Luisa de Marillac, educadora excepcional

Francisco Javier Fernández ChentoEducación, Luisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Mildred Espeleta Fajardo, H.C. · Año publicación original: 2015 · Fuente: Red Educativa Vicentina.
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St_Louise_de_Marillac_teachingOrientada por San Vicente, Luisa comprendió que a la caridad había que añadirle la instrucción. La realidad de su tiempo, la miseria cada vez más creciente, la colocaba en una actitud de constante preocupación de la afirmación permanente de su admirable director: “El pobre pueblo del campo muere de hambre y se rebela”. Tenía la certeza de que desarraigar la pobreza era necesario desde todo punto de vista, pero era más importante prevenirla y esto la llevó a concluir que la enseñanza, era el medio más eficaz para comenzar el cambio. A partir de esto, empezó a implantar “las pequeñas escuelas”.

En el siglo XVII, la enseñanza primaria en París estaba muy extendida. Marino Justiniano constata que en 1535 “todo el mundo se preocupa por aprender a leer y a escribir>. Las mujeres de la nobleza, las amas de casa, se comprometían con enseñarles a las empleadas del servicio domestico no sólo aprendieran bien los oficios domésticos, sino también que se defendieran aprendiendo a leer y a escribir. Sin embargo, como consecuencia de los pillajes, los incendios y destrucciones provocados por las guerras, la ignorancia crecía en el reino.

Luisa de Marillac era esposa, madre, viuda, maestra, trabajadora social, enfermera y fundadora. Era sumamente organizada, de opciones radicales que vivió intensamente su vida de mujer y de consagrada con mucho entusiasmo y radicalidad. En cada una de las situaciones de su vida buscaba hacer siempre la voluntad de Dios con una profunda fe en la Providencia divina.

En sus visitas a las caridades constató la ignorancia de las gentes. Por eso cuando llegaba a las aldeas lo primero que hacía era preguntar si había maestra. Si no existía, buscaba todos los medios para preparar a las jóvenes que se ofrecían para hacerlo, establecía escuelas de caridad, visitaba y animaba a las que ya existían y las reorganizaba si era preciso. Pero esta tarea a veces se tornaba difícil como ella misma nos lo dice:

“Pienso vivamente en establecer en Villeneuve una maestra, ¿pero dónde la encontraremos? A Germana no le disgustaría ir, por lo que puedo ver en una carta que me ha escrito el señor Belín, pero ¿cómo la retiramos de Villepreux si no ponemos otra y además dónde la encontraríamos?… Cuando usted venga por aquí se le pondrá al corriente, cosa que puede ser uno de los días de la próxima semana, si le parece; y aún así usted les prometerá a las madres de los escolares que les enviará una maestra lo más pronto que pueda, o que las irá a ver y hablará del medio de alojar a una maestra y sostenerla”.

En 1641, Santa Luisa inaugura “las pequeñas escuelas” para la educación de las pobres niñas de París. Estas “pequeñas escuelas” fueron objeto de su particular y exquisito cuidado. En sus cartas a las Hermanas y a las señoras, insiste en la calidad de la instrucción: ha de ser sencilla y práctica. Lo importante, es que las niñas aprendan a leer y a escribir y a desempeñarse como buenas mujeres, respetuosas de su dignidad y excelentes amas de casa. Al mismo tiempo, se encarga de la formación de las Hermanas. En su horario, reserva siempre un espacio para que “las jóvenes aprendan a leer” y “para que recuerden las principales verdades de la fe”. Sor Bárbara Baillo, resaltando las virtudes de Santa Luisa asegura que la señorita Le Gras “se tomaba la molestia de enseñar ella misma a leer a las Hermanas, haciéndoles decir los artículos de la fe” De acuerdo a las necesidades de la época, les daba una instrucción muy elemental: lectura, escritura y doctrina cristiana. En la Casa Madre de entonces, Santa Luisa organiza una “pequeña escuela normal” para sus hijas. Una vez formadas las lanza al servicio del pobre por Cristo, en la educación. Lo que más cuidaba era la formación religiosa de los niños.

La primera escuela a la cual Luisa congrega a sus hijas para la instrucción de las niñas fue la del arrabal de San Dionisio en la Parroquia de San Lorenzo. Hace esfuerzos para darlas a conocer y pone en práctica estrategias para su divulgación.

Un rasgo que me llama la atención de Santa Luisa como pedagoga es su increíble creatividad. Llevó a los pobres lo mejor de sí misma, sus talentos, su comprensión, su delicadeza, su exquisita formación y su ternura de mujer y de madre. No sólo fue catequista sino que fue formadora de catequistas. Para ayudarlas a enseñar las verdades de la fe a los niños, Luisa compone, a falta de un manual diocesano, un pequeño catecismo. Catecismo original por la claridad en la exposición, por su concreción y su tono alegre y vivo a la vez. Éste permite también el desarrollo de las habilidades artísticas de los niños que se convierten en verdaderos actores. Sabía escoger el momento propicio para convocar a los campesinos y explicar la doctrina. Tenía una pedagogía singular, buscaba los mejores métodos para transmitir el mensaje a fin de hacer atractivo el momento de estudio del catecismo. Empleaba el método de preguntas sencillas que eran útiles no sólo para los niños sino también para los padres de familia y campesinos que acudían a la enseñanza del Catecismo.

No quisiera terminar este artículo sin decirles que necesitamos sentirnos unidas en la misión que Dios nos ha confiado para hermosear este mundo, nuestro país, nuestro municipio, nuestra institución educativa, con hombres y mujeres convencidos de que, solamente viviendo la presencia de Dios en sus vidas, solamente aportando lo mejor de cada uno, podremos edificar un mundo mejor, construir el Reino de Dios, cimentado en actitudes de amor, de tolerancia, de responsabilidad, de solidaridad y de justicia.

Juntas construyamos la civilización del amor, eduquemos para la felicidad con una fe firme, una alegría que brota del corazón y que engendra la amistad con Dios y entre nosotros, los humanos. Hagamos esto como Familia Vicentina, como hijas de Santa Luisa, la maestra por excelencia y como herederas del singular carisma legado por San Vicente, el amigo y defensor de los pobres que junto con Santa Luisa, lucharon por la edificación de un mundo más justo y pacífico. Con el ejemplo de nuestra querida fundadora, definamos diariamente, cuál es la grandeza de nuestra misión, qué personas debemos formar, que perfil de cristianos/as queremos entregar a la sociedad, de qué manera espera Dios que colaboremos en su obra.

Hoy más que nunca, la educación supone una meritoria entrega de parte del docente a la maravillosa tarea de iluminar la vida con los conocimientos que imparte pero también la responsabilidad de despertar en el corazón de los niños y de los jóvenes ideales de superación. Como Hijas de la Caridad tenemos la noble tarea de abrazar toda la verdad que Cristo nos ofrece en su Evangelio, convirtiéndonos en testimonio de fe, para hacer florecer como fruto de nuestro esfuerzo común con el grupo de docentes y los padres de familia, una generación capaz de hacer un mañana mejor.

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