Luisa de Marillac, Carta 0320: Al señor Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luisa de Marillac .
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General de los Venerables Sacerdotes de la Misión

Hoy viernes [abril de 1650]1

Mi muy Honorable Padre:

Ayer tuve el honor de ver a la señora de Lamoignon;2 la señorita, su hija, me preguntó qué habían hecho las Señoras en Bicêtre 2 y al saber la determinación que habían tomado de instalar a los muchachos en un pabellón, como para descargarse de la obligación de tenerlos por separado, me dijo que no era esa la decisión que su caridad había hecho tomar, y que preveía claramente todos los inconvenientes de dejar así a las niñas, tanto por los chicos como por las nodrizas, pues aunque se trata de tomar a mujeres honradas, no obstante, hay motivos para sospechar que la mayoría no se retiran tanto por verse obligadas por la penuria de estos tiempos, como por mala conducta, y además, todas estas mujeres, reclutadas de todas partes, son mal habladas y de mucho libertinaje. Y me dijo también esta buena señorita que se mantuviera usted firme en que se ejecutara la proposición que su caridad había sostenido con tanta entereza, pidiendo que se hiciera la prueba de implantarla en este año del Jubileo, sin diferirlo para otra vez. Yo añadí que esas dilaciones dan lugar a que se consulte o se pidan pareceres, y ella prosiguió diciendo que si esta vez cede usted, no habrá ya medio de volver sobre ello. Pero creo que también hay que mantenerse firmes en tomar una o dos casas de ustedes para no perder el alquiler; de otro modo si ellos son los que escogen, me parece que la dirección pasará enteramente y para siempre a otras manos, y así es cómo se descubrirá lo que se proponen. Se me ha ocurrido que ellas puedan creer que a nosotras no nos sea posible dejar el servicio de los niños porque a él nos obliga la renta de las mil libras que tenemos de la herencia. Y ya recuerda usted el perjuicio que se nos causó, cuando la intención de las que trabajaron porque se nos hiciera la donación era la de que dispusiéramos de la mitad pura y sencillamente para el sostenimiento de la Compañía y no para obligarnos al servicio de los niños pequeños de manera distinta a como estamos al de los otros pobres y los forzados. Mejor sería, si es que pretenden disputarnos esto un día, que lo hicieran ahora y no en otro momento.

Fui ayer de pasada a ver al señor Procurador General3 quien me hizo el honor de recibirme muy cortésmente, y me dijo enseguida que yo iba por un asunto que él tenía entre manos; yo le dije que era sólo para refrescarle la memoria; me preguntó si pretendíamos ser regulares o seculares; le di a entender que no pretendíamos sino esto último; me dijo que era algo sin precedentes, pero yo le alegué el ejemplo de las Hijas de la señora de Villeneuve4 y le demostré que iban por todas partes. Me manifestó que no desaprobaba nuestro propósito, diciendo mucho bueno de la Compañía, pero que una cosa de tal importancia merecía que se pensase bien. Yo le manifesté alegría por oírle expresarse así y le rogué que si la cosa no lo merecía o no debía continuar, la destruyese enteramente; pero que si era buena, le suplicábamos la estableciese sobre bases sólidas y que este pensamiento nos había hecho ensayar por lo menos durante doce o quince años, durante los cuales por la gracia de Dios, no se había presentado ningún inconveniente. Me dijo: déjeme que lo piense, no le digo que durante meses, sino unas semanas. Y se tomó la molestia de acompañarnos hasta la carroza, aunque él estaba en su tribunal, dándonos pruebas de gran benevolencia; nos encargó que le saludáramos a usted respetuosamente y añadió que se consideraría un usurero si aceptara las humildes acciones de gracias que le dábamos por las atenciones que tiene con todas nuestras Hermanas, cuando ellas se atreven a acudir a él en sus necesidades, ya en favor de los pobres forzados, ya de los niños expósitos.

La señora marquesa de Maignelay5 me contestó ayer sólo de palabra. Hizo ir a nuestra Hermana a casa del señor cura de San Roque, quien, juntamente con dicha señora, le aseguró que no ha habido falta alguna en las Hermanas que nos había devuelto; que sólo el comportamiento de una de las que allí servían y que no era para permanecer en la Compañía, le había movido al señor cura a devolvernos a la otra para guardarla; actualmente, aquélla está casada y las que están en su lugar continúan siguiendo sus ejemplos. Dicha señora marquesa nos pide para mañana dos hermanas. A esto se oponen dos dificultades, una que es necesario proponer a usted las que tendríamos que enviar y presentárselas para que las conozca, las que, antes de marchar, tendrían que hacer Ejercicios espirituales; la otra dificultad es que esa muchacha que se quedó allí y al presente está casada, vive en la misma casa en que tienen que residir las Hermanas y que su vecindad es un peligro para nosotras.

Le suplico humildemente se tome la molestia de decirme lo que debo hacer en esta ocasión para no descontentar a la marquesa ni perjudicarnos. Déme su santa bendición para todas nuestras necesidades y hágame el honor de creerme…

  1. C. 320 Rc 2 lt 283. Carta autógrafa. Dorso abril 1650 (o.l.).
  2. Señora de Lamoignon (ver C. 87, n. 1).
  3. Procurador General: magistrado supremo que ejercía las funciones del Ministerio público ante el Tribunal de Casación y el de Cuentas en los casos de apelación. Lo era entonces Blas Méliand, que venía siéndolo desde 1644 y cesó en ese año de 1650. (Nota del P. Castañares a esta carta).
  4. Señora de Villeneuve, fundadora de las Hijas de la Cruz (ver C. 37, n. 6).
  5. La Marquesa de Maignelay era la hermana de Felipe Manuel de Gondi (ver C. 93). Casada en 1588, quedó viuda en 1591. Señora de la Caridad muy abnegada, tomó parte en las diferentes obras de caridad del señor Vicente.

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