Luisa de Marillac e Isabel Ana Seton

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley Seton, Luisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juana Elizondo, H.C. · Fuente: Ecos 2000.
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Mis queridas Hermanas:

Hace muchos años, cuando yo era Hermana muy joven, todavía estudiando, me encontraba en la Biblioteca Nacional de Madrid. De repente vi aparecer ante mí una religiosa vestida de negro con un sombrerito. Me saludó en español (ella estudiaba la lengua y la literatura españolas) y me dijo: «Hermana, pertenecemos a la misma familia espiritual», y ante mi extrañeza, añadió: «soy Hermana de la Caridad de Madre Seton». La extrañeza fue suya cuando se dio cuenta de que yo apenas conocía a la Madre Seton. Sólo sabía que ella era la Fundadora de aquella Comunidad que la Santísima Virgen anunció a Santa Catalina que se uniría a la Compañía de las Hijas de la Caridad si ésta ponía en vigor el cumplimiento de la Regla. A continuación esta Hermana me explicó, con mucha amabilidad, los maravillosos hechos de la vida de su Fundadora. Debo confesar que esta comu­nicación fue para mí la primera chispa del amor y de la devoción que siento desde entonces por Isabel Ana Seton.

Posteriormente, habiendo vivido dos años en Nueva York con las Hijas de la Caridad americanas, tuve la posibilidad de profundizar mis conocimientos sobre esta extraordinaria mujer. También tuve la ocasión de peregrinar a Emmitsburgo y visitar estos lugares. Todo ello aumentó mi admiración y devoción hacia ella. Las experiencias vividas estos días son una nueva confirmación de que Dios quiere estrechar mi relación con la Santa.

Debo decir también que, espontáneamente y sin ningún esfuerzo por mi parte, se asocian con frecuencia en mi mente dos mujeres extraordinarias que tienen mucho en común en su itinerario humano y espiritual: Luisa de Marillac e Isabel Ana Seton.

Procedentes ambas de familias acomodadas, pasaron por las desigualdades de la riqueza y de la pobreza, con consecuencias dolorosas para sus propias personas y para sus hijos. Experimentaron varios estados de vida: matrimonio, viudez, y a ambas las llamó el Señor a constituir una familia espiritual al servicio del mismo carisma.

Son muchos los puntos de semejanza, pero dado que disponemos de pocos minutos, me limitaré a cuatro:

  • su participación en el dolor y sufrimiento redentor de Cristo
  • su devoción a la Eucaristía
  • su servicio a los necesitados
  • su sentido de pertenencia a la Iglesia.

A pesar de esta devoción a Santa Isabel Ana Seton, debo confesar que no la invoco expresamente todos los días. Sería imposible hacerlo a todos los Santos a los que, por un motivo u otro, una siente mayor simpatía y devoción. Sin embargo, nos miramos todos los días, puesto que es la única estampa que tengo en mi misal diario. Esa mirada, que evoca en mí en síntesis su vida y su respuesta a los acontecimientos de cada día, me da ánimo y coraje.

No podemos olvidar que el Señor la utilizó como intermediaria, junto con la Santísima Virgen, para proporcionar a la Compañía de las Hijas de la Caridad el regalo de un grupo importante de miembros, con su rica historia naciente, aña­diendo a la historia de la Compañía páginas extraordinarias en frutos de santidad personal y realizaciones en el servicio del prójimo necesitado, según el carisma y el espíritu de la Compañía.

Bien lo comprendió el P. Etienne, Superior General de la época, como consta en la carta que escribió a Sor Etienne Hall, Superiora de la Comunidad de Emmits­burgo, el 28 de agosto de 1849:

 

1. Su participación en el dolor y sufrimiento redentor de Cristo

«He recibido la carta que me ha enviado usted por medio del P. Maller. Admiro el misterio de gracia y de misericordia que se cumple en este momento en el seno de la gran familia que la Caridad de Jesucristo ha formado, por medio de los cuidados del humilde y fiel servidor (Vicente de Paúl); bendigo a la Voluntad divina por haberme reservado el consuelo de ver este inmenso rebaño que camina bajo el cayado de un mismo y único pastor. No puedo pues sino aplaudir con toda mi alma el apremio que se manifiesta en su comunidad, para entrar en esta gran familia, y para ponerse bajo la dirección del sucesor de San Vicente. Esto es colocarse en la posición que la pondrá en condiciones de beber en la fuente de las bendiciones celestes abierta por este santo fun­dador; es entrar en la vía en la que la gracia divina garantiza éxito y prospe­ridad. Por otra parte, me parecería faltar a la misión que me ha sido confiada, si no me mostrase dispuesto a favorecer una unión que no puede producir sino resultados apropiados para procurar la gloria de Dios y la salvación de las almas. Por tanto, mi muy querida Hermana, abro con gozo mi corazón paternal a su comunidad, y le asigno el lugar distinguido que debe ocupar en él en adelante. Dicha comunidad puede contar con una amplia parte de mis afectos y mi solicitud.

He comunicado su carta al consejo de la comunidad Madre. Su petición ha sido admitida y acogida favorablemente».

Las dos fueron asociadas, a través de los diversos acontecimientos extrema­damente dolorosos de sus vidas, al dolor y sufrimiento redentor de Cristo. Vo­cación ésta que interpretaron correctamente a la luz de la Fe y que aceptaron y vivieron en plenitud. Ambas experimentaron dificultades de todo tipo: perso­nales, físicas, psicológicas, espirituales; grandes dificultades familiares. Cuando se leen sus biografías, se siente un cierto estremecimiento ante su capacidad de sufrimiento. Sufrimiento no buscado, pero aceptado e interpretado en su justo valor redentor, fecundo en frutos de santidad en sus propias vidas y en las de los miembros de sus comunidades. Irremediablemente pienso en ellas cuando vemos desaparecer de nuestro vocabulario espiritual como trasnochadas y opresivas las palabras que siguen ocupando el lugar que les concede el Señor en el Evangelio: dolor, renuncia, abnegación, etc., que podemos englobar bajo el común denominador de cruz. A estas dos extraordinarias mujeres, la cruz, bajo sus diversas formas, ni las aplastó, ni les hizo perder su equilibrio psico­lógico, ni las hizo inútiles o estériles, al contrario, supieron asociarla a la Cruz de Cristo y hacerla fructífera llegando al máximo grado de su realización per­sonal. Las vidas de Isabel Ana y de Luisa de Marillac nos confirman en la fe, añaden intensidad a nuestras convicciones, afianzan nuestras motivaciones, nos impulsan a hacer realidad nuestras hermosas teorías sobre la vida espiritual en lo concreto de cada día y nos impiden caer en la tentación de mutilar, malinterpretar el Misterio Pascual, pretendiendo resucitar sin cargar con la cruz y sin morir. Cuando, por fin, el 25 de Marzo de 1805 hizo su primera comunión, escribió a Amabilia Filicchi para expresarle su gran alegría, exclamando: «Finalmente, Dios es mío y yo soy suya. Le he recibido» (Dirvin, M. Seton, p. 168).

2. Su devoción a la Eucaristía

Otro punto común muy relevante entre estas dos santas es el de su devoción a la Eucaristía. Ambas tuvieron una devoción extraordinaria a la presencia real del Señor en el Sacramento de la Eucaristía. Toda Hija de la Caridad conoce lo que la Eucaristía supuso en la vida de Luisa de Marillac. ¡Cuántas veces anima a las Hermanas a prepararse bien para la recepción de este Sacramento! Incluso llega a recomendarles que se priven algunos días de recibirlo con objeto de no caer en la rutina y recibirlo con más fervor después. (No olvidemos que estamos en la época del jansenismo). Sin embargo pide muchas veces permiso para poder comulgar ella misma y las Hermanas en días que no estaban indicados para ello en el calendario. De una manera u otra, las alusiones al Sacramento de la Euca­ristía son muy frecuentes en su correspondencia con las Hermanas, pero es digna de mención su meditación sobre «la Sagrada Comunión» (Corr. y Escr., E. 99, n2 264, p. 811).

En cuanto a Santa Isabel Ana, es bien conocida su devoción al Santísimo Sacramento. La grandeza de la fe en la presencia real es algo que ella apreciaba ya antes de su conversión; es más, fue una de las fuerzas que la condujeron al Catolicismo. En una larga carta escrita a Amabilia, en Septiembre de 1804, dice:

«Su Antonio no hubiera quedado muy satisfecho de verme en la iglesia de San Pablo (la iglesia episcopaliana). Pero Isabel para no envenenar más la situación con los suyos, creyó un deber ceder en el plano de las formas sociales. Y continúa diciendo: Sin embargo me puse en un banco del lado, de suerte que me encontraba vuelta hacia la iglesia católica que está en la calle vecina, y veinte veces me sorprendí hablando al Santísimo Sacramento allí, en lugar de mirar, donde me encontraba al altar desnudo y de escuchar la rutina de las oraciones» (Poinsenet, I. Seton, p. 177).

Su deseo de creer en la Eucaristía se lo revela a su gran confidente Rebeca:

«Cuán dichosas seríamos, si creyéramos nosotras lo que ellos creen: que PO­SEEN a Dios en el Sacramento y que El permanece en sus iglesias y que se les lleva cuando están enfermos! ¡Oh Dios mío! Cuando se lleva el Santísimo Sacramento bajo mi ventana, en tanto que yo siento la soledad completa y la tristeza de una situación como la mía, soy incapaz de contener mis lágrimas con este pensamiento: Dios mío, ¡qué dichosa sería yo si, incluso alejada de todos los que me son tan queridos, pudiera encontrarte en la iglesia, como ellos!…» (Poinsenet, I. Seton, 150).

La Eucaristía será para Isabel A. Seton su gran fuerza y consuelo en las muchas y difíciles situaciones a las que tuvo que hacer frente a lo largo de su vida. En ella encuentra la posibilidad de realizar su más ardiente deseo:

«Que yo encuentre siempre en este Sacramento adorable el mismo fervien­te deseo, la misma ardiente ansia de estar por toda la eternidad unida a Jesús».

Podríamos decir que, en retrospectiva, hizo suya y vivió la recomendación de nuestras Constituciones:

«En torno a la Eucaristía, centro de su vida y su misión, se realiza todos los días su principal asamblea. En ella, los cristianos son ‘instruidos por la Palabra de Dios, se fortalecen en la mesa del cuerpo del Señor, dan gracias a Dios’. Las Hermanas son conscientes de la importancia vital de la Eucaristía.

En la alabanza de Dios, la atención a su Palabra, la súplica, no obran sólo en su nombre propio, sino que son portadoras de los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de toda la humanidad. Se ofrecen a sí mismas con Jesu­cristo en el misterio de su sacrificio Pascual, para que finalmente Dios lo sea todo en todos» (C. 2.12).

¡Qué lejos estaban, tanto de Luisa como de Isabel Ana, la indiferencia y negli­gencia sobre la Eucaristía diaria, cuando ésta es posible!

 3. Su servicio a los necesitados

El tercer punto de preocupación y empeño común es el del servicio a los necesitados en todos los dominios. Sus vidas están repletas de testimonios en este sentido. Dios les concedió un corazón sensible y compasivo que supieron emplear a Su servicio en los pobres, atención a los enfermos y a los pobres en general. Pero en lo que destacan las dos es en la formación y promoción de la niñez y de la juventud.

Gracias a Santa Luisa la Compañía hizo suya la creación de las escuelas, sobre todo en lugares donde no había posibilidades para la instrucción de las niñas pobres. La petición que envía al Señor Chantre de la Catedral de París expresa toda su solicitud en este sentido:

«Señor:

Luisa de Marillac, viuda del señor Le Gras, secretario de la Reina Madre del Rey, suplica humildemente diciendo: Que el gran número de pobres que hay en el arrabal Saint-Denis, le ha inspirado el deseo de ocuparse en su instruc­ción; considerando que si las pobres niñas permanecen en su ignorancia, es de temer que ésta fomente la malicia que las haga incapaces para cooperar con la gracia a su salvación; en atención a esto dígnese, Ilmo. señor, otorgar a la suplicante la licencia que el caso requiere, con la esperanza de que Dios será glorificado si los pobres pueden enviar libremente a sus hijas a la escuela sin tener que abonar cantidad alguna y sin que las personas ricas puedan impedirles tal bien, al negarse a que las maestras que enseñan a las suyas las reciban en sus clases con tanta libertad. Estas almas rescatadas con la sangre del Hijo de Dios, se tendrán por obligadas a rogar por usted, Ilustrísimo señor, en el tiempo y en la eternidad» (Corr. y Escr., C. 48, Mayo 1641, pág. 59).

El señor Chantre concede la licencia en una hermosa respuesta, en la que dice entre otras cosas: «…habiéndola encontrado digna de abrir y dirigir escuelas, después de dete­nido examen por nuestra parte, dictamen de su párroco y el testimonio de otras personas dignas de fe, y teniendo conocimiento de su vida, costumbres y Religión Católica, Nos le concedemos para este fin nuestra licencia y otor­gamos la facultad de dirigir escuelas e impartir enseñanza en la calle llamada del barrio de San Lázaro, en el arrabal de Saint Denis, con la carga de enseñar a niñas pobres solamente y no a otras, y de educarlas en las buenas costum­bres, letras gramaticales y otros piadosos y honestos ejercicios…» (Id. C. 48, 29 mayo 1641).

Obtenida la licencia solicitada, tanto Santa Luisa como San Vicente conceden un lugar de preferencia a las escuelas entre las obras a las que se dedican nuestras primeras Hermanas. Entre las Reglas particulares ocupan un lugar impor­tante las dirigidas a la Maestra de Escuela.

La Providencia divina conducirá por los mismos caminos a Isabel Ana. Los comienzos de su apostolado en este campo son sencillos. En Paca Street, reúne a 7 alumnas, entre las que se encuentran sus tres hijas. Pero será en Emmitsburgo donde, por mediación de personas que Dios pone en su camino, como fueron el Sr. Dubourg y el Sr. Cooper, después de vencer grandes obstáculos, incluida la oposición del arzobispo Carrol, comenzará la primera Congregación católica fe­menina americana y la primera escuela católica parroquial de los Estados Unidos, que llegó a constituir el prestigioso sistema de escuelas católicas parroquiales de América y del mundo. Imposible sería expresar en estadísticas, por muy precisas que fueran, la instrucción y la formación religiosa impartida y el amor prodigado por estas escuelas que tantos frutos han dado a través de los años y siglos que han sucedido. Los granos de mostaza de amor maternal sembrados por estas dos «madres», en sus comienzos, han dado lugar a los frondosos árboles de la for­mación de la niñez y juventud necesitadas, que también hoy la Compañía consi­dera parte integrante de su carisma.

En éste, más que en cualquier otro aspecto, mostraron el gran valor de su feminismo y de su misión en la construcción de un mundo más humano.

Muchas más comparaciones se podrían hacer entre estas dos extraordinarias mujeres que ocupan un lugar de preferencia en nuestros catálogos.

4. Su sentido de pertenencia a la Iglesia

Pero ¿cómo terminar sin decir una palabra de la importancia que, tanto la una como la otra, concedieron a su pertenencia a la Iglesia?

Santa Luisa dirá:

«… tenemos doblemente la dicha de ser hijas de la Iglesia y siendo esto así, ¿no tendremos también un doble deber de vivir y obrar como hijas de tal Madre? Esto requiere una perfección muy grande» (Corr. y Escr. C. 197, 21 junio 1647).

En su testamento, encontramos la cláusula que muestra su deseo de morir hija de la Iglesia y así dirá:

«Protesto ante Dios y todas las criaturas que quiero vivir y morir en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana» (Corr. y Escr., E. 111, nº 289).

En una de sus cartas a Sor Cecilia Angiboust y Comunidad, las invita a rezar «por la paz y tranquilidad de nuestra Santa Madre la Iglesia» (Id. C. 468, 9 septiembre 1654).

Isabel Ana, con el fervor propio de todo converso, valora en su plenitud la grandeza de ser miembro de la Iglesia Católica y le anima el ardiente deseo de ser fiel a ella. Recordemos sus propias palabras en este sentido: «Doy gracias a Dios por haberme hecho hija de su Iglesia. Cuando lleguen a esta hora sabrán en qué consiste ser hija de la Iglesia» (Code, Waily Thaughts, January 2).

«»Habla, Señor, tu servidor escucha Ha llegado tu hora. Desde este instante, ninguna vacilación, ninguna debilidad, ninguna demora. Santa Iglesia de Dios, enseña, dirige, llama hacia tí a tu hija, dócil y fiel para siempre» (De Barberey, Elisabeth Seton, p. 134).

 

Ya a principios de 1805, en una carta dirigida a una amiga, le declara firme y serenamente: «Solo busco a Dios y su Iglesia».

La seguridad del futuro de la familia espiritual, que acaba de comenzar, la cifra también en su unión a la Iglesia. Así una de las últimas recomendaciones a sus hijas será: «¡Sean hijas de la Iglesia! ¡Sean hijas de la Iglesia! (Dirvin, M. Seton, p. 453).

Estas dos santas, cuyas cualidades y virtudes las hacen dignas del calificativo de «mujeres fuertes» según la Sagrada Escritura, reconocidas como tales por cuantos convivieron con ellas y confirmadas por la Iglesia al elevarlas a los altares, siguen siendo, especialmente para quienes tenemos la dicha de contarlas como líderes de nuestra familia espiritual, luz, guía y estímulo. Supieron vivir su femini­dad en serenidad, sin exaltación ni radicalismos pero sin complejos y sin servilis­mos. La Compañía de las Hijas de la Caridad no sería lo que es sin la aportación femenina de Santa Luisa. En cuanto a Isabel Ana, es claro que no vaciló en seguir la inspiración divina, aunque tuvo que hacer frente a obstáculos de todo tipo. Fueron un don de Dios a la Iglesia y a la Humanidad, y la Iglesia y la Humanidad siguen beneficiándose de ellas.

Ojalá nos conceda Dios el coraje de seguir sus huellas.

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