Angers
Hoy, 10 de abril de 16581
Señor:
No sabría cómo expresarle el dolor de mi corazón ante la lectura de las primeras líneas de la carta que ha tenido usted la bondad de escribirme. Es cierto, señor, que hace tiempo admiro su paciencia, sobre la que he visto siempre la bendición de Dios y espero ha de continuar bendiciéndola. Teníamos suficientes motivos para creer que el cambio2 causaría alteración en los espíritus débiles. Permítame, señor, le suplique humildemente me comunique si Sor Claudia3 ha entrado bien en el ejercicio de su cargo y si hace cuanto puede por ganar a las que tienen repugnancia en aceptarla; también, señor, dígame las que su caridad juzga es necesario llamemos acá rápidamente.
Por lo que se refiere a las dos jóvenes que demuestran deseo de pertenecer a nuestra Compañía, si las juzga usted aptas, señor, y se ve firmeza en su espíritu, las recibiremos con mucho gusto. Ya sé que no les da usted su consentimiento sino después de probarlas bien. Nuestra Sor Jacobita4 lo está haciendo bastante bien y ya no me parece tan preocupada por su padre. Me da verdadera vergüenza no escribir al señor Ratier con este correo; pero los asuntos de nuestra Comunidad van en aumento y mis dolencias me llevan casi todo el tiempo. Sé muy bien que tendría que darle preferencia sobre otros muchos, por las obligaciones que con él tenemos y que llevo fuertemente grabadas en el corazón ante Nuestro Señor, en cuyo amor me siento muy movida a decirle que soy con todo respeto, señor, su muy humilde y obediente servidora.







