Lucía Rogé: La Virgen María

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

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Author: Lucía Rogé, H.C. .
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Sor Lucía Rogé, H.C.

Sor Lucía Rogé, H.C.

París, junio 1976

En este año marcado por el centenario de la muerte de santa Cata­lina, nuestra atención se siente atraída por el mensaje que nos dejó de parte de la Virgen María.

Ya saben que el P. Laurentin, con la ayuda de un equipo de Sacer­dotes de la Misión y de Hermanas, está trabajando para presentarnos, partiendo de una investigación científica, un verdadero estudio teológi­co en un libro que aparecerá al final de año.

Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿qué hemos hecho de este mensaje desde hace cien años? ¿Cómo hemos respondido al amor y a la confianza manifestadas por la Virgen?

La Iglesia, en el artículo 22 de la Exhortación «Marialis Cultus», nos propone algunas actitudes ligadas al culto mariano: un amor ardiente, considerando la maternidad espiritual de María, respecto a todos los miembros del cuerpo místico; una imitación activa de su santidad y de sus virtudes; una contemplación atenta de la Virgen corredentora; una invocación llena de confianza.

El Santo Padre nos dice:

«La ejemplaridad de la Virgen en este campo (de la actitud espiritual) viene de que está reconocida como el mejor modelo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo».1

San Vicente y santa Luisa nos impulsan sin cesar por el camino de la devoción mariana. Dentro del mismo espíritu, las Constituciones nos recuerdan el lugar de María en la Compañía, un lugar único. Es la Madre de la Compañía, es la Maestra de la vida espiritual y es a ella a quien a instancia de la Iglesia debemos volvernos en nuestra vida misionera.

Para una Hija de la Caridad, la referencia a la Virgen María debe ser a la vez espontánea y continua. Consiste en volverse hacia esta joven pales­tina que un día dijo sí a Dios por toda la eternidad. La Exhortación dice: «Es la Virgen audiens». El término es muy bello; la virgen que escucha, que oye, que acoge la Palabra de Dios en fe y se compromete con esta Palabra.

Yo querría, sencillamente, en este último intercambio, detenerme con ustedes en tres momentos de la vida de María: La Anunciación, la Visitación, la presencia en el Calvario.

I. La Anunciación

En la Anunciación, la Virgen María acepta el proyecto de Dios sobre ella. Su sí se convierte por ello en la orientación definitiva de toda su vida. El «he aquí la esclava del Señor» es su asentimiento para quedar asociada a la obra de su Hijo. Lumen Gentium concreta que ella

«se consagra totalmente a sí misma, cual esclava del señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención».2

La adhesión de la Virgen María, disponibilidad total ante Dios, la transforma, como dice Karl Rahner, en «pura receptividad de Dios», aco­gida de Dios que viene al mundo por la Encarnación. En esto, es el modelo de la actividad misionera. Porque trabajar en la misión de la Igle­sia, no es en primer lugar, y ustedes lo saben bien, utilizar unos métodos de evangelización; es en primer lugar dar testimonio de una fe personal vivida auténticamente. Esto se traduce, como para la Virgen María, por la aceptación de ciertos riesgos en relación con la seguridad humana, para que se vea mejor el poder del amor de Dios. También para noso­tras, la primera respuesta a la llamada de Dios ha sido el punto de par­tida de una vida que hemos querido misionera, vida de sierva del Señor y de sierva de nuestros hermanos desgraciados, en la dinámica de un amor único, de un amor audaz, capaz con la gracia de Dios de superar las dificultades.

Este período de reflexión que se les da para los Ejercicios, tiempo que la pedagogía divina da a cada una, tiene que provocar en ustedes, necesariamente, un afán de revisión a partir de la contemplación de la Virgen María. La gracia de los Ejercicios debe orientar una vida de Hija de la Caridad hacia una mayor plenitud del don de Dios.

¿En qué punto me encuentro respecto a esta disponibilidad y a esta receptividad de la gracia que se corresponden y se condicionan en toda vida misionera? ¿Mi disponibilidad para Dios? La experiencia de los años transcurridos me enseña que no siempre está en función del don inicial que deseé hacer, que quise que fuera incondicional. Ahora juzgo, dosifico, tengo en cuenta mis preferencias, es decir a mí misma, obstru­yendo la auténtica visión misionera por la consideración desproporcio­nada de mis puntos de vista, la adhesión a lo que yo califico de «caris­ma personal».

En el caso de María, fue muy distinto. Su consentimiento primero se transformó en un asentimiento continuo a la voluntad divina. María con­formó su voluntad con la de Dios, sin reticencias, a pesar de las oscuri­dades del camino y a veces de la incomprensión. Como María, hay que aceptar que Dios nos deje fuera de ruta y comprometerse a caminar entre la niebla, viajando a la aventura con la sola luz de la fe.

El «hágase en mí según tu palabra» hace a la Virgen portadora de Cristo, único que salva. También la hace portadora de gracia, reina de los apóstoles. Ser apóstol, portador de Cristo, estar lleno de un auténti­co deseo misionero es quizá, en la sencillez de un corazón entregado para siempre, aceptar en sí el impulso de la gracia que trastorna la natu­raleza y nos incita a avanzar con amor hacia el servicio de los demás, con nuestros pobres medios.

II. La Visitación

La visita de la Virgen María a Isabel ilustra muy bien ese movimien­to interior que empuja hacia los demás. En efecto, sólo cuando María ha acogido en ella a Cristo va a reunirse con su prima y a servirla. Es impo­sible adherirse lealmente a Jesucristo, pretender entregarle toda nues­tra vida y permanecer indiferente y pasiva ante las necesidades y los sufrimientos de los demás.

La vida misionera auténtica tiene su origen en un impulso interior que proviene de la vida de Cristo en nosotras y nos dirige y orienta hacia los demás, a pesar de las dificultades internas y externas. Así nos sen­timos impulsadas a emplear toda nuestras fuerzas en servir a los pobres, a poner a su servicio todas nuestras posibilidades. Al mirar a María, comprendemos también que, como ella, tenemos que mantener la unión con Jesucristo para revelarlo y comunicarlo como ella.

«Se apresuró» nos dice san Lucas.3 Este impulso de la Virgen María atrae nuestra atención sobre su libertad interior. Después de la revolución que supuso en su vida la irrupción de Dios en ella, no se detiene en sí misma. Sin calcular las dificultades, se pone en camino, provista al mismo tiempo del mayor don, Jesús, y de los medios más difíciles, su pobreza, su juventud, su inexperiencia. Aunque tan desvalida, tiene confianza en el Todopoderoso que fijó en ella su mirada y que por ella hizo maravillas.

A ejemplo de María, sabemos que cuanto más tratemos de vivir la pobreza, en la fe, particularmente, la pobreza interior, la humildad, mejor podremos conquistar la esperanza: «Dios ha mirado la pobreza de su sierva». Estemos seguras de que Dios continúa haciendo maravillas allí donde se unen por Él, la pobreza humilde y el amor en la disponibilidad.

III. María en el Calvario

La Virgen María en el Calvario. Hay que mirarla intensamente para captar, en medio de tan gran dolor, cuál ha podido ser la intensidad de la fe que le permitió continuar estando presente. Entonces fue cuando asumió totalmente las exigencias de su don primero.

Así el sufrimiento es parte integrante de toda vida misionera. El más doloroso de todos los sufrimientos, el que viene a nosotras por y para aquellos que amamos, está también incluido. Dolor tanto más profundo cuanto que a menudo no se puede exteriorizar. Así, fue el dolor de María en la Pasión de Jesús. Permanecía silenciosa, mirando a su Hijo, unida a Él en el mismo secreto, impotente y, sin embargo, fuerte en la fe y firme en su esperanza porque su amor era inquebrantable.

Pienso ahora en algunas Hermanas que pueden sufrir en comuni­dad, en el plano local o en otros planos, sufrir incluso por la comunidad en la que estamos ustedes y yo, un miembro pesado y difícil a veces, deficiente casi siempre. Este sufrimiento, unido al misterio de la Cruz no es vano, aunque no comprendamos. Miremos a la Virgen María y digá­monos que todo deseo misionero debe contar con que encontrará el sufrimiento, el desprecio, el abandono, la indiferencia, el rechazo, prue­bas de Cristo en su Pasión, pruebas en las que comulgó María. Ser misionero es aceptar esta comunidad de cruz con Cristo, aceptar el quedar marcado en el corazón, en la carne, en el espíritu y en la volun­tad. La acción de Dios pasa por el sufrimiento. Aquéllos y aquéllas que deciden responder a la llamada de Cristo y que se ponen a seguirlo, deben prever en su itinerario acompañarlo hasta el Calvario, como María. Pero con su ayuda podemos permanecer en pie. Es bueno y, cier­tamente, nos da seguridad el contemplar a María, para adherirnos ple­namente al misterio de la Cruz en nuestra vida.

A esta mirada contemplativa dirigida a María, quiero unir una invita­ción acuciante a rezarle. Al hacerlo así, tengo conciencia de estar den­tro del pensamiento de la Iglesia en un tiempo en que la renovación con­ciliar nos envía de nuevo a la fuente misma de nuestra fe y a sus manifestaciones más auténticas.

Cuando san Vicente habla de la Virgen María a las Hijas de la Cari­dad es para proponerles el ejemplo de su vida e incitarlas a invocarla. Al final de una conferencia sobre «las máximas evangélicas», dice:

«Roguemos a la Santísima Virgen que, mejor que ningún otro, penetró en su sentido y las practicó».4

La referencia a María es constante, ya sea en el curso o al final de sus conferencias. Para él nadie ha comprendido al Hijo como su Madre; por tanto, si queremos hacer nuestra la doctrina del Hijo y realizar lo que éste nos propone, hemos de volvernos hacia la Madre y esto con tanta más confianza cuanto que, siendo Madre de Cristo es también Madre nuestra. El sí de la Anunciación es un consentimiento que la asocia para siempre a la obra de la salvación, y así permanecerá por la eternidad la que constantemente intercede por nosotros, sus hijos.

San Vicente creía tan firmemente en esta maternidad de gracia, que al final de una conferencia se dirige así al Señor:

«Y como no somos dignos de alcanzar esta gracia, suplico a la Santísima Virgen, por el amor que tiene a su Hijo, que nos la alcance».5

Hoy, que con tanta facilidad se critican unas formas anticuadas, senti­mentales y desviadas de la piedad mariana, hemos de estudiar y meditar lo que dice Pablo VI en la Exhortación «Marialis Cultus» del 22 de marzo de 1974, cuya última parte está consagrada al rosario. Hemos de superar una visión superficial que no ve en el rosario más que una rutinaria repetición verbal. Escuchemos lo que a este respecto dice san Vicente:

«Hermanas, el rosario es una oración muy eficaz, cuando se hace bien».6

Y recuerda brevemente su composición: las grandes oraciones de nuestra fe, en particular, el Padre Nuestro, enseñado por nuestro Señor, el Ave María, compuesta por el Espíritu Santo, y el resto por la Iglesia.

«No tenéis que tomar más oraciones que os quiten tiempo para rezar el rosario… Tenéis que rezar el rosario por la intención de la Compañía, para que Dios la santifique y bendiga sus trabajos y todo lo que haga en el ser­vicio del prójimo»;7 «el rosario, todos los días…».8

Lo que importa es meditar sobre el vínculo profundo que existe entre el «sí» de la Santísima Virgen y los misterios de la Salvación. La adhesión de María fue el punto de partida de todos estos Misterios, comprendido el del Calvario. Hemos de hacer del rosario una oración contemplativa, ya que la repetición de las mismas palabras facilitan el entrar y el cami­nar en la contemplación. También la Misión es una obra lenta, mezclada de alegrías y sufrimientos, hecha de escalones y de rellanos. Al meditar los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, encontramos las diferentes expresiones de vida cristiana que san Vicente nos manda practicar: la humildad gozosa y la obediencia disponible, el don en el amor hasta el sacrificio total por los demás, la esperanza de participar en la gloria de Jesús.

El rosario es una oración sencilla y pobre: oramos por los pobres al orar como ellos. Es bueno reconocerse pobre aun en la oración. Des­cuidar el rosario en la vida, llegar a no rezarlo ya, es correr el riesgo de dejar fuera del corazón y del espíritu la adhesión a la pobreza, a la humildad, al servicio y entrar en un vacilar en el amor. Con el rosario, estamos en la situación del pobre. El saludo respetuoso y lleno de con­fianza es también el del que pide confiadamente. ¿Por qué extrañarse de esta forma de oración? En el evangelio, encontramos esta actitud en gentes que se atrevieron a pedir: los leprosos, el ciego de Jericó.

El rosario se presta igual a la oración solitaria, aunque unida a tan­tas a través del mundo, como a la oración colectiva. El amor va a arras­trar a la fidelidad. Amor que no es menos amor si se dice y se vuelve a decir aun con las mismas palabras, sin renovar su expresión, como lo sugiere el Santo Padre. Siempre se encuentra tiempo y manera de decir a los demás que les amamos. Manifestando así nuestra gratitud a María, nuestro deseo de corresponder al amor de que nos ha dado testimonio personalmente (¿quién de nosotras puede rechazar la idea de que la Vir­gen tuvo una influencia decisiva en su vocación?), y al que ha manifes­tado a la comunidad que es su Comunidad. La oración meditada del rosario es ponernos frente a nuestro compromiso con Cristo, a fin de vivir este compromiso en la fidelidad y siguiendo a la Virgen María.

«El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Cari­dad es para honrar a nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los pobres».9

  1. Pablo VI, Marialis Cultus, n. 16.
  2. LG, n. 56.
  3. Lc 1, 39.
  4. XI, 428.
  5. IX, 229.
  6. IX, 1146.
  7. IX, 1147.
  8. IX, 1092.
  9. Reglas Comunes, c.1, 1.

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