Luisa de Marillac, Carta 0088: Al señor Abad de Vaux

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luisa de MarillacLeave a Comment

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(Angers)

10 de febrero de 1643

Señor:

¿No es ya tiempo de que me muestre agradecida hacia su caridad por el bien que me ha hecho al enseñarme una práctica que me es tan necesaria? Verdaderamente, es Dios, señor, quien me ha hablado por su boca en esta enseñanza cuya práctica es (según) me parece, el fundamento y apoyo y será la conservación de la obra a la que su bondad ha dado comienzo. Para mí es gran motivo de humillación el ver lo alejada que mi malicia natural está de esa forma de obrar, lo que es causa de que con frecuencia lo eche todo a perder cuando quiero intervenir en cualquier asunto. No basta, señor, con que me haya hecho conocer el mal ni me haya mostrado verdaderos remedios. Es necesario, que me ayude, por favor, a aplicarlo, lo que podrá usted hacer mediante su valimiento ante Dios, que le pido por su santo Amor, y mediante las advertencias que me dirija por favor, cuando su caridad encuentre ocasiones, que le serán señaladas por la santísima voluntad de Dios. ¡Si supiera usted lo pobrecita que soy!… Ya me gustaría dárselo a conocer, si tuviera tiempo. Pido a Dios y al Angel de mi Guarda que se lo hagan percibir.

He transmitido a la señora de Marillac1, la religiosa, el deseo que tiene usted de los escritos de su difunto padre, y creo señor, que será usted uno de los primeros en tenerlos. Queda muy poco de la historia de Job por terminar de imprimir, y por ahí se empezará a publicarlo todo. Creo, señor, que la misma luz que Dios le ha otorgado para darme a conocer sus caminos sobre mí, le habrá bastado para sobrellevar el estado en que su bondad le había puesto cuando se tomó la molestia de escribirme, y pues la divina Providencia ha permitido (sin saber yo cómo) que no viera esa parte de su carta sino mucho tiempo después de haberla recibido, comprenderá usted que esa inadvertencia es para mí una prohibición de hablarle sobre el particular ya que, de otro modo, le daría muestras o de mi excesivo atrevimiento, creyendo que debía obedecerle, y de mi ignorancia, obedeciéndole2.

Estoy preocupada por nuestra buena Sor Claudia3 y nuestra Sor Bárbara4 que, según me dice Sor Magdalena5, manifiestan con frecuencia la intención de marcharse. No sé, señor, si le hablan a usted de ello o al señor Ratier6. Le ruego muy humildemente, si lo cree oportuno, trate de obtener su consentimiento para advertir de ello al señor Vicente, quien saluda a usted de todo corazón y el profundo agradecimiento que Dios quiere que, tanto nosotros como las Hijas de la Caridad, le tengamos. No podemos expresárselo de otro modo que ofreciendo a Dios todos los motivos que para ello nos da su caridad, y por lo que a mí se refiere, pidiendo a su bondad infinita que, en el tiempo y en la eternidad, ponga sus complacencias en usted mediante el cumplimiento de su santísima voluntad, en la que soy, señor, su muy humilde y obediente hija y servidora.

  1. Señora de Marillac, nuera de Miguel de Marillac, el Guardasellos Entró en el Carmelo después de la muerte de este último y se ocupó de la publicación de sus obras (ver C. 30 n. 2).
  2. Algo oscuro resulta este párrafo; para su inteligencia haría falta compararlo con la carta del Abad a la que ésta contesta (nota del P Castañares, T I, p 164).
  3. Claudia Brígida (ver C. 65 n. 1).
  4. Bárbara Toussaint, de Suresnes; llegó a Angers en enero de 1640, regresó a París a fines de 1644. Fue enviada a la parroquia de San Sulpicio en agosto de 1645.
  5. Magdalena Mongert (ver C. 42 n. 1).
  6. Señor Ratier (ver C. 82 n. 2).

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