Lucía Rogé: La vida de la Hija de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Lucía RogéLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Lucía Rogé, H.C. .
Tiempo de lectura estimado:

Sor Lucía Rogé, H.C.Tenerife, marzo de 1977

Veo el futuro de la Compañía con gran esperanza misionera y coin­cidente con el camino de la misión que nos enseñaron nuestros santos Fundadores, la misión que tenemos que emprender hoy. Para entrar por ese camino, san Vicente nos indica tres líneas espirituales: Amor, Pobre­za y Humildad.

  • * AMOR: San Vicente nos dice: «Revestíos del espíritu de Jesucristo», y hoy nos diría: «Atrevámonos a seguir a Jesucristo». El mundo agitado, trastornado, nos provoca a profundizar nuestra fe, porque si la fe no se traduce en obras, no significa nada. Siguiendo a san Vicente, debería­mos tener la preocupación del amor concreto a Dios, al Dios vivo. San Vicente nos dice: «Oh, Hermanas, amad a Dios, amadlo con todo vues­tro corazón», y santa Luisa añade: «Nuestro amor de Dios debe ser tal, que no se detenga ante ninguna dificultad».
    En la conferencia de 1653, dice san Vicente: «El espíritu de la Hija de la Caridad es también el amor entre nosotras». Un amor que destru­ye todo espíritu de desconfianza, de aversión, de desunión, para reco­nocernos como Hermanas que Dios ha unido con el vínculo de su amor, y de ahí se deduce el ayudarse mutuamente y el reconciliarse, si algu­na diferencia hubiera habido. San Vicente es muy severo ante la desu­nión entre nosotras. Dice que si llegara a haberla, podría Dios destruir la Compañía. Nos llamamos Hijas de la Caridad y hemos de serio, amán­donos mutuamente, amando a todos y perdonando a quienes nos den motivo de disgusto.
  • * POBREZA: La segunda línea que nos marca san Vicente es la pobreza, indispensable para pertenecer a Dios de verdad y también para servir a los pobres. La pobreza nos libera en todos los aspectos y, al tratar de pobreza, hemos de hablar de algunas restricciones. La pobreza ha de servir para que haya más amor entre los hombres. Debe convertirse en pan para nuestros hermanos; supone la participación y nos promete la alegría. El Papa Pablo VI, en su Encíclica sobre la Alegría, nos asegura: «La alegría no puede disociarse del compartir. En Dios todo es alegría porque todo es don. Debemos dejarlo todo y no tener otra seguridad que la confianza en Dios».
    Pero también es muy importante la pobreza de corazón, recono­ciendo la supremacía de Dios y nuestra total dependencia y pertenencia a Él. La Hermana verdaderamente pobre cree en la profundidad de la oración, del sacrificio, de la obediencia; tiene el espíritu del «Magnificat», cree en el valor de volver a empezar después de las caídas, fracasos y decepciones.
  • * Finalmente, san Vicente insiste sobre la HUMILDAD. No es capaz de enviar un grupo de Hermanas a la misión, sin recomendarles la humil­dad, porque esta virtud nos permite servir a los pobres. Dice san Vicen­te que hemos de llegar hasta amar el desprecio, a imitación del Hijo de Dios que fue puesto en el banquillo de los reos. Y san Vicente aceptó pasar por ladrón sin justificarse, asumiendo la humillación en silencio. Más tarde, aceptó también el desprecio de Mazarino, y todo esto era para el corazón de san Vicente motivo de gozo, supuesto que imitaba a su divino Salvador.

Estas tres virtudes: AMOR, POBREZA Y HUMILDAD, han de carac­terizar nuestra vida de Hijas de la Caridad y, al mismo tiempo, son las tres características del servicio. Preguntémonos: ¿estamos decididas a vivirlas con aquel amor con que san Vicente supo practicarlas? Como las Constituciones nos dicen, hemos de estar «totalmente entregadas a Dios, para el servicio de los pobres», con espíritu evangélico. Y esto es muy importante, porque nos permite la presencia en el mundo, con una audacia apostólica y misionera.

Esto, creo que es el futuro de la Compañía: esperar en Dios, vivir en sumisión a su divino querer, en espíritu de humildad, sencillez y amor, siendo todas de Dios para el servicio de los pobres.

El Soberano Pontífice, en su carta a la Superiora General, con moti­vo del centenario de la muerte de santa Catalina, declara: «En nuestra época de gran progreso técnico, y es extraña paradoja, los pobres son más numerosos que nunca y, por eso, os llamamos a permanecer en su servicio».

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