(17 de julio de 1655)1
Mi querida Hermana:
El regreso del señor (su Director) debería bastarnos para darles noticias nuestras. Les ruego a todas, queridas Hermanas, que tengan gran confianza en sus avisos y consejos y que le obedezcan con mucha exactitud y sencillez por amor de Dios, cuya Providencia, con gran misericordia, se lo ha dado a ustedes para su dirección; pero no crean, queridas Hermanas que, para ser dirigidas por su caridad, es necesario que le hablen tan a menudo, ni siquiera todas, sino cuando tengan una necesidad extraordinaria y cuando él disponga de un poco de tiempo para darles. Lo ordinario en las Compañías es que la Hermana Sirviente se aconseje y tome los pareceres que sea necesario y, luego, por su dirección, lo haga llegar hasta las Hermanas; así es como se robustece el espíritu de unión en las Comunidades y se introduce sólidamente en ellas la confianza, para gloria de Dios y santificación de las almas. Sin esto, queridas Hermanas, el Reino de Jesucristo no podría estar en nosotras; con esto, la paz y su amor nos llenarán por completo. Y si obrando así, experimentan alguna dificultad, desconfíen de ustedes mismas y piensen que el hombre viejo no ha muerto del todo en ustedes. Sí, mejor que yo saben ustedes, queridas Hermanas, la necesidad que tenemos de sobreponernos. Suplico a Nuestro Señor les recuerde con frecuencia este pensamiento.
Alabo a Dios por las buenas disposiciones de su amada alma y las de nuestras Hermanas, de lo que espero gran provecho para su perfección con tal de que sea usted fiel en dar a Nuestro Señor lo que le pide. Sé qué no dejarán de hacerlo, sabiendo que todas las resoluciones que toman proceden de El, que les da a conocer lo que su amor desea de ustedes.







