento en que comenzó las reu­niones, las damas acudieron en gran número y quedaron encan­tadas con sus charlas». El hecho lo citan posteriormente todos los demás biógrafos: Luis Baunard (biógrafo del proceso de canonización), Ponciano Nieto, Leandro Daydi, Dominique Poinssenet, Jean Calvet, José Dirvin y Benito Martínez. Este último es el que mejor trata el tema, aunque también muy poco desarrollado, ya que se centra más en su misión como formadora de las Hijas de la Caridad.

Al abordar el tema tengo presente, desde los comienzos de mi reflexión, las tres premisas que el Concilio Vaticano II nos seña­la en el Decreto sobre el Apostolado seglar: 1) El laicado cristia­no tiene hoy en la Iglesia una misión insustituible; 2) El aposto­lado de la caridad, esencial en la vida de la Iglesia, requiere la presencia y el compromiso de los laicos; 3) El laicado católico necesita una espiritualidad fuerte y firme. Estas premisas nos las ha repetido el Papa Juan Pablo II en la exhortación Vita Consecrata en el número 54 cuando nos habla de la colaboración y comunión con los laicos para la misión compartida y vuelve sobre ellas en la Exhortación Caminar desde Cristo o programa pastoral para la vida consagrada del tercer milenio.

Debo pues advertir que he abordado el estudio del tema desde esta triple perspectiva y he podido comprobar con gozo que Santa Luisa es totalmente actual, que su vida y sus enseñanzas en lo que se refiere a la formación de los laicos está en total sin­tonía con el sentir y el magisterio actual de la iglesia.

Al comenzar esta conferencia me viene a la memoria la frase de Jean Calvet referida a Santa Luisa: Poseía el gusto, la pasión y el arte de enseñar porque sabía lo que vale el conocimiento y que el alma está hecha para conocer. Formar a otras personas es enseñar, transmitir principios, ideas, conocimientos, convic­ciones y modos de actuar, criterios para saber situarse ante la vida de manera positiva y esperanzada, es ofrecer claves para leer la historia como paso de Dios por nuestra vida; es también enseñar a mirar el futuro con responsabilidad y esperanza, así como infundir principios de sensibilidad hacia los pobres para poder servirlos como hijos de Dios, como amos y señores según el Evangelio. Lo sabemos bien quienes hemos desempeñado la tarea de la educación la mayor parte de nuestra vida.

Esto es lo que hizo Luisa de Marillac en la Iglesia francesa del siglo XVII. Transmitió sus convicciones de fe, sus ideas sobre la vida y sobre Dios, sus conocimientos e ideas sobre la sociedad de su tiempo, sus modos y criterios de acción como mujer devota y caritativa y, sobre todo, sus principios, actitudes y formas de servir a los pobres. Esta es la razón por la que el Papa Juan XXIII la declaró el 10 de febrero de 1960 patrona de todas las Asociaciones Sociales de Caridad, y éste es el motivo por el que volvemos hoy nuestra mirada sobre ella al iniciarse el año jubilar vicenciano, con motivo del 350 aniversario de la muerte de san Vicente y santa Luisa. Con esta reflexión y estu­dio pretendo rendir un pequeño homenaje a santa Luisa en el pórtico del año jubilar vicenciano que vamos a iniciar el próxi­mo 26 de septiembre.

Antes de entrar de lleno en el tema conviene que recorde­mos las circunstancias ambientales de la época en torno a la función, misión y formación de los laicos en la Iglesia france­sa del S. XVII.

1 .1. LOS LAICOS EN LA IGLESIA DEL SIGLO XVII FRANCÉS

Para conocer su situación tenemos que asomarnos forzosa­mente a la obra de René Taveneaux: El catolicismo francés en el siglo XVII. Con rigor y detalle su autor nos cuenta cómo viven los obispos, los párrocos, los religiosos y las grandes institucio­nes religiosas, pero apenas dice nada de los laicos. Tan sólo Taveneaux cita como creación de un laico, Henry de Levis, duque de Ventadour y lugarteniente del rey en Languedoc, la crea­ción de la Compañía del Santísimo Sacramento. Esta Compañía era ante todo una confraternidad de piedad. Las reuniones tenían lugar cada jueves y se abrían y cerraban con la oración. Se con­cedía gran espacio a la oración, la lectura de la Biblia, la Imita­ción de Jesucristo y la devoción al Santísimo Sacramento. Vivía de las limosnas entregadas por los miembros de la confraterni­dad, que aportaban en sobre cerrado y de forma anónima una cantidad para los fines de la Asociación. Hay que hacer notar que en una circular del año 1660 aparecen entre los fines las obras de caridad:

«La Compañía trabaja no sólo en las obras ordinarias de socorro a los pobres, enfermos, prisioneros y todos los afligi­dos, sino también en las misiones, en los seminarios, en la con­versión de los herejes y en la propagación de la Fe en todas las partes del mundo. Se empeña así mismo en impedir los escán­dalos, las impiedades, las blasfemias; en una palabra, en preve­nir todos los males y aplicarles todos los remedios; en procurar todos los bienes generales y particulares; en abrazar todas las obras difíciles y fuertes, despreciadas y abandonadas; y en dedicarse a ellas por las necesidades del prójimo en toda la extensión de la caridad».

Sobre todo, la Compañía del Santísimo Sacramento era una asociación semisecreta de eclesiásticos y seglares masculinos creada para remediar, por todos los medios posibles, toda clase de necesidades de la Iglesia. En este sentido afirma el historiador José Mª Román que la Compañía del Santísimo Sacramento colaboró en la difusión de las cofradías de la Caridad, ya que a partir de 1634 envió a sus filiales una Memoria de lo que se prac­tica por la cofradía de las damas de la Caridad… para formar otras parecidas en otros lugares del reino. El obispo de Alet, Nicolás Pavillon, aprobaba en su diócesis el reglamento de una caridad que era reproducción exacta del redactado por Vicente, gracias a la influencia de esta Compañía’. San Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac experimentaron el apoyo ideológico y económico de esta asociación.

A pesar de estos indicios, la Iglesia del siglo XVII era cleri­cal, muy clerical. El Concilio de Trento, cuya aplicación se iba extendiendo de día en día, había acentuado este matiz clerical en sus cánones y normativa organizativa. Habrá que esperar al siglo XX, al Concilio Vaticano II, para que los laicos, los cristianos bautizados de a pie, tengan un estatuto y una misión definida en la vida de la Iglesia. Por el Decreto sobre el Apostolado Seglar, el Vaticano II se confiere a los laicos una participación activa en la vida y en la misión de la Iglesia, tal y como se realizó en los orígenes del cristianismo. Así lo declara el Concilio en el proe­mio del Decreto dedicado a los laicos: «Queriendo intensificar más la actividad apostólica del Pueblo de Dios, el Santo Conci­lio se dirige solícitamente a los cristianos seglares, cuyo papel propio y enteramente necesario en la misión de la Iglesia ya ha mencionado en otros lugares. Porque el apostolado de los laicos, que surge de su misma vocación cristiana nunca puede faltar en la Iglesia«.

El mismo Concilio aporta las razones: la fidelidad a los orí­genes del cristianismo donde se puso de relieve cuán espontánea y fructuosa fuera esta actividad en los orígenes de la Iglesia, tal como lo demuestran abundantemente las mismas Sagradas Escrituras (Cf. Act., 11,19-21; 18,26; Rom., 16,1-16; Fil., 4,3)7. Se añade además que las circunstancias actuales del mundo y el avance de las ciencias y la técnica han abierto a los laicos cam­pos de apostolado que sólo ellos pueden realizar. También cita la urgencia del apostolado de los laicos en estos términos: «Y este apostolado se hace más urgente porque ha crecido muchísimo, como es justo, la autonomía de muchos sectores de la vida humana, y a veces con cierta separación del orden ético y reli­gioso y con gran peligro de la vida cristiana. Además, en muchas regiones, en que los sacerdotes son muy escasos, o, como suce­de con frecuencia, se ven privados de libertad en su ministerio, sin la ayuda de los laicos, la Iglesia a duras penas podría estar presente y trabajar».

Y el Concilio culmina la presentación de motivaciones alu­diendo, sobre todo, a la acción del Espíritu Santo en su Iglesia: «Prueba de esta múltiple y urgente necesidad, y respuesta feliz al mismo tiempo, es la acción del Espíritu Santo, que impele hoy a los laicos más y más conscientes de su responsabilidad, y los inclina en todas partes al servicio de Cristo y de la Iglesia».

Para lograr un estatuto digno a nivel pastoral el Concilio, ya en su proemio, pedía una revisión del Derecho Canónico en cuanto se refiere al apostolado seglar (AA, n° 1) y una espiritua­lidad seglar fuerte en orden al apostolado (AA., n° 4). Y en el número 8 del Decreto Conciliar «Apostolicam Actuositatem» sobre el apostolado seglar se establece la acción caritativa y social como distintivo del apostolado cristiano.

Antes de seguir adelante debo precisar que el Concilio Vati­cano II emplea indistintamente la terminología de laicos cristia­nos y seglares católicos. No así en tiempos de santa Luisa que predominaba la terminología de seglares bautizados para referir­se a los miembros del Pueblo de Dios que no eran sacerdotes ni miembros de la vida consagrada. Y tanto ayer como hoy son gran mayoría del Pueblo de Dios.

En el siglo XVII francés el clero estaba integrado por una mínima parte de la población a pesar de ser muy numerosos los sacerdotes diocesanos, los religiosos y las religiosas de vida con­templativa. Por entonces no había lugar para la vida consagrada fuera del claustro. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac serán los pioneros de la vida consagrada dedicada al apostolado en medio del mundo.

¿Qué lugar ocupaban entonces los laicos o seglares bautiza­dos? Siendo el grupo mayoritario de la población, ocupaban un lugar totalmente pasivo en la vida de la Iglesia. Eran meros receptores de la predicación, la catequesis, los Sacramentos, con una formación cristiana pobre en general. Muchos, la inmensa mayoría de hombres y mujeres laicos, sobre todo en los pueblos, no sabían leer ni escribir, por eso no se contaba con ellos y para la catequesis se recurría al Catecismo con estampas e imágenes.

No obstante, el Concilio de Trento había entreabierto débil­mente una puerta a la participación de los laicos a través de las Cofradías parroquiales. Podían ser erigidas por el párroco, bien con fines piadosos o con fines caritativos. Además los laicos podían integrarse en las Terceras Órdenes de las grandes Congre­gaciones religiosas como las de los franciscanos o capuchinos. En las capitales grandes como París existían también los «Círcu­los de espiritualidad» que agrupaban a personas piadosas que querían profundizar en su vida espiritual. Algunos de estos cír­culos de espiritualidad se hicieron muy famosos, como el de Madame Acarie, más tarde Madre María de la Encarnación en las religiosas carmelitas».

Mª Ángeles Infante

CEME 2010

 

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