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Mi querida Hermana:2
Estoy casi segura de que no ha leído usted dos veces la carta que le escribí por mano de Sor Maturina,3 ya que alguna indisposición me impidió hacerlo de mi puño y letra. Estoy segura de que no habría usted encontrado en ella ningún motivo de descontento y habría comprendido perfectamente que lo que yo le proponía de parte del señor Vicente, es decir, venir o quedarse, no era por sospechar hubiera en usted una disposición contraria a la obediencia, sino exponerle sencillamente que podía con toda libertad y tranquilidad permanecer ahí si su estado de salud no la obligaba a venir, cosa que podía usted hacer con la misma libertad si su regreso era necesario para su salud.4 Hoy le vuelvo a decir lo mismo, querida Hermana, con la condición de que, si se queda, no ha de trabajar con exceso y se dejará ayudar por nuestras Hermanas. Es preciso, querida Hermana, recibir de buen grado la impotencia para trabajar cuando es del beneplácito de Dios que nos venga, y servirnos de ella para elevarnos por encima de las cosas de la tierra y hacernos pensar que Nuestro Señor quiere que después de haber trabajado por el prójimo, pensemos en prepararnos para el Cielo que es nuestra patria bienaventurada. Quiero creer, querida Hermana, que estos pensamientos los tiene con frecuencia presentes.
Le ruego salude humildemente de mi parte al R.P. Marcial y que asegure a nuestras Hermanas mi afecto y dedicación a ellas.
Le hemos enviado seis libras de jarabe de flor de melocotonero. Me figuro que no tienen ya ahí con ustedes a la buena joven de Buret. Pero si no pudiera deshacerse de ella, creo sería conveniente se lo escribieran a la señora Duquesa de Liancourt.5 Todas nuestras Hermanas la saludan con todo afecto y yo con todo mi corazón le aseguro que soy tanto o más que nunca lo he sido, en el amor de Nuestro Señor, querida Hermana, su muy humilde hermana.







