Hoy, 26 de febrero de [1656]1
Señora:
Si tuviera suficiente salud y fuerzas, seria para mí un honor el ir a verla para proponerle un asunto de gran caridad, del que nuestra Hermana le hablará en particular, si le hace usted la merced de tener a bien escucharla. Yo le diré tan sólo, señora, que la persona de quien se trata es propensa al mal y peligrosa para arrastrar a él a otros; su primera crianza, hasta los 8 ó 9 años, puede muy bien haber contribuido a ello. Pero la instrucción que ha recibido desde entonces me hace concebir la esperanza de que si su caridad le otorga la gracia de recibirla en la Casa de la que la Providencia ha confiado a usted el cuidado, el ejemplo que reciba de las que tienen la dicha de morar en ella y la dirección que el espíritu de Dios ejerce sobre personas de esta suerte, obrarán en ella para lograr su total conversión. Fue, señora, en la feligresía de San Eustaquio donde halló la perdición, y podemos asegurar a usted que si se la sacó de donde había caído fue para ponerla en lugar seguro, y que lleva ya más de tres meses recluida en la casa de donde salió la primera vez.
Suplico a Nuestro Señor le inspire cuál es su santa voluntad, y yo me digo, en su santo amor, señora, su muy humilde y obediente servidora.







