Luisa de Marillac (2) (Daydi)

Mitxel OlabuénagaLuisa de MarillacLeave a Comment

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La señora Legrás

LOS CAMINOS DE LA PROVIDENCIA. – MATRIMONIO DE LUISA DE MARILLAC. – MADAMOISELLE LEGRÁS. – Su piedad Y CARI­DAD. – LOS DEBERES DE ESTADO. – DIRECCIÓN ESPIRITUAL. ­LECTURAS FAVORITAS. – LUCHAS DEL ALMA. – SU HIJO MIGUEL ANTONIO. – ENFERMEDAD Y MUERTE DEL SEÑOR LEGRÁS. – SU VALOR Y ENTEREZA EN ESTE TRANCE. – CARTA DE CONDOLENCIA DE SU ANTIGUO DIRECTOR. – CARTA DE LA SEÑORA LEGRÁS SOBRE LA MUERTE DE SU ESPOSO

Parécenos con frecuencia que nosotros realizamos nuestros propios proyectos y que ponemos en ejecución los planes que nosotros mismos nos hemos forjado en el interior de nuestro espíritu; pero en realidad, aunque seres enteramente libres, no somos más que instrumentos de Dios. Él llega siempre a sus fines, ya por medios suaves, ya de modo violento, tanto cuando nosotros seguimos dócilmente sus designios, como cuando nues­tra voluntad se rebela contra éstos ; y, en la mayor parte de los casos, las circunstancias, al parecer fortuitas, que se presentan en nuestra vida, no son otra cosa sino medios preparados, dis­puestos y queridos por Dios, el cual, en su Providencia admira­ble, nos va conduciendo y como poniéndonos en camino, para facilitarnos el cumplimiento de nuestra misión acá en la tierra.

Así sucedió con la B. Luisa de Marillac. Llegada a aquella edad en que una joven no puede menos que preocuparse seria­mente de su porvenir; precisamente cuando ella pedía a Dios le diera a conocer los designios que sobre ella tenía, conforme se lo había recomendado el venerable Padre Honorato, cuando, entre indecisiones y perplejidades, se preguntaba a sí misma qué camino se proponía seguir, se vio solicitada para contraer matri­monio

Quién era el joven que la pretendía por esposa? Era Anto­nio Legrás, originario de Montferrand, Secretario de la reina María de Médicis, muy conocido en París tanto por su familia como por sus prendas personales.

Dios, que la destinaba a ser la madre de los pobres, la fun­dadora de la gran familia de las Hijas de la’ Caridad, le presen­taba la ocasión de incorporarla, por medio del matrimonio, a una familia que precisamente se distinguía por el ejercicio de su caridad hacia los pobres, en favor de los cuales había fun­dado un hospital de pública beneficencia en la ciudad de Puy.

Comprendiendo que ésta era la voluntad del cielo y siguien­do muy probablemente, los prudentes consejos de su piadoso tío, Miguel de Marillac, que dirigía su juventud y que, corno hemos dicho, era su tutor legal, la B. Luisa de Marillac dio su consentimiento y contrajo matrimonio con Antonio Legrás el día 6 de febrero de 1613, en la iglesia de San Gervasio de París, a la edad de veintiún años y medio.

Desde aquel momento, la B. Luisa de Marillac pasaba a ser Madainoisselle Legras. En aquella época era preciso que las mu­jeres se desposaran con un barón, a lo menos, o con un caba­llero, para poder llevar el título de señora, Madame; y como la B. Luisa era esposa de un hidalgo, no perteneciendo a la alta no­bleza, no podía titularse más que señorita, Madamoisselle, lo que, sin ser un título nobiliario, la constituía, sin embargo, en una clase distinguida de la sociedad.

Como todo esto ha desaparecido ya, y, como, por otra parte, es más conforme a la índole de nuestro idioma, la denomina­remos la señora Legrás.

Los nuevos esposos fijaron su domicilio en la parroquia de san Merry (san Mederico, abad de san Martín de Autun, cuya fiesta se celebra el 29 de agosto), en donde vivieron algo más de un año y allí nació su hijo Miguel Antonio, en el mes de octubre de 1613.

En 1614, esto es, al año de su matrimonio, murió el barón de Attichy y tres años más tarde su esposa, que como hemos visto, era tía de la B. Luisa de Marillac, dejando cinco hijos huérfanos al cuidado del señor Legrás, junto con la administración de su cuantiosa fortuna, administración cuya gerencia llevó con tal honradez y escrupulosidad que, por mantener y aumentar los bienes de aquellos huérfanos, descuidó los suyos propios con detrimento de su fortuna personal.

En el matrimonio fue la señora Legrás lo que había sido hasta allí. Lejos de familiarizarse con el mundo y tomar parte en sus diversiones y peligrosos espectáculos, se aplicó con espe­cial cuidado a adquirir las virtudes propias de su nuevo estado y, aun cuando en todas fue objeto de edificación, sobresalió par­ticularmente en ella la caridad para con los pobres. Los de la parroquia de San Salvador, a donde había trasladado su domici­lio después del nacimiento de su hijo, fueron los primeros en experimentar los efectos de su caridad; pues, no sólo los soco­rría con sus limosnas, sino que, dedicándose personalmente a visitarlos en sus enfermedades, los asistía con el más tierno y efusivo afecto, suministrándoles los alimentos y las medicinas que necesitaban, arreglándoles ella misma la cama, exhortán­dolos con piadosas reflexiones, disponiéndolos a recibir los últimos sacramentos, y, en caso de muerte, les proporcionaba cristiana y decente sepultura.

La caridad, como todas las virtudes, se acrecienta y dilata más y más con el ejercicio; así es que, muy pronto no bastaron a la B. Luisa de Marillac los pobres de su parroquia ; añadió las visitas al hospital, logrando persuadir y atraer a algunas de sus amigas al ejercicio de esta virtud, constituyendo de este modo un pequeño grupo, que vino a ser como el esbozo de lo que había de ser más tarde la obra de las Hijas de la Caridad, a la que poco a poco e insensiblemente la iba Dios preparando y dirigiendo.

El fervor con que se dedicaba a sus prácticas piadosas v a sus obras de caridad, en nada impedía el fiel y exacto cumpli­miento de los deberes de su estado; así es que, atendía siempre con respeto y amor a su esposo; ocupábase con gran solicitud en el gobierno de su casa, y cumplía con todas sus relaciones sociales con tanta gracia y dignidad, que era el encanto de cuan­tos la trataban, por su aire modesto y sencillo, por su conversa­ción amena, por su trato dulce, afable y jovial, y, en fin, por el armonioso conjunto de cualidades que atraía y cautivaba, ejer­ciendo poderoso ascendiente sobre todos los corazones. Dos amigos de su esposo experimentaron los saludables efectos de este ascendiente de la virtud; pues, con el trato con la B. Luisa de Marillac, se fueron inclinando poco a poco a la piedad, y, atraídos por sus eficaces ejemplos, dejaron ambos el mundo, para consagrarse a Dios: el uno en la Orden de los Mínimos de san Francisco de Paula, y el otro en la Congregación de san Mauro.

Durante el tiempo que san Francisco de Sales estuvo en París, llamó vivamente la atención y excitó gran entusiasmo este Santo entre las personas devotas, por su piedad amplia y suave. Miguel de Marillac, amigo íntimo del santo Obispo de Ginebra, le presentó a su sobrina, y necesitó muy poco este experto director de las almas para penetrar el espíritu y cautivar el alma de la B. Luisa de Marillac, a la que dio admirables con­sejos de dirección espiritual, de los que ella supo aprovecharse convenientemente. «No debéis sutilizar demasiado — le escri­bía — en la práctica de las virtudes; sino que hay que proceder franca ‘y sencillamente a la antigua francesa, con libertad y buena fe, «grosso modo». No me agrada el espíritu apocado y melancólico, no, querida hija mía; deseo que marchéis por los caminos del Señor con nobleza y anchura de corazón.»

No disfrutó por mucho tiempo la B. Luisa de Marillac de tan amable y juiciosa dirección; pues el Santo regresó a las montañas de Ginebra y no volvió más a París. Entonces se puso en manos de un discípulo de san Francisco de Sales, Monseñor Pedro Camús, obispo de Belley, quien desde 1614 a 1623, solía ir a París dos veces al año para predicar el Adviento y la Cua­resma.

Animaba a Monseñor Camús gran celo; era escritor fecundo, orador muy solicitado por el gran mundo, dotado de muy viva imaginación, aunque de gusto algo mediano y de no mucha solidez en el fondo; pero, para la B. Luisa de Marillac, tenía el indiscutible mérito de ser discípulo y amigo de san Francisco de Sales, cuyos principios de espiritualidad y dirección seguía fielmente: y esto era cabalmente lo que ella necesitaba y buscaba en su nuevo director. Monseñor Camús la dirigió hasta 1623, pasando después a ser guiada por san Vicente de Paúl, como veremos en el capítulo siguiente.

La lectura de libros piadosos le era sumamente agradable, hallando verdadera delicia en saborear la Imitación de Cristo, el Combate Espiritual del P. Scúpuli, las obras de san Francisco de Sales y de Fray Luis de Granada; pero, lo que más llenaba su espíritu de celestial luz y su corazón de suavísima unción, era la lectura del santo Evangelio.

No se crea, sin embargo, que la vida espiritual de la B. Luisa de Marillac estuviera exenta de lucha, no; ésta es condición esencial en la vida cristiana. Es por la tribulación, es llevando todos nuestra cruz en pos de Jesucristo, corno debernos con­quistar el reino de los cielos. Hubo también para ella un tiempo en que se vio atrozmente atormentada por los escrúpulos, los cuales agitaron su alma e hiciéronla perder, aunque de modo transitorio, la paz de su espíritu.

He aquí los sabios y prudentes consejos que la daba su director, el obispo de Belley, en carta Que le escribió con el fin de calmar la agitación de su alma.

Advierto, mi amada hija, que siempre recobráis la serenidad después de estas bagatelas que os impiden ver el bello esplendor de la alegría que va unida al servicio de Dios. No opongáis tanta dificultad en hacer las cosas indiferentes. Desviad la mirada sobre vos misma para fijarla en Jesucristo. Esta, a mi modo de ver, he de ser maestra perfección y puedo deciros, como el apóstol, que en esto creo tener el espíritu de Dios!

El fin de este estado de escrúpulos y perplejidades se ma­nifestó por una serie de violentas tentaciones contra la fe, ten­taciones que, aun cuando la hicieron sufrir lo indecible, duraron felizmente poco tiempo, habiéndose visto libre repentinamente de todo eso el día de Pentecostés del año 1623, mientras asistía al oficio solemne de esta fiesta en la iglesia de San Nicolás de los Campos.

Según ella confiesa, debía esta gracia a su venerable amigo, el siervo de Dios, Francisco de Sales, a quien profesaba gran devoción y de quien había recibido durante su vida muchas pruebas de afecto, en especial, en el último viaje que el Santo hizo a París; pues, sabiendo que la B. Luisa de Marillac se hallaba enferma, se dignó visitarla varias veces.

Como llevamos dicho, Dios había bendecido su unión en el primer año de su matrimonio, dándole un hijo, Miguel Antonio, al que rodeó de tierna solicitud, recibiéndolo corno depósito sagrado que el Señor le había confiado. Se aplicó con sumo esmero a su educación y procuró inspirar en su inocente alma gran amor a la virtud, no descuidando medio alguno para ale­jarle del mal y conducirle por el camino del bien.

La paciencia de la B. Luisa de Marillac tuvo ocasión de manifestarse en la enfermedad y pérdida de su amado esposo; lo que constituyó una de las pruebas más sensibles para su co­razón. Como tres años antes de su muerte, se vio el señor Legrás acometido de enfermedades y achaques que irritaron su humor melancólico y le hicieron bastante desapacible. Con tal motivo, la fiel y piadosa esposa multiplicó las demostraciones de su delicadeza, ternura y afecto, dándole mil pruebas de dulce y bondadosa compasión, prodigándole los más solícitos cuidados, a fin de suavizar su penoso estado, tranquilizar su espíritu, ele­varlo a Dios y disponerle a una resignada y santa muerte.

Murió el señor Legrás en la noche del 21 de diciembre de 1625, después de haber recibido con gran fervor todos los sacramentos y auxilios espirituales.

Aunque dotada la B. Luisa de Marillac de gran sensibilidad y a pesar de la inmensa pena que le causó la muerte de su es­poso; supo, sin embargo, sobreponerse y dar ejemplo, nada común, de entereza y de valor verdaderamente cristiano ; pues persuadida íntimamente de que las muestras de dolor y todos los consuelos de la tierra son nada, comparados con los verda­deros y sólidos consuelos que Dios proporciona: apenas hubo amanecido, se dirigió a la iglesia parroquial, donde se confesó y comulgó en sufragio del alma de su esposo, y con el fin de que la presencia de Jesucristo en su alma le comunicara la fortaleza necesaria para pronunciar el fíat doloroso, que Dios le pedía con aquel inmenso sacrificio. El día 31 de diciembre, fue inhumado el cadáver del señor Legrás en el sepulcro que la familia de Marillac tenía en la iglesia de San Pablo.

Con motivo de la muerte del señor Legrás, monseñor Camús le dirigió la siguiente carta de pésame, en la que le da muy sabios y oportunos consejos, para ayudarla a santificar su nuevo estado.

Mi muy amada hermana: El Salvador de nuestras almas, después de haber recibido a vuestro esposo en su seno, se ha dignado entrar en el vuestro. ¡Oh celestial esposo! Sedlo para siempre de mi hermana que os ha elegido por tal, aun cuando tenía otro en la tierra. Quedáos, Señor, en su seno como un manojito de mirra, oloroso al olfato, aunque amargo para el gusto. Dadle algún consuelo en las amarguras inseparables de la viudez. ¡Oh mi muy asnada alma! Esta es la hora de abra­zarse y estrecharse con la cruz, ya que no os queda otro apoyo en la tierra. Esta es la ocasión de decir a Dios que se acuerde de su palabra. ¿Y cuál es esta palabra, mi muy amada hija? Es que él será el padre del huérfano y el juez de la viuda, juez que asumirá su causa y juzgará a sus contrarios. Esta es la hora en que he de ver si amáis a Dios como se debe, porque os ha quitado lo que tanto amabais. Sea dada eterna paz y perdurable descanso a aquella alma por la cual rogamos, y, a la vuestra, dulce y santa resignación, por el padre de las misericordias y Dios de todo consuelo.

La vida conyugal de la B. Luisa de Marillac, que terminaba con la muerte del señor Legrás, había durado cerca de trece años, desde el 5 de febrero de 1613 al 21 de diciembre de 1625.

Redobló la piadosa viuda sus ejercicios de devoción y sus obras de caridad, tratando de santificarse más y más y reci­biendo con frecuencia en su pecho al buen Jesús, principio y fuente de toda santidad.

Terminaremos este capítulo con la carta que la B. Luisa de Marillac escribió al R. P. Dom. Hilario Rebours, cartujo, primo hermano de su esposo, en la que le refiere los últimos momentos del señor Legrás.

«Mi muy reverendo padre: Puesto que deseáis saber las gracias que nuestro buen Dios ha otorgado a mi difunto marido, después de deciros que es imposible darlas todas a conocer, os diré que mucho hacía que, por la misericordia de Dios, no se le conocía afición alguna a objetos que pudieran inducirle al pecado y que tenía vehemente deseo de vivir como perfecto cristiano. Seis semanas antes de su muerte, tuvo una ardiente calentura que puso en inminente peligro su vida; pero Dios, por su gran poder sobre la naturaleza, lo salvó; y, en agrade­cimiento por este beneficio, resolvió vivir sirviendo enteramente a Dios el resto de sus días. Pasaba las noches casi sin dormir; pero con tal paciencia, que no causaba la menor incomodidad a los que estaban junto a él. Creo que en esta última enfermedad ha querido Dios hacerle participante de las penas y de la muerte de su Hijo santísimo; porque ha padecido en todo su cuerpo y ha derramado toda su sangre, estando su espíritu siempre ocu­pado en la meditación de su pasión. Siete veces ha arrojado sangre por la boca y la última acabó con su vida. Hallábame sola con él para asistirle en este tan imponente trance, y mani­festó tanta devoción, que dió a conocerse hasta el último aliento que su espíritu estaba unido al Criador. Al último, no pudo decirme otra cosa que: ruega a Dios por mí, yo no puedo más; palabras que quedarán para siempre grabadas en mi corazón. Ruégoos que os acordéis de él cuando recéis completas; pues tenía esta particular devoción y muy contados eran los días en que dejaba de rezarlas.

 

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