Luisa de Marillac escuchadora de la palabra de Dios (V)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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LA SAGRADA ESCRITURA NO ES DOCUMENTO HISTÓ­RICO PASADO, ES VIDA

De todo lo que he expuesto saco la conclusión de que santa Luisa no se imaginaba que la «palabra de la Escritura» pertene­ciera a un mundo distinto de nuestra historia. Tiene la firme con­vicción de que la historia de Jesús narrada en los evangelios no es solamente un recuerdo, sino que, cuando se la lee, recobra vida y está presente en su existencia y en la de su director Vicente, en la de su hijo Miguel, en la de sus hijas, en la de los pobres y en la de todos.

Para ella la vida sigue los cauces de los acontecimientos humanos y ella tenía que interpretar lo que Dios le quería decir. Sin haber presenciado el Concilio Vaticano II, también creía que «el plan de la revelación se realiza por obras y palabras intrínse­camente ligadas; de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas» (DV, 2). Es decir, que los acontecimientos también son Palabra de Dios.

Porque Dios ha escrito dos libros: uno lo comenzó en la cre­ación y lo va completando a través de la historia de la humani­dad, y, para saber interpretarlo, escribió un segundo libro, la Biblia, y a través de él, el Espíritu Santo ayuda a traducir el idio­ma que habla Dios en los sucesos de cada historia. A pesar de ello, a Luisa le fue difícil al principio entender la lengua que habla Dios en la vida, porque los primeros directores no se la enseñaron. Fue san Vicente quien se la enseñó.

Santa Luisa, bien formada, inteligente, lectora asidua de libros y de la Biblia, y santa además, descubrió de la mano de san Vicente que la Biblia es un libro que nana ciertamente aconteci­mientos del pasado, pero semejantes a los actuales, y que el Espíritu Santo la ilumina constantemente en sus reflexiones. A I meditar sobre las situaciones que vive, el Espíritu Santo le cla­rifica las Escrituras para sacar respuestas a los problemas del mundo que la rodeaba. La oración y reflexión sobre los sucesos que narra el Nuevo Testamento la remiten a su propia existen­cia, declarando con ello que la Biblia todavía es un libro vivo. Santa Luisa no leía los Evangelios como un documento históri­co del pasado, sino como la revelación de la Palabra divina en la que Jesús toma vida por la fuerza del Espíritu Santo y la ilumina en el presente para su propia vida de cristiana y de Hija de la Caridad.

Esta es la gran diferencia de su oración antes y después de encontrarse con san Vicente de Paúl. Antes, su oración tiene un sabor especulativo, no diré que sea etérea, porque la aplica a su santidad personal, pero sí descarnada de la sociedad: coge la Pala­bra evangélica, la mastica y la asimila para alimento de su alma o, mejor, la Palabra es una fuente de donde bebe el agua que le sacia la sed personal de santidad. Después de conocer a san Vicente, sin embargo, parte de la realidad del mundo en el que vive, de los sucesos, de los acontecimientos y desde el hombre. San Vicente la convenció de que la Palabra habla para los hom­bres de cada época y desde ellos; y no habla para que todo siga igual, sino para que cambie el mundo de los pobres. Fue san Vicente quien la llevó a vivir la historia de cada presente, quien la llevó a comprender que la historia humana que vivían los pobres y la historia de la salvación son una única historia que Jesús, cumpliendo el designio del Padre, llama Reino de Dios. De aquí en adelante santa Luisa escuchará la Palabra, la meditará y hará oración partiendo de la situación en que están y viven los pobres. La Escritura Sagrada ahora no es una fuente, se ha convertido en un río de donde ella puede sacar agua para saciar su sed personal, pero también para llevar agua a los pobres de todos los lugares.

En la charla anterior he expuesto que santa Luisa considera­ba los sucesos de la vida como Palabra de Dios que la dirigía a fundar las Hijas de la Caridad en favor de los pobres, y cómo ella, inconscientemente primero, pero conscientemente después, iba respondiendo a esa Palabra divina: Dios le hablaba por medio de su ilegitimad, de su estancia en Poissy y en un internado laico, de su matrimonio, su hijo, su viudez, su encuentro con san Vicente de Paúl, y le pedía una respuesta encaminada siempre en bien de los pobres.

Es lo mismo que en la actualidad, tres siglos después de morir, declaraba el Concilio Vaticano II: «En nuestros días, el género humano… se formula con frecuencia preguntas angustio­sas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuer­zos individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad… (Problemas que sólo pueden) ser aclarados a la luz del Evangelio». Dirigida por san Vicente, ella ya lo creía y se había convencido de lo mismo. No podemos olvi­darlo cuando leamos a santa Luisa.

EL ESPÍRITU SANTO, PALABRA DE LA TRINIDAD EN LA HISTORIA HUMANA

Esta doctrina la desarrolla Luisa en unos Ejercicios que hizo casi al final de su vida, en la primavera de 1657, y que son úni­cos (E, 98). La misma Luisa escribió de su puño y letra el tema de los Ejercicios: «De las razones para darse a Dios a fin de par­ticipar en la recepción del Espíritu Santo el día de Pentecostés». Y son únicos por dos motivos: primero, porque está en su habitación haciendo la oración mientras escribe, y en algunos momentos hace oración tan alta que es arrebatada en contemplación. Lo dice ella misma: «Mi oración ha sido más de contem­plación que de raciocinio» (día 3°).

Y segundo, no sólo porque son exclusivamente luisianos, mezcla perfecta de la espiritualidad de las esencias y de vicencianismo, sino porque ha meditado atrevidamente una verdad teológica de plena actualidad: el Espíritu Santo es la Palabra de la Trinidad que habla en la Historia, nos aclara los sentidos de la Palabra escrita y nos incorpora a Jesús, Palabra del Padre. Para exponerlo se apoya en la misma palabra de Jesús en los evangelios: «Lo primero que me ha venido al pensamiento es que Nuestro Señor advierte a los apóstoles que tiene que dejarlos para ir al Padre y enviarles el Espíritu Santo». Aclarándolo más adelan­te: «¡Trinidad perfecta en poder, sabiduría y amor!, acababas la obra de la fundación de la Iglesia Santa a la que querías hacer Madre de todos los creyentes, y para ello la consolabas por las operaciones infinitas con las que confirmabas las verdades que el Verbo Encarnado le había enseñado; infundías en el cuerpo mís­tico la unión de tus producciones, dándole el poder de obrar maravillas para hacer penetrar en las almas el testimonio verda­dero que querías diera de tu Hijo; operabas en ellos santidad de vida por los méritos del Verbo Encarnado. Y el Espíritu Santo por su amor unitivo se le asociaba para producir los mismos efectos de su legación, dando a los hombres el testimonio de la verdad de la divinidad y de ser hombre perfecto… Esto es, creo, lo que Nuestro Señor quería decir a sus Apóstoles, cuando les anunciaba que, después de la venida del Espíritu Santo, ellos también darían testimonio de Él» (6ª oración).

Santa Luisa de Marillac en estos Ejercicios abre nuevos derroteros a la Palabra de Dios. La Palabra de Jesús se hace Evangelio y la Palabra de su Espíritu Santo hace viviente al Evangelio, en cuanto es buena noticia para los pobres. En un momento de contemplación el Espíritu Santo le da a comprender que Jesús nos había enseñado la caridad hacia los pobres para Auplir la impotencia de rendir ningún servicio a su persona (día 3º). Más aún, el Espíritu le ha enseñado hacer el bien, no ya sola­mente por la recompensa prometida como si se le hiciera a Él (Jesús) mismo, sino porque el pobre la considera que ocupa el lugar de Cristo (6ª oración).

Pensamientos conformes al Evangelio, pues la Palabra evangélica se hace viviente por la acción del Espíritu que se comuni­có en Pentecostés en forma de lenguas como de fuego, es decir, lengua que comunica la Palabra de la Trinidad. Muchas veces meditó Luisa que el Espíritu Santo, Palabra constante de la Tri­nidad, estuvo presente en la Encarnación y engendra el amor en nuestros corazones, capacitándonos para seguir a Jesucristo, aún en las persecuciones, con un desprendimiento total para vivir sólo del puro amor. Evangeliza quien siente en su corazón que la Palabra de Jesús aún tiene vida por medio de su Espíritu, el Espí­ritu Santo que es la Palabra del Padre y del Hijo en nuestro mundo.

Son innumerables las veces que escribe sobre las disposicio­nes que debemos tener para recibir al Espíritu Santo, iguales a las que Jesús recomendó a los Apóstoles. Para lograrlo de una manera más segura, hasta se propuso hacer los Ejercicios de ocho o de diez días todos los años entre la Ascensión y Pentecos­tés con una o varias meditaciones sobre el recogimiento, des­prendimiento y obediencia de los Apóstoles. El objetivo sería alcanzar el Puro Amor.

Benito Martínez

CEME, 2010

 

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